domingo, 10 de marzo de 2019

Pensar y contar Guía para iniciarse en la lectura de una autora cuyas novelas elevaron su calidad hasta la rotunda ‘El mar, el mar’, que ganó el Premio Booker


Iris Murdoch, con su esposo, el crítico literario John Bayley.
Iris Murdoch, con su esposo, el crítico literario John Bayley.  EYEVINE / ACI
Iris Murdoch publicó Bajo la red (1954), su primera novela, cuando tenía 35 años. Se trata, pues, de una obra bastante madura en la que ya asoman todas sus obsesiones. Su talento, de todos modos, se iluminó sobre todo entre 1968 y 1978, una década prodigiosa en su bibliografía.
El príncipe negro (1973) es casi un manifiesto estético por parte de la autora. En esta novela formidable, narrada en primera persona, un escritor prestigioso pero de obra escasa, y que además sufre un bloqueo, se enamora perdidamente de la hija adolescente de un discípulo mediocre, un grafómano que no deja de escribir novelas exitosas —caricatura de la propia Murdoch— y al que el protagonista desprecia. La obra es una reflexión tremenda sobre el amor, al mismo tiempo que un serio estudio en vivo acerca de la naturaleza y los peligros del arte.


Henry y Cato (1976) es un thriller metafísico que nos cuenta el reencuentro de dos amigos de infancia. Henry es un historiador del arte que regresa a Inglaterra para hacerse cargo de una herencia, y Cato es un sacerdote católico que ha perdido la fe y se enamora de un chico de 17 años. La dos vidas se trenzan en un peregrinaje moral.
La novela más rotunda que jamás escribió Iris Murdoch fue El mar, el mar (1978), que mereció en su día el Premio Booker. Toda su obra anterior conforma un crescendo hacia esa novela, del mismo modo que la posterior es un lento y luminoso diminuendo. Narrada otra vez en primera persona por una voz masculina (la habilidad de Murdoch para meterse en la piel de los hombres es casi inverosímil), la novela empieza siendo la autobiografía de Charles Arrowby, un famoso dramaturgo y director de escena, un seductor tiránico que a sus 60 años decide retirarse a una casa en la costa y abjurar de su magia, como Próspero en La tempestad, de Shakespeare, obra en la que la novela se refleja. Todos su planes de purificación se verán sin embargo arruinados por los fantasmas del pasado. La panoplia de cuestiones morales, amorosas, espirituales y estéticas de Murdoch está aquí magistralmente dramatizada.
Como filósofa, Iris Murdoch siempre defendió que había que escribir con el lenguaje corriente, evitando las jergas privadas. La soberanía del bien (1970) sintetiza toda su investigación moral y consigue exponer con claridad y valentía preguntas que nos siguen interpelando: “¿Cómo es un hombre bueno? ¿Cómo podemos ser moralmente mejores?”. Y en El fuego y el sol. Por qué Platón desterró a los artistas (1977), Murdoch resumió toda una vida de intimidad con los diálogos platónicos, formulando al mismo tiempo una encendida y vibrante defensa del gran arte: “El gran artista, al mismo tiempo que nos muestra lo que no se salva, implícitamente nos enseña lo que significa la salvación”. Si hubiera que definir todos estos libros con una sola virtud, no habría lugar a duda. Sería la misma que define a Shakespeare: la generosidad.

lunes, 18 de febrero de 2019

Una bomba atómica en el corazón de la literatura: la historia de Rayuela, según Cortázar


Rayuela, un libro que es muchos libros, narra los días de Horacio Oliveira, su protagonista, y se convirtió en una de las obras centrales del boom latinoamericano.
Mientras Dallas iluminaba la última mañana de John F. Kennedy y Latinoamérica miraba con curiosidad las ideas planteadas por el socialismo, el mundo editorial se revolucionaba con un libro que lo cuestionaba todo, desde la manera de producir literatura hasta el propio lenguaje.
“De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”, dijo su autor, el argentino Julio Cortázar, sobre Rayuela, un libro que es muchos libros, pero sobre todo dos, según los entendidos.
La novela,​ una de las primeras obras surrealistas de la literatura latinoamericana, fue escrita en París y publicada por primera vez el 28 de junio de 1963 por la editorial Sudamericana.

Sobre su origen, distintas cartas escritas de puño y letra de Cortázar dan cuenta de la ambición y el alcance del proyecto.
“Terminé una larga novela que se llama Los premios, y que espero leerán ustedes un día”, escribió Cortázar en una misiva dirigida a su amigo, el escritor y lingüista Jean Bernabé, en diciembre de 1958. 
“Quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por una novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”, añade en la carta.
Según Cortázar: “la verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos”. 
“Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”, dirá el argentino en otra correspondencia dirigida al mismo Bernabé y recopilada por el Ministerio de Educación argentino.
Para agosto de 1960, tres años antes de la publicación de Rayuela, Cortázar le escribió a otro destinatario, el editor Paco Porrúa, sobre su aún inminente obra maestra. 
“Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que ‘baúl de turco’). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario. Qué sé yo lo que va a salir”, dice allí.
El tono del autor cambiaría con Rayuela ya a punto de ser finalizada. En una carta dirigida al poeta Paul Blackburn, fechada el 15 de mayo de 1962, Cortázar asegura a modo de presagio: “casi he terminado. Como una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto al editor. Si te interesa saber qué pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana”.
Las andanzas de Oliveira y “La Maga” provocaron un antes y un después en generaciones de lectores, convirtiendo a Rayuela en el mayor éxito editorial de Cortázar y en un clásico de la literatura en lengua española.
En entrevista con Manuel Antin, el hombre tras Historias de cronopios y de famas contó el nombre y el trasfondo que tenía pensado originalmente para Rayuela: “¿Querés una anécdota? Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar ‘Mandala’. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que ‘Rayuela’, título modesto y que cualquiera entiende en Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala desacralizado. No me arrepiento del cambio”.


martes, 12 de febrero de 2019

Lichtenberg es nuestro filósofo, Roberto Bolaño


por calledelorco



Lichtenberg es nuestro filósofo. A veces uno tiene la tentación de decir que es nuestro único filósofo, pero lo cierto es que está Pascal, que murió de pancreatitis, y también Diógenes, que era un bromista de primera. Nosotros, sin embargo (y cuando digo «nosotros» no sé, francamente, qué estoy diciendo), encontramos el consuelo en Lichtenberg, en sus espejos, en sus vaivenes sentimentales, en su duda y en su gusto, que a veces son la misma cosa.
Hace poco más de doscientos años el sabio de la honorable ciudad de Gotinga escribió lo siguiente: «En la noche del 9 al 10 de febrero de 1799, soñé que, hallándome de viaje, comí en una posada, o más precisamente, en una taberna del camino donde había gente jugando a los dados. Sentado frente a mí, un joven bien vestido y de aspecto un tanto dudoso tomaba su sopa sin preocuparse de quienes lo rodeaban, de pie o sentados; cada dos o tres tragos lanzaba al aire una cucharada de sopa que al punto volvía a pescar con su cuchara y deglutía tranquilamente. Lo que en este sueño me parece particularmente curioso es que hice mi observación habitual de que tales cosas no podían ser inventadas, de que era preciso verlas (a ningún novelista se le hubieran ocurrido), y, sin embargo, yo acababa de inventar todo aquello en ese momento. Junto a los jugadores de dados, una mujer alta y descarnada estaba haciendo calceta. Le pregunté qué se podía ganar con ese juego: Nada, me dijo, y al preguntarle yo si se podía perder algo, replicó: No. Me pareció un juego importante».
Este párrafo, ¿es necesario decirlo?, prefigura a Kafka y a buena parte de la literatura del siglo XX. Este párrafo es también el compendio de la Ilustración y sobre él se podría fundar una cultura. Este párrafo anticipa su propia muerte, acaecida el 24 de febrero, es decir catorce días después del sueño, como si la muerte hubiera ido a visitar a Lichtenberg dos semanas antes del encuentro final. ¿Y cómo se comporta nuestro filósofo de Gotinga ante la visita de la vieja dama descarnada? Pues se comporta con humor y curiosidad, los dos elementos más importantes de la inteligencia.
Roberto Bolaño
Lichtenberg ante la muerte
Entre paréntesis

Editorial:  Anagrama