domingo, 7 de marzo de 2021

Apuntes improvisados sobre ecofeminismo Blanca de la Torre




Publicado el 2021-03-07

Una cuestión de enfoque

En líneas generales, el ecofeminismo hace visibles las conexiones entre la explotación de las mujeres con las de la naturaleza no humana. El origen del término, acuñado en 1974 por Françoise d’Eaubonne, en su texto Le feminisme ou la mort (“feminismo o muerte”), se sitúa en la intersección de tres movimientos sociales: feminista, pacifista y ecologista. Tres desastres ecológicos a nivel planetario popularizaron el uso de este vocablo: Three Mile Island (1979), Bophal (1984) y Chernóbil (1986). El primero de estos impulsó en 1980 la primera conferencia ecofeminista: “Mujeres y vida en la Tierra: conferencia sobre el ecofeminismo en los ochenta”, así como el primer manifiesto ecofeminista tras el cercado del pentágono por parte de un grupo de mujeres. 

En todas sus diferentes corrientes —y, en ocasiones, con posturas extremadamente diversas— está presente la interconexión entre la dominación de la naturaleza y la de la mujer. En realidad,  como afirma Vandana Shiva, el ecofeminismo es un término nuevo para designar un saber antiguo.

Más allá de cortes más espiritualistas o estructuralistas, el ecofeminismo no es un tema, como tampoco lo es la ecología, sino tiene que ver con un modo de ver el mundo, con una actitud, una cuestión de enfoque vital. 

Ecofeminismo e instituciones culturales

Las instituciones culturales y artísticas, asentadas en bases capitalistas, coloniales y heteropatriarcales, tres factores que han ido de la mano del deterioro del planeta, requieren de un cambio profundo en su manera de abordar la interrelación de los distintos  elementos de la cultura a partir de una cosmovisión, es decir una visión más integradora. 

Actualmente, la mayoría de los discursos de las instituciones abordan la decolonialidad, los afectos y los cuidados, la inclusión, la conexión interespecies, la soberanía indígena, lo público, así como la búsqueda de otras epistemologías, entre otros enfoques. Sin embargo, lo hacen solo desde el discurso y desde la reflexión teórica pero no lo integran de manera sistémica. Para ello es necesario un trabajo que a partir de los discursos y desde las formas, ponga en práctica un plan integral de reestructuración de corte ecofeminista que se consolide como una de las bases fundacionales. 

Alicia Puleo habla del ecofeminismo como de una redefinición de la realidad (1) e insiste en la necesidad de entereza, ecojusticia, sororidad y critica el hedonismo low cost y, como bien señala, necesitamos un diálogo intercultural, no un multiculturalismo ciego.

Sobre los afectos

El ecofeminismo reivindica la revisión del papel que han asumido las mujeres como cuidadoras, no solo en el sentido de “guardianas de la tierra”, que diría Shiva, sino también de las labores del hogar, de la asistencia a los enfermos, y de todas esas tareas no remuneradas que parecen no tener cabida en la categoría de “trabajo”. 

El discurso sobre los cuidados y los afectos es uno de los pilares del  ecofeminismo, al que  hemos aludido en ocasiones anteriores en su aplicación a las instituciones culturales (2). Como señala  Puleo, la compasión ha sido menospreciada por su asociación con una actitud femenina y por no formar parte del modelo viril que se ofrece a los jóvenes, más enfocado en afirmar su masculinidad (3).

Es hora de cortar de raíz determinados complejos como el derivado de que en entornos eruditos las palabras duras se subrayan y las que tienen que ver con ternura y empatía han de pronunciarse bajito y en la intimidad. Como señalaba Petra Kelly: “ser tierno y al mismo tiempo subversivo es lo que para mí significa, a nivel político, ser “verde” y actuar como tal. Entiendo el concepto de ternura en un sentido amplio. Es también un concepto político que incluye una relación tierna con los animales y las plantas, con la naturaleza y con las ideas. Ya que irremediablemente en un movimiento político ecológico se requiere de solidaridad, paciencia, cooperación, ternura y tolerancia, a fin de que puedan coincidir tanto los medios como los fines.”(4)

Sobre descolonizar

Desde el ámbito institucional también se ha planteado la necesidad de abordar no solo la importancia de descolonizar la historia, sino nuestro concepto de naturaleza y la construcción que hemos hecho de esta. Como señalan Maria Mies y Vandana Shiva, las mujeres, la naturaleza y los pueblos extranjeros han sido y siguen siendo las colonias del hombre blanco. 

Para T. J. Demos, los modelos artísticos más persuasivos del momento reúnen la dimensión estética del compromiso experimental con el de las prácticas ético-políticas poscoloniales, y lo hacen a través de una atención al modo en que las actividades locales interactúan con las formaciones globales. El autor propone descolonizar la naturaleza trascendiendo el antropocentrismo y descolonizar también nuestras metodologías de investigación incluyendo aquellas que reconozcan las voces de los oprimidos históricamente (5). Para ello Shiva apela a procesos de investigación en línea con las metodologías de la conscientização, basada en las ideas de Paulo Freire, según el cual, los estudios de las realidades opresivas no pueden ser realizadas por las personas expertas sino por los objetos de la opresión.

Sobre las problemáticas ecológicas

Del mismo modo, los discursos en torno a la crisis climática, políticas de extracción, usos del territorio, guerras del agua, soberanía alimentaria, pérdida de biodiversidad, etc que ya formaban parte inherente al pensamiento ecofeminista, están presentes en las programaciones, especialmente desde los programas públicos de una buena parte de los museos del Estado español. 

Es más, los nueve procesos biofísicos cuya transgresión acarrearía alteraciones que conducirían al colapso ecológico ya llevan años sobre la mesa en el discurso ecofeminista: alteraciones climáticas, acidificación de los océanos, depleción del ozono estratosférico, uso de agua dulce, pérdida de biodiversidad, interferencia en los ciclos globales de nitrógeno y fósforo, cambios en el uso del suelo, polución química y tasa de aerosoles atmosféricos. (6)  Y en ese sentido, Shiva  advierte: “o hacemos las paces con la Tierra, o nos enfrentamos a la extinción como seres humanos al tiempo que empujamos también a la extinción a millones de otras especies. Proseguir la guerra contra la Tierra no es una opción inteligente.  (7)

Sobre el capitalismo

Los discursos anticapitalistas y la crítica severa a las dinámicas de dominación y poder propios de nuestras instituciones artísticas y culturales son el blanco del discurso ecofeminista desde sus orígenes, así como la vinculación entre los mecanismos propios del capitalismo corporativo y sus diferentes modos de resistencia y acción directa.

Desde el ecofeminismo se visibilizan las lógicas del capitalismo patriarcal y androcéntrico que ha considerado tanto a la naturaleza como a la mujer como meras materias primas, y seres salvajes que hay que aprender a dominar para el disfrute del hombre, como víctimas de la “slow violence” (8) o violencia lenta de la que nos habla Rob Nixon. Para este autor son estos colectivos más vulnerables los que sufren esta modalidad de violencia menos visible y persistente en el tiempo, producto de una continuada contaminación medioambiental, del militarismo, de políticas desarrollistas del imperialismo y de la carga ecológica impuesta al sur global. 

La “violencia lenta” es la que padecen los sujetos “sacrificables”, víctimas del exterminio de los espacios habitados por aquellos que sufren lo que David Harvey ha denominado la “maldición de los recursos” característica del nuevo imperialismo. (9)

Aquí entran en juego una vez más las lógicas financieras en contraposición con las de la propia naturaleza y todo el entramado del “capitalismo del desastre” que Naomi Klein señala como consecuencia de la introducción de políticas neoliberales y sistemas de explotación —natural y social— que se remontan al inicio de la época colonial.

Klein identifica como “zonas de sacrificio” aquellas que, más allá de su utilidad lucrativa, no importan a sus extractores y, por consiguiente, pueden ser envenenadas, explotadas hasta el límite o simplemente destruidas en aras de un presunto “bien mayor”, representado por el progreso económico”. (10)

Sobre la diferencia

La teórica ecofeminista Ynestra King señala cómo la dominación del hombre sobre la mujer no es más que el modelo de otras formas de opresión, tanto ecológicas como sociales. En The Other Body. Reflections on difference, disability, and identity politics, habla sobre sus propios impedimentos de movilidad, derivados de una parálisis parcial en una pierna. King expone sus observaciones sobre las reacciones de los otros, más habituales por parte de hombres blancos y de clase media del primer mundo, y el evidente temor de éstos a encontrarse fuera de la normatividad, algo que se revela especialmente en las reacciones de intentar mantener las formas y pretender que nada sucede.

La pensadora insiste en el hecho de que ser discapacitada (disabled) no es un constructo social sino una condición que no puede cambiarse, a diferencia de, por ejemplo, el género.  En el ensayo, termina señalando como “de todos los modos de convertirse en otro en nuestra sociedad, la discapacidad (disability) es el único que le puede pasar a cualquiera, en un instante, transformando la vida de esa persona y su identidad para siempre”.

La recuperación de otros saberes alternativos a la ciencia

Pocos años después de que Françoise d’Eaubonne acuñase el concepto que nos ocupa, apareció la obra seminal de Carolyn Merchant La muerte de la naturaleza (1980). En este libro, la autora critica las ciencias modernas que, basadas en la destrucción y subordinación de la naturaleza, asociaron, como hicieron gran parte de los científicos —desde Bacon a Descartes o Max Weber— el descubrimiento y conocimiento de la naturaleza con el poder. Del mismo modo, Merchant establece un nexo entre la tortura de las brujas, y el auge del método científico empírico: la destrucción de la integridad del cuerpo femenino y el de la naturaleza. 

En ese sentido, Shiva apunta que “la ciencia reduccionista se encuentra, por consiguiente, en la raíz de la creciente crisis ecológica, toda vez que implica una transformación de la naturaleza que destruye sus procesos y ritmos orgánicos y sus capacidades regeneradoras. El deslinde arbitrario entre conocimiento y naturaleza tiene un paralelismo en el deslinde también arbitrario entre valor y no valor. La metáfora mecanicista reduccionista crea a la vez la medida del valor y los instrumentos para la aniquilación de lo que considera no valor. Crea la posibilidad de colonizar y controlar lo que es gratuito y capaz de autogeneración.” (11)

Superar el extrañamiento de los ritmos y los ciclos de renovación de la naturaleza para convertirse en participante consciente en los mismos está siendo una de las fuentes principales de esta activación. Esta búsqueda y esta experiencia de la interdependencia y la integridad constituye la base para la creación de una ciencia y un saber que alimente, en vez de violentarlos, los sistemas sostenibles de la naturaleza. (12)

Arte y ecofeminismo

Antes del nacimiento de esta corriente se produjeron obras clave de artistas a las que podríamos situar como ejemplos de un protoecofeminismo. Como por ejemplo, Nancy Holt, Cecile Abish, Athena Tacha o Teresa Murak, y en especial las intervenciones en el entorno natural de Fina Miralles. Durante los mismos años de desarrollo de esta corriente también se sitúan algunos proyectos clave de mujeres que comparten muchas de sus preocupaciones, como Agnes Denes, Mierle Laderman Ukeles o algunas pioneras de lo que será conocido como Remediation Art como Patricia Johanson o Harriet Feigenbaum.

Actualmente en el Estado español muchas artistas desarrollan obras en las líneas del ecofeminismo. Como por ejemplo, las heridas de la tierra cosidas de Lucía Loren, las semillas transgénicas y la biopiratería de las obras de Carma Casulá o de Luna Bengoechea, las políticas de extracción y tierras raras de Elena Lavellés y Rosell Meseguer respectivamente, la atención a los animales no humanos por parte de Verónica Perales Blanco o de Ruth Montiel, las políticas de uso del territorio de las investigaciones de Bárbara Fluxá o de las fotografías de María Primo, las críticas al consumo de Nuria Sánchez León, los jardines de Àngels Viladomiu, la huella de carbono digital en las investigaciones de Joana Moll, las performances de Diana Coca, las instalaciones de Ana Beltra o las de Esther Aldaz, entre otras.

Reflexión final

Construir sociedades verdaderamente igualitarias, justas y ecológicamente sustentables ha estado presente en el movimiento ecofeminista desde sus raíces. Crear comunidad desde el ecofeminismo puede ser el camino para domesticar los excesos de la hybris tardocapitalista, redefinir los relatos hacia otros nuevos que hablen de regeneración, así como cuestionar qué ha sucedido con una comunidad en la que los márgenes no han hecho más que ampliarse y que parece haber naturalizado que el odio y el temor vayan de la mano. Necesitamos una comunidad que hable de lo público: el planeta es lo público; una sociedad capaz de romper con las lógicas de un sistema extractivista –de entornos naturales, de cuerpos, de especies, de culturas– para acometer el cambio de paradigma hacia una nueva era post-fósil.

Pensamos que a partir de una pandemia que ha alterado de manera significativa la vida y que está relacionada estrechamente con la destrucción del medioambiente y del agravamiento de la vulnerabilidad de la existencia, era urgente poner sobre la mesa estas improvisadas reflexiones para un domingo previo al #8demarzo.

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Imagen de portada: “Coser la cima” de Lucía Loren.

(1) Alicia Puleo (2009) Claves Ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Madrid: Plaza y Valdés, p. 13.

 (2) Blanca de la Torre (2020) “Resetear el GPS Cultural: la hoja de ruta sostenible”. Periférica Internacional. Revista para el análisis de la cultura y el territorio. Nº 21, Diciembre 2020. Servicio de publicaciones de la Universidad de Cádiz, p. 206-217.  Disponible en: https://revistas.uca.es/index.php/periferica/issue/view/435/254

 (3) Alicia Puleo (2009) Claves Ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Madrid: Plaza y Valdés, p. 81.

 (4) Petra Kelly (1992) Pensar con el corazón. Textos para una política sincera, Barcelona: Círculo de lectores.

 (5) T. J. Demos (2016) Decolonizing Nature. Contemporary Art and the Politics of Ecology, Berlín, Sternberg Press.

 (6)Stockholm Resilience Centre (2009) “A safe operating space for humanity”, revista Nature, 23 de septiembre 2009.

 (7) Maria Mies y Vandana Shiva (2014) Ecofeminismo, Barcelona: Icaria, p. 28.

 (8)Rob Nixon (2013) Slow Violence and the Environmentalism of the Poor, Cambridge, Massachusetts y Londres: Harvard University Press, p. 2.

  (9) David Harvey (2004) El nuevo imperialismo: acumulación por desposesión, Madrid: Akal

(10) Naomi Klein (2015) Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, Barcelona: Paidós, p. 215.

(11) Ynestra King (1993) The Other Body. Reflections on difference, disability, and identity politics in Ms; Feminist Theory, March/April 1993, p. 72.

 (12) Maria Mies y Vandana Shiva (2014) Ecofeminismo, Barcelona: Icaria, p. 77.

 (13) Op. Cit. p. 91.



martes, 2 de marzo de 2021

El bovarismo de Nietzsche, Ricardo Piglia por calledelorco







Lunes

Una de las escenas más famosas de la historia de la filosofía es un efecto del poder de la literatura. La conmovedora situación en la que Nietzsche al ver cómo un cochero castigaba brutalmente a un caballo caído se abraza llorando al cuello del animal y lo besa. Fue en Turín, el 3 de enero de 1888, y esa fecha marca, en un sentido, el fin de la filosofía: con ese hecho empieza la llamada locura de Nietzsche que, como el suicidio de Sócrates, es un acontecimiento inolvidable en la historia de la razón occidental. Lo increíble es que la escena es una repetición literal de una situación de Crimen y castigode Dostoievski (capítulo 5 de la I parte) en la que Raskolnikov sueña con unos campesinos borrachos que golpean un caballo hasta matarlo. Dominado por la compasión Raskolnikov se abraza al cuello del animal caído y lo besa. Nadie parece haber reparado en el bovarismo de Nietzsche que repite una escena leída. (La teoría del Eterno Retorno puede ser vista como una descripción del efecto de memoria falsa que produce la lectura.)

Ricardo Piglia
Formas breves

Foto: Ricardo Piglia










domingo, 28 de febrero de 2021

La mujer en el entorno profesional del arte


Iratxe Larrea Príncipe

Publicado el 2021-02-27

Hay muchos feminismos, o muchas obras distintas que se agrupan bajo ese término. Algunas artistas cuya obra se relaciona con esta ideología desdeñan la etiqueta. Louise Bourgeois y Chantal Ackerman han dicho no ser feministas, pero ello no implica que su obra no pueda interpretarse desde una visión feminista. A veces la lectura ideológica que puede hacerse de las obras contradice lo que dicen sus creadoras. Algunas rechazan la adscripción porque creen que el término va a clasificar su trabajo bajo unos parámetros limitados, lo que haría que no se apreciase en todos sus aspectos, o, en el caso de algunas artistas negras, porque piensan que el feminismo se asocia a la historia de la mujer blanca, no a la de la negra.

Uno de estos casos es el de Eva Hesse, cuya obra se relacionaba con el pensamiento feminista a pesar de ella. Según Lippard, Hesse era una artista que, a través de formas circulares, expresaba su feminidad, fuese consciente de ello o no. Su trabajo es algo triste y expansivo; sus cuerdas se mueven modificando la posición de sus formas irregulares. Krauss decía que la obra de Hesse tenía la emoción del expresionismo con una cierta estética minimalista: “El expresionismo de Hesse transmitía el mensaje de que golpeando la piedra de la materia inerte era posible vivir una experiencia del yo, un yo que habría de imprimir su imagen en el corazón de esa materia” (Reckitt y Phelan, 2005:27). Sus telas relacionan al espectador con su propio cuerpo; así ocurre en Contingent, de 1969, donde las láminas de resina son como páginas de un libro en blanco. Sus esculturas están realizadas manualmente y presentan un acabado la mayor parte de las veces irregular. Cuestiona las pulidas formas reticulares minimalistas masculinas, los materiales industriales y la repetición en serie. Cuando en 1970 Cindy Nemser le preguntó a Hesse sobre la feminidad y el feminismo en su arte, ella dudaba de etiquetarlo bajo esos u otros términos y contestó: “No valoro la totalidad de la imagen desde estos puntos estéticos o abstractos. Para mí, se trata de una imagen absoluta que tiene que ver conmigo y con mi vida”  (Reckitt y Phelan, 2005:27). Su respuesta referida a la esfera privada concordaba con el marco de referencia del arte feminista de los años setenta, en el que su estética reflejaba la vida, la experiencia y el sentir de las autoras.

Cuando a Hesse le preguntaban si sus obras estaban relacionadas con la mujer, ella afirmaba que no. Ni se consideraba feminista ni consideraba que sus formas y materiales tuviesen connotaciones feministas. Hesse, a pesar de las asociaciones que posibilitaban las formas y sus relaciones con círculo, no pretendía representar el pecho de la mujer, la vida o la eternidad, simplemente lo usaba como una forma geométrica. A pesar de ello, esta autora se da a conocer en los años sesenta dentro del contexto feminista cuando Lippard se empieza a fijar en su predilección por los círculos, los materiales blandos, los velos, las capas y la repetición (Borde y Garrard, 1994) y en 1966 la incluye en la exposición “Eccentric Abstraction”, en la Fischbach Gallery de Nueva York, de modo que formas como una pelota unida a una cadena o un tubo o círculos de goma serían asociadas con el útero o el cordón umbilical.

El trabajo de Louise Bourgeois también fue visto como feminista, a pesar de que su autora no se adscribiese explícitamente a esa tendencia ideológica. En su obra se registra y proyecta su propia supervivencia, utilizando experiencias personales como fuente de inspiración. En Fillete, un falo al que denomina la niña, lo que realmente da vida a la escultura es el espacio mental que surge entre el desmesurado falo y la inocencia de la genérica niña referida en el título. La artista explora la relación y la tensión producidas entre imágenes masculinas y femeninas. Al no tener nada que ver el título de la obra con el objeto, se crea una inestabilidad en la pieza, un desequilibrio que arroja dudas sobre los dos. La obra de Bourgeois, como muchas obras del arte feminista, ha tratado sobre el dolor, los traumas psíquicos y físicos.

También Lippard la incluye junto a Hesse y otros artistas en la exposición “Eccentric Abstraction”, celebrada en la Fischbach Gallery de Nueva York en 1966, y desde entonces su trabajo empieza a ser más conocido, en parte gracias a que se comienza a relacionar con el feminismo. Aunque Bourgeois no se considere feminista, es en estos círculos donde primero se la conoce. Así, entre 1972 y 1982, expuso en dieciocho muestras dedicadas a mujeres, entre las que se encuentran dos de 1972: “13 Women Artists”, realizada en Nueva York, o “American Women Artists Show”, en la Kunthaus de Hamburgo. Lucy Lippard le dedica un artículo en Artforum en 1975 que será incluido en su libro From the Center: Feminista Esas on Women’s Art y lo mismo hará Eleanor Munro, en su libro Original: American Woman Artists, de 1979. Bourgeois participó en conferencias y debates sobre el arte y las mujeres, como, por ejemplo, en 1971, en el “Forum: Women in Art” o, en 1972, junto a artistas feministas como Faith Ringgold o Pac Mainard, en “Does Art Have a Gender?”. A pesar de todo, Bourgeois no plantea su obra desde el punto de vista de una reivindicación colectiva, refiriéndose en primer lugar a su historia personal, siendo a través de lo subjetivo que muchas mujeres se identifican con su obra y la relacionan con propuestas feministas. Lo dicho se ilustra en sus dibujos Femmes-maisons, realizados en los años cuarenta, en los que el torso y la cabeza de una mujer son sustituidos por una casa que es sujetada por unas frágiles piernas. La casa es una metáfora del refugio, pero también puede interpretarse como que la mujer es recluida en el ámbito doméstico y este anula su identidad, es una carga que al mismo tiempo da sentido a su vida, la protege, lo mismo que le ocurre a la artista con su casa y su pasado familiar. Como vemos, es su condición de mujer y lo que ha vivido lo que hace que trabaje con temas y conceptos semejantes a lo que denuncian y reivindican las artistas feministas. Hoy en día, la crítica de arte no hace una lectura feminista del trabajo de Louise Bourgeois, aunque los grupos feministas sientan afinidad con su obra. Así, cuando en 1980 el Women’s Caucus for the Arts le concede un premio, dicen en discurso: “Dices por medio de la forma lo que nosotras tenemos miedo a decir de cualquier forma. Tu escultura desafía estilos y movimientos y retorna a las fuentes del arte: a la expresión cultural de las creencias y emociones comunitarias” (Mayayo, 2002:37). Ciertamente, y en eso reside su condición de gran artista, en sus esculturas Bourgeois expresa miedos, fantasías, deseos, complejos, obsesiones… que sienten muchas mujeres, porque, como persona, como artista y como mujer, habla de las relaciones con los hombres, con la familia, con la casa, con el arte y con su mundo.

Muchas artistas feministas, como Judy Chicago, Miriam Schapiro, Faith Ringgold, Michele Wallace, Harmony Hammond, Mimi Smith o Lyn Malcolm, entre otras, no solo denunciarán el haber estado excluidas del mundo del arte, sino también como la mujer ha sido representada bajo la mirada del hombre, de ese dominio que ejercía a todos los niveles sobre ella.

En ese recuperar la memoria podríamos hablar de la famosísima obra de Judy Chicago La cena, en la que construye una mesa triangular apoyada en el suelo en cuyas losetas se han inscrito novecientos noventa y nueve nombres de mujeres destacadas en la historia. La mesa está cubierta por un mantel liso blanco y sobre él hay treinta y nueve platos, con sus correspondientes tapetes y cubiertos. Los tapetes son de diferentes colores, destacando sobre el fondo blanco, y también los platos, pero todos los motivos tienen en común interpretar la imagen de la vagina, que, muy simplificada, es también el referente de la mesa. En las tres esquinas de la mesa no hay ningún plato, por lo que, a su vez, se forma otro triángulo de mantel blanco vacío sobre el que se ha cosido el dibujo de otro triangulo decorado con motivos geométricos que apunta al centro de la mesa. La forma triangular de la mesa, símbolo para las feministas del ´órgano sexual femenino, se repite en la base sobre la que está apoyada la mesa.

La sensación general es de repetición del triángulo y de los platos, que actúan a modo de puntos por toda la superficie de la mesa, así como de los cubiertos y de las copas, que son todas blancas e iguales. 

La obra es un homenaje a la contribución histórica y cultural de la mujer. Chicago creía que tenía que acontecer un cambio social gracias al cual se respetasen la historia y las producciones femeninas y, de esta forma, se crease un nuevo lenguaje con el que la mujer expresara su experiencia a un público más amplio. La cena proponía la existencia de una sensibilidad femenina continua y atemporal, opinión que entraba en conflicto con las teorías que promulgaban que la feminidad no es innata, sino un producto social.

Dentro de esta ideología, esta obra aparece como una reivindicación a las técnicas artesanas, empleadas por mujeres y muchas veces menospreciadas, y, por ello, utiliza cerámica, porcelana y labor de aguja. Cada lugar en la mesa estaba ocupado por un plato y un tapete, realizado por una mujer con un motivo ideado para ella. Para los platos usó porcelana china, trabajada por encima con pintura o técnicas tridimensionales: “Al estar los platos asociados al comer, pensé que las imágenes en los platos reflejarían el hecho de las mujeres que había planeado representar habían sido tragadas y oscurecidas por la historia” (Broude y Garrard, 1994: 228). Ahora, estas mujeres tragadas por la historia iban a ser consumidas por espectadores ávidos de aprender del pasado.

Para realizar este trabajo, estudió las técnicas de pintura decorativa china con la intención, en un principio, de crear cien platos dedicados a cien mujeres históricas que colgarían de la pared a modo de cuadros. La idea evolucionó hacia la pieza definitiva “como una reinterpretación de La última cena, desde el punto de vista de las mujeres, quienes a través de la historia han preparado las comidas y puesto la mesa” (Broude y Garrard, 1994: 228), pero, en este caso, ellas serían las invitadas de honor.

Para esta obra,  Chicago trabajó con varias personas encargadas de buscar la información técnica e histórica. Una vez recopilada esta, diferentes mujeres realizaron materialmente los objetos para cada comensal. En los cuatro años que duró el trabajo, colaboraron voluntariamente más de un centenar de mujeres y, una vez acabado, fue expuesto en el Museum of Art de San Francisco.

Miriam Schapiro es otra de las artistas feministas. En sus obras conocidas como feminajes, Schapiro utiliza este término para designar collages, ensamblajes o découpages realizados “por mujeres empleando las técnicas tradicionales femeninas para realizar su arte —coser, remendar, el ganchillo, el corte, el apliqué, la cocina y similares—, actividades que también implican a los hombres, pero asignadas en la historia a las mujeres” (Chadwick, 1992). Schapiro expuso en 1976 dos de estos feminajes, Gabinete de las cuatro estaciones y Anatomía de un kimono, de unos 15 metros de longitud aproximadamente, en la que se da valor a un trabajo que es considerado en el contexto del arte como algo menor.

Schapiro estudió pintura, pero en 1951 se traslada a Nueva York, en el momento del boom del expresionismo abstracto, en el que la valoración de las artistas es prácticamente nula. A finales de los años ochenta, Schapiro experimenta una crisis causada por la dificultad de combinar los roles de madre, hija, esposa y artista y deja de hacer las pinturas abstracto-expresionistas y comienza a realizar obras más autobiográficas, desarrollando lo que luego serían sus obras feministas.

Un grupo de artistas muy conocido son las Guerrilla Girls, que denuncia la situación de la mujer en el arte y el machismo existente en él. Realizaban acciones llevando máscaras de gorila para no ser reconocidas y evitar represalias. En la obra Do Woman have to be Naked to get into Met Museum? Denuncian que solo el 5% de los artistas representados en el Metropolitan Museum de Nueva York son mujeres, pero sin embargo el 95% de los desnudos son femeninos, es decir, que a la mujer se la trata como un objeto de exposición, su misión es ser bella y estar ahí para que el hombre la mire.

En ese sentido, en la obra El baño turco, Sylvia Leigh muestra desnudos masculinos, presentando al hombre como objeto sexual e intercambiando así los roles de género y haciendo ver que la mirada del arte no es universal, sino sobre todo masculina.

Barbara Kruger, en 1981, con la obra Tu mirada choca con el lado de mi cara, denuncia la idea de la mujer sumisa y sometida, utilizando una imagen y el texto que le da título para mostrar una actitud de enfrentamiento con el hombre.

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Imagen de portada dibujo de Louise Bourgeois “La femme maison”.

Este texto es un fragmento del ensayo del mismo título que parece en el volumen Arte, literatura y feminismos / Lenguajes plásticos y escritura en Euskal Herria, compilado por Susana Llorente y Amelia Benito Del Valle Eskauriaza, Colección La casa de la riqueza - Estudios de la cultura de España, Iberoamericana Vervuert, Madrid, 2020.

Iratxe Larrea Príncipe en artista y profesora de Universidad del País Vasco.

jueves, 25 de febrero de 2021

Nuestra noche es suave, Enrique Vila-Matas por calledelorco

 





Como el héroe al final de una película sobre un hombre solitario, la figura del doctor Diver se pierde en la distancia. Y la novela termina con pasajes sobre la vida mediocre de Dick, médico ahora en una remota pequeña ciudad de Estados Unidos. Está claro que Suave es la noche refleja los problemas personales que fueron hundiendo a su autor a lo largo de los ocho años que tardó en escribirla. Para colmo de desgracias, cuando el libro apareció, tuvo una acogida indiferente; los lectores se habían olvidado del mundo rutilante de los años veinte, o, mejor dicho, se encontraban en una época diametralmente opuesta en el aspecto social, y además creyeron que volvía el escritor de las burbujas y el charlestón cuando éste, lejos de los años felices, lo que había escrito era la desoladora crónica del final de una época. Tal vez Fitzgerald pagó en ese momento -luego su obra se ha vuelto ligeramente inmortal- haber ligado su destino a la caducidad de un tiempo, el de los vaporosos años veinte, que él se había obstinado en recrear a cambio de desperdiciar parte de su talento.

"La misión del artista es examinar las fronteras de la conciencia", dice el doctor Diver a uno de sus pacientes. Posiblemente quiere indicar con esto que la oscuridad es para todos, excepto para los más fuertes, y que en el fondo es preferible quedarse sin cruzar esas fronteras, pues, después de todo, nuestra noche es suave -de ahí el título de la novela, menos gratuito de lo que se piensa-; después de todo, nuestra noche tiene la tierna ventaja de estar a este lado del paraíso, donde no hay fantasmas y sí bellos y malditos escritores como el gran Fitzgerald, un autor de una trágica y frágil pero bella ironía nostálgica, un autor que en el guión de la película de Frank Borzage Tres camaradas incluyó esta frase con la que sin duda todos sus lectores estarán vivamente de acuerdo: "Cuando oscurece, siempre se necesita a alguien".

Enrique Vila-Matas
Anatomía del desastre
Una invitación a la lectura, 2002
Editorial: El País




lunes, 22 de febrero de 2021

Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, Michel de Montaigne por calledelorco

 






Ahora bien, puesto que nos proponemos vivir solos, y arreglárnoslas sin compañía, hagamos que nuestra dicha dependa de nosotros mismos; desprendámonos de todas las ataduras que nos ligan a los demás, forcémonos a poder vivir solos de veras y vivir a nuestras anchas. Estilpón había escapado del incendio de su ciudad, en el cual había perdido esposa, hijos y bienes. Al verle Demetrio Poliorcetes, en medio de tal destrucción de su patria, sin miedo en el semblante, le preguntó si no había sufrido ningún daño. Él respondió que no, y que, a Dios gracias, no había perdido nada suyo.
Esto es lo que el filósofo Antístenes decía con gracia: que el hombre debía proveerse de un equipaje que flotara en el agua y pudiese salvarse con él, a nado, del naufragio.
Ciertamente, el hombre de entendimiento nada ha perdido si se tiene a sí mismo. Cuando los bárbaros arrasaron la ciudad de Nola, el obispo Paulino, que lo había perdido todo y estaba cautivo, rezaba así a Dios: «Señor, guárdame de sentir esta pérdida, pues Tú sabes que todavía no han tocado nada de lo que es mío». Las riquezas que le hacían rico, y los bienes que le hacían bueno, estaban aún intactos. A tal punto es bueno elegir tesoros que puedan salvarse del daño, y esconderlos en un lugar al que nadie vaya, y que no pueda ser traicionado sino por nosotros mismos. Es preciso tener mujeres, hijos, bienes, y sobre todo salud, si se puede, pero sin atarse hasta el extremo que nuestra felicidad dependa de todo ello.
Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad. En ella debemos mantener nuestra habitual conversación con nosotros mismos, y tan privada que no tenga cabida ninguna relación o comunicación con cosa ajena; discurrir y reír como si no tuviésemos mujer, hijos ni bienes, ni séquito ni criados, para que, cuando llegue la hora de perderlos, no nos resulte nuevo arreglárnoslas sin ellos. Poseemos un alma que puede replegarse en sí misma; puede hacerse compañía, tiene con qué atacar y con qué defender, con qué recibir y con qué dar. No temamos, en esta soledad, pudrirnos en el tedio del ocio.

Michel de Montaigne
Los ensayos
Traducción: J. Bayod Brau
Editorial: Acantilado







domingo, 14 de febrero de 2021

Detrás de una ventana por calledelorco





En mis solitarios paseos por la ciudad suele provocarme agradabilísimas sensaciones y bellísimas imágenes la visión del interior de las habitaciones que yo miro desde abajo, desde la calle, a través de sus ventanas abiertas. Estas habitaciones no me provocarían nada si yo las mirara estando dentro. ¿No es esta una imagen de la vida humana, de sus estados, de los bienes y gozos suyos?

Giacomo Leopardi
Zibaldone, fragmento 4421
Traducción: Elena Martínez
Editorial: Gadir

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Ahora ya ha dejado de darme miedo la libreta negra. me ayuda a inclinarme sobre el pasado, y esta expresión me hace sonreír. Era el título de una novela: Un hombre se inclina sobre su pasado, que encontré en la biblioteca de la casa, unos cuantos estantes de libros juntos a una de las ventanas del salón. ¿El pasado? No, qué va, no se trata del pasado, sino de los episodios de una vida soñada, intemporal, que le arranco, página a página, a la desabrida vida cotidiana para proporcionarle algunas sombras y algunas luces. Esta tarde, estamos en el presente, llueve; las personas y las cosas están ahogadas en la grisura y espero con impaciencia la noche, cuando todo destacará de forma clara precisamente por los contrastes de la sombra y de la luz.
La otra noche, iba cruzando París en coche y me turbaban todas esas luces y sombras, esos modelos de farolas de diferentes épocas que, en toda una avenida o en la esquina de una calle, me daban la impresión de estar haciéndome señas. Era la misma sensación que se nota cuando nos quedamos mucho rato mirando una ventana con luz: una sensación de presencia y ausencia a la vez. Detrás de los cristales, la habitación está vacía, pero alguien se ha dejado encendida la lámpara. Para mí no hubo nunca ni presente ni pasado. Todo se confunde, como en esa habitación vacía donde luce una lámpara todas las noches.

Patrick Modiano
La hierba de las noches
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Editorial: Anagrama