jueves, 7 de enero de 2016

Rainer Maria Rilke: un refugio para Etty Hillesum




Etty Hillesum

Etty Hillesum, una joven judía holandesa muerta en Auschwitz, autora de escritos conmovedores, hizo de los poemas y cartas de Rilke su libro de cabecera. Allí encontró inspiración para conducir su vida, como escribe en su diario: “Rilke ha sido uno de mis grandes maestros en el año transcurrido, cada instante me lo confirma”. En la última página de este diario, redactada el 17 de octubre de 1942, inmediatamente antes de que la encierren en el campo de Westerbork, del que saldrá hacia Auschwitz, se pregunta sobre el papel que desempeña el poeta en su existencia, y escribe:
Era un hombre frágil, que escribió buena parte de su obra entre los muros de castillos donde era acogido, y si él hubiera tenido que vivir en las condiciones que nosotros conocemos hoy, quizá no hubiese resistido. Pero ¿no es justo y razonable que en épocas de paz y circunstancias favorables, los artistas de mayor sensibilidad dispongan del tiempo necesario para buscar con entera serenidad la forma más bella y la más adecuada a la expresión de sus intuiciones más profundas, para que quienes viven en tiempos turbulentos, devoradores, puedan reconfortarse con sus creaciones, y encontrar así un refugio ya preparado para sus angustias y para las preguntas que no saben ni expresar ni resolver, al tener todas sus energías comprometidas en las miserias de cada día?
Tzvetan Todorov,
Los aventureros del absoluto
(E. Hillesum, Une vie bouleversée)

lunes, 4 de enero de 2016

Lettre d’Albert Camus à René Char







Mon cher René,
Oui, je crois comprendre ­— et je suis avec vous. La vérité est qu’il faut rencontrer l’amour avant de rencontrer la morale. Ou sinon, les deux périssent. La terre est cruelle. Ceux qui s’aiment devraient naître ensemble. Mais on aime mieux à mesure qu’on a vécu et c’est la vie elle-même qui sépare l’amour. Il n’y a pas d’issue — sinon la chance, l’éclair — ou la douleur. […]
Je vous écris du lit. Une rechute de ma vieille maladie. Six semaines à l’horizontale et puis ce seront des mois de montagne. Le retranchement est difficile. J’ai passé l’âge du rêve. Et puis mon effort constant a été de repousser la solitude, la différence, l’intime. Je voulais être avec. Mais il y a une destinée, c’est là ma seule croyance. Et pour moi, elle est dans cette lutte où rien n’est facile.
Je vous écris comme à mon ami, et à mon frère. Mais ne me croyez pas trop triste, vous savez que j’ai de la philosophie. Je fais des vœux les plus chaleureux et j’appelle la chance sur vous…
À bientôt, avec toute mon affection.
Albert Camus





domingo, 3 de enero de 2016

Rainer Maria Rilke

III


Viareggio, cerca de Pisa (Italia), a 23 de abril de 1903





Me ha causado gran alegría, estimado y distinguido señor, con su carta de Pascua, que me revela lo mucho de bueno que tiene usted. La forma en que me habla del grande y dilecto arte de Jacobsen me demuestra que no estuve desacertado al querer encaminar su vida, con sus múltiples problemas, hacia esa fuente de riqueza y plenitud.
Ante usted abrirase ahora Niels Lyhne, libro lleno de maravillas y de honduras. Cuanto más se lee, más parece que todo está contenido en él: desde el perfume más sutil de la vida, hasta el rico e intenso sabor de sus frutos más grávidos. Ahí no hay nada que no haya sido captado, comprendido, sentido. Nada que no haya sido descubierto y reconocido entre las trémulas resonancias del recuerdo. Ningún suceso vivido, por insignificante que parezca, es tenido en poco. El más pequeño lance, el episodio más nimio, se desarrolla cual si fuese todo un destino. Y hasta el destino mismo es como un tejido amplio y maravilloso, en cuya trama cada hilo es guiado con infinita ternura por una mano cariñosa, y colocado a la vera de otro hilo, para ser sostenido y conllevado por otros mil.
Usted sentirá la dicha de leer este libro por primera vez, e irá adelantándose por entre sus innumerables sorpresas como en un sueño jamás soñado antes. Mas yo puedo asegurarle que siempre se vuelve a pasar con igual asombro a través de tales libros, sin que nunca lleguen a desprenderse de su poder prodigioso, ni pierdan nada del mágico encanto en que por primera vez envolvieron al lector. Es cada vez más intenso el deleite que nos brindan y más honda nuestra gratitud hacia ellos. De algún modo nos volvemos mejores y más sencillos en el mirar; se hace también más profunda nuestra fe en la vida, y en la vida misma llegamos a ser más venturosos, más nobles.
Luego debe leer usted el admirable libro que nos cuenta el destino y los anhelos de María Grubbe, así como las cartas de Jacobsen, las hojas de su diario, los fragmentos. Y, por último, sus versos, que aunque no muy bien traducidos, viven y vibran con resonancias infinitas. Le aconsejaría que cuando usted tuviera alguna oportunidad para ello, comprara la bella edición de las obras completas de Jacobsen, que contiene todo eso. Ha sido publicada una buena traducción en tres tomos por el editor Eugen Diederichs de Leipzig; creo que su precio es de cinco o seis marcos por cada tomo.
Desde luego, con su parecer acerca de Aquí deben florecer rosas, esa obra de incomparable finura y forma, tiene usted sin duda toda la razón contra quien escribió el prólogo. Deseo que desde ahora y aquí mismo quede formulado este ruego: lea lo menos posible trabajos de carácter estético-crítico: o son dictámenes de bandería, que por su rigidez y su falta de vida han llegado a petrificarse y a perder todo sentido, o bien tan sólo hábiles juegos de palabras, en que prevalece hoy una opinión y mañana la contraria. Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con ellas. Dese siempre la razón a sí mismo y a su propio sentir, frente a todas esas discusiones, glosas o introducciones. Si luego resulta que no está en lo cierto, ya se encargará el natural desarrollo de su vida interna de llevarle paulatinamente y con el tiempo hacia otros criterios. Deje que sus juicios tengan quedamente y sin estorbo alguno su propio desenvolvimiento. Como todo progreso, éste ha de surgir desde dentro, desde lo más profundo, sin ser apremiado ni acelerado por nada. Todo está en llevar algo dentro hasta su conclusión, y luego darlo a luz; dejar que cualquier impresión, cualquier sentimiento en germen, madure por entero en sí mismo, en la oscuridad, en lo indecible, inconsciente e inaccesible al propio entendimiento: hasta quedar perfectamente acabado, esperando con paciencia y profunda humildad la hora del alumbramiento, en que nazca una nueva claridad. Este y no otro es el vivir del artista: lo mismo en el entender que en el crear. 
Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que, por ello, quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!
Richard Dehmel4: Con sus libros -dicho sea de paso, también con el hombre- me ocurre esto: En cuanto doy con una de sus bellas páginas, siento siempre temor ante la próxima, que tal vez pueda destruirlo todo y trastrocar lo que es digno de aprecio en algo indigno. Lo ha caracterizado usted muy bien con las palabras "vivir y crear como en celo". Así es: el vivir las cosas como las vive el artista se halla tan increíblemente cerca del mundo sexual, del sufrimiento y del goce que éste entraña, que ambos fenómenos no son, bien mirados, sino distintas formas de un mismo anhelo, de una misma bienandanza. Y si en lugar de celo se pudiera decir "sexo", en el sentido elevado, amplio y puro de este concepto, libre y por encima de todas las sospechas con que haya podido enturbiarlo algún error o prejuicio dogmático, entonces el arte de Dehmel sería grandioso y de infinito valor. Grande es su fuerza poética y tan impetuosa como un impulso instintivo. Lleva en sí ritmos propios, libres de prejuicios y miramientos, y sale brotando de él cual de montañas en erupción.
Sin embargo, no parece que esta fuerza sea siempre del todo sincera, ni esté desprendida de toda afectación. (Pero en ello, por cierto, está una de las pruebas más duras, impuestas al genio creador, que debe permanecer siempre inconsciente de su propia valía, sin sospechar siquiera sus mejores virtudes, so pena de hacerles perder su candor y su pureza). Además, cuando esa fuerza del poeta, atravesando tumultuosamente todo su ser, alcanza los dominios del sexo, ya no encuentra al hombre tan puro como ella lo necesitaría. Pues ahí no hay un mundo sexual del todo maduro, puro, sino un mundo que no es bastante humano, que solo es masculino; que es celo, ebriedad, juicios y orgullos, con que el hombre ha desfigurado y gravado el amor. Por amar meramente como hombre y no como humano, hay en su modo de sentir el sexo algo estrecho, salvaje en apariencia, lleno de rencor y malquerer; algo meramente transitorio y falto de contenido eterno, que rebaja su arte, volviéndolo ambiguo y dudoso. De este arte, que no está sin mácula y lleva marcado el estigma del tiempo y de la pasión, poca cosa podrá subsistir y perdurar. (Esto mismo ocurre con casi todo arte). No obstante, podemos complacernos hondamente en cuanto ahí hay de grande. Sólo hay que procurar no perderse ni volverse partidario de ese mundo dehmeliano, tan lleno de angustias infinitas, confusión y desorden, que dista mucho de los destinos verdaderos. Estos hacen sufrir más que esas tribulaciones pasajeras; en cambio, dan mayor oportunidad para llegar a lo sublime y más valor para alcanzar lo eterno. 
En cuanto a mis propios libros, mi mayor gusto sería enviarle todos los que pudieran causarle alguna alegría. Pero soy muy pobre, y mis libros, una vez publicados, ya no me pertenecen. Ni siquiera los puedo comprar para darlos, como a menudo sería mi deseo, a quienes sabrían acogerlos con amor. Por esto le indico en una cuartilla los títulos y los editores de mis libros últimamente publicados -de los más recientes, se entiende, pues entre todos son ya unos doce o trece los que he dado a la imprenta-, y debo, estimado señor, dejar a su voluntad el encargar alguno de ellos, cuando se le presente la ocasión. 
Me es grato saber que mis libros están con usted. Adiós.
Su 

viernes, 1 de enero de 2016

Gilles Deleuze, Félix Guattari - Capitalisme et schizophrénie 1, L’Anti-Œdipe, 1972









Qu'est-ce que l'inconscient ? Ce n'est pas un théâtre, mais une usine, un lieu et un agent de production.
Machines désirantes : l'inconscient n'est ni figuratif ni structural, mais machinique. - Qu'est-ce que le délire ? C'est l'investissement inconscient d'un champ social historique. On délire les races, les continents, les cultures. La schizo-analyse est à la fois l'analyse des machines désirantes et des investissements sociaux qu'elles opèrent. - Qu'est-ce qu'?dipe ? L'histoire d'une longue " erreur ", qui bloque les forces productives de l'inconscient, les fait jouer sur un théâtre d'ombres où se perd la puissance révolutionnaire du désir, les emprisonne dans le système de la famille.
Le " familialisme " fut le rêve de la psychiatrie ; la psychanalyse l'accomplit, et les formes modernes de la psychanalyse et de la psychiatrie n'arrivent pas à s'en débarrasser. Tout un détournement de l'inconscient, qui nous empêche à la fois de comprendre et de libérer le processus de la schizophrénie.







Michel Foucault : penser autrement

michel foucault (DR)
« Il y a des moments dans la vie où la question de savoir si on peut penser autrement qu’on ne pense et percevoir autrement qu’on ne voit est indispensable pour continuer à regarder ou à réfléchir (…). Mais qu’est-ce donc que la philosophie aujourd’hui – je veux dire l’activité philosophique – si elle n’est pas le travail critique de la pensée sur elle-même ? Et si elle ne consiste pas, au lieu de légitimer ce qu’on sait déjà, à entreprendre de savoir comment et jusqu’où il serait possible de penser autrement ? » (L’Usage des plaisirs, Gallimard, 1984, p.15-16). Si ce que l’on appelle philosophie peut, de fait, se réduire à la reproduction et légitimation de ce qui est déjà pensé, de ce qui est jugé vrai dans l’ordre constitué du savoir – et du pouvoir –, Foucault l’entend dans un sens radicalement distinct lorsqu’il rapporte la pensée, et la pensée philosophique, à la possibilité de penser et percevoir autrement : philosopher aurait un sens et une valeur par une tension vers un inconnu, une différence à laquelle la pensée philosophique est par là ouverte.
« Penser autrement » signifie que l’autrement ne serait pas réduit par la pensée au déjà pensé, au déjà connu, mais que la pensée ne penserait autrement qu’en devenant autre, différente d’elle-même – un « elle-même », un « propre », dès lors relatifs, provisoires, sans signification absolue. L’idée que l’on pourrait penser autrement met en cause l’identité de la pensée, la pérennité de ses contenus, de ses buts et objets. Elle inclut une différentiation et une créativité de la pensée. « La » pensée n’existe pas : existent des façons variables, plurielles, de créer de la pensée, y compris en ce qui regarde la philosophie. S’efface la représentation d’une pensée identique à elle-même, d’une unité de la pensée à travers ses avatars historiques et culturels, au profit d’une histoire créatrice, productrice de différences. La pensée existe en différant d’elle-même : « comment se fait-il que la pensée (…) ne cesse, ici et là, de commencer toujours à nouveau ? » (Les Mots et les Choses, Gallimard, 1966, p.64) – ce qu’il faudrait entendre littéralement : l’histoire de la pensée ne saurait se réduire à une suite de variations à partir d’une origine qui, à travers celles-ci, demeurerait identique à elle-même. Au contraire, la pensée ne cesse de varier, sans transcendance par-delà les différences historiques de « la pensée ». Penser est une histoire.
Foucault souligne qu’il ne fait pas une « histoire de l’esprit » mais une « histoire du discours », et qu’il ne s’agit pas de référer ce qu’il appelle le discours « à la pensée, à l’esprit ou au sujet qui ont pu lui donner naissance ». Il n’est pas question de rapporter ce qui est pensé à la forme d’un sujet souverain mais de constater qu’à tel moment ce qui est pensé se transforme, que de la pensée apparaît, distincte de ce qui était pensé, et de s’en étonner. Foucault insiste sur l’idée que ce qu’il appelle « discours » et son rapport avec la pensée ne peuvent être rabattus sur la forme d’un sujet originaire. Le discours marque qu’à un certain moment « on » pense de telle façon, qu’« il y a » de la pensée, et c’est ce « il y a » qu’une archéologie de la pensée a pour tâche de circonscrire. La pensée ne renvoie pas à une origine subjective anhistorique, mais à de la pensée sans sujet, anonyme, historiquement localisée. Ce qui est pensé est un effet, le sujet pensant étant un effet, non une cause ou une origine. L’archéologue désubjective la pensée, en constate l’effectivité sous la forme d’un « on », un « il y a » dont il s’agit de rendre compte. C’est l’examen et la détermination de cette pensée qui nécessitent ce que Foucault nomme « discours », et c’est en ce sens que l’histoire du discours est une archéologie de la pensée.
L’archéologie implique que la pensée n’a pas d’identité. A travers l’histoire, on ne pense pas de manière identique, la façon dont on pense à telle ou telle époque se rattache à un mode de pensée singulier qui s’accompagne d’idées et objets également singuliers. La sexualité, la prison comme punition juste, l’Homme, sont des idées et objets existant en rapport avec une forme de pensée historiquement circonscrite. La pensée n’est pas une faculté orientée vers le vrai, rencontrant ses objets, les éclairant de sa lumière naturelle : elle est un ensemble de modes relatifs, variables, liés de manière immanente à des objets et idées, tout aussi relatifs et variables, temporels. Derrière le processus historique différentiant et créateur – autant que destructeur –, il n’y a rien qui serait « la » pensée. En tant qu’elle est une histoire, « la » pensée est un archipel de modes ou formes historiques, variables, relatifs, précaires, différents. « L’archéologie de la pensée » introduit donc le temps dans la pensée et met au jour des changements, des résorptions, des nouveautés : une histoire des discontinuités et seuils qui constituent l’espace nomade de la pensée.

jueves, 31 de diciembre de 2015

El silencio de las sirenas [Cuento. Texto completo.] Franz Kafka








Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.