viernes, 24 de junio de 2016

Pensar sin represión_ENRIQUE VILA-MATAS



Brillante artículo periodístico de 1823, El arte de convertirse en un escritor original en tres días parece redactado hoy mismo. Es un ejercicio para almas pusilánimes ante la página en blanco. Su autor: Ludwig Börne, particularmente famoso por su choque con Heinrich Heine en la definición del papel del intelectual moderno: una disputa que en lengua alemana inauguraron estos dos pensadores y que, como dice Enzensberger, sigue vigente desde entonces y sin que se vislumbre un final.
También el artículo de Börne sobre la originalidad sigue vigente: “Durante tres días seguidos escribid, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se os pase por la cabeza. Escribid lo que pensáis de vosotros mismos, de vuestras mujeres, de la guerra con los turcos, del Juicio Final, de vuestros superiores; y una vez transcurridos esos tres días os quedaréis pasmados de la cantidad de ocurrencias inauditas que habéis tenido. En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original”.
A Börne le sublevaban los que se reprimen al pensar y escribir, aquellos que quieren descollar sobre un colega, pero no saben que para superarle es preciso situarse a su altura y de entrada, ser valiente y enfilar su mismo camino: “Quien atiende a su voz interior en vez de al vocerío siempre será original. Pero no hay que censurarse, hay que escribir”. En definitiva, se trata de pensar por cuenta propia, y hacerlo –ahí está la clave– “sin falsedad ni hipocresía”, sin temor a lo que vayan a decir los mediocres. Se suele repetir que Freud utilizó el artículo de Börne para su técnica terapéutica de la asociación libre. Pero en realidad, ya desde Montaigne, la gran literatura venía trabajando en la reproducción del flujo de conciencia.
Precisamente Börne y Heine abren La eternidad de un día, antología de grandes clásicos del periodismo literario alemán que abarca de 1823 a 1934 (publicada por Acantilado y prologada, seleccionada, anotada y traducida sabiamente por Francisco Uzcanga Meinecke). Abre Börne con sus consejos para ser originales y continúa Heine con una crónica sobre un concierto de Paganini. Siguen luego, en su vertiente periodística, una serie de genios literarios de primer orden: Walter Benjamin, Joseph Roth, Karl Kraus, Robert Musil, Alfred Polgar, Else Feldmann, Robert Walser, Ödön Von Horváth…También estos artículos periodísticos sorprenden por su contemporaneidad, buena prueba de que el antólogo ha seleccionado con meticuloso criterio.
Dispuestas por orden cronológico, van desfilando obras maestras de la prensa cultural alemana: algunas autorreferenciales (discurriendo sobre el género mismo), todas reflejando las tendencias más acusadas de cada época; por ejemplo, la progresiva politización a lo largo de la República de Weimar.
Me gusta la literatura que no está muy segura de sí misma, pero a la vez también esta prosa alemana tan segura, tan vanidosa incluso: prosa audaz, capaz de pensar sin la menor represión; un periodismo potente, de crítica cultural libre, que vence al tiempo por su permanente huida del vocerío general.


jueves, 23 de junio de 2016

Ansia de ficciones_ENRIQUE VILA-MATAS




En el impresionante El campeón ha vuelto, de J. R. Moehringer (Duomo), el narrador recuerda la primera vez que comprendió que sólo hay dos tipos de historias: las que quieren que cuentes y las que quieres contar tú: “Y nadie va a dejarte, así sin más, contar las segundas. Tienes que pelear para ganarte ese privilegio”.
Tanto el gran David Shields (Hambre de realidad, Círculo de Tiza) como el gran Tom McCarthy (Satin Island, Pálido Fuego) están entre los que no narran lo que los demás quieren que narren. Son singulares, con un punto innegable ambos de genialidad, aunque sus poéticas se hallan en polos opuestos. Shields, con su libro construido con citas literarias que discuten los conceptos de originalidad y autoría, se arroja en brazos del “ansia popular de autenticidad que palpita detrás de las novelas basadas en hechos reales”, lo que le sitúa en las antípodas de McCarthy, para quien la autenticidad es el fetiche reaccionario por excelencia, el Santo Grial de la mala literatura: “La autenticidad es el fetiche y también la retórica ideológica dominante de nuestra época, el trasfondo de toda la publicidad: Sé fiel a ti mismo, es decir, compra zapatillas Nike como todo el mundo, etcétera”.
Shields considera que, como consecuencia del ansia de autenticidad, las antaño brillantes construcciones de historias ficticias se están atrofiando. Para McCarthy, en cambio, la ficción está más viva que nunca: la literatura empieza con la toma de conciencia de la más extrema inautenticidad, pues para crear tiene el artista que encontrar una zona en la que pueda ser “radicalmente no original”. Y como ejemplo cita a John Cage, que componía a base de mezclar, de colocar veinte radios en un escenario y sintonizar veinte emisoras distintas a la vez. Porque escribir, dice McCarthy, no es originar una señal, sino recibir, remezclar y retransmitir varias señales al mismo tiempo. McCarthy –“un Kafka de la era Google” para Daily Telegraph– parece concebir al escritor como un sistema inalámbrico o, mejor, como un copista kafkiano al que obsesionaran la falsificación, la duplicación, los impostores: “Es algo clave en toda la literatura, desde Platón hasta hoy. La literatura empieza con la toma de conciencia de la inautenticidad radical”.
¿O acaso alguien aún cree que somos auténticos? Lo que McCarthy propone se relaciona con John Banville, para quien nuestra presencia en la tierra (ver El libro de las pruebas) podría deberse a un “error cósmico”, pues estábamos destinados a otro planeta con cielos más torvos, y los destinados a estar aquí seguro que se han extinguido hace tiempo: imposible que la mayoría de esos delicados terrícolas sobrevivieran en un mundo dispuesto sólo para contener nuestra genética hooligan.
Créanme: quienes se sienten extraños en este planeta (quién sabe si descendientes de los pocos terráqueos originales que pudieron sobrevivir) suelen sentirse aun más desterrados cuando algún tipo “normal” enciende un cigarrillo y les dice que tiene hambre de realidad. Perplejidad absoluta sin límites. ¿Hambre de qué?

miércoles, 22 de junio de 2016

TRUMAN CAPOTE: SUAVE, TERRIBLE


Sin duda Truman Capote (1924-1984)  además de ser un excelente narrador se ha vuelto un mito de la literatura norteamericana. Pero no sólo por las recientes películas ni porque su famosa novela-reportaje “A sangre fría” le costara un tremendo trauma personal y supusiera –en 1965- casi el fin de su brillante carrera literaria, que incluye naturalmentesus famosas entrevistas, que solían causarle disgustos, como la espléndida que le hizo a Marlon Brando, “El Duque en sus dominios”. Capote se enamora de uno de los asesinos a los que estudiaba para su novela y tuvo que verlo morir en la horca, para finalizar el texto. Capote se complacía en contar sus “vicios”, ya al final: “Soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio”.  Eso decía cuando vino a Madrid –lo vi fugazmente- a presentar su último libro de relatos, “Música para camaleones”(1980) dedicado a su amigo Tennessee Williams y libro magnífico . El mito Capote también surge de sus cargas de coca junto a Warhol en la famosa y neoyorquina “Studio 54”, o de mezclar terriblemente barbitúricos con “dry-martini”, lo que llamaba con sorna suicida, “el cóctel Capote”…  Hay en efecto un Capote grueso y trágico al fin –murió durmiendo aún con 59 años, vencido- que se reía de las mujeres-cisnes (las esposas de los multimillonarios) que lo habían adorado, pero se enfadaron seriamente con el “niño bonito” cuando se vieron reflejadas en los capítulos que salieron de su frustrada última novela, “Plegarias no atendidas”, frase de Santa Teresa.9788433936967marilyn-monroe-y-truman-capote-amistad_132098.jpg_555915229
El mito se construye en la calidad de la escritura, sencilla y muy refinada al mismo tiempo, y en su inicial imagen –muy diferente a la final- de jovencito ambiguo o si se quiere en palabras claras, en su pose de delicado mariquita. La famosa foto de contraportada de su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, lo muestra como un muchachito culto y decadente que parece decirle al lector: ¿Por qué no empiezas conmigo? ¿No te gusto?  A Capote (al contrario que a Tennessee o  Allen Ginsberg) no le gustaban los chicos PH2005100502521jóvenes, sino según un dicho viejo los hombres de pelo en pecho, quizá como el asesino  que también tenía corazón doliente en “A sangre fría”. Ese Capote delicado es el que recorrió Tánger en 1949 con los Bowles aunque Tánger no era su territorio. Lo entendió la vieja Colette, a la que visitó en París, y aquella vieja enamorada de los jóvenes le escribió en una carta premonitoriamente: “Hay algo que ni usted ni yo podremos nunca ser, querido: Maduros”. Colette vio que la magia de Capoteera la sabia inmadurez, y ahora aprendemos con sus relatos inéditos de adolescencia –“Relatos tempranos”, Anagrama- que la inmadurez iba unida a un especial talento, el de lo  fácil/ difícil. Basta ver el al parecer su relato más antiguo, “La señorita Belle Rankin” (escrito con 17 años) porque de muchos modos ahí está Capote entero, el de la fácil dicción, la penetrante mirada y el elogio de lo marginal.  Lo que sucede –y estos cuentos ayudan mucho a verlo- es que el delicado muchachito decadente, en la orgía de la frivolidad, el capitalismo y el desacato, se vuelve un viejo warhol-andy-and-truman-capote-candid-photo-signed-autograph-6precoz, enternecedor porque conserva el alma del chiquito herido aunque la vean los menos, como es de rigor casi siempre…

miércoles, 15 de junio de 2016

Miquel Mont, "La economía dicta todo", Galería Formato Cómodo (Madrid)


Visitando la muestra de Miquel Mont (Barcelona, 1963) en la Galería Formato Cómodo de Madrid –"La economía dicta todo" es su título- me preguntaba si de la producción plástica contemporánea española se podría afirmar lo mismo que Pasolini manifestó con respecto al cine de la modernidad, y por "modernidad" aquí debemos entender básicamente las cinematografías que se manifiestan en varios países europeos a partir de los presupuestos estéticos de la "nouvelle vague". Si existe, como él estaba convencido con respecto al cine, un arte de la poesía (que él defendía en el cine y al que quería pertenecer) y un arte de la prosa. De ser válida esta división (mi opinión personal es que sí) cabe preguntarse sobre las razones de que sea tan escaso un arte no tanto "poético" (ello es fácil de conseguir, y precisamente por eso es tan abundante la falsa lírica), como aquel que debe a la Poesía el argumento fundacional de su misma existencia en tanto que objeto de arte. 
Días después, y mientras me acercaba a catálogos de Miquel Mont y obra anterior, seguía pensando en este debate –arte de la poesía/arte de la prosa- mientras recordaba la excelente larga entrevista, o conversación, entre Didier Eribon y Ernst Gombrich, en nueva edición de "Lo que nos cuentan las imágenes", descatalogada ya la antigua edición y que yo no leí en su momento (1992). La inteligencia y sagacidad de Eribon para entrevistar ya la demostró con Lévi-Strauss en "De cerca y de lejos", así como el denso y refinado nivel de su producción ensayística: "Una moral de lo minoritario", "Reflexiones cobre la cuestión gay", y sobre todo, muy especialmente, la maravillosa biografía de Michel Foucault, por citar únicamente los que he leído. Pero lo cierto es que estas "conversaciones sobre arte, historia y ciencia" mantenidas con Gombrich son un perfecto y muy sofisticado diálogo platónico, pues si el entrevistado "es quien es" no menos inteligente, o "visualmente inteligente", resulta Eribon, manteniendo su pregunta/discurso entre una "aventura de la percepción" (Deleuze), o pensamiento de y con la Poesía, y una "des-creación de lo Real" (Agamben), o filosofía sensible de la Prosa. Con su perspectiva siempre escéptica, alejada de todo dogmatismo y de amplio alcance, Gombrich no sólo nos brinda un fascinante relato de su labor como historiador del arte, sino que nos invita a repensar las preguntas fundamentales que recorren la historia, provocando, a su vez, tantas preguntas como preguntas responde. Sin duda, un diálogo entre dos seres muy inteligentes e intelectualmente sofisticados. Un diálogo, bien lo podemos afirmar, y en su más noble y clásico sentido, "griego". Es decir, una Poética de la Imagen y el Discurso. Y justo aquí es cuando debemos volver a la obra de Miquel Mont y su "La economía dicta todo".
Unos días antes de inaugurarse la muestra, el artista ofreció en la galería una acción, o mejor: conferencia performativa, con el título de “Trazas Distanciadas”. Durante su realización fue proyectando diferentes imágenes de obras de autores no muy conocidos, o alejados de una cierta “fama nominal”, junto a gráficos del PIB mundial, los acuerdos de Bretton Woods sobre economía y crédito, fotografías de anarquistas españoles históricos, obras personales, etc… Una inteligente reflexión, en última instancia, sobre la vigencia y operatividad en el presente de análisis de la obra de arte por medio de una libre asociación de texto e imagen, discurso y retórica, obra y contexto social y económico, datos objetivos y especulación filosófica, arte y mercado. Ahora bien, esa “libre asociación” mantiene su “libertad” siempre y cuando mantenga determinadas realidades o preocupaciones estéticas: trazos y gestos intencionales o accidentales, capacidad crítica de lo sensible, particularidades en torno al “régimen de lo visible”, o la relación que se establece entre el proceso creativo y las estructuras sociales, económicas y simbólicas, en la que finalmente esa creación desemboca. Es decir, en estructuras y jerarquías que nada tienen que ver con el impulso inicial que provocó el deseo de su salida al mundo. ¿Es necesario afirmar que esta conferencia/perfomance fue una defensa que Miquel Mont hizo de su propia obra de una manera tan inteligente como sutil, tan “agresiva” como refinada, tan brillante como intelectualmente productiva?
Cedemos la palabra al artista: “esta muestra es un collage mural múltiple, a escala del espacio de la galería, y por naturaleza incompleto, en suspenso, inacabado, tomando este inacabar como una acción, como una invitación a continuar”. Yo interpreto sus palabra como una “objetualización” visual del collage, algo así como pretender un “decoupage” de múltiples sintagmas ópticos y, al mismo tiempo, desear que ese desglose celular se convierta en un único y maravilloso plano secuencia que haga visible por igual la abstracción y su contrario, lo informe y su densidad figurativa. En la obra de Miquel Mont está siempre presente lo que yo calificaría de “estupor lingüístico”, que lo interpreto como la utilización de la abstracción pictórica como epítome de la pérdida del lenguaje, de sus límites y de lo inexpresable que la propia cualidad de la lengua detenta, paradójicamente, como “negatividad” de su natural fuerza y trascendencia. 
Escuchemos de nuevo al autor: “desde hace unos años tengo el sentimiento de vivir inmerso en una situación de urgencia, en un estado de alerta y de tensión debido a la crisis. Una crisis económica en medio del desarrollo continuo y exponencial del capital financiero, y que es una crisis de representación, del capital, de sus manifestaciones, así como una profunda crisis de representación política”. La obra de Miquel Mont, y lo que vamos a decir a continuación, sirve para las obras aquí expuestas tanto como a su producción anterior, se sitúa en el espacio de la ambigüedad visual, o el del emplazamiento cambiante, o en el locus desde el cual la recepción de lo creado altera su significado en función de la diversa y cambiante angulación donde el espectador se sitúe para una mejor comprensión de aquello que permite acceder a la visión total de sus propios activos (“he visto todo”, como insistentemente repite la profesora francesa de “Hiroshima Mon Amour”), y a la vez se protege a sí misma de ese acontecimiento de la visión extrema con la veladura de una piel impostada, con la roja mentira de un estupor lingüístico (“no has visto nada”, le responde su amante japonés en la misma película). La obra de Miquel Montt cumple la función expresiva, “artística”, de un cierto “desquiciamiento”, valga lo rotundo del fonema, como si el lugar al que finalmente ha accedido únicamente existiera en tanto que incansable aceleración entrópica, sin más alternativa o salida que el desbordamiento imparable sobre sí mismo, o como una inundación sin fin previsible y que se derrama por los pliegues y junturas del imposible idiolecto de la representación invisible. Este collage que ahora vemos es como una piel muda y que muda, piel deslizante de serpiente. Pero todo desbordamiento e inundación exige una determinada concepción del espacio y el tiempo, máxime en una manifestación o disciplina como la pintura, al menos tal como la entiende Miquel Mont, siempre obligada a una constante e incansable investigación formal y cromática desde la superficie de un soporte que es, al mismo tiempo, su legítimo histórico y su límite. Es una obra, estoy convencido de ello, que Pasolini diría de ella que pertenece sin discusión a una arte de la Poesía, debatiéndose incansablemente entre una "aventura de la percepción" y una "des-creación de lo Real".

martes, 14 de junio de 2016

Para leer mi libro



De momento mi libro está editado en versión digital, lo cual significa que se puede leer en cualquier dispositivo digital, bien sea un móvil, una tableta, un ordenador o un kindle.
Pinchando en la palabra Amazon  (en verde), se accede a toda la información.









lunes, 13 de junio de 2016

Those who love Michel Houellebecq






Ses romans font scandale mais ils sont en tête des ventes en Europe.
Ses personnages ont le regard triste des lendemains qui déchantent, des laissés pour compte du grand rêve libéral. Livre après livre, Michel Houellebecq instruit le procès décapant du monde postmoderne. Est-il un provocateur cynique, un ultra lucide, un romantique déçu ?
A l’occasion de l’exposition de ses photos au Palais de Tokyo, Le Figaro Hors-Série a choisi de présenter l’écrivain, derrière les masques dont il aime à s’affubler : récit de sa carrière, décryptage de ses essais, poèmes, romans et films, analyse des thèmes qui lui sont chers : « l’hypermarché social », l’enfance perdue, l’amour impossible, le néant spirituel, le chaos politique, les paradoxes de l’art contemporain, la montée de l’Islam.
L’introduction indispensable à une oeuvre qui aura eu l’ambition de mettre en scène les contradictions de notre temps.
Foto de Nicolas Féau.