martes, 5 de mayo de 2015

Karl Ove Knausgård





Durante tres años seguidos, Karl Ove Knausgård escribió veinte páginas diarias sobre su propia existencia. El escritor noruego pretendía superar así una larga crisis creativa, pero también la trágica desaparición de su padre, fallecido tras ingerir cantidades industriales de alcohol junto a una abuela senil e igualmente ebria, pocos meses antes de que el autor cumpliera 40 años. Knausgård siguió escribiendo hasta concluir una saga de seis volúmenes autobiográficos, escritos con lucidez existencial y honestidad sanguinaria, a la que la que confirió el polémico título de Mi lucha, que reconoce haber escogido como pura provocación.
Su aventura terminó en 2011, cuando ya se había convertido en un fenómeno de masas en Escandinavia. Desde entonces, también lo es en el mercado anglosajón, donde se le ha comparado con Proust y W.G. Sebald, además de ser adulado por autores como Jonathan Lethem, Zadie Smith y Jeffrey Eugenides –“ha roto la barrera de sonido de la novela autobiográfica”, sentenció este último–, beneficiado por el respaldo del todopoderoso agente Andrew Wylie, responsable del boom internacional de Roberto Bolaño. Tras un primer volumen centrado en su progenitor, La muerte del padreAnagrama publica ahora el segundo tomo de la saga, Un hombre enamorado, que versa sobre las frustraciones de su vida diaria como padre de familia, relatadas con todo lujo de detalles. “Yo quería dejar a Linda, porque siempre se estaba quejando, siempre quería algo distinto, y nunca hacía nada para conseguirlo. Se limitaba a quejarse, quejarse y quejarse”, sostiene sobre su mujer nada más empezar.
Pasan unos minutos de los dos de la tarde. Knausgård, hombre de rostro torturado y mirada cristalina, aguarda en el andén de la estación de Ystad, pequeña ciudad en la costa sur de Suecia a la que se mudó junto a su familia hace tres años, huyendo del mundanal ruido de Estocolmo. Una vieja camioneta llena de objetos desordenados –libros de Per Petterson, una temporada de la serie Mad Men y hasta una muñeca Violeta, la heroína argentina de la factoría Disney– nos conducirá hacia su hogar, una casa de campo tradicional dotada de un espacio de trabajo independiente que huele a tabaco y cafeína, presidido por una batería que dice tocar de vez en cuando. La entrevista tendrá lugar en el sofá naranja de su biblioteca, donde conviven Stig Dagerman, Virginia Woolf y los ensayos de Montaigne. “Me estudio más que ningún otro asunto. Yo soy mi física y mi metafísica”, dejó dicho el pensador francés. Damos por sentado que, siendo autor de 3.600 páginas sobre su propia vida, lo comparte sin matices.
El éxito del proyecto reside, precisamente, en la transgresión de ese tabú. Al recorrer sus páginas, uno tiene la sensación de allanar su morada y adentrarse sin permiso en su privacidad. De hacerse con un diario personal escondido en un cajón y leerlo con avidez, para terminar descubriendo secretos extrañamente familiares. Retraído pero nada hermético, Knausgård asiente. Existe placer en el hecho de leer sobre vidas ajenas, pero también en el de contar la tuya. Narrar tu propia existencia resulta casi lujurioso. Y, como toda lujuria, viene acompañada de culpa y de vergüenza. Por lo menos, eso es lo que he sentido yo”, asegura.Llevaba tiempo trabajando en el libro, pero no encontraba la forma adecuada de tirar adelante. Un día me puse a escribir de manera embarazosamente confesional, contando cosas íntimas de las que nunca había hablado antes”, empieza relatando. Cuando se lo enseñó a su editor, le dijo que le parecía digno de “un maníaco”. Ese día entendió que lo había encontrado. “Había en el texto una energía infrecuente. Abordaba una intimidad de la que se supone que no debe hablar una novela”, explica.
Pregunta. Su proyecto ha causado un sufrimiento atroz a su alrededor. Su madre le intentó disuadir para que no lo publicara, su ex mujer le ha condenado públicamente, la familia de su padre no le habla y su actual esposa terminó deprimida. ¿Cómo consiguió tirar adelante?
P. Entonces, ¿cree que ha valido la pena?Respuesta. Me repetía que el libro era más importante que mi vida. En aquel momento, lo creía de verdad. Cuando uno crea algo así, debe quererlo con todas sus fuerzas. Si no, el proyecto no resulta valioso. Eso no quita que fuera difícil e incluso descorazonador. Yo siempre me había visto como una buena persona. Y este libro no era el acto de una buena persona. Pero, por una vez en mi vida, me dije que tenía que ser honesto.
R. Sí. Estoy feliz de que estos seis libros existan. Lamento haber hecho daño a los demás, pero no puedo decir que lo sienta. Dicho esto, dudé mucho. Cuando mandé el manuscrito a mi entorno y todos reaccionaron tan mal, me planteé no publicarlo. Ya lo había escrito, ¿para qué necesitaba que lo leyeran los demás? Entonces me di cuenta de que necesitaba el aplauso ajeno. Solo lo siento por mis hijos. El precio que pague yo no me importa, pero el que puedan pagar ellos, sí.
Se calcula que uno de cada cinco noruegos ha leído alguno de sus libros. Algunas empresas tuvieron que prohibir sus novelas para evitar que los trabajadores se desconcentraran en horario laboral. Lejos de alegrarle, el éxito le perturbó. “Yo procedía del mundo académico y me consideraba un tipo serio que hablaba de cosas importantes. No me veía como un autor de best sellers”, reconoce. “¿Cómo era posible que me sucediera esto? ¿En qué había fallado? El éxito me provocó un problema de identidad. Afectó a la imagen que tenía de mí mismo”. Es cierto que sus novelas anteriores tenían un perfil más erudito. Su segundo libro, Un tiempo para todo, versaba sobre la conexión entre lo humano y lo divino, además de reinterpretar pasajes de la Biblia. En cambio, Un hombre enamorado habla de calentar biberones y preparar papillas, de sortear desdichas domésticas y ganar batallas conyugales a riesgo de perder la guerra.
R. Nunca me lo planteé racionalmente – responde, soltando su primera y última carcajada. – Sentía una gran frustración, provocada por mi vida familiar. Me decía que mi vida no tenía sentido y soñaba con marcharme. Hoy me sigo sintiendo así, pero menos. Este libro resolvió algo en mi interior. Antes veía a mi familia como el enemigo. Ahora los veo como aliados. La recepción del libro fue tan extrema que agradecí que estuvieran a mi alrededor para protegerme.P. ¿Cómo pasa uno de las sagradas escrituras a los pañales de sus hijos en menos de media década?
P. ¿Ahora ya no cree que sería mejor escritor si no tuviera familia?
R. No, porque estaría totalmente aislado. Tener mujer e hijos me obliga a la interacción social, a enfrentarme al otro. Y de esa confrontación surge algo indudablemente bueno. Cuando era joven me marchaba largas temporadas a islas semidesiertas, porque creía que así era como uno debía escribir. Con el tiempo he entendido que hay que aprovechar lo que tienes delante. Sin ese conflicto familiar, mi libro no existiría.
P. En el primer volumen, define esa lucha como un enfrentamiento “contra una fuerza superior”, pese a no ser religioso. ¿En qué consiste entonces esa fuerza?R. No. Siempre me ha parecido un buen título. Al final del sexto libro hablo sobre Hitler, aunque no fue premeditado. Me interesa la diferencia entre individuo y masa.
R. Me resulta imposible responder con precisión. Existe un gran anhelo en el libro por vivir en el momento presente. Es algo que solo me sucede con la lectura, la escritura y el arte. Es un sentimiento parecido al que debía de ofrecer la religión: una conexión con el mundo, un esplendor de la existencia. Mis hijos no estudian la Biblia en el colegio y lo siento por ellos. Se está perdiendo un lenguaje, una mitología, una manera de experimentar el mundo. ¿Dónde ha quedado el éxtasis? ¿Ha adoptado otra forma o ya no lo necesitamos?
P. Dígamelo usted.
R. Diría que la cultura del entretenimiento ha sustituido a la religión en solo un par de generaciones. Mis hijos crecerán en un mundo muy distinto al de mis padres. Me da pena, pero tampoco me opongo a ello. ¿Qué puedo hacer si a mi hija le gusta Violeta? Cada generación tiene las llaves de su tiempo.
P. Suecia, Noruega y Dinamarca encabezan la lista de naciones con mayores índices de felicidad, según datos recientes de la Universidad de Columbia. ¿Intensifica eso su desapego?
R. Tal vez tenga envidia de esa gente, porque yo nunca he sido feliz. Ya sabe que existe una larga tradición de intelectuales escandinavos depresivos, de Ingmar Bergman a Lars Von Trier [sonríe]. Ser escandinavo significa formar parte de una sociedad que, desde que eres niño, te repite que no eres más importante que tu vecino. En la fotografía más conocida del Rey de Noruega, aparece en un tranvía vestido de calle y enseñando su billete. Ese proyecto social igualitario me parece bueno. El problema es que implica un consenso excesivo. En Escandinavia, todo el mundo piensa lo mismo. Y, cuando te atreves a decir cosas opuestas al consenso, eres considerado un ser malvado.
P. Pues en el libro dice unas cuantas. Por ejemplo, pone matices a la igualdad entre géneros y dice sentirse “emasculado” como hombre.
R. Eso responde a una gran inseguridad respecto a mi propia masculinidad. Un hombre de verdad no tendría problemas en criar a sus hijos. Ahora he cambiado un poco. He encontrado una manera de ser padre sin sentirme amenazado, tal vez porque vivo en el campo, donde los roles de género son más tradicionales que en la ciudad. Cuando vivía en Estocolmo presencié una conversación entre dos hombres que discutían sobre si era mejor llevar al niño de cara o de espaldas en la mochila porta-bebé. Me produjo un intenso sentimiento de claustrofobia. Odio que seamos cada vez más parecidos. Es mi definición del infierno.
P. ¿Qué escribe uno después de un proyecto como este?
R. De momento, muy poco. Tengo que superar lo que me ha pasado para ser capaz de seguir adelante. Necesito escapar a lo que soy y sentirme libre. Me he puesto a leer sobre física, disciplina de la que no sé nada, para ver si logro reinventarme. De momento no ha dado resultado. El año pasado intenté empezar una novela. Escribí cuarenta páginas abominables. Sé que es posible que no vuelva a escribir nada que merezca la pena publicar.

lunes, 4 de mayo de 2015

Walter Benjamin regresa a la urbe




Hace año y medio, en enero de 2014, di cuenta de la aparición del primer volumen de la Obra de los pasajes, nombre que toma en la edición de Abada el célebre Das Passagen-Werk, magno trabajo inacabado de Walter Benjamin. Allí anunciaba la publicación del segundo volumen en unos meses. Han sido bastantes más de los que suponía, pero por fin aquí está el cierre de la obra. Nadie que comprara el primero puede quedarse sin el segundo y aquellos que prefirieron esperar a que la obra estuviera completa, ya pueden ir a la librería con una maleta. Los dos volúmenes suman 1.662 páginas. Una edición colosal en inmejorable traducción de Juan Barja.
Ustedes se preguntarán si es éste el momento idóneo para entrar en una obra semejante, inmensa cantera donde se acumulan los materiales y las herramientas anhelantes del obrero que es cada lector y de quien se espera trabajo, reflexión, imaginación y esfuerzo. Sí, así lo creo. No se me ocurre mejor momento que éste, cuando todo aquello de lo que habla Benjamin está balanceándose en el filo del precipicio.
El primer volumen comenzaba con esa pieza seminal que ha dado lugar a un replanteamiento general del juicio sobre las grandes ciudades industriales, las diversas metrópolis cuyo modelo inicial fue París. En aquel París, capital del siglo XIX, había mayor número de ideas en aluvión y sin apenas desbroce que en toda la obra de los urbanistas hasta ese día. A esas escasas páginas le han nacido las doce tribus del pensamiento sobre la ciudad contemporánea. Lo asombroso es que el breve artículo era sólo el anuncio de un trabajo extenso e intenso sobre los orígenes del capitalismo para el que Benjamin acumuló tal cantidad de materiales que su pura presencia impidió la realización del proyecto. Parece un cuento de misterio: cuando Benjamin ya lo supo todo sobre la fantasmagoría capitalista del XIX, se desentendió del asunto principal.
En el segundo volumen prosigue la edición de las Notas y materiales. Son otras 800 páginas sobre los asuntos esenciales de su investigación. Hay capítulos sobre el desarrollo técnico, que iba a ser la nueva religión de las metrópolis hasta el día de hoy. Las vías férreas, la litografía, la fotografía o la escuela politécnica emergen como embriones del futuro (y actual) desarrollo del Titán. Fourier, Saint-Simon, Marx son los barbudos abuelos veterotestamentarios. Victor Hugo, Daumier, el Jugendstil, los momentos de iluminación del capitalismo de las catacumbas. Y así sucesivamente. Como el condenado a muerte de Borges, el cual, tras observar con suma atención la piel del jaguar que va a devorarlo vivo, descubre la escritura secreta del universo, lo que le permite leer el firmamento estrellado y averiguar el plan universal de los dioses de manera que ya la muerte no le importa, así también Benjamin, tras acumular en las que llamó Notas y materialesmiles de citas, comentarios, fragmentos, ideas y esquemas, dejó de ocuparse en aquel asunto vagamente marxista sobre el capitalismo y pasó a consideraciones de mayor calado sobre la existencia de los humanos y su historia. Los alemanes le facilitaron la salida. Dado que iban a matarle y estaba condenado a muerte, prefirió suicidarse en Portbou.
Como en el anterior, ocupa un lugar privilegiado el ocioso paseante que es el nuevo actor de la representación urbana, el flâneur que escruta, observa, vigila, advierte, las peculiaridades de esa sociedad apiñada en espacios exiguos. Este es el padre del investigador moderno, sociólogo, etnólogo, antropólogo, novelista, detective privado o asesino en serie, pues todo irá naciendo del primer flâneur,desde el criminal que aprovecha el anonimato metropolitano para degollar prostitutas, hasta el poeta que se sumerge en las ondas embriagadoras de la multitud, como escribió Baudelaire.
Desde que la obra de Benjamin comenzó a divulgarse con una cierta seriedad, tan tarde como en los años sesenta del siglo pasado, su figura ha ido creciendo hasta hacerse inevitable. En la actualidad estudian a Benjamin en los centros de negocios, en los departamentos de Arquitectura, de Ingeniería, de Teología, de Sociología, de Economía, de Bellas Artes, en fin, en todos los departamentos menos en los de Filosofía. Exagero, también en los de Filosofía, aunque algo más tarde. El retraso se debió al marxismo de Benjamin, que viene a ser como el cubismo de Morandi, o sea, nulo, lo que irritaba a los profesores progresistas, que son legión. En la actualidad, Benjamin ha permeado ya hasta las redacciones de las revistas de peluquería. Es algo preocupante. Justamente, para júbilo de los benjaminianos, merece la pena informar de que se acaba de editar el libro del amigo de Benjamin que inspiró la figura del flâneur, Franz Hessel, cuyos Paseos por Berlín (errata naturae) escritos en 1929 son el modelo de lo que el filósofo explicará largamente en los Pasajes. Y también es un maravilloso viaje por la metrópolis de hace casi cien años que nos permite descubrir, no ya los cambios, sino las metamorfosis de la vida berlinesa.
La edición se completa con una extensa sección en la que el editor explica la composición de Pasajes mediante cientos de cartas de Benjamin a Adorno, a Scholem, a Horkheimer, a Hanna Arendt, con decenas de respuestas. Es una antología epistolar del filósofo, imprescindible para cualquier aficionado. Admirable e imprescindible edición. Justamente por su enorme popularidad, apenas hay obra contra Benjamin o crítica con sus posiciones. Sólo de vez en cuando alguien se atreve a poner en duda algunos de sus juicios. En un reciente trabajo de Joan De Jean (How Paris became Paris), por ejemplo, se corrige que el plan de Haussmann para la remodelación de la urbe respondiera a las ideas tan avanzadas y racionales que supone Benjamin. Sorprendentemente para el criterio actual, De Jean afirma que quizás se trataba de completar la reforma de Luis XIV, las grandes avenidas y bulevares construidos bajo su reino en las viejas defensas devenidas obsoletas por el avance de la artillería. Paradoja: habría sido una continuación tradicionalista del diseño monárquico y no una invención revolucionaria. Una golondrina no hace verano. Estamos aún a la espera de una visión en verdad crítica de esta obra inmensa, caótica, imaginativa, onírica, que tanto se parece a nuestra propia época. Quizás por eso la amamos tanto.

De lo espiritual en el arte










De los trabajos teóricos de Kandisky este publicado en 1911 siendo el primero de ellos, ha sido tambien el mas traducido y publicado. Es un plano personal narrativo que tiene como finalidad la practica de la abstraccion. El proposito del libro es motivar la capacidad de captar cosas espirituales dentro de las cosas materiales.
Aunque Kandinsky se expresa en un lenguaje de claras resonancias orientales, lleno de analogías, y suele resolver las dificultades de la expresión escrita por medio de asociaciones sensoriales y lingüísticas, el texto ostenta un estilo impecable y ha acabado ejerciendo, gracias a su gran poder comunicativo, una influencia profunda e indiscutible.
















miércoles, 29 de abril de 2015

El nombre de la rosa







STAT ROSA PRISTINA NOMINE, NOMINA NUDA TENEMUS
Que puede ser traducida al castellano por
“Permanece primitiva la rosa de nombre, conservamos nombres desnudos”