lunes, 29 de noviembre de 2021

“Gracias, Almudena”, de los lectores

Pablo Ximénez de Sandoval


Almudena Grandes, con sus lectores en la Feria del Libro de Madrid en 2009.

Almudena Grandes, con sus lectores en la Feria del Libro de Madrid en 2009. / CRISTÓBAL MANUEL

Manuel I. Lalín, librero de O Carballiño (Ourense), se fue con su pareja hasta la Feria del Libro de Madrid en 2016 e hizo la cola para poder conocer a su admirada Almudena Grandes. Estuvo 20 minutos con ella, se dieron abrazos y se llevaron libros dedicados. “Poco más puedo decir. Mientras la emoción me aprieta y arrebata por dentro”, escribe este lunes. Lo cuenta hoy en una carta al periódico. Isabel Lorenzo, profesora de instituto de Madrid, la vio un día por la calle Churruca. En otra ocasión, ella le firmó Inés y la alegría. Y en la noche del 15-M pudo intercambiar unas palabras con la escritora. “Tus lectores te vamos a echar infinitamente de menos”, escribe. Guillermo Piquero Jiménez, de Avilés, se presenta como “humilde lector” y dice: “Como miles que hoy estarán desolados, quiero darle las gracias por su brillante legado literario”. Y José Francisco Tomás Bernal, de Elche (Alicante), escribe: “Dejas huérfanos a miles de lectores, y a mí, con las ganas de darte un beso, un abrazo, agradecerte que me hicieras sentir. No te conocí personalmente, pero a través de tus palabras siento que sí lo hice un poquito. Gracias, Almudena”.

Son unos pocos ejemplos de las cartas que los lectores de Almudena Grandes han enviado a la redacción. La escritora falleció el sábado 27 de noviembre víctima de un cáncer. Había anunciado su enfermedad a los lectores a principios de octubre en su columna fija de El País Semanal: “Todo empezó hace poco más de un año. Revisión rutinaria, tumor maligno, buen pronóstico y a pelear”. Su muerte apenas mes y medio después deja un vacío inmenso en la literatura contemporánea española y en las páginas de EL PAÍS, donde colaboraba regularmente (todas sus columnas están en este enlace). En este boletín recogemos hoy, aparte de las cartas emocionadas de sus lectores, algunos de los artículos con los que sus amigos y compañeros de profesión han despedido a Almudena Grandes estos días:

Marta Sanz escribe Almudena: “Aún no puedo creer esto que nos ha sucedido ni sé medir la dimensión de esta pérdida, pero estoy segura de que a ella le habría gustado vernos felices”.

Felipe Benítez Reyes escribe Almudena Grandes: nuestra Almu: “Lo mismo remataba una novela memorable que improvisaba en su casa, en un abrir y cerrar de ojos, una comida para una multitud, por la simple celebración del estar juntos”.

Juan Cruz escribe Una historia de amor: “Almudena Grandes le dio literatura al periodo más grave y delicado del siglo XX”.

Pepa Bueno escribe Almudena Grandes: compartir la alegría: “Si Almudena te quería tenías la impresión de estar a salvo. Su afecto era algo casi material que se levantaba ante ti como un muro que te protegía de las inclemencias de la vida”.

Lola Pons escribe Almudena es nombre de novela: “Aterrizo aquí un lunes sobrecogida por el doloroso hueco que deja la escritora madrileña. Para mí, su nombre sonaba al aire fresco y vital de Rota y su escritura me removía como una ventolera”.



viernes, 26 de noviembre de 2021

Se crea únicamente hacia el futuro, Marina Tsvietáieva por calledelorco




"Amo el arte, pero no el arte contemporáneo" — éstas no son las palabras que únicamente puede pronunciar un pequeñoburgués sino que, a veces, también pueden ser las de un gran artista, pero en ese caso se refieren invariablemente a una esfera del arte que le es ajena, por ejemplo, las palabras de un pintor acerca de la música. En su misma esfera el gran artista es inevitablemente contemporáneo, el porqué — lo veremos más adelante.

No amar una obra de arte es, en primer lugar y principalmente, no reconocerla: no reconocer en ella lo ya conocido.

El primer motivo para no aceptar una obra de arte es la falta de disposición hacia la misma. La gente de pueblo, en la ciudad, tarda mucho en comer nuestros platos. Al igual que los niños que no comen los guisos nuevos. Giran la cabeza automáticamente. No veo nada (en este cuadro) y por eso no quiero mirar — pero para ver, precisamente hace falta mirar, para ver algo en él hay que observarlo atentamente. Es una falsa esperanza del ojo, que está acostumbrado a ver desde la primera mirada, o sea, como antes, la huella de unos ojos ajenos. No llegar a saber sino reconocer. En los ancianos el cansancio (que es también el retraso), en el pequeñoburgués el hecho preestablecido, en el artista, que no ama la poesía contemporánea — es una obstrucción (de la cabeza y de todo el ser). En los tres casos el miedo al esfuerzo, es algo que se puede perdonar —  hasta que no se emitan juicios.

El único caso digno de respeto, o sea el único motivo legítimo de no aceptar una obra, es no aceptarla con pleno conocimiento. La conozco, sí, la he leído, sí, la reconozco pero prefiero (supongamos) a Tiutchev antes que a otro, quiero mi sangre y mis pensamientos, es más afín a mí.

Cualquiera es libre de elegir a sus preferidos; mejor dicho, nadie es libre de elegirlos: sería feliz, supongamos, amando mi siglo más que el siglo pasado, pero no puedo. No puedo y no estoy obligada. Nadie está obligado a amar, pero todo aquel que no ama está obligado a conocer: primero —  aquello que no ama; segundo —   por qué no lo ama.

Tomemos el más extremo de los casos, la aversión del artista por su propia obra. Mi época me puede desagradar, yo me puedo dar náuseas a mí misma, ya que yo soy ella (mi época), y diré más (¡ya que suele ocurrir!): una obra ajena, de un siglo que no es el mío puede serme más querida que mi propia obra —   y no por su fuerza, sino por su afinidad. Para una madre un hijo ajeno puede ser más querido que el suyo propio, que se asemeja a su padre, o sea a su época, pero yo estoy condenada a mi hijo —  al hijo de mi tiempo —  por más que quisiera no podría engendrar otro. Es la fatalidad. No puedo amar a mi propio siglo más que al precedente, pero crear otro siglo diferente al mío tampoco puedo: lo creado no se puede crear y se crea únicamente hacia el futuro.

Marina Tsvietáieva
"El poeta y el tiempo"
Traducción: Reyes García Burdeus
Editorial: Ellago




lunes, 22 de noviembre de 2021

Si me repito no me divierto, Italo Calvino por calledelorco






Ya ve usted que venir a entrevistarme sobre el tema del éxito es un poco como llamar a la puerta equivocada porque el escritor de éxito es el que cree intensamente en sí mismo, en su propio discurso, en la idea que lleva en la cabeza y que sigue adelante por su camino seguro de que el mundo le seguirá. Por el contrario, yo siempre siento la necesidad de justificar el hecho de que escribo, el hecho de que impongo a los demás algo que extraigo de mi cabeza y de lo que siempre estoy inseguro e insatisfecho. Ahora no hago una distinción moral: el escritor seguro de su propia verdad también puede ser moralmente admirable e incluso heroico; lo único que no es de admirar es explotar el éxito y seguir yendo al encuentro de las expectativas del público de la manera más fácil. Yo esto no lo he hecho nunca, aun sabiendo que en mis lectores podía provocar desconcierto y que podía perder una parte de de ellos por el camino.

Ahora que tengo sesenta años ya he comprendido que la misión del escritor es hacer sólo lo que sabe hacer; para el narrador es contar, representar, inventar. Hace muchos años que dejé de establecer preceptos sobre cómo se debería escribir. ¿De qué sirve predicar un cierto tipo de literatura u otro si luego las cosas que se te ocurre escribir a lo mejor son completamente distintas? He empleado un poco de tiempo en comprender que las intenciones no cuentan, cuenta lo que uno realiza. Así, este trabajo literario se convierte también en un trabajo de búsqueda de mí mismo, de comprensión de lo que soy.

Me doy cuenta de que hasta ahora he hablado poco de la diversión que se puede sentir al escribir: si uno no se divierte al menos un poco, no puede salir nada bueno. Para mí hacer cosas que me diviertan quiere decir hacer cosas nuevas. Escribir es en sí misma una ocupación monótona y solitaria: si uno se repite, es presa de un desaliento infinito. Claro, hay que decir también que la página que parece haberme salido más espontánea me cuesta una fatiga enorme; la satisfacción, el alivio suelen llegar después, a obra terminada. Pero lo que importa es que se diviertan los que leen, no que me divierta yo.

Creo poder decir que he logrado llevarme conmigo al menos una parte de mi público, aun escribiendo cosas nuevas; he acostumbrado a mis lectores a esperar de mí siempre algo nuevo. Mis lectores saben que las recetas ya probadas no me satisfacen y que si me repito no me divierto.

Italo Calvino
"Entrevista de Felice Froio. Detrás del éxito"
Ermitaño en París
Traducción: Ángel Sánchez-Gijón
Editorial: Siruela




domingo, 21 de noviembre de 2021

Tocar/ reflexiones sobre los sentidos y la pandemia Mariana Mora


Pocos meses antes de la pandemia, los periódicos publicaron fotos satelitales tomadas por la NASA que a primera vista parecían registrar la ubicación luminosa de los grandes centros urbanos esparcidos por el sur del continente americano. Pero los puntos de luz carecen del tono frío blanco característico de la concentración eléctrica en las ciudades, por el contrario su tono rojizo se aproxima a las brasas de una fogata. Ciertamente evidencian mundos en llamas, regiones enteras de Amazonas que entre agosto y septiembre de 2019 fueron consumidas por incendios, muchos provocados por ganaderos campesinos buscando ampliar sus potreros de la manera menos costosa para ellos. Los mapas son el registro visual de una exacerbación de prácticas que ya tienen tiempo imprimiendo sus huellas en la selva.

Poco después, desde el auto-aislamiento pandémico en su aldea al lado del Río Doce en el estado de Minas Gerais, el filósofo, escritor y ecologista del pueblo Krenak, Ailton Krenak, publica un ensayo titulado, Amanhã não está à venda [El mañana no está a la venta]. Señala que la presencia del virus es una profunda llamada de atención que la madre tierra le hace al hijo cuyos actos están provocando un desbalance tan extremo que desde el espacio son evidentes. Escribe que nos damos cuenta de ello porque el virus no está afectando a todos los seres de la tierra. “El melão-de-são-Caetano continúa creciendo al lado de mi casa. La naturaleza sigue. El virus no mata pájaros, ni osos, ni ningún otro ser, sólo a los humanos”.  Es a nuestra especie que el virus quiere detener quitando nuestro oxígeno, de la misma forma que la humanidad mediante su acelere mecánico está vaciando al planeta del elemento que hace cientos de millones de años liberaron los estromatolitos, lo que a su vez produjo la atmósfera que desde entonces posibilita la vida terrenal. 

Los efectos que detona el virus espejean las acciones de la humanidad, no sólo a partir de su principal afectación en el cuerpo, la respiración, sino también a partir de una esfera menos evidente, el aislamiento social que evita el contagio. Krenak señala que el confinamiento involuntario que pretende contener el virus no es algo novedoso. Su pueblo ha vivido una distancia forzosa y deshumanizada desde que los blancos llegaron, les arrebataron sus territorios, y los apartaron en una reserva de apenas 4,000 hectáreas. Imponer alejamientos para impedir el contacto entre humanos forma parte de las conquistas prolongadas cuyo andamiaje etiqueta como un peligro para la civilización a pueblos catalogados como más próximos a los animales. “Ahora ese organismo o virus parece estar cansado de la gente, parece que quiere separarse de la gente [y separar a la gente] de la misma forma que la humanidad se quiso separar de la naturaleza”. En su ensayo, Krenak señala que la atomización de individuos para evitar la propagación del Covid-19 es tanto un efecto como un reflejo de las profundas rupturas de las relaciones entre seres que provocó que la enfermedad circulara por el mundo humano. 

La pandemia vino a resaltar estas rupturas desde lo más minúsculo de lo cotidiano, en la carencia de abrazos, en la ausencia de todo contacto físico entre las personas, salvo en las pequeñas comunidades rurales que se auto-aislaron y en la reducida esfera de la familia nuclear o de pequeñas agrupaciones de individuos que formaron “burbujas” en centros urbanos. El filósofo insiste que la Madre está siendo amable, no nos está ordenando como humanidad, sólo nos está pidiendo un poco de silencio, una pausa para reflexionar sobre el camino emprendido y sus consecuencias colectivas. 

¿Si la pandemia generó la imposibilidad de acercarnos con-el-tacto, con qué tacto reestablecemos los vínculos entre nos?  

* * * 


El escritor francés, Jean Genet filma en 1950 su única película, Un chant d’amour [una canción de amor] cuya trama se centra en el confinamiento solitario que viven distintos presos varones, incluyendo los que provienen de las colonias francesas en el magreb y en la región sub-sahariana del continente africano. En cada celda de la prisión desértica los presos están inmersos en fantasías eróticas mientras acarician sus propios cuerpos. Dos de ellos intentan atravesar un muro casi impenetrable para así trascender la imposibilidad de una expresión amorosa al prójimo. El primero, un hombre argelino frota su cuerpo contra la pared que lo separa del objeto de su deseo, su cachete raspa el adobe, su puño golpea el muro para llamarle la atención al que vive del otro lado. El segundo, un joven francés baila solo, marca los pasos de una canción que sólo él es capaz de escuchar. Mantiene los ojos cerrados. Por momentos seduce con las yemas de sus dedos una imagen tatuada en el hombro o extiende su brazo por la ventana en búsqueda de un ramo de flores que su amado tras-celdas lanza desde la suya. Después de numerosos intentos fallidos, ambos logran establecer un vínculo (in)directo por medio de un hoyo minúsculo en el muro. El preso argelino inhala el humo de un cigarro, lo sopla a través del pequeño hueco en el adobe. De su lado, el francés introduce una paja vacía alargada para poderlo recibir. Llena sus pulmones con el aire que hace escasos segundos flotaba en otra boca. Sostiene el humo hasta acostarse en su cama, con lentitud lo exhala y observa sus rastros mientras el aire denso se eleva lentamente por encima de su cuerpo, repasa los contornos de su piel como lo haría un amante. 

A pesar de ser censurado por años debido a su contenido explícito homosexual, Un chant d’amour, nos recuerda que en situaciones extremas la búsqueda de formas de tocar al otro y de dejarnos tocar por el otro ha sido muchas veces la única forma de sobrevivir. Es lo que evita temporalmente la muerte y la hace más tolerable. Quizás el impulso se debe a esa misma porosidad que caracteriza el tacto, extiende lo finito más allá de los límites que marca nuestra propia piel. De hecho, sentir ligeramente la presión de otro ser con el que queremos tener contacto emite señales a un nervio cerebral conocido como vago. Cuando este se activa las ondas cerebrales se relajan, e incluso la frecuencia cardíaca y la presión arterial disminuyen. De esa manera los vínculos que establecemos tienen implicaciones directas sobre cómo las enzimas y las hormonas transitan por nuestros cuerpos. Al mismo tiempo, el conjunto de lo que aparece ser una simple respuesta biológica influye en cómo moldeamos el entorno a partir de los movimientos de nuestros cuerpos. Diluye el entendimiento tantas veces repetido en occidente de que el individuo termina donde acaba nuestra piel y nos lleva a comprender que somos el efecto de las pulsiones afectivas que nos traspasan. 

El verbo tocar expresa la misma multi direccionalidad. Tocar proviene de la palabra en latín, tangere, que significa el acto de alcanzar algo o alguien. Pero la misma palabra se refiere a la posibilidad de ejercer una influencia sobre las cosas y sobre otros seres. Tocas a alguien y algo te toca, te afecta, deja una huella en tu ser independientemente de si tocó físicamente tu piel. Como parte de esta doble posibilidad de afectación, el español tiene una versión del latin tactus, que significa proceder con un sentido de prudencia frente a situaciones delicadas, pero que también se refiere al sentido del tacto. Durante la pandemia, cuando dejamos de poder tocar al otro se irrumpe el vaivén del tangere, nos quedamos sólo con la posibilidad de afectar nuestro entorno y a los que queremos, sin poder alcanzarlos. Nos transformamos en el humo que atraviesa el muro de adobe y une las celdas del confinamiento solitario. 

Al mismo tiempo, toda comunicación afectiva queda flotando en un sinsentido cuando el acto de cuidar se encuentra desarraigado del verbo tocar, cuando compartir la palabra con cariño carece de la posibilidad tangible de pasar los dedos por la piel de la otra persona, sentir su pelo, llevar su cabeza al doblez de tu cuello, entrelazar dedos. Aunque no soy médica y no lo podía salvar del virus que atacó sin piedad el tejido de sus pulmones, quería salir corriendo al hospital para tomar a mi tío Pepe de las manos, permitir que sintiera la sangre que corre por las venas de mis brazos, dejar que ese calor sobre su piel le diera algo de tranquilidad, algo de certeza de que no estaba solo, no lo dejaríamos solo. No encontraba otra forma de decirle lo tanto que lo queremos. Mi único recurso fue una serie de mensajes torpes y escuetos por el whatsaap. Nuestro hijo, Camilo, que aún está aprendiendo a escribir, enviaba a su abuelo Pepe emojis de corazones y de unicornios envueltos en un arcoíris. Ya nunca lo pudimos volver a tocar, pero su partida nos tocó tanto que las lágrimas escurren por mis cachetes mientras escribo esta frase.

Tuvimos que aprender a expresar los afectos alejados del con-tacto y a comprender que actuar con tacto implica evitarlo. Sin embargo, me sentía congelada por dentro. En la pandemia, durante mucho tiempo mis sueños recurrentes han sido de abrazos. En ellos encuentro a un amigo querido en un restaurante. Me dirijo inmediatamente a su mesa para poder envolverlo en mis brazos. O estoy en un coctel al aire libre justo a la hora del crepúsculo, cuando los tonos anaranjados iluminan los rostros de amigas, a quienes abrazo con singular alegría y unas cuantas carcajadas. Después de este tipo de expresiones de descontrol espontánea siempre me siento profundamente culpable. Hasta mis sueños son invadidos por el pavor de que por una necesidad vital mía pude haber contagiado a alguien. Tal ha sido mi temor que cuando vi a mis papás por primera vez en mucho tiempo pasaron semanas sin que yo me atreviera a siquiera tocarlos, mucho menos abrazarlos. 

Después de una serie de ataques de pánico le pedí a mi vecina Marcela que me acompañara a hacer ejercicios de relajamiento. Cada una abrió la puerta de su departamento que da a dos balcones separados por un cubo interior. A través de los tres metros de aire que nos separaban, Marcela dirigió nuestros estiramientos. Yo la seguía con la disciplina que tiene cualquier persona que quiere escapar de una prisión emocional. Poco a poco sentí mi cuerpo suavizarse por dentro, entró en un deshielo pausado, soltó las cuerdas tensadas. Lloré en parte de alivio pero sobre todo porque en realidad lo que necesitaba era su abrazo. 

Durante los peores meses de confinamiento, una anciana de 96 años le pide con urgencia una cita a un terapeuta porque no sabe cómo comunicarle a sus familiares lo que para ella es indispensable. ”Necesito que me vengan a visitar, los necesito tocar”. Se queja de que no la entienden, ni le hacen caso. Ellos responden que no la pueden ver porque la están cuidando. Lo que no entienden, insiste ella, es que “con estos cuidados me están matando”. 

* * * 


El filosofo coreano, Byung-Chul Han argumenta en su libro, La Salvación de lo bello, que el momento contemporáneo se define por una superficie lisa, sin costuras, ni rasguños. El mundo actual no es el muro de adobe rasposo que el preso argelino intentaba atravesar en la prisión desértica de la colonia francesa. Lo nuestro, argumenta Han, es un mundo sin textura, es la pantalla touchless de un Iphone que usamos para interactuar con los demás. En contraste a las cartas escritas sobre papel que tuvieron que pasar por muchas manos para llegar a su destino, desde el celular no tocamos nada que en cadena haya sido tocado por otra persona. Dejarse tocar desde lo touchless, reduce lo sorpresivo a un ¡wow! carente de profundidad. Para recalcar el punto, Han retoma a Roland Barthes cuando escribe que el tacto es el más secular de los sentidos. En contraste a la magia de la vista, el tacto es terrenal, desmitifica la existencia. El tacto es incapaz de asombrarse. Cuando leo sus palabras no puedo dejar de pensar en el deseo masculinizante que se erotiza frente a lo inaccesible, mientras que el acto de tocar lo vincula a los impulsos de poseer y de dominar. Sin duda, desde está expresión lo terrenal pierde su esencia mística. 

La pandemia nos ha mostrado un sin número de contraejemplos. En respuesta a una petición colectiva urgente de recuperar el tacto, las enfermeras en el asilo de ancianos Viva Ben en São Paulo, Brasil, diseñaron una “cortina de abrazo”, una cobertura lisa hecha de bolsas de plástico que envuelve a las personas. Fue la manera en que Rosa, una señora de 85 años, logró sentir un abrazo por primera vez en cinco meses, en este caso, de su enfermera Adriana. La foto de Mads Nissen, ganador del premio World Press foto 2021, capta el momento del encuentro. El fondo, hecho del mismo tipo de bolsa negra que se utiliza en la cortina inventada, resalta en un primer plano las expresiones de ambas. El cuerpo de Rosa se funde en el de Adriana, mientras que el gesto de la enfermera comunica un cariño explosivo. La magia del encuentro es una respuesta a los argumentos que descansan en la secularización del tacto. ¿Qué puede ser más asombroso que comprobar con un abrazo la existencia? 

El encuentro entre Rosa y Adriana insiste en que a pesar del virus, a pesar de una superficie lisa plastificada, es posible reestablecer el contacto. Al mismo tiempo resalta que aún en pandemia los cuidados no se pueden ejercer alejados del acto de tocar, ni mucho menos desvinculados de los afectos. Por eso Silvia Federici nos recordó décadas atrás de la imposibilidad de mecanizar las actividades del cuidado. El trabajador se puede liberar de la obligación laboral de ensamblar un auto en la fábrica cuando él es reemplazado por un robot, pero un robot no puede atender las necesidades de un enfermo, ni limpiarle la herida a la niña que se raspa su rodilla a la hora del recreo. Millones de niñes pasaron por lo menos un año escolar pandémico frente a la computadora, pero ninguna aplicación puede sustituir la enseñanza de una maestra o de un maestro en el aula. 

Los cuidados fueron un tema que por teléfono conversé a fondo con Vicky, una amiga que vive en las afueras del pueblo de Ocosingo en el estado de Chiapas. La busqué para saber cómo estaban viviendo en las comunidades Tseltales la pandemia. Vicky explicó que durante los tiempos de encierro, “algunas mujeres empezaron a criar pollos y así tenían huevos para repartir y nadie tenía que ir al mercado. Otras regalaban comida para la gente que lo necesitaba. Nos dedicamos a sembrar verduras en el solar de la casa. Así podíamos tener algo de alimentos, sin tener que salir a ningún lugar.” Me contó que estas medidas se activaron porque fueron los mecanismos que las comunidades implementaron para protegerse de las acciones de contrainsurgencia del ejército mexicano en su guerra contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) después de 1994. En ese entonces, al igual que ahora, recordaron las abuelas que cuidarse empieza con la salud, con el intercambio recíproco de alimentos tan básicos como el huevo y la tortilla, pero también compartiendo plantas medicinales y curaciones en los baños de temazcal. Esas plantas, esos alimentos, junto con la tierra y sus nutrientes que las dan vida enlazan a las personas independientemente de si el vínculo es directo. Sostienen las conexiones más allá del tacto. 

Por mi parte le compartí que los cuidados tuvieron como nodo central nuestro pequeño territorio casero que fue tomando formas inesperadas tras el ir y venir de nuestros pies. Me di cuenta de tanto movimiento por los cambios de textura y temperaturas que sentía al pasar de la duela de la sala al frío del azulejo del baño, regresar a lo templado del piso de madera de las recámaras para después transitar a lo fresco del cuarto de lavado. Dicha circulación por el espacio reflejaba las tareas sin fin de cocinar, lavar platos, comer, lavar la ropa, tenderla, recoger los juguetes y libros esparcidos por el espacio, cocinar de nuevo, lavar trastes de nuevo, y a momentos sentarse frente a la computadora para intentar cumplir con responsabilidades profesionales. A su vez, el ir y venir en pocos metros cuadrados se extendía a redes densificadas que se interconectaban entre sí. Cruzábamos el pasillo para intercambiar con los vecinos verduras, pan, y a veces algún guiso que nos había salido particularmente bien. Caminábamos kilómetros para entregarle alimentos preparados a amigas cuyos bebés nacieron en pandemia. Se los dejábamos en la entrada de sus casas para así mantener la distancia en el gesto de cercanía. 

Los cuidados en casa integraron a las plantas y a los animales. Compramos lo menos posible en el supermercado para ir a los tianguis de agricultores que venden frutas y verduras cultivadas y cosechadas cerca de la ciudad. Luis Felipe contagió a Camilo del gran amor que le tiene a las plantas, a tal grado que hasta la fecha padre e hijo trabajan juntos en podar, trasplantar y regar todo lo verde que vive con nosotros. También le propuso a algunos amigos que Camilo fuera el niñero de sus perritos. Fue así como NdaA tnoA (1) , Nayo y Cali llegaron a quedarse en casa o a pasear con él por la glorieta. Durante días, una tortolita herida vivió entre las macetas del departamento, engordó tanto que por fin salió volando a instalarse en las ramas de una jacaranda. Hasta un gusanito que llegó a nuestra casa enterrado en la cáscara de una toronja se volvió huésped. Durante meses Camilo decía que seguía viviendo entre la basura orgánica. Lo saludaba por las mañanas y me preguntaba cuándo su amigo gusano se iba a convertir en una mariposa para poder acariciarle sus alas.  

Cuidarnos y cuidar-entre-nos emerge de los hilos que tejen lo cotidiano. Las telarañas, más que una evidencia de acumulación de polvo y de desatención del tiempo, son la vitalidad que habita nuestro entorno. Saberse parte de redes minúsculas, muchas de ellas imperceptibles, que en su conjunto balancean la vida-existencia suavemente en el aire es quizás uno de los principales aprendizajes que me ha otorgado la pandemia. Dado que no podía abrazar a los demás estuve muy consciente de todo lo que sí podía tocar, de lo que me tocaba, de todo lo que llegaba a nuestra casa después de haber pasado por una cadena de tierras, de caminos, de manos y de pies. ¿Es posible que estos gestos de tocar lo que nos cuida y cuidar tocando permiten remendar las heridas que nos ha dejado la pandemia? ¿Podrían ser una forma de acariciar y suavizar todo lo que duele?

* * * 

Lo pregunto porque la pandemia también ha tenido su lado B, todo lo que no queremos tocar y sin embargo nos toca enfrentar.

En medio de los peores momentos del encierro recordé una conversación que tuve hace mucho tiempo con un amigo después de que él navegó en un velero alrededor del mundo. Tras semanas de contemplar en un loop sin fin el mismo horizonte que fundía los tonos de azul del cielo con los del agua marina, él empezó a soñar despierto en altamar. La falta de estímulos externos hizo que sus sentidos se volcaran hacia dentro, que tocara sus paisajes interiores. Por supuesto salieron sus fantasmas y demonios. Pero se encontraba en un barco en medio del Atlántico, no había por dónde escapar, ni como salir nadando a tierra firme. Se tuvo que acostumbrar, acomodar y transitar por esas presencias. 

Algo parecido me sucedió entre las cuatro paredes de nuestro departamento. Temores hasta entonces desconocidos se colaron entre el silencio y el aislamiento social. En su momento, intuía que no había otra opción salvo transitar por la caída libre que implicaba la proliferación del virus, la multiplicación de sus afectaciones y el contagio de la incertidumbre absoluta. ¿Pero qué tocar ante el vacío? ¿Cómo dejarnos caer, tomadas de qué manos, agarradas de qué certezas? Experimenté una sensación de fragilidad que en su momento asociaba con la debilidad, con la duda, con el parálisis. El conjunto de miedos tomaron formas de apariciones que se hacían presentes en los momentos menos oportunos. Eran un estorbo que insistía en entrar por nuestra puerta, me sacaban el mal humor que se expresaba en las intolerancias y reacciones cortantes frente a las peticiones cotidianas de Camilo y Luis Felipe. Por meses fui capaz de evadirlas hasta que me enfrenté con ellas en la obra de la pintora, Magali Lara, “Toda historia de amor es una historia de fantasmas”, en la Galería 526 del Seminario de Cultura Mexicana en octubre de este año. 

La obra de Magali me interpela sin que el motivo pase por la palabra, quizás se debe a la invitación que nos hace de entrar en contacto con los paisajes interiores propios, no como espacios fijos de contemplación, sino como esferas desdobladas por las alteraciones que emergen de lo efímero, de lo maleable, y poroso. En una entrevista que le hace Carlos E. Palacios admite que a una edad temprana quiso ser escritora pero,  “lo que yo quería decir se llenaba de erratas como síntoma de un cuerpo que no controlaba, o no sabía qué decir. De ahí que las imágenes, o la simple visualidad de esos errores, me proporcionaran un lenguaje.” Por lo mismo, admiro en sus obras la textura a partir de los intentos por encima de sus resoluciones, de lo que toma forma a pesar del propósito, de lo que emerge entre los roces que provoca la acaricia al lado de la herida, de lo que el tacto rasguña en los pétalos traslúcidos de la amapola.

Las obras en esa exposición resaltan la presencia fantasmal de todo ello que somos aunque lo hemos perdido, de todo ensayo que se imprime sobre la piel y que posibilita la metamorfosis del cuerpo. Son imágenes que ocupan el espacio sin generarle peso. A momentos flotan, respiran el vacío. Se extienden, invaden y al mismo tiempo seducen. 

En otros momentos se expresan en formas de tonalidades tenues que se aproximan entre sí, generan una ligera presión sobre los contornos de otra forma sin diluirse y sin embargo los puntos de contacto modifican el entorno en su conjunto. 

Con Magali conversamos acerca de esos fantasmas que se asoman en la maternidad, en particular los conflictos que mi generación tiene frente a la imagen aún tan potente de la mujer abnegada. Tan peleadas estamos con ella que asumimos más de lo que somos capaces de soportar – en algunos casos no sólo la maternidad elegida, sino el involucramiento compulsivo en la crianza, a la par del cumplimiento de las exigencias profesionales y una vida social plena. Por lo mismo acabamos arropadas de nuevo en la fragilidad que buscábamos escapar. Cuidamos tanto que nos descuidamos y esto se agudizó durante la pandemia. En estos casos los fantasmas se asoman como la presencia sombría de las expectativas depositadas sobre nuestros cuerpos, en lo que pudimos haber sido pero no fuimos, de lo que fuimos y ya no somos, o lo que no soltamos como aspiración de lo que aún podemos llegar a ser. Nos acompañan no sin voluntad propia. De cierta forma estamos atadas a ellos porque difícilmente sabemos vivir sin su compañía, aunque intuimos que eso nos puede llegar a espantar. Están tan presentes que no nos damos cuenta de su existencia, son imperceptibles porque ocupan nuestro espacio, son las huellas que nos siguen tocando a pesar de los intentos de marcar distancia.

Cuando un carpintero pasó por la entrada de la casa colonial en la que yo vivía en el centro de San Cristóbal, Chiapas él anunció de inmediato, “está casa está llena de vida”. Conocía las leyendas que circulan por el pueblo y por lo mismo di por hecho que se refería a espíritus perdidos y desolados. Pero su comentario no provenía de un sentido esotérico, sino, como buen carpintero, de un sentido estrictamente matérico. 

“Está casa está hecha de adobe, es un material maravilloso porque cada ladrillo es tierra, y toda tierra contiene material orgánico. Durante mucho tiempo, incluso siglos, aunque el ladrillo se mantenga aparentemente quieto, por dentro se sigue acomodando, se sigue moviendo. Sigue viviendo. Lo mismo ocurre con la madera, se expande con las lluvias, se retrae en épocas secas. La casa tiene un movimiento interno, se sacude, se ajusta. Las casas respiran”. 

Ese día me quedé dormida imaginando mi propia respiración dentro de las inhalaciones y exhalaciones de mi hogar. Me preguntaba si al acompañarnos llegábamos en algún momento a entrar en una especie de sincronía, si llegaríamos a habitar las respiraciones del otro y cómo nos transformaría a lo largo de la noche. ¿Puede la presencia de los fantasmas ser la sombra vital que se aloja en un hogar? ¿En algún momento seré capaz de encontrar una simbiosis con los fantasmas que se asoman, se transforman y me transforman en pandemia? ¿Formarán parte del restablecimiento de los contactos perdidos? 

* * *

Los fantasmas también nos recuerdan, no sólo lo que habita en los muros de una casa, sino todo lo que habita por debajo de la superficie y de todo lo que se toca sin que seamos capaces de verlo. Desde hace décadas la bióloga Suzanne Simard empezó a indagar sobre las conexiones que se gestan entre las plantas, los árboles y los hongos en el bosque. Su curiosidad surgió al notar que cuando otras especies de árboles eran talados, morían o se enfermaban las especies de árboles que permanecían, aún cuando tenían más que suficiente luz y agua para sí mismos. Descubrió que bajo la tierra se dan conexiones complejas mediante una telaraña densa tejida por medio de los hilos de los hongos que se fusionan con las raíces de los árboles y las cubren. Forman una red de micorrizas que puede llegar a ser tan extensa que conecta a casi todos los árboles en un bosque. Por medio de está red se establece un intercambio constante, los hongos le ayudan a los árboles extraer agua, fósforo y nitrógeno, y los árboles le dan azúcares ricos en carbono que generan a través de la fotosíntesis. Los árboles más viejos y que tienen más acceso a luz pasan el carbono que producen a los árboles más jóvenes que habitan en sus sombras. Son intercambios recíprocos que no se reducen al flujo de nutrientes sino también permiten comunicar peligros, como una plaga, mediante alarmas químicas. Por medio de estas cadenas de contactos se establece un cuidado mutuo que posibilita la vida en su conjunto y rompe con el imaginario establecido por Darwin de la competencia individual entre los árboles. 

Quizás debajo de la tierra del bosque es donde encontramos algunas claves para remedar la tela vital deshilada que, como nos sugiere Ailton Krenak desde su casa al lado del Río Doce, posibilitó la propagación del virus. Quizás los hongos y las plantas son los que nos pueden enseñar a recuperar el impulso de tocar al otro y de dejarnos tocar por el otro como única forma de supervivencia colectiva. Y nos pueden mostrar cómo reestablecer el vaivén del tangere para no sólo alcanzar sino afectar todo lo que vive en nuestro entorno. Así es la mística de la simple existencia.


—————————

Imagen de portada: Magali Lara, tres oh, 2012.

(1) Frijol en chatino, una de las lenguas que se hablan en Oaxaca.


viernes, 19 de noviembre de 2021

Leer es un acto poético, Juan José Saer por calledelorco








Leer es un acto poético, Juan José Saer

por calledelorco

La lectura exige una dosis de inspiración. No se lee todos los días de la misma manera y muchas veces se lee sin inspiración. Leer no es la actividad voluntaria que determinan las necesidades del saber, sino un acto poético que si se realiza en frío no produce ninguna modificación en el sujeto. La lectura requiere casi el mismo talento que el canto o la pintura.

Juan José Saer
Papeles de trabajo, Borradores inéditos
Editorial: Seix Barral






domingo, 14 de noviembre de 2021

El periplo del momento presente Ricardo Pohlenz


Mentiría si partiera de la premisa que vincula la naturaleza con lo mágico. Lo mágico es siempre un añadido que le damos a la naturaleza –o más bien- a nuestra relación con la naturaleza, sea más o menos desviada, busque una cercanía o una comodidad, sea diciéndola, sea mostrándola, desde una cabaña en el borde del bosque o bregando por la cuenca del Amazonas donde –si las fotos satelitales no mienten– el borde es todavía verde. Me viene a cuento Werner Herzog filmando en locación en la Amazonia peruana, atrapado entre el verde y Klaus Kinski, y con ellos, la necesidad exacerbada de una época por llevar a la pantalla –y eso de llevar es tan real como metafórico– la transcripción más literal del paisaje –ir hasta el paisaje para traerlo– que supuso la cumbre de una crisis en el cine a partir de la cual todo será relativo. Quisiera decir que –a partir de esa obcecación- hubiera resultado bastante predecible que Herzog acabaría rindiéndose al cine documental, a matacaballo con las producciones hollywoodense donde sigue insistiendo en la grandeza de esta crisis, convertida en fórmula, rococó inmenso extendiéndose como el ojo retórico de falsas contriciones post-coloniales.

Los medios –y con esto me refiero a los medios audiovisuales- se han transformado de una manera que no podíamos imaginar –como cuando hago vaticinios a posteriori al respecto de Herzog- más allá de la propaganda futurista de ciertas marcas y grupos sociales. La videollamada es una realidad cotidiana, aunque mucho menos glamorosa de lo que se nos hizo suponer, y aunque me recuerda –de bote pronto– la estridencia multi-mediática de alguna película futurista hecha por Wim Wenders al borde del siglo –donde revisaba las posibles actualizaciones de los contenidos de las comunicaciones visuales en el mundo cotidiano por venir– no pudo prevenirnos del desnudamiento a cuadro durante una sesión de zoom (en la que acabas embobado viendo a los demás en el sinsentido de su inmovilidad multi-dimensional, sin hacerle mucho caso a lo que están diciendo).

La velocidad de adaptación y reciclaje de la industria no ha tardado en traer –a partir de estas nuevas formas audiovisuales que tenemos para relacionarnos– producciones en las que se imitan a cuadro el formato y los vicios de tales transmisiones, reflexionando –al mismo tiempo– sobre sus limitaciones y trascendencias. Pienso –por ejemplo– en las equivalencias entre el rococó verista del cine setentero –del que Herzog era un campeón (sin olvidarnos de lo que se ha convertido)– y la transcripción documental de los mosaicos conversacionales hechos en tiempo real a través de zoom como actualidades y distancias que –espero– nos hagan caer –aún más– en cuenta de la verdad relativa de cualquier documento visual. Lo que vemos es lo mismo que ve Fitzcarraldo: una invención. Es algo que traigo a colación desde las continuidades formales del documental –dicho como lo que digo a partir de lo que he capturado por la lente– frente a las actualizaciones que ha tenido el género –si puede llamársele así, todavía– frente a una proliferación y abaratamiento de los recursos y elementos para realizarlos (pienso, por ejemplo, en las precariedades enfrentadas por Diego Enrique Osorno para realizar Vaquero de Mediodía, quien recurrió –en cierto momento- a dispositivos móviles para la grabación de sus materiales) frente a una tradición –si puede llamársele así– del cine documental en México donde puede apreciarse una validación cultural que ha servido –muchas veces como o desde un ejercicio de introspección, un hacia adentro– como brazo o extensión del imaginario de una propaganda nacionalista hacia el exterior, misma que ha tenido diversos avatares, y cuyo paradigma –dentro de esta profusa actualidad de realizadores armados con un mínimo equipo de producción– podría ser Nicolás Echevarría.

Se tiende un puente –o más bien, un camino– entre Maria Sabina, Mujer espíritu, película del 78 donde Echevarría acaba por asimilar el folclorismo tránsfuga de la postguerra para acabar de romper con él –desde un verismo exacerbado– y abrir brecha hacia lo que –en la actualidad– podemos admirar en las producciones de Ximena Cuevas o Everardo González, de Tatiana Huezo o Nicolás Pereda, en lo que ha sido una reflexión sobre el paisaje –las posibilidades de las tomas de campo– y las relaciones que puedan llegar a tener (todo es una suposición, una superposición) con los elementos que se imponen a cuadro, ya sean violentas cabezas parlantes en close-up o mínimos avistamientos que se asoman a la cámara inmóvil, teniéndonos en las butacas como pajaritos que esperan –atisbando hacia oriente– la luz del amanecer.

Después de haber hecho callo como cámara en reportajes producidos para diversas agencias de noticias, Oscar A. Sánchez se aboca a la realización de su primera película, para la cual se lanza a una zona rural en Oaxaca, atraído como nuevo descubridor a una realidad siempre próxima y siempre distante, con una intención no sólo de documentar esta experiencia –convertida en un tránsito que se ha vuelto destino turístico obligatorio para cineastas y otros gremios afines después de que María Sabina se volvió un fenómeno mid-cult (para citar a Eco) a raíz no de la película de Echevarría sino a Raúl Velasco, micrófono en mano y acompañado de un crew televiso, invadiendo con luces y preguntas una realidad aparte– sino de crear vínculos con y a partir de la misma. El realizador –consciente de la naturaleza invasiva de la cámara– no llega para tomar testimonio de una realidad y llevársela a otra parte, sino se sienta –en un sentido metafórico– para vincular sustratos y realidades –esos nombres tan rimbombantes que usamos para nuestra relación con el entorno- no en los términos del descubrimiento –esa vocación compartida por Cristóbal Colón y André Breton– sino en el “estar ahí”, no dando fe sino transcurriendo; en los términos en los que puede tener una estancia, en los términos en los que puede detenerse, no tanto el transcurso y la estancia, sino los medios –que se tienen a la mano– y su velocidad. No es detener el tiempo sino darle –parece ser que el cine es, en ese sentido, su último remanso– al tiempo un lugar donde esté sucediendo, sin más.

Oscar A. Sanchez no llega a la Mixteca cámara en mano para el redescubrimiento sino para vincularse, como un igual, tratando de conjurar las extensiones coloniales que ha tenido el documento visual en los diálogos entre la metrópoli –sus códigos y sus convenciones– y lo remoto; revestido siempre con ese exotismo decimonónico del buen salvaje que se impone como tara cultural. No quiero decir que esté dándole la vuelta al hotcake, tratando de romper sus propios esquemas –y de paso, rompiendo los del de junto, como Herzog, parábola y paradoja del posmo poscolonial– sino presentándose como un igual frente a quienes serán los protagonistas incidentales de un fresco que construye el camino recorrido como una experiencia multisensorial, en los términos en los que emula el título mismo de la película: el hongo como lugar, el hongo como evidencia, el hongo como cultura, el hongo como préstamo, el hongo como dádiva, el hongo como visión.

Esa doble naturaleza del hongo, a mitad de camino entre el reino vegetal y el reino animal o como reino aparte, que surge y se manifiesta como los elementos, como mirada o cutícula que se impone –como la de la cámara– a la selva, al bosque, en tiempo de aguas. Una invasión en sí misma, como la de la cámara, diciendo al bosque, diciendo a la selva, como quienes la habitan, como Lázaro y Estebania, quienes los recolectan, para su consumo y su venta o trueque. El estilo de vida –o las costumbres– de la región no ha cambiado frente a las diversas modernidades que se la han impuesto a la nación, esas modernidades que llegan como usos y que brillan como pequeñas ventanas de neón a lo largo del entramado de las carreteras. Y supongo que no ha cambiado porque no ha tenido necesidad de cambiar, que ha cambiado en la medida de sus necesidades, a partir de una percepción del mundo –todo ese afuera y todo es adentro– que transcurre según el lugar de las nubes y el sol en el cielo, tan estoico, parco y florido como se quiera. Las palabras siempre sirven para acomodar todo lo demás.

Lázaro y Estebania hablan a la cámara sin saberla, sin darle importancia. Lo que vemos en una conversación que fluye desde una cordialidad entablada con el realizador y el equipo de grabación que desarrolla –o más bien, continua– una conversación que se sabe más allá de los asumidos y convenciones que se tienen –por ejemplo– para el reportaje y que suponen una naturalidad a medio camino entre lo impuesto y lo inventado. Una naturalidad que rompe con lo documental y se impone –en tanto conversación– como una ventana a la que nos asomamos, como convidados, a una casa. Siguiéndolos en sus afanes diarios, la cámara capta la mirada impávida de alguien que, como un actor profesional, la ignora, mirando más allá, mirando hacia otra parte. La cámara busca emular esa mirada que la ignora, que mira hacia otra parte, como un acto extremo de contemplación que no tendríamos sin el micrófono que lo grabe y nos lo trae para invocarlo, para evocarlo, en todo el estruendo de su ruido, que, a fin de cuentas, es una forma de silencio.

Las visiones –si me permiten llamarlas así– que construyen a Hongo como documental –y como experiencia sensorial– no invitan al espectador a sorprenderse por un entorno y sus habitantes como para relacionarse con ellos, en aquello que nos une más allá que aquello que nos distingue, nos lleva por un camino –recorrido igual por el realizador y su equipo– que vincula, rindiéndose y tratando de comprender una experiencia del mundo que –rompiendo atavismos y propaganda– resulta cada vez más cercana. Es cosa de subirse al camión y luego a la camioneta, es cosa de seguir el sendero a pie, y deslumbrarnos frente a un cotidiano como debería deslumbrarnos nuestro propio cotidiano. Si algo busca aprehender Oscar A. Sánchez en este breve periplo visual es la maravilla del momento presente.