sábado, 4 de noviembre de 2017

Siempre me he refugiado en mi Montaigne, Thomas Bernhard








por calledelorco
Ya puedo decir lo que quiera, que me acusarán de decir verdades o de decir mentiras, y a menudo no les resulta claro si me están acusando de decir verdades o de decir mentiras, lo mismo que a mí, con mucha frecuencia, no me resulta claro si los acuso de decir mentiras o de decir verdades, porque en mi mecanismo de acusación, que se ha convertido ya en enfermedad acusatoria, no puedo distinguir ya mentiras y verdades en lo que a mí respecta. Si antes tenía un miedo mortal a coger un terrón de azúcar del azucarero del comedor, hoy tengo un miedo mortal a coger un libro de la biblioteca, y el mayor de los miedos mortales si se trata de uno filosófico, como ayer tarde. Siempre me ha gustado Montaigne más que ningún otro. Siempre me he refugiado en mi Montaigne cuando sentía un miedo mortal. Me he dejado dirigir y llevar, incluso conducir y seducir por Montaigne. Montaigne ha sido siempre mi salvador y libertador. Si en definitiva he desconfiado de todos los demás, de mi familia filosófica grande e infinita, que sólo puedo calificar de mi familia filosófica francesa grande e infinita, en la que siempre ha habido sólo algunos sobrinos y sobrinas alemanes e italianos, aunque todos, tengo que decir, muy tempranamente fallecidos, siempre he estado en buenas manos con Montaigne.
Nunca he tenido un padre y nunca una madre, pero he tenido siempre a mi Montaigne. Mis progenitores, los que nunca llamaré padre y madre, me rechazaron desde el primer momento, y saqué ya muy pronto consecuencias de ese rechazo, y corrí derecho a los brazos de mi Montaigne, ésa es la verdad. Montaigne, he pensado siempre, tiene una familia filosófica grande e infinita, pero nunca he querido a los miembros de esa familia filosófica más que a su jefe, mi Montaigne.
Thomas Bernhard
Montaigne, un relato




sábado, 21 de octubre de 2017

La sabiduría absoluta de Hegel



G. W. F. Hegel (1770-1831) fue el filósofo prusiano de mayor relevancia durante la primera mitad del siglo XIX. Se le considera el pensador sistemático e "idealista" por antonomasia, el campeón de la filosofía abstracta y la explicación racional del mundo, el líder del pensamiento puro y, junto a Leibniz, el "optimista" filosófico -"todo lo real es racional", argumentó-. Semejante talante le granjeó desde 1818, cuando accede a la cátedra de filosofía en la Universidad de Berlín, el título de "primer filósofo de Alemania".
Sus clases rebosaban de estudiantes, pero también de público: desde artesanos hasta magistrados acudían a escuchar sus monólogos susurrantes entonados con cerrado acento suabo; y se dejaban encandilar, ávidos de una sabiduría que hacía gala de explicarlo "todo" de forma "absoluta", y que aun pareciendo incomprensible, tampoco sería falsa, sino la más pura evidencia de lo escarpado de la pendiente que conduce al cielo del conocimiento.

Hegel, alumno en su juventud del seminario de Tubinga, fue un hombre campechano, esposo y padre satisfecho; cuando en 1811, siendo director de un instituto en Núremberg, se casó con una veinteañera, argumentó: "He alcanzado mi propósito en este mundo, pues con un cargo y una linda mujercita ya tiene uno lo necesario en este mundo". Era también un asiduo bebedor de cerveza, y para muchos de sus detractores -el más infatigable fue Schopenhauer, quien lo tachó de "soplagaitas"- también sus obras parecían delirios de borracho: inconmensurables cascadas de conceptos a los que después de vomitados se les busca sentido. Pero en nada empañaron su estrella estos maliciosos enemigos. Dejó notables herederos: una fructífera "escuela hegeliana" con sus "derechas" e "izquierdas", y vástagos entre los que despuntaría Karl Marx, así como otro antihegeliano convencido: Kierkegaard.
Su nombre suele asociarse el título de su obra más emblemática: Fenomenología del espíritu. La concluyó en 1806, en Jena -en cuya universidad impartía clases-, justo la tarde en que Napoleón entraba a caballo en la ciudad. El filósofo vio al jinete desde su ventana en el mismo instante en que ponía punto final a su voluminoso libro y exclamó alborozado: "He ahí la verdadera alma del mundo, la encarnación del espíritu absoluto". Y esa misma noche Hegel tuvo que salir huyendo de su casa con todos sus manuscritos, pues la soldadesca francesa, como preámbulo a la batalla del día siguiente contra los prusianos, se empeñó en saquear su morada de profesor sin sueldo fijo. Tales eran las paradojas de la realidad histórica en su acontecer, tema que ocupaba por entonces a Hegel, quien pretendía la sistematización conceptual de todo el ámbito del saber humano o, lo que era lo mismo, la explicación racional del devenir de la "conciencia" hasta que ésta alcanza su grado más alto, el espíritu absoluto. Hasta entonces tampoco a ningún filósofo le había preocupado pensar el devenir de la historia universal, y él comenzaba a explicarla como una trasposición del desarrollo de aquella misma conciencia humana sublimada, abstracta y general que avanza desde sus estadios infantiles de pura inconsciencia hasta alcanzar su "edad adulta", el punto máximo de la lucidez. Así, esta etapa final de plenitud se alcanzaría en la historia de la humanidad tras reconocer y asumir como necesarios determinados estadios históricos: las oscuridades del mundo primitivo y la Edad Media, la Ilustración, el escepticismo y la Revolución Francesa, que son insoslayables en el avance hacia la meta final que terminará concretándose en la existencia de un Estado perfecto en su moralidad y en la administración de la libertad, y que Hegel vio en el Estado prusiano de su época.
La Fenomenología fue concebida como una primera parte de lo que pretendía ser un "sistema entero de la ciencia", la sistematización de todo el saber humano, arte, moral, religión y política incluidas, y contenía intuiciones geniales, tales como aquélla de la "dialéctica" cual motor de la formación del espíritu, a la par que corazón del devenir histórico -"tesis, antítesis, síntesis"-; o el paso de la denominada "conciencia infeliz" a la "feliz", así como el símil del "amo y el esclavo", tan fructífero para el desarrollo de la filosofía marxista.
La edición que reseñamos marca un hito en castellano. Hasta ahora contábamos con la elegante traducción de Wenceslao Roces (1966); y también Xavier Zubiri tradujo una selección en 1935. Manuel Jiménez se esfuerza por desentrañar el retorcido lenguaje original, duro empeño que proporciona un resultado quizás demasiado "técnico"; y, en su afán de superar el más difícil todavía de la claridad, hincha el texto de epígrafes explicativos, de manera que el conjunto exige una lectura casi milimétrica, y termina por asemejarse a un furioso río alpino, de cuyos rápidos es imposible salir indemnes sin canoa ni remos, instrumentos que proporciona esta minuciosa traducción.

domingo, 8 de octubre de 2017

Le Pas philosophique de Roland Barthes

Le Pas philosophique de Roland Barthes
112 p.
12,17 €
ISBN : 978-2-86432-457-7
Parution : mars 2003
(collection d'origine : Philia)
« Jamais un philosophe ne fut mon guide ». Roland Barthes résumait ainsi l’une des caractéristiques majeures de sa propre vie. Il faut conclure : la pensée de Barthes ne fut pas philosophique.
Pourtant, il n’avait jamais cessé de se tourner vers la philosophie, lui empruntant quelques formes de langue : un certain usage de l’article défini, une transposition des adjectifs en substantifs, le recours aux majuscules. Or la langue engage tout chez Barthes. En autorisant la philosophie à marquer la langue de son sceau, il faisait un pas vers la philosophie. Ou plutôt dans la philosophie.
Ce pas philosophique le mena de Sartre à Platon, sans autre guide que lui-même. Dans la Caverne, pour en sortir sans rien perdre des qualités sensibles. Puis pour n’en pas sortir, ayant cru découvrir qu’on pouvait y demeurer, dans quelque lumière à la fois éblouissante et intégralement endogène ; il se réclama du Signe, en hommage à Saussure, qui fut pour lui porteur d’une révélation. Hors de la Caverne, enfin, dans la lumière immobile du chagrin, sous le regard de la mère disparue, mais pour redescendre aussitôt, selon la loi, librement consentie, de la Pitié.
Jouant des mille éclats d’un cristal de pensée, Roland Barthes écrivit à la fois un roman d’éducation et une phénoménologie de son propre esprit. Page à page, texte par texte. J’ai souhaité en restituer la trame et le parcours.
J

viernes, 6 de octubre de 2017

Masuji Ibuse Lluvia negra









Prólogo de: Jorge Volpi
Basada en documentos históricos sobre la devastación causada por la bomba atómica y en entrevistas y diarios de víctimas de la masacre,Lluvia negra es la novela japonesa que mejor se ha enfrentado a las consecuencias de la explosión atómica en Hiroshima.
El libro se centra en la historia de una joven, Yasuko, que se vio sorprendida por la «lluvia negra» radioactiva que cayó en los alrededores de Hiroshima. Las posibles consecuencias de su contacto con la radiación han dado lugar a un sinfín de habladurías entre los pretendientes de la joven: ¿estará enferma?, ¿podrá tener hijos? Su familia rememora aquellos días aciagos tratando de conjurar el peligro que la acecha.
Masuji Ibuse retrata con sensibilidad y con un esperanzado humor la compleja red de emociones que se establece entre unos supervivientes que siguen soportando las enfermedades y el dolor provocados por la explosión y que ignoran hasta qué punto su salud puede estar afectada. Lluvia negra es una de las mejores aproximaciones a la magnitud del sufrimiento humano causado por este hecho histórico y un clásico de la literatura japonesa del pasado siglo.

jueves, 5 de octubre de 2017

Oscar Wilde (El crítico como artista, 1891)








Goethe (no interprete usted mal lo que digo) fue un alemán muy especial. Amó a su país como nadie. Quería a sus conciudadanos y era su guía. Y, sin embargo, cuando la férrea planta de Napoleón pisoteó los viñedos y los campos de trigo, sus labios permanecieron silenciosos. “¿Cómo pueden escribirse cantos de odio sin odiar?”, decía él a Eckermann, “y ¿cómo podría yo odiar a una de las naciones más cultas de la Tierra a la que debo una parte tan grande de mi cultura?”. Esta nota que Goethe fue el primero en hacer resonar en el mundo será el punto de partida, espero yo, del internacionalismo futuro. La Crítica aniquilará los prejuicios raciales, insistiendo sobre la unidad del espíritu humano en la variedad de sus formas. Cuando sintamos la tentación de guerrear con otra nación nos recordaremos que eso significaría querer destruir un elemento de nuestra propia cultura, quizá el principal.