sábado, 23 de septiembre de 2017

“Necesito a Dante para mi salud espiritual”




El escritor, traductor y editor Alberto Manguel en Formentor este viernes.
El escritor, traductor y editor Alberto Manguel en Formentor este viernes. CATI CLADERA


Como Walter Benjamin, a Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) le precede la fama de su biblioteca, así que, inspirado por el pensador alemán, el escritor argentino-canadiense ha convertido el trance de almacenar su vasta colección de 35.000 volúmenes en una reflexión sobre la lectura, la acumulación y la memoria. Dando la vuelta al título de un célebre texto de Benjamin, Manguel ha escrito en inglés una suerte de autobiografía libresca llamada Mientras embalo mi biblioteca (Alianza, con traducción de Eduardo Hojman), a partir de la experiencia “traumática” de una mudanza.
El autor se vio obligado hace tres años a abandonar su casa, situada en el antiguo presbiterio de Mondion, pueblo cercano a Poitiers (Francia). Aquel fue el lugar en el que, tras mucho trotar por el mundo (Argentina, Italia, Reino Unido, Israel, Tahití, Canadá), pareció al fin posible echar raíces con sus libros… hasta que no tuvo más remedio que empaquetarlos con gran pesar para enviarlos al “depósito de su editora canadiense en Montreal”, donde aún permanecen en sus cajas.
“Solo me llevé conmigo una edición en tres volúmenes de la Divina Comedia; necesito a Dante para mi salud espiritual”, recordó Manguel ayer en los jardines del Hotel Formentor, en Mallorca, donde recibió anoche el premio Formentor de las Letras, dotado con 50.000 euros. Con un erudito discurso en el que se remontó a los orígenes de la escritura, inauguró la décima edición de las conversaciones literarias que cada septiembre se mantienen aquí. “Hay un texto de Borges, Las uñas, donde habla de cómo estas le siguen creciendo a un muerto”, continuó Manguel. “Es lo mismo con mi biblioteca, que debe de estar por los 40.000 volúmenes. Aún en su tumba, sigue creciendo”.
La sombra del autor de El Aleph, a quien trató como a un maestro en la adolescencia, se hizo inevitable. A ambos les unen muchas cosas más allá de la fama de enciclopédico lector. Como Borges hizo a partir de 1955, Manguel dirige desde hace un año la Biblioteca Nacional de Argentina, ofrecimiento que le llegó de la Administración Macri tras la mudanza. Perdió sus decenas de miles de libros, pero ganó los millones que atesora la institución en Buenos Aires.
Su nombramiento, precedido por el despido de 240 trabajadores, fue recibido airadamente por un sector. Hoy, afirma, los ánimos están más apaciguados. “Los partidarios del Gobierno anterior querían que la biblioteca siguiese siendo sectaria y de su signo, obviamente”, explica en una conversación con EL PAÍS y La Vanguardia. “Pero eso se calmó. La mayor parte se dio cuenta de que yo estaba ahí como administrador para hacer más eficaz la biblioteca. Desgraciadamente, en Argentina hay poco diálogo y mucho enfrentamiento sectario”.
El reflejo borgeano no se agota en lo laboral, el escritor también fue distinguido con el Formentor en su primera encarnación, cuando fue concedido en este mismo lugar entre 1961 y 1967 a autores como Beckett, Gombrowicz o Bellow. Tras la resurrección del premio en 2011, la lista se ha nutrido de nombres como Javier Marías, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo o Enrique Vila-Matas.
“No sé muy bien por qué me han dado este premio, yo no me lo daría, aunque estoy muy agradecido. Sería muy mal lector si dijera que me encuentro en la misma estantería que Borges”.
Y entonces, ¿a quién se lo concedería? “Norman Manea, Cees Nooteboom, Anne Carson, Margaret Atwood…” ¿Y qué escritores encuentra sobrevalorados? “Solo citaré muertos: Azorín, Lope de Vega, Galdós, salvo Misericordia y Fortunata y Jacinta. Y Bolaño. Tiene dos novelitas que están bien (Nocturno de Chile y Estrella distante), pero 2666 y Literatura nazi en América son obras escritas sin pensar; diarreas verbales. Hay una tendencia, sobre todo en América Latina, a escribir sin corregir”.
La banalidad de lo digital (“No creo en la literatura virtual como no creo en el sexo virtual”), el “uso perezoso del idioma” o la distorsión de la realidad que practica Trump también preocupan a Manguel. “Cuando opone a los hechos verdades alternativas hace algo muy distinto de lo que pretende la literatura, que brinda una visión múltiple. Trump niega el reportaje de los sentidos, y eso es lo peligroso”.
"Verdad", y no cualquier otra, fue anoche la última palabra de su discurso de aceptación del premio.

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