domingo, 4 de octubre de 2015

Móvil, mon amour





Nunca nadie está del todo en ningún sitio: mientras cenamos con un amigo, pensamos intermitente en otro, mientras recorremos el camino del súper, deseamos otros caminos o repasamos la lista de la compra, al ver nuestra serie favorita, recordamos fragmentos del último verano o pensamos en el bolso que nos gustaría comprar, cuando charlamos con el quiosquero, nos preguntamos si tal vez algún día escribiremos sobre él. Este ir y venir (y las docenas de conexiones que somos capaces de hacer entre lo que tenemos delante de las narices y lo que nos interesa o nos preocupa o nos asquea) es una de las características del pensamiento, una cualidad que nos hace más libres, que como a los superhéroes, nos permite salir propulsados de un lugar y llegar en dos segundos al otro lado del mundo. La imaginación sirve para lo mismo. Y, por mucho que les duela a los biempensantes, los móviles también.
Nunca he pensado merecer la atención absoluta de nadie, en mi casa se luchaba, con ideas, con ocurrencias, con llanto a veces (aunque eso no solía dar demasiado buen resultado: mi hermano se tuvo que abrir la cabeza tres veces con el mismo canto de armario antes de que alguien se diese cuenta de que había que cambiarlo) por la atención de los demás, no era algo concedido automáticamente. Todavía hoy lo sigo considerando un logro, un regalo y algo que yo tampoco otorgo fácilmente. Alguna gente se queja de los móviles encima de la mesa en las reuniones o en el restaurante, como si el móvil, esa ventana al mundo, esa bocanada de aire fresco, esa puerta por la que escurrirse y desaparecer como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, fuese el culpable de la falta de atención, de la dispersión, como si no pudiésemos atender a la vez a su apasionante diatriba y a la subasta de un vestido de Dries en Ebay Australia, como si no pudiésemos escuchar sus sabias palabras mientras coqueteamos con algún desconocido en Twitter. Hasta los hombres son capaces de hacer eso. Yo he pasado cenas enteras asintiendo y mirando intensamente a los ojos de alguien mientras mentalmente repasaba la lista de los reyes godos, y sin ningún móvil en la mesa. Y ahora, al menos, podemos saber sin ninguna duda cuando alguien nos ama de verdad: cuando se olvida el móvil en el restaurante. Eso es amor, lo demás son monsergas.

martes, 29 de septiembre de 2015

La vida al desnudo


Se llama extimidad y usted, en mayor o menor medida, la practica, aunque acabe de conocer el término. Si es de los que se resiste a adentrarse en universos digitales, habrá observado la tendencia en otros: una exposición constante en internet, especialmente en las redes sociales, desde que éstas existen. Un primer escenario éxtimo fue el Fotolog, una primigenia red social que causó furor en el inicio del Tercer Milenio sobre todo en Latinoamérica (se generó hasta una tribu urbana, los floggers) y que consistía en mostrar cada día una foto y un texto. En fotolog primaba el anonimato, los usuarios empleaban seudónimos y eran prudentes a la hora de dar información sobre sí mismos.
Justo lo contrario de lo que sucede ahora. Cualquiera tiene su pequeña biografía en Twitter: Apasionado del buen vino y amigo de mis amigos. Hija, madre, hermana, me gusta pintar y pasear. Idealista pero práctica. Escritor, performer, poeta. O, como la Venus de Milo deconstruida de la derecha, conocida como laDoctora Glas, en cuya cuenta de Twitter se lee: "Lamia moderna. Feminista sin peros. Pro sex. Bisex. Femme. Bilabial. Pornófila. Escribo para no morirme deprisa. Soy caliente y festiva como la palabra verano". Lo avisó el fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, en 2010: "La privacidad ha dejado de ser una norma social".
Casi cinco años después, la red social por antonomasia acaba de lanzar la función Privacy Basis, pensada para ayudar al usuario a proteger su intimidad. La antropóloga argentina Paula Sibilia analizó el fenómeno en su libro La intimidad como espectáculo en 2008 ("desde entonces no deja de expandirse") y sostiene ahora que se trata de un concepto que "forma parte de un conjunto de nuevos hábitos que son sintomáticos de algo más importante". "Creo que está ocurriendo una transformación histórica en nuestra sociedad occidental y globalizada, es decir, cambios en los modos de ser y estar en el mundo, transformaciones en las maneras en que construimos lo que somos y en los recursos que utilizamos para ese fin", argumenta.
A la Doctora Glas, o @DoctoraGlas, exhibirse desnuda a través de sublog o de su Twitter y escribir textos crudos -su primer libro lo publica en unos días la Editorial Tuertas- sobre su vida le ha permitido ganar confianza en sí misma. "Ahora tengo menos reparos en expresar abiertamente mis ideas o enseñar mi cuerpo en público, pese a la censura, insultos o represalias. Recibo acoso cibernético y amenazas de muerte o violación como cualquier otra persona que tenga repercusión en las redes sociales y cuestione las violencias y discriminaciones de la sociedad actual. Obviando esto, la exposición me parece positiva", explica. Y el resumen de sus acciones encaja con la descripción que Sibilia aporta sobre la extimidad: "alude a una intimidad que, curiosamente, tiene que exhibirse para poder realizarse y ser, puesto que sólo gana legitimidad si los demás la observan, algo que parece contradecir la misma definición de intimidad, que fue tan importante en la era moderna".
Pero esa época tiene poco que ver con la actual, donde "es importante que los demás vean lo que somos y, sobre todo, que digan que les gusta para confirmar que uno existe". Si en el siglo XIX la tendencia era la introspección, la de ahora es la visibilidad y la conexión. "Un emblema de todo ello es el auge del smartphone. No es casual que, en menos de cinco años, casi todos nos hayamos equipado con este tipo de aparatos y que los usemos con tanto fervor, ya que nos permiten construirnos a nosotros mismos y relacionarnos con los demás y con el mundo de este modo tan distante de la anticuada instrospección, y tan funcional al mundo contemporáneo", explica esta especialista argentina.
En este sentido, La Doctora Glas cuenta que se ha percatado de que, a través de su extimidad, ofrece "un soporte sobre feminismo y sexualidad para muchos jóvenes, colectivos feministas y personas anónimas".
También analiza la confluencia entre lo individual y lo colectivo la especialista en comunicación digital interactiva Cristina Miguel, que en la actualidad ultima una tesis donde analiza el concepto de intimidad en el contexto de las redes sociales en la Universidad de Leeds (Reino Unido). Admite que "algunos autores apuntan a que puede haber algún tipo de narcisismo involucrado en las prácticas de extimidad, pero también hay una gran necesidad de la otra persona, de la atención de otro para luchar contra la soledad que provoca el ritmo de vida moderno". "Hace sólo 10 años, los sociólogos y psicólogos afirmaban que la interacción online estaba aislando a las personas. Sin embargo, en los últimos años hay estudios que muestran que ex usuarios y no usuarios de internet experimentan sensaciones de soledad dos veces más que los usuarios", apunta.
E incluso sugiere que, "en la sociedad contemporánea, las vidas íntimas están cada vez más representadas y articuladas en ámbitos públicos; los reality shows y el fenómeno camgirl han hecho que alguna gente se vuelva adicta a ver intimidad". Ésta parece ser la clave para entender el cambio: "La naturaleza de la intimidad se ha transformado en el proceso de convertirse en pública, como resultado de destruir el secretismo y, por lo tanto, se instala un concepto nuevo: la extimidad", prosigue De Miguel.
Según esta experta en cuestiones de privacidad y exposición en redes sociales, "los que participan en prácticas de extimidad son minoría" pues, tras una fase de experimentación con el uso de los medios sociales, la mayoría de los usuarios ha interiorizado las nuevas normas sociales". Es decir, a través de la prueba y el error, los usuarios de redes sociales, primero deslumbrados, aprenden las técnicas de una nueva vida social.
Dolors Reig, autora del libro Socionomía, una defensa de la revolución social, también cree que "aprenderemos a dominar" la necesidad social de conexión. "Es algo temporal y hay que reservar tiempo a la desconexión, necesaria por ejemplo en ciertos estadios del proceso creativo o para encontrarnos con nosotros mismos y conocernos mejor", explica. Así que calma, siga usted colgando sus postres en Instagram, especialmente si son caseros. Hasta el escritor Antonio Muñoz Molina practica la extimidad en su última novela, Como la sombra que se va.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Saludos cordiales ENRIQUE VILA-MATAS





Han descubierto las empresas que un liderazgo amable da un mejor resultado que el ordeno y mando del jefe de siempre, aquel que en los chistes de La Codorniz y en la vida real no te subía nunca el sueldo y, encima, ladraba.
Parece que estudios sobre el funcionamiento del cerebro (realizados con resonancia magnética funcional), han detectado que un trato irrespetuoso con el empleado sube la tensión sanguínea y genera estrés. En consecuencia, es más productivo que el líder despliegue respeto, confianza y motivación.
Todo está cambiando. ¿No lo oímos por todas partes? Pero me acuerdo de que en Entre tinieblas, la película de Almodóvar, una monja comenta que los tiempos han cambiado y la vida ya no es la misma. Y una hermana le dice:
"Anda, mira. Eso son fantasías de monja. Qué estáis locas, porque como no pisáis la calle os pensáis que en la calle pasan cosas. En la calle no pasa nada. Todo, todo, todo sigue exactamente igual que cuando tú entraste aquí".
Entre tinieblas se rodó en 1982, año en el que también se dijo que con los cambios a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. Sin embargo, uno tiene la impresión de que cambiar, lo que se dice cambiar, no hemos cambiado tanto, seguimos en una atmósfera de crimen de Puerto Hurraco.
Puede que en algunas empresas el estilo sea distinto, pero el despido salvaje sigue igual. En Saludos cordiales (Siruela) el joven italiano Andrea Bajani se acerca a esta cuestión a través de una historia en la que puede apreciarse cómo a veces un humor inteligente es más eficaz que toda una tragedia española en tres actos aplicada a la crisis. Saludos cordiales narra, del modo más cómico y despiadado, la historia de un empleado al que le encargan que escriba las cartas de despedida de la empresa. Son cartas amabilísimas, redactadas por alguien dotado para los mensajes sublimes, pero también dotado para la más refinada brutalidad: "Gracias por la fidelidad, entrega y entusiasmo de más de treinta años. No le olvidaremos. Pero piense que ahora por fin podrá hacer lo que quiera, le espera una vida maravillosa fuera de la empresa. Saludos cordiales".En estos días del verano de 2015 vuelve a decirse que en la calle pasan cosas cuando en la calle no pasa nada, la vida sigue igual, Julio Iglesias sigue igual, los partidos emergentes siguen igual, la desesperación sigue igual, Google cambia para que su liderazgo siga igual.
La novela de Bajani disecciona a la perfección la estilizada miseria moral de nuestras empresas más encantadoras. Parte de la crítica italiana ha creído que Bajani es un escritor social. Y quizás lo es, pero va más allá: se interroga sobre el mundo a partir de la propia condición existencial; no le interesa decir solo que el mundo se está rompiendo. Lo que Bajani necesita es "mostrar cómo contemplamos ese hundimiento". Por su posición moral ha sido comparado con Pavese, pero Bajani es también heredero de aquel marino de Moby Dick que sólo abre la boca para decir: "No sé bien qué me espera, pero, de cualquier modo, iré hacia eso riendo".

sábado, 26 de septiembre de 2015

Me acuerdo de Internet_ENRIQUE VILA-MATAS





Ya saben. En Me acuerdo (Je me souviens), Perec reunió 480 recuerdos breves acerca de tópicos variados: “Me acuerdo de que Fidel Castro era abogado”. “Me acuerdo del día en que Japón capituló”. “Me acuerdo del hula-hoop”…
Si un día me propusiera abordar mis recuerdos, empezaría así: “Me acuerdo de Internet”. Y es que han pasado sólo quince años desde que el ordenador cambió mis hábitos, pero la sensación es que ha transcurrido una eternidad.
A principios de 2001, estaba en contra de que entrara un ordenador en casa. Pero entró. Lo miraba con odio, a distancia. Pero un día tenía que averiguar qué significaba Maelström y probé a ver qué daba de sí el infernal cacharro. No he podido olvidar aquella primera sesión. Accedí de pronto a un cuento de Poe, Descenso al Maelström, donde un falso viejo, desde lo alto de un abismo, hablaba tanto del remolino Maelström de las costas noruegas como de un pasadizo subterráneo que conectaba con una región remota.
Y algo más tarde, sin salir de Internet —medio ya fascinado—, supe que, creyendo los de la Enciclopedia Británica que el de Poe era un relato verídico, habían publicado uno de los pasajes y tardado meses en descubrir que el fragmento había sido tomado por Poe de una edición anterior de la Enciclopedia.
Poco después, un link —que también parecía conectar con una esfera lejana— me permitió saber quién era el señor que tenía un breve cameo en el cuento: “Kircher y otros imaginan que en el centro del canal del Maelström hay un abismo que penetra el globo terrestre y que vuelve a salir en alguna región remota”.
Athanasius Kircher, que tenía algo de Perec avant la lettre, había sido un genio del siglo XVI dominado por el demonio de la curiosidad inagotable por todo lo que tenía a la vista, especialmente por las cosas más fugitivas y por el deseo de catalogarlas, liberándolas así de la fugacidad y del misterio que las rodeaba. Esa tendencia a inventariarlo todo llevó a Kircher a investigar en 1680 los jeroglíficos del obelisco situado frente a la iglesia de Santa Maria sopra Minerva (en la bella plaza romana, por cierto, donde muchos años después nacería Sánchez Ferlosio).
Otro link me explicó que Kircher pensaba que si el mundo era un teatro destinado a la mayor glorificación de Dios, era necesario captar, detrás de sus incesantes representaciones de comedias y tragedias, el dibujo de lo Eterno, por lo cual intentó traducir los jeroglíficos —como si en ellos se escondiera la luz divina— y terminó hasta inventando algunos, a los que hizo pasar por auténticos durante un tiempo. En la mezcla de ficción y realidad, Kircher fue un audaz pionero: enredaba, catalogaba, falsificaba; se sabe que creía en todo lo que inventaba.
Al día siguiente, iniciaba por mi cuenta un enloquecido catálogo de todos los muertos de la historia de la humanidad. “Esa cifra exacta de cadáveres tiene que existir, otra cosa es que sea fácil encontrarla, porque siempre habrá más de un difunto oculto”, les decía a los amigos, que no sabían hacia dónde mirar. Tenía ya Internet inyectada en vena.

viernes, 18 de septiembre de 2015

“La literatura tiene efectos en la vida pero no se pueden premeditar”




El entretenimiento está muy bien. No pasaría nada si la literatura sólo sirviera para entretener. Pero hay algo más, algo que decidió a Mario Vargas Llosa consagrar su vida a ella, ya en 1958. Lo recordaba este jueves el escritor en el apasionado discurso sobre la literatura que pronunció al recibir el doctorado ‘honoris causa’ que pronunció en la investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca. “Estoy convencido de que la literatura tiene efectos en la vida. Pero esos efectos no se pueden premeditar. No hay manera de que el autor planifique lo que escribe para que su libro tenga determinadas consecuencias en la realidad”, señaló el Premio Nobel en el paraninfo de la universidad más antigua de España.
“Un pueblo contaminado de ficciones es más difícil de esclavizar que un pueblo aliterario o inculto. La literatura es enormemente útil porque es una fuente de insatisfacción permanente; crea ciudadanos descontentos, inconformes. Nos hace a veces más infelices, pero también nos hace mucho más libres”, argumentó Vargas Llosa (Arequipa, 1936) en su respuesta a la pregunta que él mismo se había formulado: ¿para qué sirve la literatura? Esta cuestión estructuró su intervención, junto a otras dos: ¿por qué se escribe literatura? y ¿cómo se escribe una novela?
“Me gusta mucho el cine, veo unas dos películas por semana, pero estoy convencido de que las ficciones cinematografías de ninguna manera tienen ese corolario lento, retardado, que posee la literatura en el sentido de sensibilizarme respecto a lo que son las deficiencias de la realidad y hacerme sentir la importancia de la libertad”, prosiguió el novelista de obras como Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo. Y concluyó: “No hay nada más entretenido que un poema o una gran novela, pero ese entretenimiento no es efímero. Deja una marca secreta y profunda en la sensibilidad y la imaginación”.

Y este sentido, Vargas Llosa ofreció al numeroso público que llenaba el paraninfo una lección de sus propios afanes por ser escritor. Los temas le son impuestos por la experiencia, por la realidad, dijo. Uno conoce cientos o miles de personas, es testigo o protagonista de otros tantos hechos, pero no se sabe bien por qué algún individuo, algún suceso o alguna lectura se quedan grabados de manera indeleble en la memoria y más tarde se covierten en “el origen del fantaseo”. Le sucedió, por ejemplo, cuando leyó Os Sertôes, de Euclides Da Cunha, que le dejó “hechizado” y le catapultó, junto a su propia historia personal, a escribir La guerra del fin del mundo. La parte más protocolaria de la ceremonia se celebró en latín, siguiendo un ritual medieval de la institución que cumplirá 800 años en 2018. En el ambiente se respiraba tradición. Se trata de un acto eminentemente académico que, ayer, por primera vez, también había despertado interés en la prensa del corazón, según confirmaron fuentes académicas. Pero al margen de algunos comentarios y de una mayor expectación a las puertas del histórico edificio por la posibilidad de ver a Isabel Preysler, actual pareja del escritor, que no asistió a la sesión, todo transcurrió como es habitual y se habló sobre todo de literatura.

Pasión pero no facilidad

 “A mí no me ocurrió lo que a otros escritores que descubren que tiene facilidad. Yo tenía la pasión, pero no la facilidad”, afirmó respecto de su propensión a borrar y reescribir continuamente. Nada que ver con Julio Cortázar que escribió Rayuela sin corregir una sola página”. “A mí me deslumbró”, aseveró el autor que recibió del auditorio un intenso y prolongado aplauso.
En su laudatio, la madrina del nuevo doctor honoris causa en Filología por la Universidad de Salamanca, la profesora Carmen Ruiz, desgranó los indiscutibles méritos literarios del novelista y también del "humanista, cuya figura ha crecido tanto como su influjo, entre admiraciones y discrepancias". El rector de la institución académica, Daniel Hernández, apartó por unos minutos su especialización matemática para despedir a Vargas Llosa con un elogio a su obra que parecía de un lector apasionado.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Il est vrai Michel Houellebecq (1958)







Il est vrai que ce monde où nous respirons mal
N'inspire plus en nous qu'un dégoût manifeste,
Une envie de s'enfuir sans demander son reste,
Et nous ne lisons plus les titres du journal.

Nous voulons retourner dans l'ancienne demeure
Où nos pères ont vécu sous l'aile d'un archange,
Nous voulons retrouver cette morale étrange
Qui sanctifiait la vie jusqu'à la dernière heure.

Nous voulons quelque chose comme une fidélité,
Comme un enlacement de douces dépendances,
Quelque chose qui dépasse et contienne l'existence ;
Nous ne pouvons plus vivre loin de l'éternité.


Es cierto

Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
Sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
Un deseo de huir sin esperar ya nada,
Y no leemos más los títulos del diario.

Queremos regresar a la antigua morada
Donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
Queremos recobrar esa moral extraña
Que hasta el postrer instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
Como una imbricación de dulces dependencias,
Algo que sobrepase la vida y la contenga;
No podemos vivir ya sin la eternidad.