viernes, 2 de diciembre de 2016

LA DIFERENCIA ENTRE SER CULTO Y SER INTELIGENTE, SEGÚN SAMUEL BECKETT

EL CONFLICTO ENTRE CULTURA E INTELIGENCIA PERSISTE. SIN EMBARGO, LA OBRA Y AUN LA VIDA DE SAMUEL BECKETT PODRÍAN AYUDARNOS A RESOLVERLO
samuel beckett inteligencia vs cultura
“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.
Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota.
inteligencia vs cultura 7
Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.
De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.
Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.
inteligencia vs cultura 3
Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.
¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.
A propósito de este asunto, hace unos días Nicholas Lezard publicó en The Guardian un artículo en que habla de la diferencia entre la inteligencia y la intelectualidad a partir de Esperando a Godot, la célebre pieza de Samuel Beckett. Como sabemos, Esperando a Godot se considera uno de los mejores usos del absurdo dentro de la literatura, una obra revolucionaria tanto estética como culturalmente, pues retrató con frialdad el extremo del nihilismo al que había llegado la civilización europea del siglo XX.
waiting for godot waiting for godot
Lezard recuerda la atracción que de inmediato sintió por Esperando a Godot, un ambiente que a pesar de su parquedad —o quizá debido a esta— de inmediato lo hizo sentir bien recibido, acaso no totalmente cómodo pero sí en un territorio inesperadamente familiar. “Desde la primera página estaba hipnotizado, sorprendido”, escribe Lezard, a quien la extrañeza de los diálogos beckettianos, simples y no tan simples al mismo tiempo, lo condujo a un territorio que imprevisiblemente no era del todo desconocido.
En breve, estaba enganchado. Ahí tenía a un autor que era irreverente, escatólógico y sin embargo profundo; alguien completamente desinteresado en las convenciones de la literatura y sin embargo capaz, justo por medio del lenguaje, de mantener nuestra atención a pesar de que nada esté sucediendo. […] Y conforme descubrí detalles de su vida, primero por la biografía semi-autorizada de Deirdre Bair, me di cuenta de que no sólo su trabajo era ejemplar, sino también su vida. Ahí estaba alguien que se había purgado a sí mismo de vanidad, tanto la suya como la del mundo; un hombre de una integridad intachable, tanto en su obra como en su vida.
Con estos antecedentes, Lezard acepta que Beckett sea considerado un autor “intelectual”; “pero sospecho que es porque muchas personas no conocen la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”. ¿Y cuál es esa diferencia? Dice Lezard:
Más tarde descubrí que Beckett era, de hecho, furiosamente intelectual, pero que había dejado atrás la academia, aborrecido la oscuridad de la jerga y ciertamente no era el tipo de intelectual de posición a quien las televisoras piden su opinión.
Un guiño de inteligencia por parte de Beckett, parece decirnos Lizard. El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Enrique Vila-Matas: “El tercer mail que me llegó era de Fidel Castro”


Enrique Vila-Matas
¿Cómo ha cambiado para ti tener un ordenador para escribir? Porque imagino que cuando empezaste lo hacías a mano o a máquina.
Empecé a escribir con una máquina que me prestaron en la revista ‘Fotogramas’, que es para donde escribía. Bueno, claro, había escrito primero con la máquina de mi abuelo. El primer artículo que le entregué a la revista ‘Fotogramas’ lo hice en realidad en la casa de mi abuela con una máquina Underworld. Después de ‘Fotogramas’, la máquina de la redacción, y después, cuando fui a Melilla, a un colmado militar en el que por las tardes escribí mi primera novela, fue con una máquina de escribir del economato. Y así hasta el 2000, que me pasé al ordenador.
¿Y has notado un cambio en tu escritura? 
Antes lo hacíamos con la máquina eléctrica y borrábamos con un típex y procurábamos que la página estuviera limpia y, una vez la tenías, costaba mucho volver a hacerla, aunque quisieras quitar tres líneas. Entonces ahora, de repente hay cinco folios que borras de golpe y te quedas tan tranquilo. En cambio antes era dolorosísimo por lo que te costaba de trabajo manual.
Así que es mejor el ordenador.
Me gusta más escribir con ordenador porque tú empiezas la frase y sabes que la puedes borrar. Por ejemplo, ves una idea que es muy atrevida y, sin embargo, tiras hacia delante porque sabes que si has puesto alguna tontería, siempre la podrás borrar, pero primero la pones. Sin embargo antes escribía un poco ligado al contenido para no perder tanto tiempo después para quitar lo que no me convencía.
No querrías volver a la máquina entonces.
Yo ahora no podría volver a la máquina de escribir, sería muy difícil. El estilo también era muy distinto porque era de frases más cortas, más cuidadas. Es algo que noto mucho cuando leo otros libros que están muy bien escritos, por otra parte, porque había controlado mucho las líneas: cada frase la daba por buena y así podía continuar.
Sin embargo, yo no quería tener ordenador. Estaba en contra. En el año 2000 me rodaron en una película que hicieron en la televisión de Barcelona. Me siguieron durante un mes y en una hora unieron todas las salidas que había hecho. Terminaba con el bar Bauma de Barcelona, en la terraza, en la que Ignacio Martínez de Pisón me intentaba convencer de que me pasara al ordenador. Y yo le juraba y perjuraba que no pensaba, para nada, tener ordenador. Y al cabo de quince días entró un ordenador en mi casa y lo miré con rabia. Fue muy gracioso. Me dijeron: “Tienes un e-mail”. Y yo, “¿cómo que tengo un e-mail?”. Entonces al final fui a contestar el mail y vi  que la forma de escribir era más o menos igual y que, por lo tanto, lo del ordenador no era tan terrible como pensaba. Luego, al cabo de poco tiempo, me dijeron: “Tienes otro e-mail”. Y digo, “¿Otro e-mail?, ¡no puede ser!, ¿quién me escribe?, ¡si yo no tenía ordenador!”. Y contesté. Lo gracioso es que el tercer mail que me llegó era de Fidel Castro, porque gané el premio Rómulo Gallegos y, como Castro era amigo de Chávez, desde Cuba me llegó el correo. Seguramente lo escribió la secretaria, claro, pero el hecho es que yo entendí literalmente que era Fidel Castro el que me felicitaba. Así que ahí estuve como una hora contestando, escribiendo una especie de canto a la revolución cubana, víctima de la emoción de haber recibido el mail. Hasta que después fui tachando todo porque me di cuenta de que todo aquello yo ni lo pensaba ni lo sentía. Así que fui borrando y me limité a decir: “Un abrazo fraternal”.
¿Nada más le pusiste al final?
Bueno: “Gracias por la felicitación. Un abrazo fraternal”. Con “fraternal” solucioné todo el asunto. (Risas.)
Así que no vamos a poder leer nunca el canto de Vila-Matas a la revolución cubana porque lo borraste.
Sí, sí, lo borré. Y hace poco cuando lo conté en público en un lugar, alguien registró esto en un twitter diciendo que mi tercer mail lo había enviado Fidel Castro. Y entonces lo leyó Fidel Castro, o en fin,  lo leyeron en Cuba porque Fidel Castro a su vez puso en su twitter que mi tercer mail era suyo. Eso ya es rizar el rizo. Así que ese twitter de Fidel Castro confirma que se dio por enterado. (Risas.) No me invento nada ¿eh?
Bueno, te creo.
Lo puedes buscar y lo ves.
Enrique Vila-Matas
Bueno. Cambiando de tercio, ¿vuelves a tus libros, los relees?
No, en general no, salvo alguna vez que me preguntan algo, sobre todo por las traducciones, por ejemplo. De este, Kassel no invita a la lógica, estoy particularmente tranquilo y contento. Está muy calculado lo que he hecho: la ambigüedad que tiene, el entusiasmo. Pero bueno, la respuesta es no, no releo. Es lógico que no se vuelva atrás, un poco es un camino hacia delante siempre. Tengo presente lo que he hecho y sé lo que hay detrás. Es un poco ridículo si lo piensas ¿no?, eso de leerte a ti mismo.
¿Pero te da miedo hacerlo?
No, bueno, no me da miedo. Una vez leí un fragmento en Le Monde, de estos que separan de un texto general, y dije, ¡uy, qué bueno, me gusta muchísimo! Y resulta que era mío. Ahí descubrí que mi traductor al francés, André Gabastou, es buenísimo.
A partir del año 2000 empiezas a teorizar sobre tu proceso creativo. ¿Fue natural o tuvo que ver con que a partir de entonces te empezaron a pedir conferencias, etc., sobre tu concepción de la literatura?
Hubo un momento clave que recuerdo mucho: me encargaron para Santander una intervención en la que explicara cómo había escrito Bartleby y compañía, porque había mezclado ficción con narrativa. Entonces escribí un texto y me di cuenta de que no sabía cómo lo había hecho y por lo tanto tenía que hacer otro texto para explicar otra cosa. Ahí puse en marcha la máquina teórica y eso es un momento muy bueno porque es cuando realmente empiezo a entrar en un proceso de proyectos y, de repente, la obra se expande mucho cuando empiezo a darme cuenta de que puedo hablar sobre lo que hago.
Lo más interesante de Borges, más que las narraciones, es que él cuenta cómo hace aquello. Cuando yo descubrí un poco el interés de lo teórico, de explicar, de proponer teorías y todo este aspecto, fue algo muy importante para mí porque ahí se corta la obra, digamos, y salgo del embudo en el que me había metido con la narración únicamente, porque al principio, la pulsión que yo tenía de ser escritor me llevaba a buscar historias en todo lo que me ocurría para poder contarlas. Cuando me doy cuenta de que no hace falta contar sólo historias, que puedo también utilizar el ensayo y el pensamiento, todo mejora. Se me abre un panorama mejor que, realmente, viene de Bartleby y compañía, por el simple hecho de que todo el libro podía haber sido un libro de ensayo sobre los que no escriben y, sin embargo, con la idea de que lo publicara Anagrama en la colección de Narrativa,  le incorporo una trama muy débil, pálida, de un hombre que no sale nunca de su casa, que es un Bartleby. Eso me lleva a descubrir todo este panorama de la mezcla de ficción, narrativa y ensayo que poco a poco se ha ido a algo más amplio.
Era un poco obsesiva esa necesidad que yo tenía de contar historias. Es que contaba historias de todo porque yo quería ser como un escritor, entonces, todo lo que me pasaba yo lo quería escribir, lo literaturizaba para poder demostrarme a mí mismo que yo sabía contar historias. Luego resulta que me di cuenta de que en realidad no me pasaba nada, que simplemente era una obsesión que tenía por la necesidad que tenía de reafirmarme como escritor.
Enrique Vila-Matas
Cuando sí te pasó algo de verdad, que significó un ruptura, fue precisamente aquí, en Buenos Aires, pero en el 2006. De ahí sí que se podría sacar una historia, ¿no?
También lo he literaturizado un poco pero sí, estuve mal. Hubo un cambio, sobre todo porque ahí dejé de beber. A la salida de lo que ocurrió, me serené un poco, por eso hay una interrupción entre una cosa y la otra. Después de eso, volví hace cuatro años a Buenos Aires y me pusieron en el mismo hotel de Recoleta en el que me habían colocado cuando estuve tan mal.
¡No!, ¿qué hotel era?
Uno que da al cementerio.
¡Vaya! 
Yo reconocí perfectamente el hotel y entonces llamé a un amigo y le dije que, además, esa vez, la habitación daba al cementerio.  Y esta persona me dijo, “Bueno, ¡menos mal que la otra vez no daba!” (Reímos.)
Ahora cuando vine aquí pensé que me iban a colocar en el mismo hotel por tercera vez. También me preguntaba en Barcelona si tenía que arriesgarme a venir a Buenos Airesporque era el lugar donde me había pasado aquello. Vale que ya vine una vez, pero si insistía, pues ya eran ganas y todas estas cosas, pero bueno, nada, aquí estoy (Volvemos a reír.)
¿Y qué me dices de Robert Walser?, ¿hace poco que te encontraste con él en Barcelona, no?
Lo pasé muy bien porque estaba esperando en un banco sentado sabiendo que en unos minutos aparecería la comitiva: Robert Walser seguido de ocho o diez personas que asistían al paseo. Pero yo no tenía previsto qué le tenía que decir a él, entonces, cuando apareció, me levanté y le saludé y entonces, sin haber preparado nada, le hablé realmente como le hablaría a alguien que fuera Walser. Le mostré mi móvil y le dije: “Mira, Robert”. Y le enseñé una foto de París, de unos jeroglíficos egipcios que hay en la Plaza de la Concordia. Entonces vi que Robert Walser se quedaba mudo, mirando, y claro, yo no me daba cuenta de que lo que realmente miraba era el móvil. A partir de ahí le conté mi visita al manicomio en el que había estado encerrado él tantos años y cómo yo había intentado ingresar al lugar, que es cierto, y cómo el director se negó rotundamente a ingresarme. Yo quería entrar porque quería terminar la novela El doctor Pasavento, saber cómo continuaba pero desde el manicomio. Pero bueno, el doctor no me dejó y tuve que marcharme de allí. Esto le conté yo a Robert Walser. También recuerdo mucho que cada vez se acercaba más la comitiva para saber de qué hablábamos, así que íbamos caminando por el Poble Nou de Barcelona, con mucha gente que participaba sin darse cuenta en la obra de teatro, formando parte del teatro de la vida. Como experiencia fue muy buena.
Un punto positivo para la idea de Marc Caellas, entonces.
Marc Caellas ha dicho que yo acepté hacerlo para poder contarlo a los amigos después. No fue ese el motivo: yo lo hice porque no quería decirle que no a Marc Caellas. Pero en fin, también es cierto que lo hice para poder sorprender a personas que conozco, para poder tener esta conversación:
-¿Qué tal, de dónde vienes?
-De hacer teatro en la calle.
En ese caso todo el mundo tendría que pararse para decir, “¿cómo?” (Reímos.)
En mi blog ha entrado mucha gente para ver en qué consiste esto y creo que es bonito que a la gente le interesen cosas así.
Hubo algunos momentos memorables como, por ejemplo, cuando se paró en una perfumería de la rambla de Poble Nou y señaló con su paraguas un anuncio que había de depilación femenina. Y se ve que, como era el tercer día que representábamos esto, las de la peluquería estaban hartas de que se parara ahí Robert Walser. Así que fue la señora de la peluquería y cambió el cartel.
¿En serio?
Sí. Algo así como un “vete pa’allá, Robert Walser” (Carcajadas.)
Fue un momento perfecto porque claro, la señora de la peluquería participaba en la obra de teatro.
Sin saberlo.
Sí.
Enrique Vila-Matas
Hablemos un poco de Barcelona. A pesar de que la bronca por el turismo lleva un tiempo instalada, parece que ahora las protestas son más fuertes al respecto. ¿Por qué este cambio?
Bueno, se ve que se han dado cuenta de que es espantoso. Yo ahora vivo en una zona de Barcelona en la que busqué precisamente que no hubiera ni rastro de turismo. Creo que resulta insoportable por la propia actitud que tienen los turistas en Barcelona, que no la tienen en París o en Londres. Por algo será. Es difícil de parar porque hay muchos intereses económicos. Pero bueno, yo ya estuve contra las Olimpiadas y en El País me decían ¿pero qué te pasa? Y bueno, lo que significaron las Olimpiadas fue un cambio en la ciudad en este sentido.
Una de las ironías que hay es que cuando viajo, voy a algún sitio y digo que soy de Barcelona la gente dice, “oh, Barcelona es el no va más”, y unas sonrisas, porque se ve que todo el mundo ha sido feliz en Barcelona. Me pasó incluso en un hotel de Nueva York, fashion total, en el sentido en que yo entré con complejo de provinciano porque había en recepción dos negras altísimas, modelos, que te recibían, y yo me sentía como un catalán que llegaba allí con el pasaporte y, en cuanto vieron que yo era de Barcelona, mostraron un entusiasmo… que para mí era al revés, claro, porque era yo el que estaba en Nueva York.
También hay una imagen en tu novela en la que sales de tu casa todos los 11 de septiembre, el día de Catalunya.
Sí, van dos años seguidos que se da esa circunstancia. La primera vez fue a Kassel y la segunda a Berlín. La policía me miraba con cara de sorpresa como preguntándose quién es este que se va a de la ciudad el 11 de septiembre.
¿Pero te daban ganas de quedarte o de irte?
Bueno, ya que me habían invitado a Alemania, me fui a Alemania. Este año me fui por mi cuenta, a Montpellier (Francia), a probar el TGV (tren de alta velocidad) que va a París y me bajé en esa ciudad, que no conocía casi.
Bueno, por mí, suficiente.
Bueno, ahora viene un amigo mío, un crítico chileno, Rodrigo Pinto, que sale en El mal de Montano,y su mujer.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Especial Roberto Bolaño


por  · Noviembre de 2016
rb

Dicen, de Roberto Bolaño, que era un polemista natural, intratable en el ejercicio retórico y entusiasta seguidor de los escritores dispuestos a terciar en la discusión. «Si estabas de acuerdo con una cosa, él rápidamente cambiaba de opinión para ejercitar todas las posibilidades de un tema». Quien habla es el mexicano Juan Villoro desde Bolaño cercano (Haasnoot, 2008) —del puñado de documentales que buscan perfilar al chileno, tal vez el más parecido a una sobremesa con el escritor—. Según el autor de El testigo, a Bolaño «le gustaba tener razón, a pesar de continuamente cambiar de razón». Otro de los entrevistados, el español Enrique Vila-Matas, cuenta una anécdota que ayuda a formar una imagen: «Un día le hablé muy mal de Bush. Ante mi asombro, Bolaño defendió un aspecto de su administración solo para poder discutir y me di cuenta que hasta era posible hacerse pasar por un simpatizante de Bush». Desde Bolaño por sí mismo (Ediciones UDP, 2006), tal vez la mejor biografía publicada del autor de 2666, el hijo de una profesora y un camionero y boxeador deja entrever en sus respuestas a los periodistas lo que equivale a la caja negra de los aviones: las palabras antes del accidente, la voz que atraviesa turbulencias con una última entereza: «Yo tengo un tipo de sangre que solo tienen los que han escrito Los detectives salvajes».
En este especial del equipo que hacemos paniko.cl —que comenzó a bullir con la noticia del traspaso del catálogo de Roberto Bolaño de Anagrama hasta Alfaguara—, escarbamos entre historias y conjeturas para volver a hablar del detective interesado en los cabos sueltos.
*
Bolaño
Por Alberto Fuguet
Un Bolaño sin espíritu salvaje
Por Alejandro Arturo Martínez
Papeles de un afuerino
Por Bruno Montané
Discurso de Caracas
Por Roberto Bolaño
No más Roberto Bolaño, por favor
Por Alejandro Arturo Martínez
Un narrador en la intimidad
Por Roberto Bolaño
Un congreso con la amante de Bolaño
Por Alejandro Arturo Martínez
2666 goes to Hollywood
Por Pedro Pablo Salas
Yo no fui amigo de Bolaño
Por Felipe Cussen

miércoles, 23 de noviembre de 2016

11/17/2016 “Menos es suficiente”, Pier Vittorio Aureli (Gustavo Gili, Barcelona, 2016) Peio Aguirre



Este breve ensayo de crítico italiano Pier Vittorio Aureli (Roma, 1973) tiene el don de percutir entre las ideologías de la austeridad que actualmente, y sobre todo a partir de la crisis de 2008, se han visto implementadas en todas las esferas económicas de la vida. El famoso lema de Mies Van der Rohe, “menos es más”,  convertido en todo un credo del diseño minimalista, es aquí cuestionado bajo la lente de un análisis de formas históricas que han hecho de la necesidad virtud. Partiendo de un análisis del ascetismo y el monacato en diversas órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos), Aureli se adentra en el interior del propio espíritu del capitalismo. Conseguir más con menos es, como sabemos, uno de los principios de la producción capitalista. El modo de racionalización del tiempo y el espacio puesto al día por el ascetismo desde la Edad Media sirve para una actualización de sus formas arquitectónicas: monasterio, claustro, prisión, cárcel, fábrica. El autor no opta sin embargo, por filiar todas estas formas a los ya conocidos “encierros” foucaultianos. Más bien, Aureli se adentra en el interior de una ética del ascetismo y en sus distintas corrientes represivas, de racionalización ética y estricta disciplina. 

El ascetismo es un ars vivendi cuyo objeto y finalidad coincide, y éste no es otro que el estudio del yo: conocerse a uno mismo, cuidarse a uno mismo… para así poder dominar a los demás. Escribe: “El ascetismo es, pues, no solo un estado contemplativo o, como habitualmente se entiende, un retiro del mundo, sino, sobre todo, una forma de cuestionar radicalmente las condiciones sociales y políticas dadas en una búsqueda de una manera diferente de vivir la propia existencia de cada uno”. (p.19) Nietzsche señaló en La genealogía de la moral que si bien en sus orígenes el ascetismo se erigía en una crítica al poder en su rechazo al mundo, la retirada de él, como sostenían los eremitas y los primeros monjes, pronto devino en una manifestación sutil de la voluntad de poder del ser humano. 

El hacerse uno en el tiempo y en el espacio, el monacato inventó la celda individual como representación por excelencia de la interioridad, dando así a una nueva relación entre la vida individual y la vida monástica. Una forma-de-vida (por utilizar aquí la expresión de Giorgio Agamben), en la que el ascetismo, y con ello el propio cuerpo del monje, deviene en un arte que no da un producto, sino que coincide con la propia representación. La lógica del espacio se pliega a este arte: “En el monasterio, la forma sigue a la función del modo más estricto posible. Como en un edificio funcionalista, la forma típica del monasterio medieval es simplemente una extrusión de las actividades rituales que tienen lugar en su interior. Si observamos la planta del monasterio, comprobaremos una perfecta coincidencia de tiempo y espacio”. (p. 30)

Aureli contrapone el modelo de los monasterios benedictinos, que devinieron en grandes centros de producción y poder, hasta el punto de que el monasterio más famoso de la orden, Cluny se expandió hasta convertirse en una ciudad por derecho propio, a la posterior austeridad franciscana. La retirada del mundo y la dedicación al trabajo fue la opción de un primer ascetismo. Más tarde, y como reacción, el radical rechazo de la propiedad privada de los franciscanos fomento la doctrina estricta del uso; el fraile usa un hábito, no lo posee. El voto de máxima pobreza de la orden franciscana se inspiraba en la vida de los animales, donde no existe la propiedad privada. 

Pero la evolución de la ciudad moderna es impensable sin el concepto de propiedad privada. Le Corbusier fue el primero en concebir una mínima propiedad para las clases obreras que les permitiera convertirse en empresarios de su propia condición doméstica. Esta paradójica relación entre ascetismo y propiedad ilustrará la brutalidad de la vida industrializada en las grandes metrópolis. Walter Benjamin estudió los interiores burgueses, cuyos objetos estaban allí para garantizar la ideología de la casa privada, el afán de sus habitantes por dejar huellas. Pero, como explica Aureli, “resulta irónico que Benjamin asociara el minimalismo de Le Corbusier como una forma radical de vida cuando, como hemos visto, estaba destinado a imponer el mecanismo de la propiedad privada a una escala aún mayor que el interior burgués decimonónico”. (p. 50) 

Aureli contrapone al modelo lecorbuseriano el modo de vida del propio Benjamin, quien en la década de 1930 se mudó 19 veces, y también su amado héroe, Baudelaire, quien hizo de la ciudad su morada, con las figuras el flâneur y el dandi como manifestaciones estéticas donde la propia vida se construye como una obra de arte, en una de las representaciones de la identidad moderna más ubicua y cosmopolita. 

La última parte del libro nos religa con el presente, a partir de una crítica de la estética minimalista salida de un capitalismo que hace de la austeridad una estética seductora, y que tiene en Apple su ejemplo más manifiesto. A partir de una fotografía de Steve Jobs en 1984, donde éste sale como un monje, sentado en el suelo con una taza de té en la mano y sin más objetos a su alrededor que una lámpara y un tocadiscos, Aureli traza una genealogía de la habitación mínima a partir del modelo co-op zimmer de Hannes Meyer concebido en 1924 , no como una vivienda autosuficiente, sino como una habitación destinada a cubrir las necesidades de la clase obrera en una época de grandes migraciones. Evidentemente las diferencias son enormes, como es el cambio del tiempo histórico, y la crítica de Aureli a la ideología del “menos es más” del diseño minimalista tiene en la actual precariedad de los trabajadores creativos su diana más política. Menos es menos siempre, nos dice. Lo que hemos de abandonar es la promesa de un falso crecimiento soportado en la deuda, y retornar a un modo de vida donde menos es suficiente. El ejemplo de Meyer sobresale entonces notoriamente. 


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Concluye que, “solo si somos capaces de ir más allá de su aura ideológica, menos puede ser el punto de partida de una forma alternativa de vida independiente tanto de las falsas necesidades que impone el mercado como de las políticas de austeridad impuestas por la deuda”. (p. 79) A la luz de este magnífico ensayo, la redefinición de lo privado, lo común y lo colectivo impregna el debate actual sobre el problema de la vivienda y el co-housing, por no hablar de la necesidad imperiosa de tener que volver a definir los parámetros de nuestra vida diaria y cotidiana a partir del más nimio detalle y elección.

martes, 22 de noviembre de 2016

ES EL MEDITERRÁNEO Paul B. Preciado

Es el Mediterráneo. Es el lugar al que llegas. Es Grecia. Es el lugar que te acoge. Es el suelo que podría estar bajo tus pies. Es el mar en el que te hundes. Es Europa. Es el cielo que parece igual para todos pero no lo es. Es el mundo. Es el cash flow. Es la tierra que pisas. Es la calle que dejas atrás. Es la ciudad a la que llegas. Es el Parlamento vacío. Es la plaza llena. Es Calais. Es el mundo. Es París. Es la casa en la que fuiste feliz y a la que ya no volverás nunca. Es el Mediterráneo. Es la costa. Es Londres. Es el fondo del mar. Es el stop loss. Es el ruido que oyes en la oscuridad y que confundes con una voz. Es la lengua que hablas. Es Mytilene. Es el Ibex 35. Es el lugar al que llegas. Es la lengua que no hablas. Es el ouzo cambiando de color cuando se mezcla con el agua. Es Smyrna. Es el movimiento. Es la laca que usa Madame Merkel para mantener el pelo sobre su cabeza como si fuera una peluca. Es el olor a gasóleo que te recuerda que estás vivo. Es la quietud. Es el debate sobre la identidad nacional. Son las ondas. Es tu cerebro. Es la información en tiempo real. Es el sonido. Es la electricidad. “Si no sientes miedo en el momento de comprar, es que estás comprando mal” —consejo de bróker. 12563 friends like this. Es el Mediterráneo. Es el capital que se mueve y arrastra todo a su paso. Son los números del 95 al 118 de la tabla periódica de elementos. Esto todo lo bueno y todo lo malo mezclado en proporciones exactamente idénticas. Es Casablanca. Es el Dow Jones industrial. Es el aire que parece igual para todos pero no lo es. Es la piel. Es la tasa variable de la deuda. Es la mano que se toca a sí misma. Es el amor. Es el viento que sopla desde Chernobyl. Es el acceso Premium a la vida. Es el pájaro que mete sus alas en barro. Es un as de oros bajo la manga. Es Damasco. Es el desamor. Es la mano que se toca a sí misma. Es el pelo de Merkel ardiendo como si fuera una mecha. Es El Cairo. Es lo que piensas mientras hablas sobre otra cosa. Es la simultaneidad. Ese espacio exacto de tu mente donde algo crece sin que puedas pararlo (¿Qué existencia tiene eso que piensas? ¿Es más o menos importante que la vida que vives?). Es Kassel. Milate ellinika signomi?Es la imposibilidad de borrar de su memoria lo que un día dijiste. Son los tres emails por minuto que deberías escribir para aumentar la productividad. Es el color verde de una mantis religiosa que se posa sobre tu libro mientras lees. Es la testosterona. Es la política de prevención de la radicalización musulmana. Es Europa. Es el mundo. Es la menopausia. Es la integración cultural. Es la oscuridad que cubre la ciudad como una capucha de adolescente. Es el Mediterráneo. Es el feminicidio como plan divino. Es la basura pudriéndose en el río de Beirut. Es el lugar al que llegas. Es el zapato que vuela y golpea la cabeza de Bush. Es la tortura. Es la sensación de que debajo de tu camisa no hay cuerpo. Es el tiempo que parece igual para todos pero no lo es. Es la costa. Es el fondo del mar. Es el lugar que te acoge. Es la desforestación de tu imaginario. Son los tres miligramos de Lorazepam. Enseñar la teoría de género en la escuela es una guerra global contra el matrimonio, dice el Papa Francisco. 666fxck likes this. Es el coleteo de la langosta al entrar en el agua hirviendo. Es la censura. Es la tarifa plana de la conciencia. Es Luanda. Es el suicidio de Foster Wallace. Es el cuerpo que imaginas pero no tienes. Es el alma de un perro. Es la tasa de supervivencia de los seropositivos que anuncia con orgullo el ministerio de sanidad. Es Kiev. Es el aumento del cáncer, el descenso de la calidad respiratoria, la destrucción de la barrera inmunológica. Es Johannesburgo. Es ayer. Es mañana. Es el 4% de territorio de Estados Unidos dedicado a las Reservas Indias. Es el estado de agregación de la materia. Es la selección de los 100 mejores libros: de nuevo, todos menos dos escritos por hombres. Es la democracia representativa como cobertura de la corrupción. Es la resistencia de los mapas a cambiar. Es el Nasdaq Composite. Es el Mediterráneo. Es Europa. Es el lugar al que llegas.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Javier Marías




COLUMNISTAREDONDA_JAVIERMARIAS


4 MIN.

TRABAJO EQUITATIVO, TALENTO AZAROSO

DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2016

SI ALGO clama en verdad al cielo, en lo que tanto hombres como mujeres deberíamos hacer continuo hincapié, es la diferencia salarial existente (y persistente) entre unos y otras, exactamente por el mismo trabajo. Nunca he entendido en qué se basa, cuál es la justificación, aún menos que se dé en todos los países, no sólo en el nuestro. En Alemania, nación avanzada, la brecha es aún mayor que aquí, y en Gran Bretaña, Holanda y Francia tan sólo un poco menor. La cosa presenta la agravante de que, según el reciente estudio de economía aplicada Fedea, hace ya tres decenios que las mujeres poseen mejor formación que los hombres, algo que no falla nunca si se analizan personas menores de cincuenta años. “En el mercado de trabajo español el 43% de las mujeres ha concluido estudios universitarios, frente al 36% de los varones”, señala el informe, y añade que, pese a ese superior nivel educativo, ellas se topan con más dificultades para encontrar empleo y, cuando lo consiguen, sus condiciones laborales son peores. Así, la tasa de paro femenino es seis puntos mayor. La diferencia salarial ronda el 20% a favor de los menos educados, y eso –insisto– escapa a mi comprensión. Si dos individuos realizan las mismas tareas y las desempeñan durante el mismo número de horas, ¿con qué argumento puede discriminárselos en función de su sexo? La situación es tan ofensiva e injusta, y lleva tanto perpetuándose, que no me explico que no ocupe a diario los titulares de los periódicos y de los informativos, y que sólo aparezca o reaparezca cuando se publica algún estudio como el de Fedea, que nada descubre. Se limita a constatar que nada cambia.

Ese es el terreno fundamental en el que las supuestas ultrafeministas deberían estar librando una batalla sin tregua, en vez de perder el tiempo y la razón con dislates lingüísticos y con aspectos secundarios y ornamentales, en los que además el “reparto” nunca es ni ha sido per se equitativo. Leo muchos más artículos y protestas porque haya menos mujeres que hombres en la RAE, o ganadoras del Cervantes, o directoras de cine o de orquesta, que por esta discriminación laboral y salarial. El trabajo es mensurable y cuantificable en términos objetivos; las artes y lo que llevan implícito –talento, genio, como quieran llamarlo– no lo son. Esas aptitudes no están distribuidas de manera justa ni proporcional. No hablo del largo pasado, en el que a las mujeres les estaba vedada la dedicación a la pintura, a la arquitectura, al cine, a la composición musical y parcialmente a la literatura, sino de hoy. No hay ninguna razón por la que deba haber tantas buenas escritoras como escritores, ni a la inversa, claro está. De la misma manera que tampoco ese reparto de talento está garantizado por países ni por regiones. Ni por diestros o zurdos, altos o bajos, gordos o delgados, negros o blancos o asiáticos.
De todos es sabido que en los siglos XVIII y XIX hubo una concentración de genio musical en Alemania y Austria, incomparable con el existente en cualquier otro lugar. Si en ese periodo vivieron Bach, Telemann, Mozart, Haendel, Haydn, Schubert, Beethoven, Schumann, Brahms, Bruckner y Mahler no mucho después, se debió en gran medida al azar. ¿Por qué en el XVII inglés hubo un Shakespeare, un Marlowe, un Jonson, un Webster, un Tourneur, un John Ford, un Robert Burton y un Sir Thomas Browne? ¿Y en España un Cervantes, un Lope, un Quevedo, un Góngora, un Calderón, mientras en otras naciones no surgía algo similar? ¿Por qué (y eso tiene más misterio y más mérito, dada la escasez de escritoras) en el XIX británico se juntaron Mary Shelley, Jane Austen, George Eliot, Emily y Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell, ­Elizabeth Barrett Browning y Christina Rossetti, todas clásicas indiscutibles de la novela o la poesía? Pese a las trabas de la época para las de su sexo, su arte emergió y fue reconocido, porque eso sucede siempre con el arte elevado, aunque a veces llegue tarde para quien lo poseyó, sea varón o mujer. Hoy hay una pléyade de feministas empeñadas en “sacar de las catacumbas” a todas las pintoras, compositoras y escritoras que en el mundo han sido, y no todas merecen salir de ahí. Habrá periodos en los que el talento estará más concentrado en mujeres, como lo estuvo el musical en germanos dos y tres siglos atrás. Y habrá otros en los que no. Por mucho que se intente hundir y ocultar, el gran arte sale a flote y acaba resultando innegable, manifiesto (a veces con enorme retraso, eso sí). Que se lo pregunten a los espíritus de Austen, Brontë, George Eliot o Emily Dickinson.
Lo que sí es intolerable, lo que todos los feministas deberíamos combatir sin descanso (me incluyo, claro que me incluyo), es la discriminación en lo que no depende del azar, ni del gusto ni de la subjetividad de nadie (ni siquiera de los tiempos): el trabajo, lo que por él se percibe y la igualdad de oportunidades para acceder a él. Conseguir que las mujeres no estén perjudicadas ni desdeñadas ni preteridas en ese campo es la principal y urgente tarea –casi la única seria– a la que nos debemos aplicar.