domingo, 20 de agosto de 2017

Crítica de Luis Francisco Pérez


Me acabo de enterar, por el muro de Clara Carvajal, de la traducción de este ensayo de Susan Buck-Morss. De hecho, desconocía su existencia o tenía olvidada la referencia. En realidad, la única obra que he leído de esta autora es el extraordinario e imprescindible "Dialéctica de la mirada - Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes". Parece ser que este trabajo es del 2003, cuando aún no habían aparecido en el escenario de la política mundial los brutales y sanguinarios actores que todos conocemos. Quizá ahora se debería leer este ensayo con más "energía", al estar, desgraciadamente, más curados en el espanto y el horror. Me gusta mucho el subtítulo, y sobre todo su segunda parte "la teoría crítica entre la izquierda" (no "de" la izquierda pero sí "entre") con respecto al terrorismo islamista, como si la autora qusiera reflexionar sobre no pocas ambigüedades, teóricas y prácticas, de la izquierda (sobre todo la europea) en el momento de "posicionarse" ante según qué tristes realidades. Por no referirnos, ciertamente es otro tema, al interesado cinismo de casi todos los gobiernos occidentales con su doble vara de medir: que no pare el negocio y las relaciones comerciales con las monarquías autárquicas, asesinas, camelleras y petroleras del Golfo Pérsico. Pero al menos sabemos que del Leviatán del Estado no hay que esperar nunca gestos cariñosos, o caricias éticas y dulcemente civilizadas. Y al hilo de este asunto pongamos un ejemplo no musulmán y tampoco terrorista: el incomprensible y dañino "mantenimiento", al menos intelectual, de Nicolás Maduro por gran parte de la izquierda "sentimental" europea y latinoamericana. Y sin por ello pensar ni por un minuto, desde luego que no, que la solución estaría en la oposición venezolana de los "lópez", "tintori", "capriles" y CIA (sin acento en la i).

martes, 15 de agosto de 2017

La verdad como ensayo






'Everything is political I ', de Eric Baudelaire.Ampliar foto
'Everything is political I ', de Eric Baudelaire.
Se dice que el escritor Bertolt Brecht tenía un cartel que colgaba en su habitación donde se podía leer: “La verdad es concreta”. Ahora que la llamada posverdad y los hechos alternativos están de actualidad, el recordatorio de Brecht parece una afirmación utópica. Las “noticias falsas” han cobrado definitivamente vida propia. De este contexto informativo, la conspiración y paranoia global pos-11/S se desprende la obra del cineasta y artista francoamericano Eric Baudelaire (Salt Lake, Estados Unidos, 1973). Al igual que otros practicantes de ensayo-documental e instalación audiovisual (Omer Fast, Hito Steyerl), Baudelaire cuestiona el sistema de producción de imágenes en nuestra confusa era visual. Formado en ciencias políticas y más tarde fotógrafo, Baudelaire oscila ahora entre los campos del cine y el arte, en concreto, en el llamado “cine de exposición”.
En esta primera gran muestra institucional en España, en el centro Tabakalera de San Sebastián, Baudelaire parte de las potencialidades de la ficción. De un modo más preciso, de la legendaria emisión radiofónica de 1938 en la que Orson Welles interpretaba La guerra de los mundos, de H. G. Wells, con tanta vehemencia que hizo estallar la alarma de una invasión alienígena en la Tierra. La música de Ramón Raquello y su orquesta, título de la exposición, remite al seudónimo del compositor Bernard Herrmann durante la conducción de dicho programa radiofónico. La recreación documental de aquella emisión es una de las principales obras aquí, esto es, las “noticias falsas” como activadoras de imaginación colectiva en tiempos donde la capacidad de imaginar parece estar en crisis.
Eric Baudelaire parte a veces de la división entre texto e imagen, por ejemplo, de las noticias en los periódicos. Juega a disgregarlas como una técnica que interroga qué se esconde detrás de un titular y una foto de prensa. Esta separación formal es llevada al límite en un nuevo vídeo que cuenta el trayecto de un yihadista desde Francia a Siria, y vuelta a su país de origen. Also Known as Jihadi (2017) recoge la radicalidad formal del cineasta japonés Masao Adachi, quien en A.K.A. Serial Killer (1969) realizó el experimento de rodar el retrato de un asesino en serie exclusivamente a través de la filmación de paisajes como estructuras de opresión y poder que determinan el comportamiento de los individuos. La ideología invisible del paisaje, los aparatos ideológicos del Estado y ninguna imagen del sujeto en cuestión. Esta aproximación es repetida por Baudelaire, aunque el texto aquí es un extenso recuento judicial sobre este presunto yihadista que no aclara ni las motivaciones ni la implicación del sujeto. La narración ha de ser leída, sin voz en off.
A este ejercicio sociológico le falta el pulso y ritmo de The Anabasis of May and Fusako Shigenobu, Masao Adachi, and 27 Years Without Images (2011), otro videoensayo de Baudelaire presentado fuera de la exposición. Es en la articulación de texto, narración, voz e imagen que Baudelaire despunta (recordando en ocasiones a Chris Marker). Sin embargo, su empeño en situar su trabajo a la vez en el cine y en la institución-museo o galería de arte tiene entonces sus contraindicaciones, por ejemplo el display y la estetización del documento.
Al igual que Marker, Eric Baudelaire también escribe cartas, y esta forma epistolar es uno de sus recursos más habituales. La sala dedicada a Letters to Max (2014), un ensayo-documental donde se recoge su amistad con un diplomático de Abjasia (Maxim Gvinjia), un Estado independiente no reconocido internacionalmente, muestra la correspondencia entre ambos. El propio Max habitaba por unos días la exposición de Tabakalera en una simulación de embajada exsoviética concebida para la ocasión. Pero lo que queda es el audiovisual en sí, la realidad convertida en arte, en otra muestra del afecto con el que Baudelaire incorpora tiempo y espacio al ensayo fílmico. La verdad será concreta, pero esta solo puede desvelarse a la mirada y al entendimiento a través de la forma del ensayo.

domingo, 13 de agosto de 2017

La lujuria zen de Claudio Bertoni



Claudio Bertoni fotografiado en su casa de Concón (Chile) en 2016.
Claudio Bertoni fotografiado en su casa de Concón (Chile) en 2016. LUIS POIROT
—Entonces preferirías no escribir.
—Absolutamente. Si no escribiera estaría feliz, porque querría decir que estoy tranquilo. Mi relación con la literatura es de absoluta necesidad. Yo busco la página cuando me pasa algo.

La casa del poeta Claudio Bertoni, en Concón, una pequeña ciudad balnearia a 20 minutos de Viña del Mar, Chile, es legendaria por lo austera: un cuadrado con techo de chapa que era el galpón donde se guardaban los trastos de una vivienda que ocupaban sus padres. Tiene dos habitaciones, una cocina y un baño. En la sala hay un desorden bestial que se conecta de mueble en mueble como un sistema de vasos capilares por el que circularan tazas, pedazos de cartón, ropa, libros. Junto a una heladera pequeña hay un cubo de madera sobre el que apoya algo que llama “el skype”, un dispositivo de conexión a Internet al que sucumbió porque su pareja actual, que vive en Viña del Mar, viajó a Francia por dos meses y esa fue su manera de comunicarse.

—Chuta, preciosa, aquí vivo. Para mí es una lucha el aseo, la comida. La cuestión cotidiana es difícil. No es que a Claudio le cueste y sea un poco desor­denado. Es peor.
Es delgado, el rostro juvenil cubierto de pecas. Habla muy rápido, en un tono dulce, utilizando inflexiones chilenas —huevada, querí, culiao, chuta— que parecen desprendimientos de lo que escribe, como aquel poema de Jóvenes buenas mozas (2002): “¿Existe / algo más rico / que caminar detrás / de un buen poto?”. Bertoni ha dado cientos de entrevistas y en casi todas ha vuelto sobre los mismos temas: su devoción sacra por el sexo y las mujeres, la forma en que todo lo hiere mucho, la forma en que la literatura es un drenaje de la angustia y el deseo.
—Pero me fui cabreando con las entrevistas. Leen dos libros y preguntan tres huevadas, porque en mi obra hay un espacio muy grande del eros. Pero el eros y el sexo y el amor ahora significan cualquier huevada, y para mí no hay nada más serio que eso.
En su texto ‘Soul & Zen’, publicado en Deslizamientos (Ediciones Universidad Diego Portales, 2016), el periodista y escritor chileno Álvaro Bisama dice: “Bertoni es tal vez el poeta chileno más lascivo de nuestro frágil presente. Pero es una lujuria en cierto modo zen: el deseo como un camino a la iluminación”. La frase podría condensar el estado de paradoja en el que Bertoni escribe —y vive—, enamorado a la vez de la carne y de un dios ciego al que quisiera arrancarle una verdad a golpes. “Debo irme de lo húmedo / no quiero lamer una concha más en la vida / no quiero tener ni siquiera lengua / no quiero chupar a nadie más nunca”, escribe el mismo hombre que escribió: “Dios exagera. / Nos muestra / el sol y la tierra / Después / nos mata”. Ahora, a las 10.30 de un día apacible y azul, desde su casa no se ve el océano Pacífico aunque está muy cerca, a pocas cuadras de la parada del bus que toma cada día para ir a Viña a ver a su mujer. Desde hace un tiempo su rutina es ir a esa ciudad a última hora, regresar a Concón temprano. Y, si todo sale bien, lograr su aspiración máxima: no hacer nada.
—Los momentos más maravillosos de mi vida los he pasado acá, sin hacer nada. Sin leer siquiera. Bueno, tú dime, porque si me pongo a hablar me voy para todos lados.
Pero nada impedirá que se vaya para todos lados: que hable del Papa y de Amy Winehouse, que describa una tarde de sexo de 1970 con la misma seriedad con la que habla de Simone ­WeilPavese, los místicos. Tiene 72 años. Aparenta más de una década menos, no toma aviones desde 1969, viajó mucho hasta volver a Chile en 1976 y quedarse en Concón, de donde no ha vuelto a salir. Tiene una obra formada por más de 20 libros, exposiciones fotográficas, 700 cuadernos y 800 casetes grabados que todavía no revisó.
—Yo volé harto hasta que en un momento tuve un vuelo que creí que la huevada se acababa y me iba a morir y dije: “Ni cagando, el cielo es pa los buitres”. El 14 de enero pasado sentí una presión en el pecho, fuerte. Y yo, con mi cabeza hipocondriaca, en un mes y medio me hice 16 electrocardiogramas. Esto es un padecimiento. Lo ha sido siempre y con la edad ha ido creciendo una conciencia exacerbada de nuestra fragilidad.
—¿Cuando eras chico también tenías este miedo?
—No. El miedo apareció después y es casi lo único que hay ahora. Pero a los 16 años estaba repleto de deseo.
Antes de Concón era distinto. Vivía en Santiago con sus padres, Bruno y Berta, con sus dos hermanas, y era un chico callejero y feliz que chapoteaba tempranamente en la lascivia.
—Me pasaba en la calle con mis amigos y me encantaban las minas.
Era un niño acuciado por el deseo, lanzado a un porvenir que parecía seguro: sería abogado como su padre, tendría esposa, hijos. En todo caso, no parecía ser el germen del hombre que iba a escribir el poema final de un libro llamado Harakiri: “Alma / es la / suma de / los peos / de los gusanos / que lo devoran / a uno”. La familia se mudó a Ñuñoa, otra zona de la capital, y allí siguió la vida tal como había sido. Pero a sus 16 se fueron a Providencia, un barrio de clase media, y algo cambió.
—Yo no me quería ir de Ñuñoa. Así que me pasé encerrado. Un día pasó un vendedor de libros de la editorial Pomaire. Yo pedí las Analectas, de Confucio, novelas de Graham Greene. Ahí empecé a leer.
De sociable y callejero pasó a raro introvertido. Conoció a una chica de 14, Cecilia Vicuña, y empezaron a noviar. Leyeron a Hermann Hesse, a los surrealistas. Años después, con otras dos parejas, formarían el colectivo artístico llamado Tribu No, pero por entonces eran críos que se deslumbraban leyendo a Artaud y a Henry Miller. En el último año del colegio ganó una beca para vivir con una familia en Estados Unidos y terminar los estudios allá.
—En Denver. Cuando volví de allá, lo único que quería era seguir viajando. Volví multiplicado. Antes de irme creí que la vida era como una carretera asfaltada y que había que seguirla. Pero entendí que ganarse la vida es perderla, como decía Henry Miller. Me anoté en Filosofía, pero estudié un año y dejé.
—¿Tus padres nunca te preguntaron por qué?
—Pasó la cosa más extraña que hay, que es como loable. Nunca me preguntaron.
—¿Y cuándo empezaste a escribir?
Menciona un diario que llevaba en el colegio (en verdad, comenzó a tomar notas en Denver y nunca se detuvo), pero se desvía y cuenta que en 1967 decidió irse en barco con un amigo a Londres. Sea como fuere, antes de ese viaje ya había publicado poemas en la revista mexicana El Corno Emplumado. Esa vez no pudo entrar a Inglaterra —él y su amigo fueron rechazados en la frontera— y al regresar a Chile siguió en casa de sus padres con un plan simple: no trabajar, viajar como pudiera. Entonces Cecilia Vicuña se fue un tiempo a Estados Unidos y Bertoni tuvo una de las dos experiencias más violentas de su vida.
—La otra fue lo que me pasó en 1998.
La versión resumida podría decir que un día ella le escribió una carta de amor que incluía una frase escueta: “Me acosté con Sergio”, un poeta al que ambos conocían. Pero el relato —una versión llena de electricidad y dolor— le toma más de 20 minutos y algo en él contempla aquel momento como si aún estuviera sucediendo.
—“Me acosté con Sergio”. Yo era una persona equis antes de leer esa línea. Y fui otra persona después. Me fui a verla. Golpeé la puerta, apareció la Cecilia. La abracé. Y me salió un chorro de sangre de las narices. Es la cosa más violenta que me ha pasado en la vida, saber que mi mujer se acostó con otro. Yo me cago de la risa cuando dicen: “¿Tú no tienes dignidad?”. ¿Dignidad? La gente que habla de dignidad en el amor no tiene idea de lo que es querer a alguien. No sé cómo hay poetas que pueden decir que el amor es elegante. Por favor. El amor es un montón de pichí con un montón de huevadas.
El desamor —y más tarde la decadencia y la muerte— parecen haberlo impactado como una ola gigante y pútrida impactaría sobre una playa virgen: como una sorpresa llegada desde el infierno. En 1972 se fue a Londres con Cecilia Vicuña, gracias a una beca. Vivieron en el taller donde ella trabajaba. En las mañanas, él robaba botellas de leche de las casas vecinas y, una vez vacías, las usaban para orinar dentro y no tener que subir al baño en el tercer piso. En 1973, por Beau Geste Press, publicó su primer libro: El cansador intrabajable. Ya por entonces había empezado a tomar fotos y en 1974 realizó su primera muestra en el Royal College of Art. Y entonces Cecilia se fue con un gringo bisexual llamado John.
—Me fui a la casa del John. Pero no me abrían. Me senté y me puse a mirar las ventanas. Al final, me abrieron. Volvimos al taller y ahí me dijo que se iba a quedar con John. Estábamos en una mesa llena de frascos, y tiré todo. La única cosa violenta que hice en mi vida. La historia se acabó y me fui a Francia.
En Francia conoció a otra mujer, Brigitte. En 1976, con Chile en dictadura, volvió porque le dijeron que su madre no aguantaba sin verlo. Su intención era hacer una visita.
“La violaron y la afeitaron y la durmieron y la horadaron y le abrieron los brazos y le introdujeron tubos y le dieron sopa tibia y le dieron sopa mala y le partieron el cráneo y la inflaron y la dejaron boquiabierta con los labios quebrados y la desnudaron y la vendaron y la operaron y le pintaron de rojo el cuello y la embistieron y la olvidaron y nos la devolvieron”, escribe en Rápido, antes de llorar, que recoge sus cuadernos entre 1976 y 1978. Cuando llegó de Europa su madre estaba bien, pero poco después tuvo un aneurisma. La internaron y, en ese libro, Bertoni cuenta la hospitalización y la muerte, que lo cambió todo. Un día fue a una librería de saldos y compró La vida silenciosa, de Thomas Merton.
—Un libro acerca de la vida cenobítica, un libro técnico acerca de la vida de los curas. Y me encantó. Yo dije, chucha, esto puede ser.
Pensó en Concón, pensó en el cuarto de los trastos de la casa de Concón.
—Y me vine aquí. Yo tengo mi asceta al lado de mi libidinoso. Si no me impactara tanto la belleza de las mujeres, yo estaría supertranquilo en un monasterio. Lo que más me gusta en el mundo es no hacer ninguna maldita huevada. Para mí el non plus ultra es salir a la puerta, mirar y estar contento por que haya luz.
Pero lo que sucede más a menudo es que despierta y siente que el vacío le hunde el pecho como una araña enloquecida.
Si hasta llegar a Concón había publicado un libro, allí, de a poco, el ritmo se aceleró. Publicó Sentado en la cuneta (1990), Ni yo (1996), De vez en cuando(1998), y siguieron, en aluvión y entre otros, Jóvenes buenas mozas (2002), Harakiri (2005), Dicho sea de paso (2006), Rápido, antes de llorar. Cuadernos 1976-1978 (2007),¿A quién matamos ahora? Cuadernos 1972-1973 (2011), Adiós(2013), Antología. 1973-2014 (Lumen, 2015), Sentado en la cuneta. Una carta(2016), Nadie muere (2017), y planea, para este año, tres más.
—Pero soy un vago, un flojo. Tengo 700 cuadernos que no he tocado. Tengo 800 casetes. Mi producción se multiplicó de una manera monstruosa.
Su producción incluye no sólo poesía sino fotos, sobre todo de mujeres, muchas de ellas desnudas. Mientras pasa las páginas de Desnudos (2015), que reúne imágenes tomadas entre 1973 y 2008, dice:
—Esa es la Brigitte. Esa es la Malva. Esa es la Mónica. Cuando yo vine a Chile debí haber vuelto con la Brigitte. Pero ya estaba con la Mónica. La relación con la Mónica duró 10 años. Todas mis relaciones fueron largas, con todas me llevo bien.
Sin embargo, en el final de todas esas relaciones él parece haber sido siempre la parte rota. Ha hecho del registro del síndrome de la pena de amor un género, drenando, de las fuertes inseminaciones de dolor, poesía. En Una carta, donde habla del fin de la relación con Mónica, escribe: “Es demasiado para mí. Verse desparramado de ese modo. Verse tragado de ese modo. Eso es indecente”. En Adiós, de 2011, relata la hecatombe que produjo el final de la relación con Malva.
—Cuando la conocí ella tenía 16 años o 17. Un día me subo a la micro y de pronto alguien se sienta al lado y era ella. Le dije: “Perdona, ¿te puedo hablar? Me gustaría tomar una fotografía de tu cara porque eres muy hermosa, y si quieres voy a tu casa con tu mamá y tu papá”.
La relación fue, durante más de un año, casta. Fotos, paseos por Santiago. En un momento dejó de serlo y, tiempo después, ella se fue con otro.
—Cuando me di cuenta de que se había ido, ahí me quise morir. El síndrome de privación es el de las drogas pesadas. Y ahí me vino la huevada. Lo de 1998. Insomnio, desmayos, miedo. Es el infierno.
“Quiero que sufras. No mucho. Pero que sufras”, escribe en Adiós. Y más adelante: “Despertar cuesta, levantarse cuesta, tomar desayuno cuesta, vestirse cuesta, andar en micro cuesta, andar por la vereda cuesta”.
—Todo eso me duró hasta 2003. Tuvo que ver con la Malva, pero también con la soledad. Uno no está hecho para esto. Tuve una especie de sensibilidad extraempática, veía las vidas de las cajeras de supermercado, de los choferes de micro, y me parecían monstruosas. La gente vive vidas que ni tú ni yo soportaríamos cinco minutos. Mis últimos cuadernos son como unos rasguños, unos jirones, unos aletazos. Yo he meditado mucho. Pasar por la vida a toda velocidad como un imbécil, no. Tienes que darte cuenta de qué pasa, y para eso te tienes que quedar tranquilo. Pero por otra parte, cada vez me importa menos estar aquí. Mi viejo murió a los 100 años. Yo hallo humillante eso. Del pañal para adelante, no. Una de las cosas que me asustan es que no sé cómo matarme, técnicamente.
Descartó varios métodos porque presentaban riesgos para él (quedar en un limbo vegetativo) o para otros: no se perdonaría dejar una postal salvaje a quien lo encontrara.
—Escribir me importa un pico. Hay caballeros chilenos de extracción modesta, que son morenitos y andan con sus señoras, y tengo la sensación clarísima de que esos seres son como la sal de la tierra. De chico, cuando me escapaba de las clases, no iba al cine. Iba a la catedral. Uno de los días que fui había un cura joven en el púlpito. Estaba cantando. De pronto me di cuenta de que había una serie de personas que estaban escuchando su canto, gente muy sencilla. Caminé hasta el fondo, llegué hasta el altar, y toda esa gente estaba murmurando la melodía, con un “mmm”, y era hermoso, y era gente pobre, viejitos y señoras gorditas. Me quedé como extasiado. Y entonces, mientras veía a estos seres y escuchaba ese murmullo que ascendía, sentí…
Mira hacia el techo como desesperado, intentando hacer pie en un final feliz imposible.
—Hay un verso de Nerval que tradujo Luis Cernuda, y dice más o menos “al cielo el Señor alzó sus flacos brazos… y el cielo…”.
La voz se vuelve un susurro estrangulado, horrendo:
—“… y el cielo estaba vacío”.
Bertoni apenas respira y tiene los ojos repletos de lágrimas.
—Fue como si hubieran agarrado una placa de aluminio y me la hubieran dado en la nuca. Me vino un llanto como si me salieran unos aerolitos de cemento. Me mordí la bufanda y me fui detrás de una columna a llorar. Eso fue lo que me pasó.
Que el cielo estaba vacío.

FEMINISMO SALVAJE



No entiendo que después de siglos de maltratos y explotación despiadados, las mujeres sigan aguantándonos, queriéndonos y cuidándonos

DOMINGO 13 DE AGOSTO DE 2017

COLUMNISTAS-REDONDOS_JAVIERCERCAS
DESENGAÑÉMONOS: los hombres de mi generación somos machistas por defecto. Los de mi generación y los de la anterior y los de la anterior a la anterior, y así hasta el infinito. La culpa la tienen por supuesto nuestras madres, cosa que yo sé muy bien porque soy el único varón en un hogar de cuatro hembras y mi madre nunca me dejó fregar un puñetero plato, mientras que mis hermanas la ayudaban en las faenas de la casa (¡un beso, mamá!). No sé cómo serán los chicos de ahora: a juzgar por mi hijo, muchísimo mejores que nosotros; a juzgar por las estadísticas, iguales o peores. Por una vez seguro que tienen razón las estadísticas.

Pero la verdad de la verdad es que la culpa de todo no la tienen nuestras madres (¡otro beso, mamá!). Increíblemente, desde el principio de los tiempos loshombres hemos considerado a las mujeres como seres inferiores, poco más que animalitos domésticos creados para hacernos la vida agradable; y esto no sólo lo hemos hecho los hombres normales y corrientes, sino también los sabios más sabios que en el mundo han sido. Claro que aquí también hay excepciones. La más notoria es un viejo veterano de Lepanto llamado Miguel de Cervantes, que vio a sus hermanas humilladas y ofendidas por los cabrones de turno y llenó sus libros de mujeres valerosas que no se cansan de denunciar los desafueros de los hombres ni de clamar por su dignidad y su libertad. Y por cierto: mucho don Quijote mucho don Quijote, pero lo que nadie dice es que, si don Quijote estuviera vivo, santificando todos los caminos con el paso augusto de su heroicidad (como dice Rubén Darío), sin la más mínima duda se dedicaría en exclusiva a perseguir por tierra, mar y aire a esos hijos de mala madre que maltratan y asesinan mujeres y, una vez los hubiera pillado, sin fórmula de juicio les cortaría el rabo y los testículos, se los metería en la boca, les cosería los labios con hilo de bramante y los abandonaría en mitad de Los Monegros para que murieran al sol en medio de horribles tormentos. Eso es lo que haría don Quijote, y don Quijote no se equivoca nunca. Hay cosas que no entiendo. No entiendo que, después de siglos y siglos de maltratos y explotación despiadados, las mujeres sigan aguantándonos, sigan queriéndonos y cuidándonos. No entiendo que, mientras unos cobardes de mierda matan mujeres indefensas a diario, no broten como hongos comandos de mujeres armadas que imiten a don Quijote y se tomen la justicia por su mano y se dediquen a cortar rabos y testículos y todo lo demás, incluido el sol de Los Monegros. Pero lo que de ninguna manera puedo entender es que, después de haber sido gobernadas durante milenios por nosotros —en lo esencial una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados en beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes—, las mujeres no nos hayan prohibido de manera terminante el acceso al poder ni nos hayan castigado a fregar suelos de rodillas durante los tres próximos siglos. En resumen: hay quien piensa que el feminismo se está volviendo de un tiempo a esta parte extremista y está yendo demasiado lejos; yo lo que pienso es que de momento, y hasta nueva orden, incluso la forma más extremista de feminismo es demasiado moderada. ¿Tiene solución nuestro milenario y vomitivo machismo por defecto? A corto plazo, lo dudo, al menos en lo que a mí respecta. Pero he observado que algunas cosas pueden resultar útiles; por ejemplo, tener una hija adolescente. De hecho, un amigo mío la tiene y, aterrorizado ante los peligros que la acechan, ha creado una Asociación de Padres de Hijas cuyo símbolo es una podadera y cuyo lema el siguiente: “Capar, capar, capar”. Vamos por buen camino.
En fin. Todo lo anterior se me ocurrió leyendo una deliciosa novela gráfica titulada Más vale Lola que mal acompañada; la protagoniza un personaje llamado Lola Vendetta, que aparece en la portada con su espada tinta en sangre quijotesca; su lema es: “El feminismo no se sufre, se disfruta”. Como todos los héroes, Lola Vendetta no tiene edad; su autora, Raquel Riba, tiene 27 años. Que Dios las bendiga a las dos. Y a ti también, mamá.


Javier Cercas

Javier Cercas (Ibahernando,Cáceres, 1962) es profesor de literatura española en la Universidad de Girona. Ha escrito varios libros de éxito, entre ellos ‘Soldados de Salamina’, que fue llevado a la gran pantalla por David Trueba. Además de su faceta como novelista, colabora de manera habitual con el diario El País.

sábado, 12 de agosto de 2017

Que siga siendo sólo un cuento de criadas_Patricia Pron


Margaret Atwood, en 1989.Ampliar foto
Margaret Atwood, en 1989. RICHARD LAUTENS / TORONTO STAR / GETTY IMAGES
No es fácil desplazarse por Gilead: el tráfico está reglamentado y en las ciudades hay barricadas custodiadas por Ángeles que impiden el acceso de una zona a otra a las personas sin autorización. Gilead (Galaad en español) está en Nueva Inglaterra, la región estadounidense que alguna vez albergó los Estados de Connecticut, Rhode Island, Massachusetts, Nuevo Hampshire, Vermont y Maine, pero en la actualidad es difícil saber cuáles son sus límites. Por otra parte, no parece haber mucho para hacer allí, excepto presenciar ajusticiamientos y partidos de fútbol, que constituyen el único resabio de la vida pública que existió antes de Gilead: ya no hay periódicos, la lectura está prohibida a las mujeres y los hombres sólo pueden leer la Biblia, todas las universidades han sido cerradas y la divulgación del conocimiento científico es penalizada con la muerte, la producción artística se circunscribe a la de las manualidades con las que las mujeres en sus hogares dan una segunda vida a los objetos que ya no sirven, no hay dinero y el mercado negro es remoto y peligroso; de hecho, apenas hay algo para comer, el alcohol está prohibido y el café sólo puede ser disfrutado por la élite.
Un puñado de personas considerará todo esto suficientemente disuasorio. Para las demás, una mala noticia: Gilead no existe, fue creado por Margaret Atwoodpara una novela escrita en 1984 y adaptada en una popular serie de televisión hace unos meses. El cuento de la criada es el relato de Defred (es decir, “de Fred”: en Gilead las mujeres son propiedad de los hombres), una joven que alguna vez tuvo una familia y un trabajo, pero los perdió tras el asesinato del presidente y la toma del poder por parte de fundamentalistas religiosos, quienes recortaron las libertades civiles en nombre de la seguridad. Defred intentó escapar a Canadá con su marido y con su hija, pero fue capturada en la frontera y enviada a reeducación; y ahora es Criada, parte de una rígida sociedad de clases que las Criadas deben perpetuar: los accidentes nucleares y la contaminación (así como la represión de la sexualidad) han reducido la capacidad reproductiva de la población a mínimos (aunque esto es “culpa de las mujeres”: legalmente, en Gilead no hay hombres estériles), y la élite recurre a mujeres “reeducadas” como Defred para aparearse. Una vez al mes, las Criadas yacen con los Comandantes bajo la mirada de sus Esposas; el resto del tiempo, esperan: en algún sentido, como criadas, son un recipiente vacío, pero las otras opciones que se les presentan son incluso peores.
Defred pertenece a una generación de mujeres que todavía es capaz de recordar cómo se vivía antes de Gilead, de allí su ambigüedad ante los acontecimientos. Por una parte, le “parece mentira que antes las mujeres perdieran tanto tiempo y energías (…) pensando en ellas, preocupándose por ellas, escribiendo sobre ellas”. Por otra, se niega a aceptar que el mundo que conoció ya no existe, y se aferra a todo aquello que se lo recuerde: roba mantequilla para hidratarse el rostro (los cosméticos están prohibidos), piensa en los hombres, recuerda, se niega a creerse “un desperdicio”. Cuando en el centro de reeducación se le dice que “será más sencillo para las que vengan después de vosotras”, que “aceptarán sus obligaciones de buena gana”, Defred piensa: “Porque no habrán conocido otra cosa”, pero, por supuesto, no pone en riesgo su vida diciéndolo en voz alta.
Una de las razones por las que El cuento de la criada resulta un libro tan inquietante es que pone ejemplarmente de manifiesto la facilidad con la que una democracia liberal puede dejar paso a una dictadura teocrática si existe un enemigo lo suficientemente importante (Atwood, visionaria, escogió el terrorismo islámico) y se consigue que la población “mantenga la calma”; otra, que la adaptación a una sociedad de vigilancia y represión extremas es más habitual que la resistencia a ella.
El cuento de la criada es la historia de la pérdida de unas libertades que creemos inalienables. Aunque fue publicado hace algo más de 30 años y el régimen que lo inspiró (la así llamada República Democrática de Alemania) ya no existe, el libro es leído en nuestros días como una obra completamente actual en no menor medida debido a que los acontecimientos recientes parecen poner de manifiesto que Gilead ya no es sólo una distopía literaria (o “una advertencia”, según su autora), sino una posibilidad: 22 millones de personas perderán toda prestación médica en los próximos 10 años si el Senado estadounidense aprueba la nueva ley de salud; China y otros países continúan asesinando a sus disidentes políticos; la libertad de prensa está en riesgo en la mayor parte del planeta y Turquía anuncia que el año próximo dejará de enseñar la teoría de la evolución en las escuelas. No son las únicas señales de que no importa que no sea posible ir a Gilead, ya que Gilead viene a nosotros: el Gobierno estadounidense acaba de anunciar que en breve controlará en los aeropuertos los libros que lleven los pasajeros. “Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando”, afirma Defred: ojalá lo siga siendo un tiempo más.

sábado, 5 de agosto de 2017

La evolución lógica del ser humano


El escritor inglés Samuel Butler (1835-1902).Ampliar foto
El escritor inglés Samuel Butler (1835-1902). ALBUM / GRANGER, NYC
No es fácil llegar al país de Erewhon, pero es más difícil abandonarlo: hombres y mujeres son increíblemente bellos, las ciudades son magníficas, la comida es abundante. ¿Por qué marcharse? Una posible respuesta tal vez pueda ser derivada de ciertas prácticas y costumbres de los habitantes del país: los erewhonianos consideran que estar enfermo es delito y que la comisión de un delito es una enfermedad (condenarán a trabajos forzosos a un tísico, pero compadecerán a quien haya desfalcado y le ofrecerán sus condolencias); sostienen que traer hijos al mundo es un crimen y sólo lo toleran si el recién nacido (o un adulto que se atreva a firmar por él) exime de responsabilidad a los padres por escrito; afirman que es inútil instruir a los niños porque es posible que en el mundo haya más cosas de las que ya se conocen, así que se limitan a introducirlos en la Hipotética, una ciencia de la argumentación en torno a situaciones que no se han producido. En Erewhon también se considera un delito ser pobre, una secta propone que una semana gobiernen los mayores y otra los jóvenes, toda persona está obligada a pensar como las demás y (lo que es más importante) están prohibidas las máquinas.
Samuel Butler nació en 1835 en el condado inglés de Nottingham y no tuvo suerte en prácticamente nada de lo que se propuso, excepto en los negocios; de una estancia de 10 años en Nueva Zelanda (1859 a 1870), en la que se dedicó a la crianza de ovejas, se trajo un considerable patrimonio, así como los textos que reuniría en Erewhon, o al otro lado de las montañas, que publicó de forma anónima en 1872 y resultó un libro bastante exitoso hasta que el público descubrió que había sido escrito por él y no por Edward Bulwer-Lytton, el autor de Los últimos días de Pompeya. “Erewhon” es el anagrama de la palabra inglesa “nowhere” o “ningún lugar” y varias cosas no necesariamente opuestas: un relato de viajes, una sátira de la sociedad victoriana y una utopía que deviene distopía, posiblemente la primera que se haya escrito. Una parte considerable de su atractivo se deriva de lo excéntricas que nos resultan las prácticas de los erewhonianos; pero también, y en especial, de la percepción de que éstas constituyen una versión sólo un poco exagerada de una hipocresía y un afán de lucro que tendemos a asociar con la sociedad victoriana, pero más bien constituyen lo que ésta nos ha dejado en herencia: en Erewhon “cuando alguien genera una fortuna superior a 20.000 libras esterlinas al año se le exime de pagar impuestos, considerando que ha realizado una obra de arte”, y la función de los profesores es asegurarse de que los alumnos “piensen tal y como nosotros pensamos o, al menos, como consideramos oportuno decir que pensamos”, por ejemplo.
A poco de haber llegado, el narrador de Erewhon descubre que lo que creyó una utopía es, de hecho, su contrario; pero lo que hay más allá de las fronteras de este país imaginario (el lector lo sabe) no es mejor, y es esa constatación la que otorga al libro todo su interés, así como el rechazo de los erewhonianos a las máquinas, que constituye la razón por la que el libro fue admirado por Aldous HuxleyGeorge OrwellWilliam Gaddis y Gilles Deleuze, entre otros. Butler pone en boca de un profesor de Hipotética un argumento que en realidad se articula en torno a (y discute con) la teoría evolutiva de Charles Darwin, con quien el autor tuvo una relación complicada y finalmente hostil: “No podemos esperar un desarrollo intelectual o físico de la humanidad que contrarreste el avance mucho más rápido al que las máquinas parecen destinadas”; se trata de detener ese avance antes de que sea demasiado tarde.
El argumento resuena poderosamente estos días, en los que buena parte de nuestros intercambios personales, nuestras elecciones (también) políticas y los modos en que hacemos nuestro trabajo parecen ser más un producto de algún algoritmo que de nuestros deseos y necesidades. “Las máquinas se han cebado en la indigna debilidad que el hombre muestra por los beneficios materiales”, escribe Butler; la humanidad acepta “cualquier trato que le proporcione mejor comida y ropa a precios más baratos”, incluso si éste supone adherir a su lógica, adoptar su veleidad como única regla de comportamiento, ser el órgano reproductor de la máquina.
John Osborne afirmó alguna vez que “el ordenador es la evolución lógica del ser humano: una inteligencia sin moral”; los expertos sostienen que la única variable no perfectible de la máquina es el hombre, lo que ha llevado a Paul Virilio a diagnosticar que “el hombre empieza a estar de más” en el mundo de la máquina y a Frank Schirrmacher a advertir que la cesión voluntaria de nuestras facultades intelectuales a los ordenadores conlleva una pérdida de libertad y autonomía que no sólo supone cambios cognitivos e invierte las relaciones de subordinación entre hombre y máquina, sino que también puede estar en el origen de un nuevo totalitarismo. Samuel Butler dice en Erewhon que “hubo un tiempo en que se dio una raza de hombres que conocían mejor el futuro que el pasado y que murieron al cabo de un año a causa de la infelicidad producida por ese conocimiento”. Él, sin embargo, vivió bastante más: murió en 1902, a la edad de 66 años.