La gran memoria está en los libros. La pequeña memoria es saber dónde están las mejores quiches de París, algunas historias divertidas… eso es lo que somos. Y cuando alguien muere, lo que siempre es terrible, es que su pequeña memoria desaparece totalmente. Lo que nos diferencia a unos de otros son esas pequeñas historias. Intentar preservar esa pequeña memoria, que en realidad es imposible de conservar, porque está tan ligada a cada ser humano, siempre ha sido algo que me ha interesado… salvar fragmentos de vidas. Christian Boltanski *** De esas letras torpes en las que, en definitiva, no se dice otra cosa que que uno sigue vivo y que espera volver a verse pronto, me parece que emerge algo que constituye el tejido mismo de nuestra existencia en lo que tiene de más cotidiano y cercano: una historia olvidada, tan poco importante frente a los nombres de los generales y de las batallas, pero que cuenta mucho más de qué está hecha nuestra vida que lo que los historiadores, la mayoría de las veces, nos cuentan. Georges Perec *** Siempre ignoraré qué hacía ella aquellos días, dónde se escondía, con quiénes estuvo durante los meses de invierno de su primera fuga y en qué semanas de primavera volvió a escaparse. Ese es su secreto. Un secreto pobre y precioso que los verdugos, las ordenanzas, las llamadas autoridades de la ocupación, el Calabozo, los cuarteles, los campos, la Historia, el tiempo –todo eso que mancha y que destruye– no le podrán robar. Patrick Modiano |
miércoles, 29 de abril de 2026
La pequeña memoria, Christian Boltanski
lunes, 27 de abril de 2026
Con todo mi cuerpo, Franz Kafka
Con todo mi cuerpo, Franz Kafka
Empiezo a tomar notas para la conferencia que pronunciaré en el recital de Löwy. Será el domingo 18. Ya no me queda mucho tiempo para prepararme y, sin embargo, entono aquí un recitativo, como en la ópera. La razón es, simplemente, que desde hace días viene acosándome una excitación ininterrumpida y, antes del comienzo propiamente dicho, quiero escribir, medio retirado, unas pocas palabras solo para mí, con el fin de no presentarme ante el público hasta que me haya puesto un poco en marcha. En mí se alternan el frío y el calor a medida que se alternan las palabras dentro de la frase, sueño elevaciones y caídas melódicas, leo frases de Goethe como si recorriese sus acentos con todo mi cuerpo. Franz Kafka |
sábado, 25 de abril de 2026
Con todo mi cuerpo, Franz Kafka
Empiezo a tomar notas para la conferencia que pronunciaré en el recital de Löwy. Será el domingo 18. Ya no me queda mucho tiempo para prepararme y, sin embargo, entono aquí un recitativo, como en la ópera. La razón es, simplemente, que desde hace días viene acosándome una excitación ininterrumpida y, antes del comienzo propiamente dicho, quiero escribir, medio retirado, unas pocas palabras solo para mí, con el fin de no presentarme ante el público hasta que me haya puesto un poco en marcha. En mí se alternan el frío y el calor a medida que se alternan las palabras dentro de la frase, sueño elevaciones y caídas melódicas, leo frases de Goethe como si recorriese sus acentos con todo mi cuerpo. Franz Kafka |
Dame las exigencias del día, Kate Zambreno
Quiero escribir textos cada vez más pequeños y menores. He estado leyendo una biografía de Rilke y pienso en cómo veía el arte como algo sagrado, lo necesario que era rehuir las exigencias del día, cómo se aburrió cuando conoció a su hija en Navidad, no quería que nada perturbara su vida de escritor. Me siento tan alejada de eso. Dame las exigencias del día. El cubo de basura, los vecinos, el vómito y la lectura lenta de Lispector. Me interesa mucho más. Kate Zambreno |
No sentí amor por Joyce, Hélène Cixous
Mi tesis sobre Joyce me enseñó muchas cosas, pero no sentí amor por Joyce. Es un grandísimo escritor. Es un hombre de un narcisismo absolutamente intolerable. Creo que todos los escritores son narcisistas, pero él lo lleva extremadamente lejos. Mantenía relaciones de explotación con su entorno, algo que se lee en sus textos. Y yo no puedo amar eso. Y al mismo tiempo, es un hombre vulnerable; de lo contrario lo odiaría, y no lo odio en absoluto. Es un hombre vulnerable, físicamente frágil y físicamente valiente, que casi no veía nada y tenía graves problemas de supervivencia, además de verdaderos problemas familiares, como hijos con mala salud. Pero, aun así, era el rey y el tirano —y eso no se puede decir de Kafka. Kafka no era un tirano, no era un rey: es un hombre. Además, el mensaje de Joyce es muy limitado, filosóficamente hablando, si puede decirse así. Lo que nos cuenta, el relato de Joyce, su relato humano, es la puesta en escena de algo extremadamente ingenioso: la puesta en funcionamiento de la familia, la repetición eterna de las situaciones familiares, algo que también se encuentra, como él mismo dice, en todas las epopeyas, en la Biblia, etcétera. Pero eso es todo. Es una máquina que vuelve a ponerse en marcha en cada texto, y lo que cambia —las transformaciones que opera Joyce— son transformaciones formales. Eso me aburre. ¿Sabes lo que dice Freud sobre el niño? El niño fascina porque es tan narcisista que lo miras permanentemente; no se ocupa de ti, solo de sí mismo, y eso te fascina. Y Joyce solo se ocupaba de sí mismo. Además, tenía plena conciencia de su propio genio. Y creo que la gente va a preguntarle al narcisista: «¿Pero cómo haces para quererte tanto?». Porque a todo el mundo le gustaría quererse. Y además era alguien que solo creía en la literatura, lo que tranquiliza a todos los que escriben. Hay quienes, como Joyce, subordinan todo a la literatura —y eso lo entiendo—, y hasta les debemos algo, porque llevan la cosa tan lejos que producen algo bueno para la literatura, pero no para la vida. Y yo diría, si quieres, que para mí el vaivén entre la literatura y la vida es absolutamente indispensable. Y a menudo soy culpable de no hacerlo como quisiera. Es decir, yo misma estoy tan desbordada, no por la obra literaria, sino por la cantidad de cosas que tengo que hacer, que ya no logro vivir lo suficiente. Y en ese momento es cuando me siento culpable. No me siento culpable respecto de la literatura; me siento culpable respecto de la vida. Cada vez que no he vivido lo suficiente. Me parece que solo logro avanzar realmente escribiendo, lo cual quizá sea una debilidad de mi parte. Me digo: no consigo llevar más lejos mi percepción de la realidad —de una pasión, de un momento, de un espectáculo, de un ser— si no es sirviéndome de la escritura. Es como si dijera que soy miope, como si mi propio pensamiento fuera miope, y la escritura me sirviera de gafas. Es decir, es con ella como consigo ir más lejos en el pensamiento de la vida. Y cuando no escribo, me siento más tonta. Y a veces eso me parece aterrador. Entonces tengo una fantasía: si no escribiera, ¿quién sería? Es el combate eterno entre la escritura y la vida. Porque es verdad que, cuando se escribe, se toma de la reserva de fuerza, de presencia; uno se ausenta y eso, para mí, ha sido a menudo un problema. Siempre me he dicho: una gran parte de mi vida con los demás es sustraída, desviada a la cuenta de algo que es simbólico. |
Mentimos todo el tiempo, Hélène Cixous
Para escribir, hace falta un mínimo de severidad con uno mismo, de exigencia, de no mentirse. Hay que intentar no ser mentiroso para que la escritura pueda avanzar. Ahora bien, somos mentirosos: mentimos todo el tiempo, todos los días, para protegernos. Es nuestra muleta. Y quizá ahí haya, efectivamente, un trabajo de confesión por hacer: hay que confesarse a uno mismo, y eso no es fácil. Diría que se trata de una práctica moral de la escritura, un esfuerzo previo indispensable. Estoy convencida de que quien no haya hecho ese trabajo y se lance a la novela sin haberlo realizado no llegará muy lejos. Yo soy el primer otro, por supuesto. Hélène Cixous |