Me acompaña en la visita a Kioto un estudiante japonés, apasionado de la poesía y poeta él mismo, que lee muy bien el italiano y hasta lo habla un poco. Pero la conversación es difícil porque ambos quisiéramos decir cosas muy precisas o muy vagas y en cambio sólo conseguimos cambiar frases o demasiado generales o demasiado perentorias. El joven explica que, antes que los emperadores, frecuentaron estos lugares famosos poetas, ahora recordados por lápidas y templetes entre los árboles. Siguiendo el hilo de mis reflexiones se me ocurre pensar que aquí poemas y jardines se engendran sucesivamente los unos a los otros: los jardines eran compuestos como ilustraciones de poemas y los poemas eran compuestos como comentarios de los jardines. Pero esto se me ocurre más por amor de la simetría en el razonamiento que porque esté verdaderamente convencido: es decir, encuentro muy plausible que se pueda hacer con la disposición de los árboles el equivalente de un poema, pero sospecho que para escribir un poema sobre los árboles, los árboles verdaderos sirven poco o nada. Ahora, por encima de los árboles rojos, herrumbre y amarillos, del otro lado del lago se asoman las ramas desnudas de un único árbol que ha perdido las hojas. Entre aquellas llamaradas de colores, las ramas negras y secas hacen un contraste fúnebre. Pasa una bandada de pájaros y entre todos los árboles apuntan derecho al árbol desnudo, caen sobre sus ramas, se posan uno por uno, negros contra el cielo, para gozar del sol de noviembre. Pienso: el paisaje me ha dictado el tema de una poesía; si supiera el japonés, me bastaría describir esta escena en tres versos de diecisiete sílabas en total, y hubiera hecho un haiku. Trato de comunicar la idea al joven poeta. No parece convencido. Señal de que los haiku se componen de otro modo. O que no tiene sentido esperar que un paisaje nos dicte poemas, porque un poema está hecho de ideas, de palabras, de sílabas, mientras que un paisaje está hecho de hojas, de colores, de luces. Italo Calvino *** También había un Degas poeta, un Degas que, desde ese punto de vista, ocupa perfectamente un lugar en estos recuerdos literarios que hoy les relató a ustedes. No me referiré a él como a un poeta aficionado. Degas, inteligencia exacta, no podía soportar quedarse en el estado larvario del aficionado. Tenía una curiosidad inmediata e infinita sobre todo eso que en las artes constituye el oficio, lo que hoy se llama técnica. Hacía, pues, versos con la conciencia de un oficio que no tenía; los hacía además con enorme trabajo, como debe ser, pues quien hace versos sin tener que esforzarse no hace versos. Cuando se encontraba más desconcentrado, cuando al artista le faltaba la musa o al artista a la musa, pedía consejo; iba a quejarse sobre el hombro de las gentes de aquel otro arte. Unas veces recurría a Heredia, otras a Stéphane Mallarmé; les exponía sus desdichas, sus deseos, sus impotencias; les decía: Paul Valéry |
viernes, 24 de abril de 2026
Un paisaje está hecho de hojas, de colores y de luces, Italo Calvino
Adoro las piedras, Ursula K. Le Guin
Adoro las piedras. Soy de ese tipo de personas que va recogiendo piedras y cuando llega a casa tiene la chaqueta mucho más pesada. Luego, saco las piedras del bolsillo y son tan bellas, tan hermosas. Tengo una regla y es que cuando no recuerdo de dónde son, las tengo que poner en el jardín. Nuestro jardín será muy interesante para los geólogos del futuro. Hay algo en las piedras… son una entidad pequeña que tienes entre las manos, pesan, existen, tienen color, tienen dignidad, y vivirán mucho más que tú. Es increíble, tener una cosa entre las manos que no sabes cuántos años tiene, algo que es una entidad. Ursula K. Le Guin *** LA MÉDULA Había una palabra dentro de una piedra. Ursula K. Le Guin *** ASOMBRO El centro no es donde el centro está Ursula K. Le Guin |
jueves, 23 de abril de 2026
La gran risa de Nietzsche, Gilles Deleuze
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Soy un paisaje agrisado y azul, Clarice Lispector
Estoy oyendo música. Debussy usa la espuma del mar que muere en la arena, refluyendo y fluyendo. Bach es matemático. Mozart es lo divino impersonal. Chopin cuenta su vida más íntima. Schönberg, a través de su yo, llega al clásico yo de todo el mundo. Beethoven es la emulsión humana en tempestad que busca lo divino y solo lo alcanza en la muerte. Yo, que no pido música, solo llego al umbral de la palabra nueva. Sin valor para exponerla. Mi vocabulario es triste y a veces wagneriano-polifónico- Clarice Lispector |
Leer a Proust es escribirlo, Marguerite Duras
El esfuerzo de Proust consiste en mostrar aquello que él, personalmente, ha conocido. Pero bastaría un leve desliz, un mínimo desplazamiento, para que lo que le ocurrió no hubiera sucedido, o hubiera ocurrido a alguien distinto de él. El esfuerzo de Joyce, en cambio, es una refutación absoluta de los valores que lo precedieron. Joyce crea una semántica nueva de la sensibilidad del escritor frente al mundo. Nada de eso ocurre en Proust. Proust no quiso crear ni transformar la novela moderna. De ahí, sin duda, proviene esa sensación profunda de un futurismo constante en su obra, un futurismo que nos concierne. Siempre se tiene la impresión de que uno podría continuar, prolongar el relato proustiano con el suyo propio. Quiero decir que sus novelas están abiertas, las puertas permanecen abiertas. El lector actual de Proust —aquel que está descubriéndolo— tiene esa experiencia. Borges decía que Shakespeare no existía, que Shakespeare era el lector de Hamlet en el momento de la lectura. Shakespeare soy yo cuando leo Hamlet. Pues bien, encuentro que esa magnífica boutade se aplica admirablemente a Proust. Proust soy yo cuando leo A la sombra de las muchachas en flor. En ese sentido podría decirse que leer a Proust es, de algún modo, escribirlo. Se tiene la sensación de la escritura. Uno participa, en suma, tanto del mundo de Proust como de su creación. *** La enseñanza mayor de Proust es su existencia misma. Que en el mundo moderno haya podido darse una vocación semejante, absoluta, en el espacio y en el tiempo, ya es suficiente. Para mí, ahí está lo esencial. Marguerite Duras |
Don Quijote es nuestro hermano, Lydie Salvayre
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