martes, 10 de julio de 2018

"SÁTIRAS" de ARTURO DÁVILA_ Luis Antonio de Villena

A veces salta la novedad de lo desconocido. No sé cómo llegó a mis manos (en lío de mudanzas) el tomo “Sátiras” del poeta mexicano Arturo Dávila, profesor desde hace años al parecer, en una Universidad de EEUU. Sabía que este, para mí, desconocido Dávila ganó en el ya lejano 2003 el premio “Juan Ramón Jiménez” en Moguer, por un libro titulado “Poemas para ser leídos en el metro”.  Obviamente el título de Dávila comporta un guiño -hay mucha y buena intertextualidad en estas “Sátiras”- al en su día moderno y capital libro del argentino Oliverio Girondo, “20 poemas para ser leídos en el tranvía” (1922). Pero en realidad Dávila recupera muy bien la tradición satírica y epigramática, que viene de latinos como Catulo, Marcial o Juvenal, especialmente, y la renueva y mezcla con lo contemporáneo, el amigo Dávila, entrando también el la poesía española -y mexicana- del Siglo de Oro con Quevedo (inevitable) o Sor Juana, enmedio de la rica tradición del epigrama en aquellos siglos áureos. También Góngora. Así es que los poemas de Dávila, que aluden al puro hoy, se llenan de resonancias clásicas  donde tampoco faltan Ovidio o Alfonso Reyes, pasando Baltasar del Alcázar o fabulistas como el ilustrado Iriarte…  En fin, un sabroso festín el de Dávila muy de ahora mismo, El tomo “Sátiras” (Hiperión) recoge sus tres libros de esa línea: “Catulinarias”  (1998, el título lo dice todo), “Poemas para ser leídos en el metro” (2003) y el último -de 2015- “La cuerda floja”. Me ha encantado la soltura y el buen decir picante del poeta/profesor Dávila, que demuestra dominar el género satírico y comprender que vivimos un mundo necio  (con muy necios y toscos personajillos) que merecen sin interrupción las sátiras de Arturo Dávila.  Se podrían poner muchos y buenos poemas como ejemplo, pero elijo uno, casi al azar:
“Miramos hacia arriba,
Ricardo,
miramos hacia abajo,
miramos hacia los lados.
Arriba se estrella el cielo,
abajo se estrellan los hombres,
a los lados se estrella el destino.
Miro estrellarse el espejo
y despejo la realidad de mis estrellas:
la figura se desfigura
como el agua en el agua,
sueño sombras de viento,
el espacio se hace lento
y crece el fuego en mi pecho.
Las arrugas son más claras
y vienen con los años:
son las cicatrices del tiempo.
El universo se expande,
estrellas nacen y mueren,
y la vida es pura energía.
El tiempo y el espacio  no existen,
según el filósofo de Königsberg
y son categorías de la mente.
Pero las arrugas sí existen.
El rostro se estrella en el espejo
y se hunde en el fondo del reflejo.
Sí,
somos los hombres estrellados,
los años nos estrellan contra la muerte.
La muerte nos deja viendo estrellas.”
Me gusta Dávila.



domingo, 1 de julio de 2018

Escribir (no) es pintar*


Óscar Fernández

Publicado el 2018-07-01
«Escribir, para mí, es dibujar, pintar. Me sería imposible escribir en la oscuridad»(1). Estas palabras de Juan Ramón Jiménez son el testimonio de una fractura. Ahondan en esa falla abierta entre los autores oscuros, incapaces de habitar las artes intermedias, y aquellos que funden medios artísticos para huir de esa misma oscuridad. Tal oposición llega a producir itinerarios inversos, como los emprendidos por Juan Ramón, quien empezó estudiando pintura para abandonarla, progresivamente, en favor del libro, y el de Marcel Broodthaers, que migró desde el mundo literario al de las artes visuales. Aunque ambos pensaron la escritura en relación con la imagen y la edición del libro como la producción de un objeto estético, sus respectivas consideraciones de lo que cabe esperar de la obra también eran opuestas. Mientras el artista belga habitó una oscuridad vidente, Juan Ramón sentía pavor ante la ausencia de claridad. Tan era así que la necesidad de dar coherencia y luz a la poesía fue una de sus principales preocupaciones. Esta clave es fundamental para entender, por ejemplo, las transcripciones taquigráficas del poema Nostalgia. Una síntesis gráfica de su poética donde imagen y texto, signo y gesto, encuentran un espacio común y confortable sobre la hoja en blanco. A través de ella, se descubre a un escritor que mira a la página con ojos de pintor, y viceversa. Un pintor de la luz, incapaz de sobrevivir en la ceguera:
El infeliz, de la visión privado
soñaba con la luz. Y qué agonía
por no poderla ver. Y se sentía
de su esplendor hermoso enamorado(2).
Juan Ramón es la prueba de lo absurdo que resulta negar la capacidad de asimilación de distintos lenguajes artísticos entre sí. Tanto, como obviar la larga tradición sinestésica del arte moderno, en busca de una experiencia total que anule definitivamente ese afán tan académico de hacer categorías. Teóricos actuales como Peter Osborne aún insisten en dejar atrás la vieja obsesión de Gotthold E. Lessing, en su Laocoonte, por demostrar que «los colores no son sonidos y que los ojos no son oídos»(3). Incluso Vilém Flusser reconoce fases de convivencia y retroalimentación cuando nos describe la lucha entre imágenes y textos. Esta tensión dialéctica de carácter irresoluble no siempre es abordada como una lucha, también se considera la posibilidad de que unos y otros coexistan y cumplan, sin rechistar, la función que parece les fue encomendada: «aunque los textos explican las imágenes a fin de comprenderlas, las imágenes, a su vez, ilustran los textos para hacer que su significado sea imaginable»(4). Con ello se certifica la tan ansiada viabilidad de un proyecto de refuerzo mutuo y de transferencia simétrica entre los regímenes textual y visual. O, como se planteó desde el principio, entre el pensamiento conceptual y el pensamiento mágico. Sin negar esta posibilidad, la historia se pone a veces de nuestro lado para problematizar tal hipótesis de la feliz convivencia. Si visitamos, por ejemplo, uno de los ejercicios pioneros de elaboración de escritura e imagen sobre un mismo soporte, el De laudibus Sanctae Crucis de Rabano Mauro (ca. 776-856), entenderemos enseguida el germen de nuestra postura. Su proyecto nace en la época de Carlomagno, efectivamente caracterizada por la incapacidad de diferenciar el intelecto y la magia en su sustrato ideológico, de manera que materia y espíritu eran indistinguibles. Sin embargo, Mauro y el resto de la renovatio carolingia pretendían precisamente domesticar el mundo sensible y someterlo al dominio de la escritura, como expresión del orden intelectual por encima de la magia. Carlomagno, en su astuta lucha contra las imágenes, no aspiraba a su destrucción. De ser así, habría incurrido en la misma contradicción de todos los iconoclastas, pues borrar la imagen equivale a reconocer su poder. Su estrategia era más sofisticada. No negaba las imágenes; tampoco el régimen de la visualidad y la materia, el mundo mágico, en definitiva. Convivía con ellas, pero sometiéndolas al orden de la escritura, del pensamiento intelectual, que creían conectado con el espíritu, y por tanto se determinaba superior al mundo sensible.
Dos citas en apariencia deslavazadas nos ayudarán a reforzar esta intuición de la que partimos ahora: reconocer los encuentros pacíficos entre textualidad e imagen como episodios excepcionales. Por lo general, las reglas de esta convivencia serían más rigurosamente descritas si empleáramos términos como dominio o exclusión, describiendo una trayectoria irregular plagada de domesticaciones. Así, por ejemplo, cuando G.K. Chesterton escribe sobre William Blake afirma: «El siglo dieciocho supuso fundamentalmente (como afirmaron sus más destacadas figuras) la liberación de la razón y la naturaleza del control eclesiástico. Pero una vez que la Iglesia se halló verdaderamente debilitada, supuso la liberación de muchas otras cosas. No sólo logró la libertad de la razón, sino también la de una irracionalidad más antigua. No sólo logró la libertad de lo natural, sino también de lo sobrenatural y ¡ay! también de lo antinatural. Los místicos paganos que habían estado ocultos durante dos mil años salieron de sus cavernas»(5). Según esto, podría afirmarse que para Chesterton, el pensamiento racional no se opone a la magia. Lo opuesto al pensamiento mágico es la ortodoxia de la fe religiosa. De ello se deduce que la razón no excluye al pensamiento mágico, más bien al contrario: cuando se libera la primera también lo hace el segundo. Pero, y en esto conecta con nuestra argumentación, lo mágico se revela conviviendo con la razón siempre en términos de subalterno, incluso como repudiado o antinatural. Nunca son equivalentes. 
Es este un atolladero del que, nos dice Mircea Eliade, apenas empezamos a salir en el siglo XX. Su ensayo Imágenes y símbolos, escrito en 1955, arranca con esta idea: «Hoy comprendemos algo que en el siglo XIX ni siquiera podía presentirse: que símbolo, mito, imagen, pertenecen a la sustancia de la vida espiritual; que pueden camuflarse, mutilarse, degradarse, pero jamás extirparse. Valdría la pena estudiar la historia de los mitos a lo largo del siglo XIX. Se verá cómo, humildes, aminorados, condenados a cambiar incesantemente de apariencia, han resistido a esta hibernación, gracias, sobre todo, a la literatura»(6). Conviene recordar que en esta cita de Eliade, la alusión a la imagen y el mito no remiten tanto a la naturaleza fisiológica de aquella, y a la escritura como su contrapuesta, cuanto al pensamiento preconceptual como opuesto al pensamiento científico. En este sentido, «la imagen no es exclusividad de lo visible»(7). Aun así, el texto subraya de nuevo la dificultad para imaginar la relación entre escritura e imagen en términos de equivalencia, no domesticada o subalterna, incluso a mitad del siglo XX. 
La escritura del Laocoonte obedece, en cierto sentido, a una caduca obsesión: separar la literatura de la pintura. «A pesar de la compleja similitud de tal efecto ‒afirma Lessing‒ estas dos artes difieren una de otra, tanto por sus objetos como por el modo como éstas imitan a la realidad»(8). Su propósito es reivindicar los límites entre ambas artes, progresivamente desdibujados por la historia. Contra la mayoría de sus contemporáneos, que abrazaban el ut pictura poesis (‘como en la pintura así en la poesía’) de Horacio, se muestra verdaderamente azorado ante la idea de la intercambiabilidad y la indiferencia. Rechaza, asimismo, la manía de describir en poesía y el afán de la alegoría en la pintura, derivada de la teoría de vasos comunicantes descrita por Simónides de Ceos ya en el siglo VI a. C: «la poesía es pintura que habla y la pintura es poesía muda». Sin embargo, al publicar este libro, quizá Lessing no zanjó un problema, sino que generó otro más complejo del que nos cuesta deshacernos. Cuando denunció la confusión de las artes, éste se vio obligado a definir cada una de ellas en unos términos tan específicos que han derivado en una suerte de purismo de las artes verdaderamente problemático. La sombra de Lessing es tan alargada que se prolongó hasta el arranque del siglo XX de la mano de Irving Babbitt, en su The New Laokoon. An Essay on the Confusion of the Arts (1910). Y se instaló con fuerza en las décadas de 1940 y 1950 de la mano de Clement Greenberg. En “Towards a Newer Laocoön” (1940), el crítico norteamericano se apropiaría de la disputa entre las artes para arrimarla a su batalla particular en defensa del purismo de la pintura y contra el carácter literario y narrativo de la pintura surrealista. En su clásico tono moralista, Greenberg tacharía de «deshonestidad artística» a todas aquellas tentativas de saltar de un arte a otro. En esta misma línea, Michael Fried hablaría con insistencia de la «buena pintura» como aquella cualidad que se granjean las obras que caen únicamente dentro de, y no entre las artes(9).
A tenor de lo dicho, no sorprende que la mayoría de las defensas del arte intermedia y de la hibridación de las artes se hayan canalizado contra el paradigma greenbergiano; es decir, celebrando el carácter espurio de la mezcla. Esto las convierte en una especie de necesaria insurrección de los impuros contra la rígida moral académica, dominada por artes que no se dejan contaminar. Desde luego, el mejor antídoto contra los moralistas es la erosión sistemática de la norma. Y al paradigma de Greenberg toda enmienda deshonesta y prevaricante le cabe. No podemos estar más de acuerdo con Jacques Rancière cuando afirma que «la pérdida de la medida común entre los medios de las artes no quiere decir que, en adelante, cada uno se quede en su hogar, dándose a sí mismo su propia medida. Mas bien quiere decir que toda medida común es, en adelante, una producción singular y que esta producción sólo es posible a costa de enfrentar, en su radicalidad, la sin-medida de la mezcla»(10). Pero nuestro argumento no sigue a Greenberg, en absoluto, sino a aquél de quien se apropia, Lessing. Y lo que el pensador alemán propone en su Laocoonte no se despacha tan fácilmente. Por más que Rancière llegue a la conclusión de que «Del hecho de que el sufrimiento de Laocoonte no pueda traducirse de forma idéntica en la piedra del escultor, no se deriva que en adelante las palabras y las formas se separen (…) Tal vez se deduce todo lo contrario”»(11), posiciones como las de Esteban Pujals nos ayudan mejor a avivar este debate sin fin: «Contra la juiciosa advertencia de Lessing respecto a la confusión entre medios artísticos atados respectivamente al espacio y al tiempo, en época moderna las artes aparecen seducidas las unas por las otras, se abandonan al vértigo de sus carencias mutuas y enloquecen de ambición, de envidia y de deseo, arrebatadas por la sombra de lo que en modo alguno podrá nunca ser o alcanzar»(12).
En nuestra lectura, el Laocoonte no aspira a marcar las diferencias entre las artes para socavar a una frente a otra, ni para domesticarlas, como suele ser habitual en esta querella. Tampoco es un catálogo de carencias mutuas. Lessing trata, más bien, de definir aquello que le es propio a cada una de las artes para determinar así el límite de lo que a cada una concierne para explorar en su máxima potencia, sin depender de las demás para alcanzar sus más altas cotas de expresividad o eficacia. El argumento es verdaderamente propositivo, sin dejar de ser ambiguo. Y de una modernidad sorprendente, por cuanto anticipa los conflictos sobre la idea de obra de arte que manejarán ciertas vanguardias. Su estudio de El sacrificio de Ifigenia de Timantes resulta especialmente clarificador, en este sentido. Esta pintura griega del siglo IV a. C. aborda una escena atroz en la que el rey Agamenón es obligado a sacrificar a su propia hija Ifigenia. Los rostros de los personajes reflejan la crudeza del momento en grados tan diferentes que la pintura se convierte en un estudio pormenorizado de las pasiones humanas, y de cómo el pintor pueda alcanzar a representarlas. La escalada de afectación roza lo insoportable al posarse en el rostro del propio Agamenón. Es tan extremo el dolor de un padre en esa tesitura que éste se presenta como deformidad, como la más grotesca expresión. Como sabemos, en el paradigma clásico la belleza era el fin superior del arte, por lo que la expresión pictórica del dolor de Agamenón es inviable; una cota inalcanzable para el artista. Este desafío es el que fascina a Lessing, quien admira la sorprendente solución de Timantes ante tal escollo: Agamenon debe aparecer con el rostro tapado por las manos, inaccesible al espectador. «¿Qué otra cosa podía hacer sino velar esta fealdad? Lo que no podía pintar dejó que el contemplador lo adivinara. En una palabra: el hecho de tapar el rostro es un sacrificio que el artista hace a la belleza»(13).
Lessing nos presenta aquí a uno de los primeros artistas que se decantaron hacia la oscuridad, hacia el gesto que no nos deja ver; contrasentido máximo en un lenguaje sustentado, al menos así nos empeñamos en describirlo, sobre el régimen dominante del mostrar. Pugnando contra este régimen, el pintor se deja arrastrar hacia aquello imposible de representar en la sospecha de que, como decía Gertrude Stein, «Es parcial la oscuridad, la más oscura oscuridad»(14). Timantes fascina a Lessing por su decisión de batallar en los límites que él mismo se marca como pintor, asumiendo, con ello, las renuncias exigidas por dichos límites. Negándose a representar y desposeyendo a su pintura de la capacidad de mostrarlo y expresarlo todo; tapándose los ojos, en definitiva, el pintor abre otras puertas, las de la imaginación del espectador. La lucha contra lo evidente y la negación del carácter infalible de la obra se nos aparecen como la vocación profunda del artefacto artístico. Y este es el Lessing que nos resulta aún hoy sugerente. Aquél que trata de revelar la imposibilidad y la renuncia como esencia, no como obstáculo, del arte. Un arte que se hace fuerte en los límites. Lo que nos reconduce a Mallarmé y su idea de acción restringida. Ante nosotros se muestra un poeta de lo concreto que ya ha asumido la incapacidad de la escritura para transformar la realidad por el mero hecho de nombrarla. Alguien interesado en intervenir sólo dentro de la propia escritura, pero no constreñido por la materia del texto. Muy al contrario, el escenario de la escritura es tomado aquí como el verdadero «teatro de nuestro espíritu». De manera que «su actividad, no obstante, no es puramente contemplativa. Realiza una acción en un campo restringido pero ilimitado, que no le pertenece pero que él puede recalificar e incluso redefinir. Este campo es el de la lengua y los lenguajes, es la escena de la escritura y el espacio del libro como “instrumento espiritual”»(15). Hacerse fuerte en la lengua y la escritura requiere, pues, escindirla, incluso atomizarla. Tarea emprendida por numerosos artistas que, ni formalistas ni reaccionarios, han encontrado en la naturaleza restringida de la acción creativa un potencial subversivo de inesperadas consecuencias.
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Este texto es un fragmento de No se escribe luminosamente sobre un campo oscuro. La frase de Mallarmé da título a un texto más amplio y a la exposición Un campo oscuro, que se presentó en el Centro José Guerrero hasta el pasado 24 de junio.

(1) Citado en A. Crespo: Juan Ramon Jiménez y la pintura (1974), Universidad de Salamanca, 1999, p. 115.

(2) Ibidem.

(3) G. E. Lessing: Laocoonte, o los límites de la pintura y la poesía (1766), Tecnos, Madrid, p. 138.

(4) V. Flusser, Hacia una filosofía de la fotografía, Trillas, México, 1990, p. 13.

(5) G.K. Chesterton: William Blake, Espuela de Plata, Sevilla, 2007, p. 117. 

(6) M. Eliade: Imágenes y símbolos (1955), Taurus, 1979, p. 11.

(7) J. Rancière: El destino de las imágenes, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2011, p. 28.

(8) G. E. Lessing: op. cit., p. 44.

(9) M. Fried: «La figura como forma: los polígonos irregulares de Frank Stella» (1966), en Arte y objetualidad, La Balsa de Medusa, Madrid, 2004, p. 121.

(10) J. Rancière: op. cit, p. 59.

(11) Ibidem.

(12) E. Pujals: Prólogo a G. Stein: Botones blandos (1914), Abada editores, Madrid, 2011, p. 7. 

(13) G. E. Lessing: op. cit., p. 57.

(14) G. Stein: op. cit., p. 39.

(15) J. F. Chevrier: Arte y utopía. La acción restringida, MACBA, Barcelona, 2004.

martes, 26 de junio de 2018

Los sombreros de Maupassant_ENRIQUE VILA-MATAS


Se consolidan las reseñas de libros descatalogados, un género que proviene de la necesidad que crea el mercado, entregado a la convulsiva caza delirante de novedades

Si en el siglo pasado se inventó el género de la reseña de libros inventados, en el nuestro se va consolidando el de las reseñas de libros descatalogados, un género que proviene de la necesidad que crea la actitud del mercado, cada vez más entregado a la convulsiva caza delirante de novedades. Y aunque es evidente que esas reseñas de descatalogados son, por lo general, desesperadas, algunas llegan a buen puerto, como acaba de ocurrir con la recuperación de Maupassant y el otro, un breve texto de 1934 de Alberto Savinio, fascinante ensayo-divagación que en 1983 tradujo entre nosotros Gabriela Sánchez-Ferlosio: un ensayo divertidísimo, sagaz, inmensamente irrespetuoso.
Un dato curioso: salvo en nuestro país, Maupassant y el otro nunca ha sido un libro. Como tal se publicó en una colección de bolsillo de Bruguera, pero en Italia, que es su lugar de origen, no fue más que un simple epílogo (enormemente interesante, eso sí) a una antología de cuentos de Guy de Maupassant que publico Adelphi. A pesar de los esfuerzos de la autodenominada Sociedad europea de autores que desde hace diez años publica una lista anual de obras literarias que, a su parecer están “insuficientemente traducidas en los países de la Unión Europea”, Maupassant y el otro ha seguido sin traducirse en el continente, no así en España, donde ahora Acantilado, con traducción de José Ramón Monreal, acaba de tener la genial idea de recuperarlo.
Difícil de olvidar: cuando leí Maupassant y el otro en el invierno de 1983 descubrí en aquel ensayo un tipo de estructura muy libre en torno a un tema aparentemente central: la vida y obra del obra del conteur francés por excelencia, Guy de Maupassant. Un tema que en realidad servía de pretexto para poder hablar absolutamente de todo y hacerlo con una tensa y culta prosa vagabunda que abolía la frontera entre lo serio y lo jocoso. Puntuaban aquel “epílogo” 101 notas a pie de página, donde nos enterábamos, entre otras grandes minucias, de que raros eran los hombres cuyo destino no estaba prescrito en su apellido, y también de que Maupassant (el Mal pasante, el Mal transeúnte) no usaba más que sombreros hechos a medida (“porque el obstetra que le ayudó a venir al mundo le había modelado la cabeza dejándosela de una perfecta redondez y distinta respecto a los formatos habituales”) y de que, en contra de lo que siempre se pensó –quizás porque Flaubert era su protector y maestro– carecía de criterio y del más mínimo espíritu literario; de hecho, pensaba, por ejemplo, que Mallarmé era un imbécil, y más de una vez dijo que Cézanne no sabía pintar. Y lo más alarmante: veía en El Juicio Final, de Miguel Ángel, un telón de fondo pintado para una barraca de luchadores por un carbonero ignorante. En la misma carta desde Roma en la que escribiera todo esto, también dijo que Roma era horrible y que en sus museos no había nada. Claro que a Maupassant, al Mal transeúnte, le acompañaba “el otro”, su “inquilino negro”. Y de ese individuo también habla este impresionante libro (o epílogo) del gran Savinio.

sábado, 23 de junio de 2018

Violadas por la ley_PAUL B. PRECIADO


El grito de “No nos representan” se extiende contra los estamentos de las instituciones judiciales


Desde que se hizo pública la sentencia que exime a los cinco integrantes de la Manada de la violación colectiva de una joven durante las fiestas de los sanfermines en Pamplona, no han cesado, en diferentes ciudades españolas, las manifestaciones multitudinarias de rechazo, indignación y crítica contra esta decisión judicial. Pese a reconocer que la joven fue desnudada contra su voluntad en un lugar angosto y sin salida y rodeada por José Ángel Prenda, Jesús Escudero, Ángel Boza, el militar Alfonso Jesús Cabezuelo y el guardia civil Antonio Manuel Guerrero, todos ellos "de edades muy superiores y fuerte complexión", el fallo niega que hubiera intimidación y violencia y recalifica el crimen como “abuso sexual” bajando la condena de 24 a 9 años de cárcel.
Mientras el movimiento feminista gestiona y visibiliza su cólera, el Parlamento Europeo debate, por petición de Podemos y contra el recurso del PP, si es necesario implementar en España los convenios internacionales relativos a la violencia sexual. El ciudadano se pregunta entonces con estupefacción: ¿cómo es posible que no estuvieran ya aplicados en España tales convenios internacionales? ¿Cuál es entonces el protocolo con el que se juzgan en este país europeo los crímenes de violencia sexual? El presente conflicto que opone a los cuerpos violados y potencialmente violables contra sus jueces nos fuerza a reconocer que el estado español sigue siendo un ejemplo de la yuxtaposición de al menos tres regímenes judiciales, tres modelos de producción de verdad y justicia discordantes: sobre la estructura patriarcal franquista de la ley se han injertado algunos protocolos democráticos, todo ello salpicado de los métodos de verificación postmodernos que facilitan las técnicas digitales.
Durante 6 horas no pude hacer otra cosa que leer las 371 increíbles páginas que componen la totalidad de la sentencia, que, como no podría ser de otro modo en este régimen legal post-franquista digital, se encuentra disponible en PDF por internet en la página de un periódico generalista. La sentencia, cuya lectura les recomiendo solo si tienen un estómago fuerte y una red sólida de apoyo psicológico, podría leerse como un relato de Stephen King al que le falta una coda de Virginie Despentes.
La sentencia incluye una teoría de género, una estética de la pornografía y un tratado sobre el placer sexual desde el punto de vista patriarcal
En la sentencia se puede leer que mientras la denunciante estaba en estado de shock “fue penetrada bucalmente por todos los procesados, vaginalmente por Alfonso Jesús Cabezuelo y José Ángel Prenda, este último en dos ocasiones, al igual que Jesús Escudero Domínguez, quien la penetró una tercera vez por vía anal, llegando a eyacular los dos últimos y sin que ninguno de ellos utilizara preservativo”. Durante el desarrollo de los hechos dos de los implicados grabaron videos con sus teléfonos y tomaron fotos, que después distribuirían por las redes. La misma noche de los hechos, uno los acusados envió desde su teléfono móvil varios mensajes de WhatsApp a la “Manada” y a “Disfrutones San Fermines” en los que escribió: “follándonos a una los cinco”, “todo lo que cuente es poco”, “puta pasada de viaje”, “hay video”… y “follándonos los cinco a una, vaya puto desfase”.
Ante tales hechos, el magistrado Ricardo González ha decidido absolver a los cinco hombres del delito de agresión sexual y violación alegando que en los vídeos grabados por los acusados solo observa a cinco varones y una mujer practicando "actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo". El lector se pregunta si a lo que se refiere el magistrado es a cómo históricamente se ha autorizado a los hombres a gozar y a regocijarse del ejercicio de la violencia sexual colectivamente practicada. La sentencia incluye una teoría de género, una estética de la pornografía y un tratado sobre el placer sexual desde el punto de vista patriarcal. Las imágenes, asegura el magistrado, son "ciertamente de contenido perturbador", pero no aprecia otra cosa que "una cruda y desinhibida relación sexual, mantenida entre cinco varones y una mujer, en un entorno sórdido, cutre e inhóspito y en la que ninguno de ellos (tampoco la mujer) muestra el más mínimo signo de pudor, ni ante la exhibición de su cuerpo o sus genitales, ni ante los movimientos, posturas y actitudes que van adoptando". ¿Acaso esperaba el magistrado que los implicados en la violación, los agresores y la víctima, arreglaran el decorado y se movieran con pudor y elegancia? "No aprecio en ninguno de los vídeos y fotografías signo alguno de violencia, fuerza o brusquedad ejercida por parte de los varones sobre la mujer. No puedo interpretar en sus gestos, ni en sus palabras, en lo que me han resultado audibles, intención de burla, desprecio, humillación, mofa o jactancia de ninguna clase", asevera el juez. ¿Pero qué relación hay entre la burla, el desprecio, la humillación, la mofa o la jactancia con la imposición violenta de un acto sexual?
Ha habido dos violaciones rituales: una en un portal de Pamplona y la otra en una sala de un tribunal
La crisis que el caso ha generado es el resultado de la tensión abierta entre las convenciones sociales que rigen las instituciones judiciales y el actual proceso de emancipación feminista. El grito de “No nos representan” que se aplicaba antes a los políticos se extiende ahora contra los distintos estamentos de las instituciones judiciales. En el régimen legal posfranquista digital, las técnicas de visibilización y acceso público a las pruebas que proporcionan los medios de registro y distribución de la imagen, las redes sociales e Internet no conducen a una mayor democratización de los procesos judiciales, sino que operan como suplementos del goce patriarcal. El inconsciente patriarcal judicial se alimenta de un torbellino de mensajes, tuits, cadenas de 'hashtags' y redes de Facebook… Los magistrados miran las pruebas como si mirasen un porno y no se cortan para correrse. Las imágenes grabadas durante la agresión y los explícitos mensajes distribuidos en red no sirven como prueba incriminadora, sino como apoyos narrativos que vienen a confirmar la misoginia del sistema legal. La sentencia se convierte así en un nuevo ritual público en el que el sistema judicial repite y goza (una vez más) de la violación.
Ha habido, por tanto, dos violaciones rituales. La una se produjo en un portal de una calle de Pamplona el 7 de julio 2016. La segunda se ha producido en una sala de un tribunal de justicia del estado español y en ella han participado letrados y jueces. El primer ritual buscaba obtener un suplemento del placer y de la soberanía masculina ejercida por cinco hombres con violencia sobre una persona sola y desarmada. El segundo ritual busca proteger los derechos de los varones a usar legítimamente la violencia para obtener servicios sexuales. Si la primera violación es de orden privado, la segunda es aún más grave puesto que viene legitimada por la institución judicial. El sistema jurídico pone así una polla en cada una de nuestras bocas contra nuestra voluntad. El fallo del tribunal es una penetración sin consentimiento. Y las declaraciones del magistrado una eyaculación mediático-judicial sobre nuestros derechos. De nuevo la respuesta no puede ser reformista sino revolucionaria: no se trata de modificar solamente esta sentencia, sino de despatriarcalizar las instituciones judiciales modificando su política del género y sus técnicas de producción de verdad.




martes, 19 de junio de 2018

Rumanía en la Feria de Madrid


Artículo de Ramón Irigoyen publicado en “Diario de Navarra”
Rumanía fue este año el País Invitado de la 77ª Feria del Libro de Madrid. Y las numerosas actividades programadas por el Instituto Cultural Rumano, desde el jueves 24 de mayo,  hasta el 10 de junio, han sido como para atletas muy en forma. El jueves, 24 de mayo, el pianista Josu de Solaun y el violinista Alexandru Tomescu ofrecieron el concierto inaugural en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Al día siguiente, viernes, 25 de mayo, debía celebrarse la inauguración oficial de la Feria. Pero un viento muy simpático que venía con la clara intención de derribar árboles aconsejó aplazar la inauguración para los próximos años: 2019 o 2020. Fue un buen momento para recordar este verso – “ke maze ton na meletá la dendra” – (“y enséñale a estudiar los árboles”) – del poeta griego Yorgos Seferis, que, quizá contra la propia voluntad del poeta, nos advierte que los arbolitos creados por Dios pueden tener más peligro de lo que parece. El viernes 25 de mayo Mircea Cartarescu,  presentado por el gran periodista cultural Winston Manrique, pronunció la conferencia “La utopía de la lectura”. ¿Quién no piensa, de vez en cuando, en la extrema dificultad de leer? Otra conferencia, ese mismo viernes, sobre la Familia Real Rumana a cargo del historiador Filip Iorga con asistencia de Su Majestad Margareta, Custodia de la Corona Rumana, nos abrió una vía a la historia de Rumanía.
El sábado, 26 de mayo, la Tertulia – “Bucarest: una geografía literaria” – con Ioana Parvulescu, Gabriela Adamesteanu y Adina Popescu amplió la nómina de escritores rumanos – Eminescu, Vintila Horia y el filósofo  Cioran – que hasta ese día conocíamos en España.  Eminescu es el poeta rumano más conocido en el mundo hispánico. Vintila Horia fue un escritor célebre  en la España de  los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo. Era una máquina de publicar libros. Ganó en España un premio Nadal y en Francia fue galardonado con el premio Goncourt, al que tuvo que renunciar por su ideología ultraconservadora. A Cioran, residente en Francia y que escribió la mayor parte de su obra en francés y no en rumano, lo conocimos en España por las magníficas traducciones que de su obra hizo Fernando Savater.
En la presentación del libro El encuentro,  de Gabriela Adamesteanu, junto con la autora y el traductor, Joaquín Garrigós, intervino Mercedes Monmany, destacadísima conocedora de varias literaturas europeas.  
El miércoles, 6 de junio, tres escritoras rumanas que escriben en español intervinieron en el Pabellón de Rumanía: Elisabeta Botan, Corina Oproae y Alina Popescu. He leído el excelente  libro de poemas Mil y una muertes, de Corina Oproae, publicado por La Garúa. En el primer poema del libro Corina Oproae recordando a la madre ya muerta escribe: “Y hoy, ¿qué te diría / si te me aparecieras? / Que sueño con tus manos / tapándome los ojos / mientras  desando muda / caminos ya olvidados. / Que deletreo el miedo / en bosques muy cercanos….”
La ironía e incluso el sarcasmo como en el poema Anástasis emparentan la poesía de Corina Oproae con la de la polaca Wislawa Szymborska, a la que dedica el magnífico poema Diálogo con Wislawa Szymborska.
Quizá la primera noticia prejuvenil que tengo de Rumanía  fue, en una clase de latín de mi adolescencia, por  unos versos del poeta latino  Ovidio que sufrió destierro en Tomis, la actual Constanza rumana. “Cum subit illius tristissima noctis imago…” (“Cuando me viene la tristísima imagen de la noche…”), llora Ovidio en su Tristia rememorando la noche en que dejó Roma para ir al destierro en el Ponto Euxino.

lunes, 18 de junio de 2018

Currículum viral, por Rebeca Yanke



En mi documento de identidad dice que nací en Bilbao, pero me gusta decir que soy de Getxo, porque era lo que decía mi abuelo: “No, yo de Bilbao no soy, soy de de Getxo”. Y en realidad es cierto pues uno es, creo, de donde ha vivido, y yo a Bilbao iba para ir al cine, de compras o a la cena de fin de curso con los amigos. Hasta los 23 años viví en Getxo, en casi todas las localidades que lo integran y que lo hacen formar un municipio. Getxo es ya ciudad, imagino. Es un pequeño paraíso, pues hay playas (Bilbao no tiene), muelles, puentes, puertos, botes, la típica gastronomía vasca con un aire de grandeza extra, y mucha gente que pasea. Allí pasear es una costumbre ancestral. Se puede pasear en pareja, solo o con amigos, pero si se pasea “en familia” se responde por completo a la imagen de Getxo como un oasis vasco, un lugar donde se puede vivir. Es más, donde se puede vivir bien, donde hay ‘calidad de vida’.
En la época en la que yo crecí allí no había tregua por parte del grupo terrorista ETA. El oasis no te eximía de vivir una bomba, o de que a tu vecino lo mataran de un tiro en la nuca, una de las formas preferidas de asesinato de los terroristas, cuando mataban en plena calle, a cualquier hora del día. Durante una época viví enfrente de una urbanización donde vivían las familias de los guardias civiles. Aquellos niños tenían pocos amiguitos si hacían su fiesta de cumpleaños en casa. Porque entonces todavía se hacían fiestas de cumpleaños en casa, con sus panchitos naranjas y sus patatas y la posibilidad de mezclar Coca Cola con Fanta y de tomar mediasnoches de nocilla. Mis padres siempre me dejaron ir a las fiestas de los hijos de la Guardia Civil. Yo no iba con miedo sino bastante orgullosa de que me dejaran ir. No entendía nada en aquel momento, creo que tenía ocho, tal vez diez años. En aquella misma época mataron a un guardia civil en mi calle, precisamente en la puerta de mi casa. Cuando me dejaron salir todavía estaba el hombre cubierto con una sábana blanca llena de rojos. La violencia parecía muy de andar por casa, pero no, mataba. Nunca dejó de morirse nadie hasta hace un tiempo. Por eso, pensar en la muerte de alguien más, me produce escalofríos y miedo, muchísimo miedo.
Unas tres casas después de aquel incidente yo vivía ya con mis abuelos, y la tensión política en la que se vivía en el País Vasco comenzó a formar parte de mi vida diaria. Mis padres, que no eran especialmente políticos, que no eran especialmente religiosos, que no eran especialmente nada excepto desgraciados, ya se habían muerto, yo tenía 16 años y mi abuelo se sentaba en su sillón orejero y decía que Arzallus era el diablo. En aquella casa, en la que siempre hubo alrededor de diez personas durante mi adolescencia, la gente se peleaba por la prensa y por los suplementos. Especialmente si era domingo. Mis dos hermanos pequeños y yo vivíamos con mis tías, mis primos venían todos los días; había una señora que limpiaba y hacía la comida y mi abuela, con una cabeza galopante, dirigía nuestras vidas desde su silla de ruedas. Mi abuelo salía todas las mañanas de domingo y volvía con El País, El Mundo, el ABC, pero en casa ya se había recibido, en la puerta, el diario ‘El Correo Español/El Pueblo vasco’. Todos en aquella casa oían la radio y la televisión también formaba parte de esa eterna conversación familiar sobre política, cultura, religión y ¡moral! La verdad es que aquella casa parecía muy liberal, sus habitantes muy capaces de hablar, excepto del dolor; no sé si porque los vascos son así, recios, duros, o porque, realmente, aquella casa, y esa familia, la mía, terminó sufriendo mucho y, al cabo, hablar del dolor, cada uno del suyo, no hacía más que incrementarlo.  Por eso es que a veces se escribe llorando.
Mi abuela, que escribía cartas a Felipe González aleccionándole sobre el aborto, parecía consciente de que iba a morirse pronto, porque con el tiempo me he dado cuenta de que intentó darnos una educación exprés. Como si pensara: Bueno, a ver, tengo que explicarles todo lo necesario en los próximos cuatro años. Fue ella la que consiguió que yo dejara de estar continuamente en casa, aun teniendo amigos, leyendo. No hice otra cosa durante todos los años de instituto. Tenía amigas, a veces salía, pero lo que yo realmente quería, y eso hacía, era quedarme en casa leyendo. No sé si lo sabe alguien pero cuando llegaba del instituto a las tres y media de la tarde, después de comer lo que la señora Isabel me había dejado en una bandeja, en la cocina, me iba a la habitación de mi abuela, ella siempre estaba junto a la ventana, y me tumbaba en su cama, y en la de mi abuelo, aquellas dos camas enormes en realidad, aunque juntas, que a saber dónde están ahora, o si siguen existiendo, y mi abuela, que se llamaba Begoña, leía los Evangelios. A veces, después, me explicaba cosas.
Si sé hacer croquetas es porque ella me dictó cómo hacerlas. Y entre aquella habitación, con ella en su silla de ruedas, y la cocina, se interponía el resto entero de la casa. Pero yo la oía. Fue ella la que me animó a irme el verano anterior a comenzar Periodismo en la Universidad del País Vasco a los Estados Unidos. Ella, seguramente, quien me animaba a escribir cartas desde allí, ella la que me escribía, la que hacía al resto de mi familia escribirme. En aquella primera incursión estadounidense fui a dos clases interesantes en Bucknell University, una sobre escritores homosexuales y otra sobre literatura medieval, francesa e inglesa. Fue un poco loco descubrir que uno de los escritores que acababa de leer, Michael Chabon, autor que me había recomendado mi tía Sofía, hermana de mi padre, fuera uno de los autores homosexuales a estudiar. Yo ni siquiera sabía que era homosexual, tampoco que lo fuera Patricia Highsmith. Me encantaban las dos novelas de Chabon que había leído, Los misterios de Pitsburgh y Chicos prodigiosos, de la que luego hicieron una película con Michael Douglas y Robert Downey Jr, si no recuerdo mal. En la clase sobre literatura medieval no pude aportar mucho pero a mis compañeros les encantaba cuando  leía el texto antiguo. A la profesora también. Me invitó a cenar una de las últimas noches, junto a otras dos estudiantes. Nos dijo: “Yo termino, ustedes empiezan, hagan algo como esto cuando les suceda lo que a mí”. Lo decía contenta.
Cuando volví a España las clases de Periodismo ya habían comenzado. Tenía amigos en la carrera. Mi amiga Lenda, con la que fui al colegio. Mi amiga Cristina, a la que conocía de los veranos en Castrourdiales, adonde se fue a vivir mi padre pocos años antes de morirse. Ahora, mientras escribo, me alegra pensar que, al menos, durante sus últimos años, mi padre pudo vivir como quiso. Sé que fue feliz. Bajaba a la piscina de aquella urbanización pequeñita en camiseta y con un pareo rojo. Pocos hombres usaban pareo en los 90. También tenía un sombrero panameño. Era un hombre guapo y simpático. Un hombre capaz de cometer los peores errores por las mejores razones. Nunca vi llorar tanto a mi abuela como cuando se murió él. Lloró más que cuando murió mi abuelo, unos años después. Desde entonces sé que si bien es difícil, es una puta mierda, perder a tus padres siendo joven, perder a tus hijos es mucho peor. Es de hecho antinatural. Al fin y al cabo uno ha de enterrar a sus padres. Eso sería lo normal.

Yo fui ejerciendo esa normalidad desde los 15 hasta los 22, exactamente así, como se requería de mí, con absoluta regularidad. Y así hice la carrera de Periodismo, con gusto, con buenas notas. El hermano mayor de mi padre era periodista y era el orgullo de la familia. Creo que cuando yo me fui a Estados Unidos, él comenzaba a salir en la radio. Mi tío Germán, supe muchos años más tarde, fue la primera persona que recibió a mi padre la noche que ingresó en el hospital y se murió. Él llegó primero porque estaba en la redacción del diario ‘El Mundo’, en el País Vasco. Le dijo a mi padre: “Todo va a ir bien, Gonzalo”. Y él respondió: “Yo sólo espero que todo les vaya bien a mis hijos, y a vosotros”. Ser periodista en aquella casa, en tanto que me gustaba leer y escribir, en tanto que, como todos los demás, leía con el periódico si me tocaba comer sola, y peleaba como los demás el domingo por los suplementos, parecía para mí el camino a seguir. Lo tomé sin pensarlo demasiado, como si a mí también me pareciera natural. Y lo fue.
El último año de carrera lo hice en Italia con una beca Erasmus y puedo decir que fui feliz, aunque ese enero también muriera mi abuela y viajara sola desde el sur de Italia hasta Milán, y después hasta Bilbao, con la mayor incertidumbre del mundo sobre mi espalda. Con todo mi miedo. Aquel enero sabía que algo no iba bien, porque mi abuela me llamaba todos los días. Absolutamente todos. Y de repente dejó de hacerlo.  Desde que murió mi abuela no he vuelto a tener esa certeza de mundo que da el verdadero amor, el amor de quien realmente no quiere más que tu bien, sin condicionantes. Mis hermanos seguían siendo pequeños, mis tías seguían siendo jóvenes. Y yo me volví a Italia, de donde finalmente regresé con un amor que aún perdura por el país, la lengua y la literatura italiana.
Ya en Getxo, de nuevo, una familia, la mía, terminaba por desmembrarse por completo. Ya no hacía falta vivir en una casa tan grande, así que hubo una mudanza de nuevo. Mi hermano, que aún era pequeño, preguntó una noche: “¿Quién se va a morir ahora?”. Mi tía Paloma fue la única valiente, la única que respondió, serenamente: “¿Por qué dices eso, Gonzalo?”. Y Gonzalo dijo que porque siempre que se mudaba era porque se había muerto alguien. Ya se le había muerto su abuela ese año pero él debía de imaginar que la muerte, él ya lo sabía, no se termina nunca.
Me fui a Inglaterra con mis amigas María y Nerea, un invierno. Cada una con su drama detrás, intentamos vivir solas, trabajar. Todo nos fue bastante mal, excepto en lo que respecta a la amistad. Invadimos la casa de nuestra amiga Cristina y su novio Andrew. Trabajamos en una residencia de ancianos porque fue el único trabajo que conseguimos. Aquel pueblo era Gloucester y no veíamos el sol. María y yo sentíamos una extraña devoción por nuestro trabajo. Nerea no tanto. María y yo realmente sentíamos que era lo que decía nuestra chapita: Care Assistant. Realmente creíamos en la palabra cuidado, en su verbo, creíamos en cuidar. Considerábamos que era esencial. Había un libro, creo que de Leonardo Wolf, que se llamaba así, El cuidado esencial, y lo leímos y nos pareció esencial. Limpiábamos y alimentábamos a señores y señoras ingleses y mayores. Y llorábamos por las esquinas. María y yo nos encontrábamos en una columna y nos contábamos la una a la otra las barbaridades que veíamos hacer a las care assistants inglesas, que por supuesto nos odiaban.”Fíjate el pobre Bob, me lo he encontrado llorando porque lleva media hora sentado en el wáter y la chica que le ha llevado no va a buscarle”.
Mi favorita era Hilda Bougin, una señora impecable que pedía hasta perdón por hacer popó. Una señora cuyo marido había muerto en la II Guerra Mundial. La primera persona a la que lavé, vestí, perfumé y llevé en su sillita a desayunar al comedor, pocos meses después de que mi abuela muriera. Ella me dijo cuando llegamos a su mesa: “Usamos unos baberos que están allí, en aquel cajón”, y lo señaló. Así que hice mía a Hilda y siempre iba a despertarla cada mañana, y cada mañana la colocaba en su mesa junto a sus amigas e iba a por su babero. Una vez, mientras me iba, le escuché decir a sus compañeras: “Le dije que usábamos baberito la primera vez, y nunca se le ha olvidado”. La sonrisa que debía tener yo mientras caminaba por aquel pasillo de residencia de ancianos, por aquel olor y dolor, debió ser gigante, realmente enorme. Yo servía para algo. Hasta aquel entonces mis trabajos habían sido más ligeros. Había sido recepcionista, o algo así, en un centro de psicología y logopedia para niños. Vi niños con muchos problemas allí. También di clases de apoyo a niñas de 10 años de un colegio del Opus Dei, organización religiosa a la que pertenecieron mis abuelos durante varios lustros, más o menos hasta que se arruinaron, a finales de los setenta, comienzos de los ochenta.  Los Yanke fueron ricos hasta que yo nací. Y se notaba. Se notaba que se había vivido de otra manera y que tuvieron que acostumbrarse a una nueva. No parecía dolerles demasiado. Mi abuela tiraba del carro y, en aquella casa, siempre se valoró mucho el trabajo, la capacidad de sacrificio, la voluntad, el estudio, las buenas maneras, la educación… Las formas.
Cuando finalmente regresamos al País Vasco, las cosas no habían terminado aún de desmembrarse, claro. María tardó poco en irse a los Estados Unidos. Yo, alentada por mi tía Sonsoles, solicité plaza en máster de Periodismo que daba la Universidad San Pablo Ceu en colaboración con el diario El Mundo, en Madrid. Recuerdo que le dije: “Pero si no tenemos dinero”. Y ella respondió: “Dan becas. Tú inténtalo, y si no te dan la beca, pues ya veremos”. Pero me la dieron. Alguna bondad ha de tener la orfandad y, en mi caso, me ha permitido estudiar. Ese máster incluía unas prácticas en el diario y a mí me tocó en la sección de Nacional, donde me bautizaron como Rebecaria, donde fui becaria siete meses y volví a ser feliz, como en Italia. Estaba sola, como en Italia. Como en Inglaterra. Rebecaria era, sin embargo, más Rebeca que nunca. Aquello fue en 2003 y estos últimos diez años me han parecido muy rápidos. Y muy intensos.
Mientras aprendía a ser periodista leía poesía de forma compulsiva. Como si fuera mi única manera de estar viva. También lo dejé todo escrito. Escribí entre 2005 y 2010 un diario en internet, ‘Tribecca’, que sigue ahí, como un resto más de la blogósfera. Lo escribí todo: todas las personas que pasaron por mi casa, todo aquel al que entrevisté, los reportajes que hice, los viajes, las personas que conocí, los libros que leí, los dolores que tenía… Mi soledad era la de todos los que me leían. Conocí gente, hice amigos, fui a visitarlos, me visitaron a mí. Mientras tanto, en el periódico, tenía entonces la sensación de que crecíamos juntos. Nos enseñaban, y nos enseñábamos los unos a los otros. Aprendimos que los jefes gritan, y que tampoco es para tanto, que si no puedes incluir cuatro cosas en un titular quizá vale con poner tres. Aprendimos a escribir lo que había que escribir, a callar cuando es necesario. A trabajar rápido, a comunicarnos por teléfono, a intentar, en cada reportaje, que todo fuera como debía de ser, aunque se estuviera hablando de tuercas y tornillos. Aprendimos, en definitiva, lo que no estaba escrito. La redacción engancha. Engancha ese ruido. Los teléfonos, las voces, las risas y algunos aplausos que todavía escucho y que siempre provienen de la sección de Nacional, la que yo tuve la posibilidad de disfrutar cuando era becaria. Luego he pasado por varios suplementos, casi todos relacionados con los jóvenes y la educación. Por mi tendencia personal a vivir intensamente la literatura, terminé también escribiendo a menudo sobre libros, o sobre escritores, especialmente poetas, especialmente si son jóvenes.
Personalmente, fui avanzando en la asimilación de mi propia historia. En el 2007 tuve conciencia de lo que la muerte de tanta gente había significado en mi vida. Eso provocó que comenzara a escribir de otra manera, en otro diario, esta vez más poético según el devenir que he podido observar con el tiempo (o han observado otros).  Ese blog se convirtió en libro en 2010. Se titula ‘Infinitos corpúsculos’. Ese mismo año tuve que volver a trabajar en mí. En esa asunción de vida que seguramente no haya terminado y que a fin de cuentas, me ha llevado hasta aquí, no sé si en forma de huida o de destino implacable. El año pasado me dio un viaje y me puse a estudiar de nuevo, un posgrado en Literatura digital que, ahora, estoy terminando. O Itaca o naufragio. Mi tránsito.