sábado, 2 de julio de 2016

¿Qué pasó entre Bolaño y César Aira


César Aira. Imagen cortesía de Random House.
César Aira. Imagen cortesía de Random House.
En julio de 2008, César Aira (Argentina, 1949) impartió un curso en Santander, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Costaba cien euros, e incluía una beca para alojarse cuatro noches en el Palacio de la Magdalena. Dio la casualidad de que en ese preciso momento yo tenía cien euros y me matriculé. El primer día, una hora antes de empezar, bajé a desayunar y me encontré a Aira solo, bebiendo un zumo de naranja vagamente natural, y con un huevo frito en el plato, que era mi desayuno preferido, pero para cenar. Me senté a su lado y al rato me estaba contando que su abuelo se llamaba Robustiano y que era de Sobradelo, en Ourense. Aira no sabía, y yo tampoco, que en Ourense hay tres pueblos con ese nombre. Poco después se sumó al desayuno Michel Lafon, catedrático de Literatura Argentina en la Universidad Stendhal de Grenoble, novelista y traductor de Aira, Borges y Bioy Casares al francés. Hurgamos, y resultó que la suegra de Lafon también era de Ourense.
El curso se titulaba Por qué escribir. Cómo escribir. Qué escribir, y al final no consistió en nada de eso. O tal vez sí. Nos pasamos los cinco días que duró hablando de Borges, y de otros escritores que a su vez remitían a Borges. Naturalmente, también hablamos de Aira. Nos contó que, después de cuarenta años publicando, había tomado conciencia de su posición como escritor a través de las preguntas que le hacían los periodistas. «Cuanto más importante es un novelista, más fáciles son esas preguntas». Al principio de su carrera era habitual que hiciera frente a cuestiones para las que no tenía respuestas. Señal de que «me tomaban por un novelista menor». Con el tiempo comenzaron a valorarlo. En parte, lo supo porque le preguntaban cosas como «¿Escribe con ordenador o a bolígrafo?», «¿Fuma cuando está delante de la página?», y hablando de página, «¿Tiene miedo a la página en blanco?». La cosa iba bien. Últimamente advertía que estaba entre los grandes de la literatura, después de que en una emisora de radio una periodista le preguntara: «¿Está casado o soltero?»
El momento culminante del curso, después de tantos autores citados, llegó cuando alguien quiso saber si le gustaba Roberto Bolaño (1953-2003). «No he leído una sola línea de Bolaño en mi vida», aseguró. Sonó raro, casi a mentira. César es un lector obstinado. Parecía imposible que no hubiese leído al autor chileno. Todo el mundo leía, o al menos decía que leía a Bolaño. «Yo soy un escritor que escribe para que lo dejen seguir leyendo», había confesado esos días. Bolaño se había convertido en un escritor especialmente leído por escritores. ¿Menos por Aira? Podía ser, sin embargo. En general, Aira se había mostrado reacio a leer a sus contemporáneos. Por no decir que aborrecía los grandes consensos. Bastaba que todo el mundo coincidiese en que había que leer a Bolaño para que, automáticamente, eso fuese lo que menos le apetecía en esta vida.
En uno de nuestros encuentros posteriores, me confesó que alguna vez había sentido «la curiosidad íntima de leerlo». Nada ineluctable, o mordiente. Más bien era curiosidad presumida, puntual, discreta, que al poco decaía. En cierta ocasión otro escritor, creía recordar que Alan Pauls, le había hablado de un cuento de Bolaño titulado «El gaucho insufrible», hermanado con «El sur», de Borges. La conversación transcurrió en Rosario, en 2004, con Bolaño ya fallecido, y Aira estuvo a punto de acudir a una librería a comprar el volumen donde se incluía el relato. Pero tenía prisa. No pudo. Al día siguiente regresó en avión a Buenos Aires y la tentación de leer Bolaño se fue diluyendo en el aire, con la velocidad de crucero.
Era curioso, porque Bolaño sí había leído a Aira. Y tenía una buena opinión de su obra. En Entre paréntesis, un libro en el que se compilan algunas de sus conferencias y artículos periodísticos, afirma: «Si hay actualmente un escritor que escapa a todas las clasificaciones, ese es César Aira, argentino de Coronel Pringles, ciudad de la provincia de Buenos Aires que no tengo más remedio que aceptar como real, aunque parezca inventada por él, su hijo más ilustre, el hombre que escribió las palabras más lúcidas sobre la madre (un misterio verbal) y sobre el padre (una certeza geométrica), y cuya posición actual en lengua española es tan complicada como lo fue la posición de Macedonio Fernández a principios de siglo. Digamos, para empezar, que Aira escribió uno de los cinco mejores cuentos que yo recuerde. El cuento se titula “Cecil Taylor”, y lo recoge Juan Forn en una antología sobre la literatura argentina. También es el autor de cuatro novelas memorables […]. Aira es un excéntrico, pero también uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española».
Aquel día en Santander, César nos hizo una segunda revelación a propósito de Bolaño, mucho más emocionante. Habían estado a punto de conocerse en varias ocasiones y en todas ellas, en el último instante, «había sucedido algo inesperado». Me quedé intrigado. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no se habían conocido? ¿Qué faltó? ¿O qué sobró? En aquel momento, en mitad del curso, no aportó apenas detalles. Con el tiempo, sin embargo, entablamos amistad, y poco a poco reconstruimos el sugerente mapa de los encuentros fallidos. El primero debió de haberse producido en 1997, auspiciado por Ignacio Echevarría. Para entonces, Bolaño había publicado ya La pista de hieloLa literatura nazi en América y Estrella distante. Lejos quedaba su primer libro, escrito a cuatro manos con Antoni G. PortaConsejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Aira había empezado a publicar antes, pero su obra apenas había llegado a España. 
En mayo de este año, durante un acto de homenaje que se le rindió a Aira en la Casa Encendida de Madrid, Ignacio Echevarría contó que Jorge Herralde, editor de Anagrama, regresó de un viaje a Argentina en 1990 con «una maleta de manuscritos de autores entre los que estaban Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Rodolfo Fogwilly César Aira, entre otros». Le pidió un dosier de todos ellos, y «yo informé tibiamente de Respiración artificial, de Piglia, y recomendé la publicación de Una novela china, de Aira, y de Los pichiciegos, de Fogwill». Finalmente, no se produjo el desembarco argentino. Herralde se limitó a editar Historia argentina, de Fresán, y Buenos Aires, la antología de relatos comentados por Juan Forn, en la que se incluía «Cecil Taylor».
Roberto Bolaño. Imagen cortesía de RTVE.
Roberto Bolaño. Imagen cortesía de RTVE.
Fue Mondadori, a partir de 1997, la editorial que apostó por Aira. Ese año publicó Ema, la cautiva. En primavera vino a España de promoción. A Aira siempre le cuesta abandonar Buenos Aires. Es remiso a dejar su casa, sus cafés, su paginita diaria, sus lecturas. En Barcelona, donde iba a participar en un acto sobre literatura argentina, lo esperaba Echevarría, que durante sus conversaciones telefónicas le había trasladado la posibilidad de verse con Bolaño. Estaba todo preparado para que así fuese. Los dos tenían mucho interés. Sin embargo, cuando Aira pisó Barcelona, supo que dos días antes Bolaño había partido precisamente hacia Buenos Aires en compañía de Enrique Vila-Matas para formar parte de una mesa redonda sobre narrativa hispanoamericana. Aquella fue su primera cita frustrada. 
Aira volvió a su barrio. Se olvidó de Bolaño. Siguió sin leerlo. Se reincorporó a sus rutinas, escribiendo en bares, despacio, aunque sin borrar ni reescribir, casi reivindicando el error, lo que en cierto sentido equivalía a ir deprisa. Usaba cuadernos de papel liso, sin rayas ni cuadrícula, con espiral. Un señor de la casa Wussmann lo provee. La misma casa Wussmann que fabrica los billetes para la Casa de la Moneda. Papel de Wussmann, pues, y estilográfica de Montblanc o Vuitton para escribir en los cafés, donde halla la proporción ideal de ruido y silencio, ensimismamiento y distracción. Si todo va bien, escribe una pagina y se detiene, hasta el día siguiente. Entonces ya su ritmo de producción era de una novela cada tres meses. Novelas cortas. O novelitas, como las llama él. Estas se reivindican como una desesperación de la novela, casi como su suicidio. «Voy improvisando, lanzándome a la aventura, nunca planifico, el momento de empezar es el más divertido. Luego, hay momentos en que me aburro, quiero empezar otra novela, y tengo que matar a todos los personajes para acabar pronto», comentó en una ocasión. «Lo ideal sería dejarlas inconclusas». 
Su método de trabajo se oponía al de Bolaño. Este escribía en casa, y a otro ritmo, más febril. En un día común llenaba tres folios; en uno bueno, diez; en uno malo, quizá uno. «Cuando estoy metido de lleno en una obra duermo en mi estudio y puedo ponerme a escribir a las cinco de la mañana y no parar hasta las once», aseguraba. Lo hacía en un viejo ordenador que le duró toda la vida. No creía en el error y reescribía «muchísimo». Sus obras, hasta entonces más o menos cortas, estaban a punto de dar paso a una novela coral y larguísima. Entrábamos en 1998 y Los detectives salvajes iban a consagrarlo. La novela obtuvo el Premio Herralde. Ese año casi conoció otra vez a César Aira, pero ahora en Chile. 
A mediados de septiembre, Aira recibió una llamada de Jovana Skármeta para invitarlo a la Feria Internacional del Libro de Santiago, entre el 27 de octubre y el 8 de noviembre. Jovana había trabajado en la Cámara del Libro, y en ese momento era relaciones públicas de la editorial Fernández de Castro, a través de la que se distribuían algunos de los libros de César en Chile. Aira aceptó la invitación. El día de su llegada se dio un paseo por la ciudad y después se dirigió a El Mulato, un café clásico de escritores. Cuando estaba a unos cincuenta metros del local, vio salir a dos personas; una de ellas le pareció Jovana Skármeta. Estaba casi seguro. Avivó el paso para alcanzarla, pero el semáforo se puso en rojo. Jovana y su acompañante se fueron alejando. «Cuando conseguí cruzar la calle, ya habían desaparecido». Encendió un cigarro y se dirigió al café tranquilamente. De todas formas, había quedado al día siguiente con Jovana en el hotel. Puntual, se la encontró cuando bajó al lobby. Le comentó que el día anterior creía haberla visto saliendo de El Mulato. «Sí, era yo; fui con Bolaño», le dijo. Acababa de esfumarse su segundo encuentro. «La única vez que lo vi, lo vi de lejos, sin saber que era él». Curiosamente, esos días Bolaño había regresado a Chile después de veinticinco años de ausencia. Nunca había pensado en volver a su país, pero semanas atrás había recibido la propuesta de Paula, una revista femenina chilena, para que formase parte del jurado de su concurso de cuentos, y aceptó. La casualidad casi lo empujó a cruzarse con César Aira en Santiago, y la misma casualidad, o tal vez otra, los separó. Al final iba a ser cierto que el mundo es demasiado grande.
Un año después, en agosto de 1999, Bolaño acudió a Venezuela para recibir el Premio Rómulo Gallegos. Su prestigio era imparable. La noche antes de regresar a España cenó con los representantes del Pen Club de Venezuela. Al final de la velada alguien comentó que justo el día anterior César Aira había participado en el Taller de Expresión Literaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos impartiendo una conferencia. Empezaban a ser demasiados desencuentros casuales. ¿No se estarían, en el fondo, evitando?
Pero entonces llegó 2003. El año anterior César había enviado a Mondadori el manuscrito de El mago, que entusiasmó a la editorial, y le pidieron que viajase a España para presentar la novela. «En ese momento volvió a surgir la oportunidad de planear un encuentro con Bolaño». De nuevo en Barcelona, y por segunda ocasión de manos de Ignacio Echevarría, del todo empeñado en que se conociesen. Esta vez no habría imprevistos de última hora. Aira seguía sin leer a Bolaño, pero no importaba. Quería estrecharle la mano, hablar, incluso permanecer en silencio junto a él, mirándose los zapatos. Ya disponía de fechas y billetes para el viaje. El 15 de julio, tres días antes de subirse al avión, leyó en la prensa que Bolaño había fallecido en el Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona después de pasar diez días en coma a consecuencia de una insuficiencia hepática. Fin. 
Ya nunca podrían encontrarse. Pero César aún podía leer a Bolaño. Era como un as en la manga. Equivalía a cerrar un círculo, y, en cierto sentido, a conocerlo al fin. En abril de 2009 estuve con Aira en Madrid. Me confesó que seguía sin leer a Bolaño. Como me lo temía, acudí al encuentro con Amuleto, que le regalé como parte de una broma. Pasaron los años, y nunca le pregunté por el libro, hasta hace unos días. «No, no leí nada de Bolaño en este entretiempo, a pesar de que fue un entretiempo largo. Cada vez releo más, y lo que no leí será difícil que lo lea».

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