sábado, 20 de mayo de 2017

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en “Diario de Navarra”. Lunes, 1 de mayo de 2017




Ha publicado el periodista y novelista Juan Luis Cebrián Primera página. Vida de un periodista (1944-1988) (Editorial Debate)unas memorias espléndidas que él, con una humildad digna de Teresa de Ávila, dice que no alcanzan el nivel de memorias y que sería más exacto calificar como recuerdos de una vida.  Con la habilidad de comunicación que nos enseña la retórica griega y romana, Cebrián comienza captándose la benevolencia del lector con un prólogo – que él tiene el acierto de no llamar prólogo – presentado con el título de “A modo de excusa”. Y, en este admirable texto introductorio, en el que declara que escribir la propia biografía es uno de los actos más narcisistas que los mortales podemos imaginarnos, se nos aparece el Montaigne  – el genial ensayista francés -,  que Cebrián lleva dentro.
¿Quién que no sea imbécil no ha pensado   que nuestra  vida, salvo para nosotros mismos y, en todo caso, para nuestros familiares y amigos, no tiene ningún interés? Por supuesto, nadie aprende  de la experiencia ajena, nos recuerda quien fue el primer director del El País  y hoy es presidente de este diario y también presidente del  Grupo Prisa. Y, por tanto, dice  Cebrián,   este introito  no tiene ningún ánimo didáctico ni ejemplarizante. Educado con los libros de Unamuno, Sartre y los novelistas del llamado existencialismo cristiano, Cebrián, como no pocos contemporáneos suyos,  padeció la pretenciosa tendencia de considerarse protagonista de cuanto le rodeaba.
Pero la edad, y la contemplación sensata de la realidad, le llevaron a descubrir la vulgaridad de todos los seres humanos, todos iguales por lo menos frente al inodoro y la pálida muerte que, como nos recuerda el poeta latino Horacio, llama con el mismo golpecito en las chozas de los pobres y en los palacios de los reyes.  En un quiosco de Londres vio Cebrián una imagen de la reina de Inglaterra sentada augustamente en el cagadero – es la palabra que usa el autor – real y otra imagen del papa Montini en idéntica y gallarda postura y, a partir de estas imágenes, que tanto disfrutarán los nacidos bajo el signo de capricornio, las personas que más aprecian  la coprofilia, Cebrián elaboró intelectualmente esta sabia reflexión  sobre la vulgaridad humana.
¿Qué pretende el autor con estas páginas? El autor pretende que el lector no se aburra. Y, además, aspira a que el lector sea capaz de zambullirse en el texto como si se tratara de una novela de aventuras. Así he leído yo Primera página como  una auténtica  novela de aventuras, escrita, en este caso, con una prosa fascinante por la claridad, agilidad eléctrica de las palabras y profundo análisis de los hechos  narrados. En 17 capítulos, que van desde “España en guerra” a “¿El gran salto hacia adelante?” y que se aproximan a las 400 páginas, Cebrián, hijo de Vicente Cebrián, periodista  del diario falangista Arriba,  nos relata sus orígenes familiares, su infancia, adolescencia y su precocísima madurez laboral, pues, con apenas 20 años, fue ya subdidrector del diario Informaciones, tras haber trabajado anteriormente en el diario Pueblo.   Aquí está la historia de España desde la sangrienta y terrorífica dictadura a la democracia, que por fin nos civilizó porque, por ejemplo, hasta 1978, una esposa necesitaba autorización escrita del marido para abrir una cuenta bancaria o matricularse en un centro escolar.
Como director de El País, Cebrián vivió en primera línea secuestros de empresarios, atentados contra los periódicos, enorme tensión en las calles y hasta aquel tan criminal como decimonónico golpe de Estado  con asalto al Congreso de los Diputados, que amenazó con devolvernos a los siniestros años del franquismo. Por Primera página cruzan, literalmente, cientos de personajes de la política, del mundo de la empresa y de la literatura.
Mi capítulo favorito de este libro es el titulado “Poesía y política”. Lo que escribe Cebrián sobre García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Cela, Francisco Umbral y muchos otros autores es del mayor interés para profesores de lengua y literatura de colegios y universidades. Estas apasionantes páginas de “Poesía y política”,  bien leídas en voz alta y comentadas en las clases,    aficionarán  a los alumnos a la literatura.  Un pasaje de este capítulo – adivina tú, antes de leer el libro,  qué pasaje – me ha emocionado hasta las lágrimas.



jueves, 18 de mayo de 2017

Yo podría expresar todo mi odio


Yo podría expresar todo mi odio
Lo monumental impone. Por eso los dictadores se autoerigen estatuas de diez metros. Sin embargo, algunas cosas necesitan volumen y otras no. En ocasiones, la extensión desmesurada cumple una función meramente cosmética. Algunos libros son como peinados B’52: mucha laca, mucho crepado, vacíos por dentro.
La escritora francesa Virginie Despentes (Nancy, 1969) publica en España la segunda parte de su trilogía Vernon Subutex. Trilogía puede ser una palabra fea, así que terminemos con el suspense: Despentes exige esa extensión. Lo que para otros sería incontinencia verbal, en ella es necesidad física de espacio. Vernon Subutex es un mapa que necesitas desplegar en mesa grande.
Hay autores que observan bien y hay autores que se observan bien (autores de exterior y de interior), pero no tantos novelistas dominan un espectro de voces enorme. Yo lo definiría como un caso grave de posesión. Porque esta escritora habita las almas de sus personajes. Se convierte en ellos, y todos cobran vida, son verosímiles, incluso cuando expresan opiniones cuestionables o amorales.
Por Vernon Subutex desfilan: un viejo rockero arrojado a vivir en la calle, y luego reconvertido en figura mesiánica (Vernon Subutex); un sin casa borrachín a quien le toca el gordo y decide no hacer nada con él; una rockstar negra que surge de la subcultura y muere de sobredosis (alrededor del cual se estructura la trama); un bróker cocainómano; un productor pesetero e inconmovible; una ex estrella del porno; la hija de esa ex estrella reconvertida en fundamentalista islámica (Aisha); un proleta filo-fascista con quien puedes congeniar (Loïc); y un largo etcétera
Es una intachable galería. Nada chirría. Despentes pinta con el mismo acierto a bondadosos y a cabrones. En sus manos los personajes menos agraciados cobran relieve, se distinguen bien sus facciones; la autora nos fuerza a ver sus razones, por horrendas que sean. Despentes entiende la rabia. La extirpa de su interior y la destila, y luego la instala en los corazones de sus protagonistas. Es la ira de los descastados, de la clase obrera embaucada por los socialistas, de los obsoletos y los inmigrantes. Muchos editores colocan la palabra “punk” en sus lanzamientos, pero Despentes lo es de veras, lo lleva en la sangre y en la solapa (de joven fue puta, fue pobre, dio masajes, vendió discos; escuchó a Sham 69, Agnostic Front, Les Thugs). Su cólera es visceral, sale de los intestinos, no puedes simularla. No importa si es la ira con velo de Aisha o la ira bicéfala de su padre (“se niega a aceptar la opción de Aisha y se niega a condenarla ante los que no han sufrido lo que sufre ella”). Cuántos escritores de clase media aprovecharían esta tesitura para enchufarnos una letanía dickensiana de buenismo, de “entendimiento entre culturas”, de ciego amor al trabajo…
Despentes no. Ella es lo opuesto al panfleto, al buen gusto, al tacto burgués. Te habla de envejecer mal, de amistades gastadas y traiciones, de un odio tan antiguo que se te olvida su origen. De pura rabia de clase (“Si quieres hablar conmigo, dime antes dónde has crecido”). Utiliza a menudo la palabra “gilipollas”. Desnuda a los personajes y, como el Céline de Muerte a crédito, muestra sus pensamientos menos agraciados, ñlas simas de resquemor más profundas: “A Emilie le resulta difícil alegrarse de la suerte de los demás. Le gusta la idea, pero no la aplica. Las chicas guapas no le inspiran ningún sentimiento noble”. “A [Xavier] le pudre por dentro el rencor del mediocre”. “No merece la pena fingir que no somos una calaña de mierda”.
Sería un error, por eso, meter a Despentes en el saco de Houllebecq (a quien todo parece una basura), solo porque comparten el afán de hurgar en el pus social con un palitroque. Despentes recuerda también los momentos de redención, de éxtasis y orgullo de tribu, de “une cause à rallier”, y no teme exclamarlos. Ahí es cuando (sospecha este lector) la escritora habla con su voz natal. Cuando la rockstar caída (Alexander Bleach) rememora su juventud, y dice: “lo que hacíamos era una guerra. Contra la tibieza”. O “cuando yo tenía dieciséis años, nadie habría podido hacerme creer que no estaba exactamente donde tenía que estar”. O, muy especialmente: “hoy en día me cruzo con personas que, a los veinte años, aprendían la competitividad en la escuela o el marketing en la empresa, y que quieren hacerme creer que hemos vivido la misma juventud (…). Pero olvídalo, tío, olvídalo. Mi aristocracia es mi biografía. Me quitaron todo lo que tenía, pero conocí un mundo que nos creamos a nuestra medida, en el que no me levantaba por la mañana diciéndome voy a seguir obedeciendo”.
El de Despentes es, así, el libro más valiente, combativo y crucial del 2017. Un retrato perfecto de la bagatela y la endeblez del “mundo libre” en este nuevo siglo, cuando los ricos parecen haber ganado la batalla.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿DE QUÉ SIRVE EL PROFESOR?, UMBERTO ECO



 
Umberto Eco escribió una carta de amor a los buenos profesores: 
Compartimos una nota que Umberto Eco escribió para el diario La Nación, en el 2007.



¿En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia… pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: “Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?”



 El estudiante decía una verdad a medias, que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años, y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.


De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?

He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela.

Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta. Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión. Y además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?

Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría, es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados, que circulan de manera casual y desordenado cada día en diversos medios −que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria depende de la buena o mala voluntad de Bush−. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la Gran Madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la guerra de los treinta años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice “casi todo”, salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.



 Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).

El problema dramático es que por cierto a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero por lo menos sabe que debería saberlo, y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.

El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe cómo tendrá que equiparse para hacerlo. Si no es así, las tres I de Internet, Inglés e Instrucción seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/910427-de-que-sirve-el-profesor

viernes, 12 de mayo de 2017

Emily Dickinson Was Less Reclusive Than We Think






Emil

Never before have Emily Dickinson’s writings and belongings been brought together like this. Usually tucked away at various libraries and museums, the letters, daguerreotypes, and other ephemera are all under one roof for the first time at the Morgan Library & Museum. The constellation of objects in I’m Nobody! Who are you? The Life and Poetry of Emily Dickinson forms a new understanding of the poet. Mainly, it reveals a far more socially engaged Emily Dickinson than the recluse we’ve believed her to be. In fact, it might even debunk that myth.
Why does high school English introduce the poet as a recluse? Yes, Dickinson chose to socially withdraw in her late 30s, and it’s hard to say exactly why. But she was social before then, and as the many documents on view attest, remained so in some critical ways after her so-called seclusion.
So let’s dig deeper into the story before deciding whether that label is worth keeping. And let’s not pull punches — misogyny has disfigured how Dickinson’s story is told. We’re missing out on a fierce mind when we reduce her to a spinster perseverating alone in her room writing poems to the ether.

Cynthia Nixon and Jennifer Ehle in A Quiet Passion (image © A Quiet Passion/Hurricane Films/Courtesy of Music Box Films)

The new movie on Emily Dickinson, A Quiet Passionis also on a mission to rewrite the script. When Cynthia Nixon, playing Dickinson, waves her fan and laughs besides a friend, it’s dissonant with what many of us first learned about the poet. The film dramatizes the social web the Morgan exhibition documents with its letters and mementos. Viewing the film before exploring the exhibition is a great way to internalize that Dickinson did, in fact, have a life and — gasp — friends.
So why is Dickinson remembered for her solitude in such a one-dimensional way? Starting in her late 30s, she seldom left her father’s home, where she lived. She never married. And when she was seen about town, she always dressed in white. She started to speak to visitors through her bedroom door instead of face-to-face. When her father died, the funeral took place at the family home, but she remained in her room, creaked the door open, and just listened.
But there are other facts. Chief among them, Dickinson never stopped writing. And from that so-called seclusion, she regularly wrote and mailed letters to friends and family, some of which can be seen at the Morgan. She was prolific. Her famously preserved room was effectively a busy message dispatch center.

Emily Dickinson’s bedroom, featuring the floral wallpaper on view at the Morgan, at the Emily Dickinson Museum (photo by Michael Medeiros, image courtesy the Morgan Library and Museum)

Recluses don’t generally care enough about the outside world or other people to carry on such a voluminous correspondence or always appear in a signature white outfit, now do they? Perhaps, sequestering herself from society was a poetic and artistic choice, designed to attract attention by refusing it.
Dickinson was conscious of the mystery image she was crafting. She even wrote this untitled poem, most likely in 1861, about her persona:
A solemn thing –  it was – I said
A Woman – white – to be
And wear – if God should count me fit –
Her blameless mystery –
A hallowed thing – to drop a life
Into the mystic well –
Too plummetless – that it come back –
Eternity – until –
I ponder how the bliss would look –
And would it feel as big –
When I could take it in my hand –
As hovering – seen – through fog –
And then – the size of this “small ” life –
The Sages – call it small –
Swelled – like Horizons – in my vest –
And I sneered – softly – “small”!
There is something prophetic in that last stanza. Amherst townsfolk dismissed the poet’s life as small and pointless, and Dickinson softly sneered at all of them. She read Shakespeare and other great authors, tinkered with language for hours, and traded letters with publishers, which are on view at the Morgan.
So who was the Emily Dickinson behind this persona? It’s the burning question in this show. This gathering of objects gives us clues but few answers. The challenge is that we don’t have clear statements in her own words about the purpose of her seclusion, her thoughts on love, or the goals of her writing in the way that artists and writers make statements today. Much is left cryptic. So it makes it hard to definitely answer the big questions a reviewer or a biographer is supposed to answer. To make matters worse, after she died, her sister Lavinia Dickinson honored a deathbed wish and burned all the letters the poet had received from friends and family.

Photographer unknown, “Emily Dickinson” (ca. 1847), daguerreotype (Amherst College Archives & Special Collections, image courtesy Morgan Library and Museum)

Only one authenticated photographic image of Dickinson survives, and it’s on view at the Morgan. The daguerreotype, which dates to around 1847, required the poet at age 16 to sit still for a long time as the image developed. Because it’s the only authenticated image, it’s taken on an outsized role in representing the poet. Its rigidity and stoicism, likely caused by the daguerreotype process — no one can smile forever — has perpetuated her image as Puritan recluse. Even her siblings complained it was “too solemn, too heavy and that it had none of the play of light and shade in Emily’s face.”
The Morgan is also displaying another, recently discovered daguerreotype that fiercely divides scholars. Some experts believe this image shows Dickinson in her late 20s with Kate Turner, whom some believe was her lesbian lover but all can agree they were at least friends. We know for sure it’s Kate Turner because of comparison with other verified images. It’s harder to confirm the other woman is Dickinson because we only have that one image. It’s even harder to verify these two women had a romance. And when Turner sent her letters from Dickinson to the publishers, she sent copies and not originals. We will never know for sure if she redacted them. Though I’d be wary to make bold claims here and cast a woman who didn’t marry and departed from gender norms as a closeted lesbian. Her father was rich and tolerant enough that she didn’t have to marry to survive. She may have just wanted a room of her own.
“I am nobody, who are you?” Dickinson jests in her famous poem, after which the show is named. As the poem let’s on, mystique entices and intrigues us more than those who loudly flaunt their existence. Perhaps that explains part of the poet’s enduring appeal.
I’m Nobody! Who are you?
Are you – Nobody – too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! they’d advertise – you know!
How dreary – to be – Somebody!
How public – like a Frog –
To tell one’s name – to the livelong June –
To an admiring Bog!

Emily Dickinson, Untitled (I’m Nobody! Who are you?) Poem in Fascicle 11 (ca. late 1861) (Houghton Library, Harvard University, image courtesy Morgan Library and Museum)

domingo, 7 de mayo de 2017

“Vamos regresando a un realismo de zanahoria”, Enrique Vila-Matas


Entrevista con el escritor español, quien presentó su libro “Mac y su contratiempo”.
Imagen de Enrique Vila-Matas, quien dice que su nuevo libro es una novela basada en diarios. / AFP
Mac y su contratiempo no encaja en un género visible. Quien lea el más reciente libro de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se encontrará con un personaje que diserta sobre aquello que escribiría si lograra reescribir el libro de su vecino. En esta novela, Vila-Matas vuelve a perder teorías y a seguir el apostolado de sus grandes maestros: Roussel y sus citas distorsionadas, Rossi y la ilusión de hacer de una anécdota limitada una “parábola atroz” y Gombrowicz tras las huellas de Bruno Schultz. El lector encontrará un diario de escritor (Mac) sobre otro escritor (Sánchez), el diario de quien busca reescribir el libro de un autor consagrado. El libro que quiere reescribir Mac es justamente el que Sánchez desprecia. Mac cree descubrir que ese desprecio se debe a que representa una época de narraciones etílicas de una vida bohemia, pero el desprecio etílico por las tramas, sorprendentemente, conlleva a una exaltación del estilo que hace saltar por los aires las teorías de lo que debe ser una novela. La obra se convierte en un gran comentario humorístico a ese libro, a la literatura, a la crítica de la literatura, a los nexos internos, a los diarios de escritor y en ese juego de espejos enfrentados regresa más clara la voz vilamatiana de sus historias emblemáticas: Doctor Pasavento, El mal de Montano. Vila-Matas llega a la Filbo para presentar Mac y su contratiempo.
Cuando el personaje Mac se refiere al margen de la corriente general, ¿se está refiriendo a los caminos excéntricos o a lo marginal, es decir a los temas marginales de la sociedad, por ejemplo tabúes, etc.?
Mac se refiere a los caminos fuera del centro, los recorridos literalmente excéntricos. Me parece que pretende alejarse lo máximo posible del poder literario y, por tanto, de la corriente general de la literatura, aunque sin alejarse excesivamente, no sea que acabe en el fango rencoroso de los escritores ineptos. Y también me parece que, en esos párrafos, Mac habla, si no me equivoco, del gran camino, que en modo alguno es el Mainstream, sino la gran avenida libre de la literatura, cada día un espacio más intensamente marginal.
¿Cuándo constató que el diario era un género literario? ¿Lleva un diario personal que después se convierte en una plataforma para la escritura? 
Seguramente lo constaté con el diario argentino de Witold Gombrowicz, que a su vez debió de constatar lo mismo al leer el diario de André Gide. En mi caso, llevo dos diarios desde 1985. Uno explícito; oculto, el otro. El primero es muy literario y he publicado alguna entrega ya de él, se llama Dietario voluble y hay ahí una personalidad inventada, una voz que habla en mi nombre. El otro diario está hecho de simples anotaciones. Aparece la realidad despojada de casi todo, la vida sin más del autor del diario, la vida sin adornos, sin complementos, sin artificios; la vida tal y como es, dura, ácida, seca, sin trama ni estilo. Es la vida sin interés, la vida sin literatura. Curiosamente, me enteré hace un año, mientras escribía Mac y su contratiempo, de que también Gombrowicz escribía dos diarios al mismo tiempo: uno explícito; oculto, el otro. Por un lado, estaba el diario, que acabó convirtiéndose en su obra maestra: un libro de profundo acento literario. Y, por el otro, Kronos, diario oculto que sólo se ha publicado años después de su muerte: la cara B, los “bajos fondos” de su obra maestra.
¿Qué diarios de autor ha leído recientemente?
Veinte líneas por día, de Harry Mathews. El magnífico diario (todavía inédito) de Alejandro Rossi. Los dos tomos hasta ahora publicados de Los diarios de Emilio Renzi, de Piglia.
Hay múltiples formas de personificar. Las personificaciones por situaciones, por viajes, por saltos de conciencia. En Mac y su contratiempo son los pensamientos de Mac lo que caracteriza a Mac, pero el sobrino de Sánchez parece más elaborado. ¿Esa voz que es la entrada de un diario, la voz de Mac como pretexto narrativo, es una respuesta a una cierta crisis del personaje? ¿Mac es un personaje o un comentarista de relatos?
Mac es una voz que es muchas voces al mismo tiempo. Y conviene recordar que escribo ficción desde un espacio que suelen ocupar, más bien, los ensayistas. La novela está escrita con la voz de un pensador que utiliza la narración como soporte para sus meditaciones. Y sí. Es cierto que el “sobrino odiador” se visibiliza perfectamente como personaje. Pero Mac creo que es un tipo con vida, sobre todo cuando está en la calle. En casa, piensa. En su casa, en su escritorio, se origina la novela, lo que me hace pensar en algo que me dijo Juan Tallón que le había dicho César Aira: “En literatura basta un hombre recluido en su casa y un tabique que separe su vida de la vivienda del vecino para escribir un gran libro”.
Hay un libro de cuentos que es antecedente directo de Mac: Una casa para siempre. ¿Mac es la extensión, treinta años después, de Una casa para siempre o el comentario elevado a forma narrativa?
Mi lector siempre está frente a dos libros: el que tiene en las manos y el que yo leía mientras estaba escribiendo y que no funciona nunca como un punto de mira, sino como un talismán. En Doctor Pasavento, el libro era uno cualquiera de Robert Walser. En El mal de Montano, estaba Blanchot. En Hijos sin hijos, Kafka… En Mac el libro es, por primera vez, uno mío, Una casa para siempre. Pero apenas llego a rozarlo. Una vez más, se trata sólo de un talismán, también de un punto de orientación que siempre acaba revelándose innecesario, aunque para entonces, para cuando descubro eso, el libro ya está felizmente terminado…
Las falsas referencias pueden funcionar como parodia y una parodia puede servir para homenajear o para ridiculizar. Hay una cita que Mac otorga a Sarraute, pero en otros libros se otorga a Duras. ¿Las citas literarias falsas son formas de enfatizar la ficción o una forma de quitar el velo o una forma del humor Vila-Matas? ¿Le han traído problemas las citas falsas?
Hice que Mac se equivocara en esa cita de un modo claro y también le hice equivocarse en otras cosas, como si el pobre quisiera estar a la altura del autor sin llegar a conseguirlo, a pesar de lo fácil que lo tenía. Pero es disculpable, hay que comprenderle: es un principiante, un abogado que cree que ha leído mucho y que no sabe qué hacer cuando descubre que su diario secreto lucha para no convertirse en novela. Volviendo al autor, las citas falsas desmienten que trabaje con demasiadas citas de otros. Y es que en algunos de sus últimos libros, más de la mitad de esas citas son falsas. Y parece que todavía no sabe por qué lo hace; a día de hoy, sigue siendo un misterio. Pero creo que a la larga esa manía de las citas le ha ido, precisamente, echando una mano en la creación de la obra, como si sigilosamente, con su aparente arbitrariedad, hubiera influido decisivamente en algunos de los extraños derroteros por los que se ha deslizado en los últimos libros.
¿Qué le molesta a E. V-M del realismo literario?
Que los realistas hispánicos sigan sin querer entender que lo auténtico siempre permanece en un estado fetichista; jamás se puede cruzar el espejo a su encuentro.
¿Observa algunas corrientes que van a provocar géneros literarios en lo entrado del siglo?
Creía que iríamos hacia una novela en la que prevalecería la forma ensayística: pensamiento mezclado con ficción; una novela de inteligencia superior al brillante realismo de Flaubert y de los demás grandes de la novela del XIX. Esperaba que hubiera más escritores originales, con propuestas audaces y que supieran tomar riesgos metaliterarios y vulnerar los límites entre géneros, escritores de carácter libertario y con capacidad de reinvención y de reinterpretación de la tradición... Pero el mundo me desdice a cada momento. Vamos regresando a un realismo de zanahoria y palo verde, en el que no hay estructura, no hay juego, no hay cruce de voces, como si no hubieran existido Bioy, Joyce, Rulfo o Piglia, por dar cuatro nombres. Yo creía que para este siglo estaba por venir una época en la que no sólo íbamos a dejar atrás por fin la anquilosada narrativa del pasado, sino que iríamos hacia una novela conceptual: un tipo de novela que recogería el intento de Marcel Duchamp, de reconciliar arte y vida, obra y espectador. Pero no; todo va hacia la confusión. Y encima es posible que yo esté contribuyendo también a ella.

martes, 2 de mayo de 2017

"Analfabetos ha habido siempre pero nunca habían salido de la universidad"




Algunos sectores de la izquierda se niegan a celebrar el 12 de Octubre porque no se conmemora el descubrimiento de América sino un genocidio. 
Ése es un tópico que figura en el organigrama de la Leyenda Negra desde el inicio de la guerra en los Países Bajos (1568) con Guillermo de Orange. Luego se incorporó a la Ilustración y más tarde, lo asumieron el liberalismo y la izquierda. Posteriormente, lo adoptaron los movimientos indigenistas. Y seguirá existiendo porque permite echarle la culpa a otro de las desdichas del presente, ya sea ese presente el de la España decimonónica o actual o el de Hispanoamérica. Es mucho más cómodo culpar a la Historia que asumir la propia responsabilidad. 
Pero se habla de genocidio...
Algunos autores sostienen que había en América cuatro millones y otros 20 cuando se produjo el descubrimiento. Pero esas cifras no tienen base histórica porque no había censo alguno. Lo que sí se sabe es que cuando llegaron los españoles huboepidemias devastadoras (como el sarampión) que se pudieron controlar más gracias a que se desarrolló una política activa de control de epidemias, lo que evidencia que el Imperio se preocupaba por la salud de los indígenas.
Usted pone el ejemplo de Juan de Oñate, fundador de San Juan de los Caballeros, la primera ciudad fundada en lo que hoy es EEUU.
Oñate llevaba en su expedición mujeres, niños, ovejas y va estableciendo cuarentenas para prevenir contagios cuando contactase con las nuevas poblaciones indígenas. Eso no lo hicieron los ingleses. 
Siempre que se habla de las atrocidades que cometieron los españoles se cita la Brevísima (1551) de Fray Bartolomé de las Casas, a quien usted otorga un papel similar al que tiene hoy Chomsky en EEUU.
Las cifras de Fray Bartolomé son falsas. Para que fueran verdad, cada español que hubiera pisado América desde el 12 de octubre de 1492 hasta el inicio de las guerras de la Independencia (1810) tendría que haber matado 14 indios al día. ¿Y qué es lo que hizo famoso a Fray Bartolomé? Que lo utilizaron los rivales del Imperio Español, esencialmente orangistas y los ingleses. ¿Y qué ha hecho famoso a Chomsky? Su posición de renegado interior de EEUU. La particularidad es que Chomsky, como Fray Bartolomé en el siglo XVI, nunca ha sido represaliado por ese imperio que tanto critica sino que ha obtenido enormes beneficios.
¿Fray Bartolomé no conocía bien América?
Su estancia más duradera fue cuando le nombraron obispo de Chiapas (1544-1550), pero sólo estuvo allí unos meses y en ese tiempo, como cuentan sus contemporáneos, ni se preocupó por conocer a los indios ni su idioma. En cuanto pudo, se volvió a España y se pasó el resto de su vida en la Corte.
¿Fue la conquista de América más sangrienta que otras?
¡Al contrario! Fue mucho menos sangrienta. La mayor parte de la expansión de los españoles en América se hizo pactando con indios. 
Cortés desembarcó con 500 hombres y acabó con el imperio Azteca.
Y ni aunque todos ellos hubieran sido Rambos redivivos, hubieran podido tomar solos por ejemplo, Tenochtitlan (1521), la capital, en donde vivían al menos 80.000 personas. Lo que tuvo que hacer Cortés fue pactar con las poblaciones sometidas por los aztecas que soportaban una tiranía espantosa. En los documentos de los totonacas sobre la caída de los aztecas, ellos consideran que fue Cortés quien les ayudó a ellos. Ellos son los protagonistas, no los conquistadores españoles. Y lo mismo pasó en el resto de Iberoamérica.
¿No hubo exterminio?
El crecimiento de la población en Iberoamérica fue espectacular. México capital tiene en 1621, 7.700 casas y en 1650, 30.000. Y Lima tiene en 1619 25.000, y en 1687, 80.000. Y según el Archivo de Indias, hasta 1700 sólo viajaron a América unos 200.000 españoles. Así que tuvieron que ser los indios o mestizos. Francisco Guerra estudió la Lima virreinal y demostró que había una cama de hospital por cada 101 habitantes. 
Podemos defendió el asalto a la capilla de Rita Maestre con un Seguimos siendo las brujas que no pudisteis quemar.
Caminamos hacia un periodo áureo de indigencia mental. Hablando de cosas serias: ése es un mito que siempre ha estado muy contrastado. En España las persecuciones de brujas fueron algo muy insólito. Sobre todo, si consideramos que las persecuciones masivas de los protestantes causaron miles de ejecuciones por brujería sin proceso legal alguno. Por España existió Zugarramurdi y pare de contar.
¿Y por qué no existieron persecuciones de brujas en la España Imperial? 
Porque existía la Inquisición, que era un sistema legal y reglamentado para todo lo que se consideraba delito o disidencia religiosa. La Inquisición no sólo perseguía la disidencia del catolicismo sino también delitos como el proxenetismo, abuso de menores, falsificación de moneda... Desde 1560 hasta 1700, sólo resultaron condenados a muerte 1.300 procesados en España. Y considerando que no sólo eran asuntos relativos a la fe sino que también se juzgaban a individuos que habían cometido delitos muy graves. Por ejemplo, hubo un tipo en Valencia al que sentenciaron a muerte por brujería. En el sumario había constancia de que había matado a varios niños... 
Pero 1.300 condenados parecen muchos.
Pues tenga en cuenta que en los 20 años que Calvino mandó en Ginebra se mataron a 500 personas, en una ciudad de 10.000 habitantes. Y hoy tiene una estatua. O los miles de ejecutados en los primeros años de reinado de Isabel I de Inglaterra.
¿La Inquisición era entonces más fiable que otros tribunales?
Desde luego. Mucho más. La Inquisición ofrecía más garantías al reo. De hecho, el derecho procesal en el mundo católico le ha debido mucho a la Inquisición porque instituyó un sistema judicial con instrucción de casos, jueces, abogados defensores... 
Su libro desmonta los tópicos de la Leyenda Negra española y de otros imperios. De hecho, sostiene que en su mayoría responden a la propaganda. 
En el caso español, la Leyenda Negra parte de las oligarquías de los territorios que estaban bajo dominio español o que se enfrentaron a su poder. En Roma, por ejemplo, decían que todas las prostitutas eran valencianas, porque el papa Borgia lo era. Y Lutero hizo miles de grabados para denigrar a los españoles. Incluso encargó uno en el que aparece Carlos V practicándole una felación a la Iglesia representada como la Ramera de Babilonia. 
El protestantismo tenía mucho de nacionalismo.
El auge imperial español coincidió con el nacimiento de varios nacionalismos y chocó con ellos. El primero fue el germánico que no encontró la forma de articularse políticamente. Los príncipes alemanes se apoyaron en el protestantismo para poder luchar contra Carlos V y su idea de una Europa unida. El protestantismo creó iglesias nacionales mientras que España se apoyó en la idea multinacional de la religión católica, que era en un sistema moral en el que podrían convivir diferentes naciones.
¿Cuál es el recorrido de la hispanofobia?
La hispanofobia nace en cuanto comienza la expansión territorial de España hacia Italia. Choca de plano con el humanismo italiano que son los primeros en decir que somos ignorantes, bárbaros... y vive en el repertorios de las autojustificaciones de las iglesias protestantes, Ilustración, etcétera, siempre preparado para reforzar la autoestima del norte. En la crisis de 2007, la prensa internacional recurrió a los viejos tópicos de la Leyenda Negra: España siempre ha sido un lugar atrasado y raro, un país que casi no puede considerarse europeo, bárbaros y medio africanos. Ya en grabados del siglo XVII nos representan como PIGS.
Claro, los españoles eran cerdos, esto es, marranos, judíos, a pesar de su expulsión en 1492. 
Sí. Pero eso era absolutamente habitual en la Europa de entonces. Y claro que decían que estábamos mezclados con los judíos. Nos llamaban marraniMarranen en alemán. Y luego, según el territorio aplicaban diferentes formas para denigrar a los españoles. La hispanofobia tiene un vínculo fortísimo con el antisemitismo. Posteriormente, a los Países Bajos e Inglaterra les funcionó el tópico de que éramos unos bestias, para lo que el relato de Fray Bartolomé fue fundamental. En 1578 se editó en Holanda y Francia con el subtítulo: Tiranías y crueldades perpetradas por los españoles en las Indias Occidentales. Para que sirvan de advertencia a los Países Bajos. Era propaganda.
¿Eso es imperiofobia?
La imperiofobia es un fenómeno racista. Lo entendemos mejor cuando el grupo humano sobre el que recae el racismo es un grupo minoritario, periférico y marginal... Pero es que eso puede pasar a la inversa. Esto es, un grupo humano que ocupa una posición sobresaliente en un continente o a nivel mundial y que por eso, tiene que ser moralmente inferior, bárbaro. Como ha sucedido con los rusos, con los españoles y ahora con los americanos. ¿Por qué triunfa? Porque provoca un alivio moral. 
Pero los propios españoles hemos terminado asumiendo los tópicos de la Leyenda Negra. 
Todos los imperios tienen un sistema interior de autocrítica constante que es muy eficaz porque hace que mejoren las cosas y evita degradaciones.
La generación de 98 legó a los españoles un constante cuestionamiento.
Las generaciones a las que les tocó perder los territorios de ultramar no fueron capaces de enfrentarse a ese hecho con valentía y se pasaron la vida buscando culpables del desastre. Y para no echarse la culpa a ellos mismos, intentaron situar el problema de la responsabilidad tres siglos atrás. Ahí viene el problema de la asunción de los tópicos de la Leyenda Negra. Por ejemplo: ¿por qué perdimos el Imperio? Porque fuimos bárbaros, intolerantes... Todo para no asumir la propia culpa.
Los españoles tenemos falta de autoestima.
Pues no tenemos motivos. Es curioso que teniendo, por ejemplo, la escuela de Salamanca que sentó parte de las bases de lo estudios de economía o la expedición de Balmis, que sirvió para vacunar de viruela a cientos de miles de personas sigamos sintiendo que somos inferiores. Ni somos más corruptos, ni más inútiles, ni más ignorantes
¿A qué se debe?
A España le ha pasado una cosa muy rara con sus élites intelectuales. A partir del siglo XVIII, esas élites asumieron todos los tópicos de la Leyenda Negra. Y eso se ha repetido generación tras generación. Se nota viendo la televisión. 
¿Los Países Bajos del Imperio Español tienen semejanza con Cataluña? 
Todo nacionalismo necesita un enemigo para crecer. En los Países Bajos se produjo un proceso de segregación que llevó a una parte de la población (los católicos holandeses) a vivir en un estado de apartheid durante siglos. Y reinventaron la Historia. Hay que tener en cuenta que había más holandeses luchando en los tercios del duque de Alba que en el ejército de Guillermo de Orange que usaba mercenarios. En Cataluña hay una gran parte de la población que vive en el exilio interior y el nacionalismo lleva más de 40 años inventándose la Historia.
Pues los holandeses se independizaron.
Porque les apoyaba Inglaterra, Francia... Nadie en Europa apoya la independencia de Cataluña.
¿Cuál es el problema de Europa?
No ha sabido aceptar su posición subsidiaria en el imperio hegemónico que es EEUU. También que se ha acabado con la gran educación europea que producía ese sustrato de clase media culta que garantizaba la pervivencia de la democracia. Siempre ha habido analfabetos pero ahora salen de las universidades. 
Usted ha enseñado en Harvard. ¿También allí?
Bastante. Gente que sepa expresar por escrito lo que sabe empieza a escasear en todas partes.
Ahora en los colegios ingleses no enseñan a Kipling para no ofender sensibilidades. ¿Un nuevo índice de los libros prohibidos?
También ingleses y franceses prohibieron libros. Desde que las iglesias han dejado de elaborar la moral social, han aparecido una serie de administradores de la moral que son los que vienen a decirnos qué tenemos que creer y pensar.