martes, 1 de abril de 2025

Ese espectro ineducable que nunca habrá aprendido a vivir, Jacques Derrida


De calledelorco en abril 1, 2025

Si hubiera inventado mi escritura, lo habría hecho como una revolución interminable. En cada situación, es preciso crear un modo de exposición apropiado, inventar la ley del acontecimiento singular, tener en cuenta al destinatario supuesto o deseado y, al mismo tiempo, pretender que esta escritura determine al lector, el cual aprenderá a leer (a “vivir”) algo que, por lo demás, no estaba acostumbrado a recibir. Se espera con ello que vuelva a nacer, determinado de otro modo; por ejemplo, estos injertos sin confusión de lo poético con lo filosófico, o algunas maneras de utilizar homonimias, lo indecidible, las astucias de la lengua, que muchos leen confusamente, ignorando su necesidad propiamente lógica.

Cada libro es una pedagogía destinada a formar a su lector. Las producciones en masa que inundan la prensa y el mundo editorial no forman a los lectores: suponen, de manera fantasmática y primaria, un lector ya programado. De modo que terminan configurando a ese destinatario mediocre que habían postulado por anticipado. Ahora bien, por deseo de fidelidad, como usted dice, a la hora de dejar una huella, lo único que puedo hacer es dejarla al alcance de quien fuere: ni siquiera puedo dirigirla singularmente a alguien.

Por más fiel que quiera ser, uno nunca deja de traicionar la singularidad del otro a quien se dirige. A fortiori cuando se escriben libros de carácter muy general: uno no sabe con quién habla, inventa y se crea siluetas, pero en el fondo eso ya no nos pertenece. Orales o escritos, todos estos gestos nos abandonan, empiezan a actuar independientemente de nosotros. Como máquinas, a lo sumo como marionetas (así lo explico en Papier Machine). En el momento que dejo (publicar) “mi” libro (nadie me obliga a ello), me convierto, en el aparecer y desaparecer, en ese espectro ineducable que nunca habrá aprendido a vivir. La huella que dejo significa a la vez mi muerte, futura o ya ocurrida, y la esperanza de que me sobreviva. No es una ambición de inmortalidad, es algo estructural.  Dejo allí un trozo de papel, me voy, muero: es imposible salir de esta estructura, que es la forma constante de mi vida. Cada vez que dejo que algo parta, que tal huella salga de mí, que “proceda” de mí y sea imposible reapropiármela, vivo mi muerte en la escritura.

Prueba suprema: uno se expropia sin saber verdaderamente a quién se confía lo que deja. ¿Quién nos heredará, y cómo? ¿Habrá acaso herederos? Es una pregunta que hoy nos podemos plantear más que nunca. El tiempo de nuestra tecnocultura ha cambiado radicalmente en este aspecto. La gente de mi “generación”, y a fortiori de las anteriores, estaba acostumbrada a cierto ritmo histórico: creía saber que tal obra podía o no sobrevivir, en función de sus cualidades, durante uno, dos o, como Platón, hasta veinticinco siglos. Desaparecer, y luego renacer. Pero hoy, la aceleración de las modalidades de archivo, pero también el desgaste y la destrucción, transforman la estructura y la temporalidad, la duración de la herencia. Para el pensamiento, la cuestión de la supervivencia toma en lo sucesivo formas absolutamente imprevisibles. En cuanto a esto, a mi edad, estoy preparado para las hipótesis más contradictorias: tengo simultáneamente, le ruego que me crea, la doble sensación de que, por un lado, para decirlo con una sonrisa y sin modestia, aún no han empezado a leerme, que si hay, por supuesto, muchos muy buenos lectores (en todo el mundo quizá sean decenas, y son también escritores-pensadores, poetas), en el fondo, todo esto tendrá sólo más adelante una posibilidad de aparecer; pero también de que, por otro lado, simultáneamente entonces, quince días o un mes después de mi muerte, ya no quedará nada. Salvo lo que se guarda como depósito legal en la biblioteca. Se lo juro, creo sincera y simultáneamente en estas dos hipótesis.

Jacques Derrida
Aprender por fin a vivir
Entrevista con Jean Birnbaum
Traducción: Nicolás Bersihand
Amorrortu Editores