martes, 26 de enero de 2021

Que todo siga latiendo, Miguel Ángel Hernández por calledelorco

 






Por la tarde comienzas a leer el libro de Mieke Bal sobre la relación entre Munch y Flaubert. Conforma avanzas te das cuenta de la sabiduría y la destreza de Mieke. Cada párrafo es una declaración metodológica. La pintura de Munch crea un personaje, Edvard. La literatura de Flaubert, otro, Emma. Los personajes tienen vida. Son actores en un marco de representación. La literatura y la pintura de estos autores es "cinemática". Se mueve. En todos los sentidos. Y, moviéndose, logra conmover. El arte, para Mieke, en realidad, por encima de cualquier otra cosa, es movimiento. Pensar es también poner las cosas movimiento. Actuar es mover el mundo. Vivir es moverse hacia delante. Subrayas esa idea. Y la comparas con todo lo que sientes ahora: el pasado, aún ahí, la felicidad del aire que una vez respiramos; el futuro, incierto, imposible. Sólo hay presente. Y para que ese presente esté vivo debe moverse, latir. Es difícil, pero es lo único que tienes: que todo sigue latiendo.

Miguel Ángel Hernández
Aquí y ahora. Diario de escritura
Editorial: Fórcola






domingo, 24 de enero de 2021

Caída y lapso David García Casado


Publicado el 2021-01-24

Lo irrevocable no es, pues, en modo alguno, o no solamente, el hecho de que lo que ha tenido lugar ha tenido lugar por siempre jamás: es, quizás, el recurso —ciertamente, extraño— que utiliza el pasado para advertirnos (con cuidado) que está vacío y que el vencimiento —la caída infinita, frágil— que designa, ese pozo infinitamente profundo en el que, de haberlos, los acontecimientos caerían uno tras otro, no significa más que el vacío del pozo, la profundidad de lo que carece de fondo. Es irrevocable, indeleble, sí: imborrable, pero porque nada está inscrito en él.

Maurice Blanchot, El Paso (no) más allá. 


La caída es inevitable e imparable, estamos siendo arrojados al (a lo) vacío lentamente hasta que nuestras células se fundan por completo con el resto de partículas del universo —hasta ser menos que polvo, la infinitesimal cualidad de lo invisible. Nuestro destino es invisible, ser pura ausencia, ser en off, una presencia que es, en sí, fuga.

La caída parece darse siempre desde algún lugar, pero si de donde caemos fuera desde el propio suelo que ahora pisamos entonces estaríamos cayendo sin cesar hacia el propio lugar que habitamos, sin habitarlo en realidad - simplemente cayendo en él.

Hay en nuestra lengua una cierta obsesión con la razón o la causa de una caída, como si un momento determinado fuera el motivo de nuestra zozobra, el accidente, el desencadenante del desastre, de lo irrevocable, lo irreparable.

El uso reflexivo en español del verbo caer (“caerse”) parece reforzar esta idea. María Moliner (1) nos recuerda que “se emplea exclusivamente la forma «caerse» cuando se piensa especialmente en el momento, la causa o el lugar del desprendimiento, o la caída es brusca o instantánea”. También el dativo: “Se me cayó”, es una manifestación por excelencia de lo accidental.  El verbo “acaecer”, suceder (hacerse realidad), comparte etimología con “accidente”, una realidad que es irrevocable, un momento puramente desplegado a partir del cual ya no se puede volver atrás.

Pero no solo el accidente —el desastre (2)— es irrevocable. La caída es en sí también absolutamente irrevocable porque, si fuera posible lo contrario, estaríamos no obstante cayendo hacia el momento en el que aquella empezó; y —más allá de la supuesta genealogía judeocristiana de la caída, del Génesis, como momento cero, principio de nuestro destino irrevocable (3)— es esta una búsqueda fútil, proyectada al infinito. 

Afectados por un profundo horror vacui, en la búsqueda imposible del origen de la caída, aboliríamos el tiempo, haciendo de éste una noción completamente absurda, sin referencia, pues no habría forma objetiva de determinar el primer momento de nuestro vuelco. Sin ese momento no sería posible medir el transcurso de nuestro desprendimiento, no se daría un instante tras otro (medida del tiempo) sino un acaecer en presente. 

Según Blanchot: “del tiempo sólo quedaría, entonces, esa línea que hay que franquear, ya siempre franqueada, infranqueable no obstante y, con respecto a «mí», no situable. La imposibilidad de situar dicha línea: quizás eso es lo único que denominaríamos el «presente».”(4)

Lapso/Lapsus

Lapso. Préstamo (s. XVI) del latín lapsus ‘deslizamiento, caída’, ‘acto de correr o deslizarse’, derivado de labi ‘deslizarse, caer’. Del mismo origen que lapsus (V.), se ha especializado aplicándose al tiempo (lapsus temporis ‘paso del tiempo’).(5)

¿Sería posible un “ser en lapso”, permanecer en un intervalo esencialmente vacío en el que la línea del presente no pueda ser nunca fijada? ¿Podríamos abolir así el espacio y el tiempo, poseer una conciencia que habitara en ese estado de incertidumbre del acaecer, en un devenir como caída hacia nosotros mismos? Tal devenir partiría de asumir el deslizamiento, un reconocimiento de lo inevitable de la caída en la que los signos no se usarían más como unidades estables con permanencia para fijar posiciones de la conciencia sino más bien como fogonazos, la emisión sensible de nuestra experiencia de la caída(6).

La interpretación o lectura de los signos no conllevaría una búsqueda de reconocimiento de sentido sino la pura observación del índice de nuestra relación con la caída: si nos queremos aferrar a una idea del presente con una consciencia que busca reconocerse como forma separada —ser algo que cae hacia algún lugar y en algún tiempo único, estable— o si nos entregamos plenamente a la caída, a nuestra permanente e inevitable zozobra, si nos entregamos a la impermanencia. 

Jacques Derrida nos recuerda que “la ausencia y el signo [...] están pensados como los accidentes y no como la condición de la presencia deseada. El signo siempre es el signo de la caída.” (7)

El llamado “lapsus” del lenguaje en cualquiera de sus variantes, el verbal lapsus linguae, el escritural lapsus calami, el mental lapsus memoriae... revelan a menudo ese deslizamiento, el tirón de la consciencia por la que, al no acertar a decir lo que se pretende, se manifiesta indirectamente que hay un quiebre entre materia y espíritu; que mientras una se revela –en el impacto material de lo real– , el otro permanece en suspensión –en caída– en algún lugar al que no se nos permite acceder salvo en determinadas circunstancias en las que nuestro sentido del yo pierde fuerza (como en el sueño, en ejercicios de automatismo, en estados de vigilia prolongada y en ciertos ejercicios de meditación, etc). 

Aunque la promesa de tales estados de conciencia alterada sea atractiva, no deja de ser por otro lado una forma de huida de nosotros mismos, “la muerte fuera de la muerte”(8). Regodeándonos en la caída y negando la posibilidad del accidente estaríamos instalados en un limbo, eliminando el lapso, la posibilidad de un espacio para lo accidental, para fijar un presente cualsea, fallando en reconocer el magnetismo de lo material, nuestro instinto de tocar el suelo, de frenar la caída bajo nuestra inscripción en el territorio de lo común donde los signos se comparten y se intercambian, donde la caída se hace múltiple.(9) 

Parece entonces que el único modo de evitar este dualismo (materia/espíritu, caída/colisión) sería el de ser conscientes de lo ilusorio de cualquier permanencia de los signos y también de lo imposible  de negar nuestra pulsión hacia ellos, su colisión/inscripción en el terreno compartido de la multitud, de lo humano. 

Por otro lado, habría de abandonarse la idea de una liberación basada en la pretensión de instalarnos en una forma abstracta de espiritualidad que quiera evitar a toda costa la aparatosa y calamitosa relación con los signos. Nuestra única posibilidad de establecer un devenir que no escamotee el presente  —cualsea— parece encontrarse en el simple atestiguar la caída, permaneciendo en ella con una disposición de apertura hacia los signos que con nosotros caen.

And if I wish to stop it all.

And if I wish to comfort the fall

it’s just wishful thinking. (10)

———————-

[1] María Moliner, Diccionario de uso del español.

[2] Maurice Blanchot, La escritura del desastre.

[3 La “caída” de Adán y Eva.  

[4] Maurice Blanchot, El Paso (no) más allá.  

5] Definitions from Oxford Languages

[6] Lo que llamamos “arte”.  

[7] Jacques Derrida, De la gramatología.

[8]   Maurice Blanchot, La escritura del desastre.  

[9] “Siempre caen varios, caída múltiple, cada cual se sujeta a otro que es uno mismo”. Maurice Blanchot, La escritura del desastre.  

[10] Y Si deseara pararlo todo, si deseara acomodar la caída, es tan solo una ilusión. China Crisis, “Wishful thinking”, del álbum Working with Fire and Steel – Possible Pop Songs, vol. II, 1983.

lunes, 11 de enero de 2021

La forma moderna del diario del escritor, Susan Sontag

 






por calledelorco

La forma moderna del diario del escritor muestra una curiosa evolución cuando examinamos algunos de sus principales ejemplos: Stendhal, Baudelaire, Gide, Kafka, y ahora Pavese. La desinhibida exhibición de egotismo corresponde a la búsqueda heroica de la anulación del yo. Pavese no tiene nada del sentido protestante de la propia vida como obra de arte que posee Gide, ni su respeto por la ambición personal, ni su confianza en sus sentimientos, ni su amor por sí mismo. Tampoco tiene el compromiso sin simulaciones de Kafka con su propia angustia. Pavese, que con tanta libertad usó el yo en sus novelas, suele hablar de sí mismo, en su diario, en segunda persona. No se describe a sí mismo, sino que se dirige a sí mismo. Es el espectador irónico, exhortador y reprochador de sí mismo. La consecuencia final de una concepción del yo así apuntalada no podía, al parecer, ser otra que el suicidio.

Susan Sontag
"El artista como sufridor ejemplar"
Contra la interpretación






jueves, 7 de enero de 2021

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

 



por calledelorco




ENTREVISTADOR: Pero ¿por qué eligió la farsa como forma para una novela que no está concebido como mero entretenimiento?

KUNDERA: ¡Sí es entretenimiento! Nunca he entendido el desprecio de los franceses al entretenimiento, no entiendo por qué se avergüenzan de la palabra divertissement. Los franceses corren menos el riesgo de sucumbir al kitsch, esa forma meliflua y mentirosa de embellecer las cosas, la luz rosa que baña hasta las obras modernistas, como la poesía de Éluard o El baile, la última película de Ettore Scola, cuyo subtítulo podría haber sido: "historia francesa en clave kitsch". El kitsch es la auténtica plaga estética, no el entretenimiento. La gran novela europea empezó como forma de entretenimiento, y todo novelista de verdad siente nostalgia por ella. De hecho, los temas de esos artefactos de entretenimiento son muy serios. ¡Piense en Cervantes! La pregunta que plantea La despedida es si el ser humano es digno de habitar la Tierra. ¿No habría que "liberar el planeta de las garras del hombre"? Mi gran ambición ha si siempre unir la suma gravedad de las grandes preguntas con la suma liviandad de la forma. Y no es una ambición meramente artística. La combinación de un tema serio y una forma frívola desenmascara al instante la verdad de nuestros dramas —tanto aquellos que tienen lugar en nuestros dormitorios como los que interpretamos en el gran escenario de la historia— y su clamorosa insignificancia. Experimentamos, así, la insoportable levedad del ser.

ENTREVISTADOR: ¿Quiere decir que también habría podido utilizar el título de su última novela para La despedida?

KUNDERA: Todas mis novelas podrían titularse La insoportable levedad del serLa bromaEl libro de los amores ridículos. Los títulos son intercambiables, reflejan el escaso número de temas que me obsesionan, me definen y, por desgracia, me limitan. Más allá de esos temas, no tengo nada más que decir o escribir.

Milan Kundera
Entrevistado por Christian Salmon (1984)
"The Paris Review"





miércoles, 30 de diciembre de 2020

Vivir enemistada con la irrealidad, Virginia Woolf

 






por calledelorco

¿Qué se entiende por «realidad»? La realidad parece ser algo muy caprichoso, muy indigno de confianza: ora se la encuentra en una carretera polvorienta, ora en la calle en un trozo de periódico, ora en un narciso abierto al sol. Ilumina a un grupo en una habitación y señala a unas palabras casuales. Le sobrecoge a uno cuando vuelve andando a casa bajo las estrellas y hace que el mundo silencioso parezca más real que el de la palabra. Y ahí está de nuevo en un ómnibus en medio del tumulto de Piccadilly. A veces, también, parece habitar formas demasiado distantes de nosotros para que podamos discernir su naturaleza. Pero da a cuanto toca fijeza y permanencia. Esto es lo que queda cuando se ha echado en el seto la piel del día; es lo que queda del pasado y de nuestros amores y odios. Ahora bien, el escritor, creo yo, tiene más oportunidad que la demás gente de vivir en presencia de esta realidad. A él le corresponde encontrarla, recogerla y comunicárnosla al resto de la Humanidad. Esto es, en todo caso, lo que infiero al leer El Rey LearEmma o En busca del tiempo perdido. Porque la lectura de estos libros parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas; después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado del velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa. Éstas son las personas envidiables que viven enemistadas con la irrealidad; y éstas son las personas dignas de compasión, que son golpeadas en la cabeza por lo que es hecho con ignorancia o despreocupación. De modo que cuando os pido que ganéis dinero y tengáis una habitación propia, os pido que viváis en presencia de la realidad, que llevéis una vida, al parecer, estimulante, os sea o no os sea posible comunicarla.

Virginia Woolf
Una habitación propia






domingo, 13 de diciembre de 2020

Sans Soleil: La reconstrucción de la nada


Carlos A. Aguilera

Publicado el 2020-12-13

Si el cine es un todo ―tal y como afirman a menudo los cineastas, mostrando cómo la máquina imagen, la máquina música, la máquina historia y la máquina movimiento construyen un lugar para muchos único―, el relato “desclasificado” de una película sería la puesta en escena de una jurídica bizca, el lugar donde “aquello que ha sido visto” vuelve a ser dirimido, performance que a la vez que con la memoria tiene que ver con lo transficcional.

Algo de esto es lo que sucede con Sans Soleil (2020), el libro de Chris Marker traducido por Patricio Gringberg y con prólogo del cineasta y ensayista Isaki Lacuesta en Kriller 71, una de las editoriales alternativas de Barcelona.

Y no solo lo digo por la obviedad: cine y libro se proyectan siempre hacia horizontes distintos (habría que estudiar mejor hasta qué punto ambos son diferentes y qué subjetividad reconstruye al final cada uno), sino por algo que por regla general no tenemos en cuenta, el libro, su(s) relato(s), es el Nichtsein escéptico del filme, ese que lo arrastra hacia ninguna zona, más que para negar lo que en esencia el cine es ―eso que Deleuze en ochocientas páginas resume en imagen-movimiento e imagen-tiempo―, para refundarlo, ofrecerlo como el espéculo de lo que sobrevive fuera del encanto tecnológico mismo.

Dónde están en este libro esas apariciones, esos sensorios por donde a la vez atraviesan niños islandeses, tacitas de sake extraídas de los mercados de Tokio, estatuas del bigotudo georgiano destruidas en África, retratos de Amílcar Cabral antes de caer asesinado por los miembros de su propio partido o la música de Mussorgsky (inaudible en todo el film, por cierto); dónde ese edificio Espiral, “que cambia de forma en cada una de sus plantas”, e Isaki Lacuesta en su prólogo compara con esos territorios que el montaje de Marker hace observar tan bien ―y en loop― en cada uno de sus documentales. 

¿No es precisamente esa trenza ―así denomina Lacuesta a este tipo de montaje―, una de las marcas de origen del universo Marker, una de esas singularidades que lo mismo lo emparentan con el metabolismo japonés (vanguardia arquitectónica japonesa), que con el vértigo que producen en muchas personas los videojuegos?

Marker nunca daba sus películas por terminadas, sino que las seguía corrigiendo y remontando, constantemente vivas, a medida que el tiempo afinaba su pensamiento y evidenciaba lo que él consideraba errores: es el caso de Le train en marche (1973), película que desaparecería porque consideró que algunos de sus planteamientos políticos estaban equivocados, hasta disolverse, corregida y remontada, en El último bolchevique (1992).(1)

[Película esta última, por cierto, que rescata a Aleksandr Ivanovich Medvedkin, creador del cine-tren en 1932, quien murió creyendo que la perestroika era la fase final y sublime del comunismo soviético].

¿No hay una ironía extrema entre esa recuperación del fantasma de un cineasta y la recuperación del phantasma de un relato que transgrede las posibilidades-cine para convertirse en un género imposible, a medias siempre entre el diario, los apuntes de postales, la caligrafía etnográfica, la hagiografía y el poema en prosa?

Si algo disfruto precisamente de Sans Soleil, el libro, es su movimiento entre varios géneros, creando a veces un tono único, mezcla de todas esas escrituras que mencionaba antes, como si de ese totum revolutum pudiera emerger una dinámica nueva. Y a veces, su pausa, como cuando el ojo etnográfico empieza a describir todos los dispositivos que entrecruzan a un individuo o comunidad. 

Hayao Yamaneko inventa juegos de videojuegos con su máquina. Para complacerme incluyó mis animales preferidos, el gato y la lechuza. Sostiene que la memoria electrónica es la única que puede procesar los sentimientos, la memoria y la imaginación. El Arsenio Lupin de Mizoguchi, por ejemplo, o el no menos imaginario Burakumin. ¿Cómo intentar representar una categoría de japonés que no existe? Sí, allá están, los he visto en Osaka vivir al día y dormir en el suelo. Dedicados, desde la Edad Media, a tareas sucias e ingratas, pero desde la era Meiji nada los distingue oficialmente y su verdadero nombre, los etas, es impronunciable, una palabra tabú. Son las no-personas. ¿Cómo mostrarlos sino bajo la forma de las no-imágenes? (2)

No imágenes que in extremis representan un no tiempo. 

Un no tiempo kitsch, ya que tienen que situarse en el pasado no solo para convertirse en algo creíble (aunque en verdad esto es lo que menos importa), sino para multiplicar todas esas voces y visiones e historias que se acoplan a las supuestas cartas que Sandor Krasna ―camarógrafo de profesión― le va enviando a esa voz femenina que en la película no aparece siquiera prefigurada con la imagen de una boca o cuerpo y, en el libro, adquiere una territorialidad escatológica, por insertarse en un presente que habla todo el tiempo desde el pasado, desde ese “ahí” que tanto para esa voz como para nosotros solo puede ser escuchada en y desde el futuro.

¿No es el futuro ―el ontológico a la vez que el político― lo primero que desaparece cuando uno pierde la memoria, ese futuro siempre comatoso que representamos a partir de la vanidad o las fracturas que vamos transitando en nuestra vida? 

Un ejemplo de esto sería el cansancio. No ese personal, producto del trabajo físico o vinculado a la fatiga. 

No. 

Sans soleil ―pudiera escribirse― es una reflexión sobre el cansancio de la historia. Sobre el cansancio de repetir y repetir la y las mismas historias.

Sus fisuras.

Y no solo lo digo porque Krasna en ese nerviosismo del diario narre eventos que al final van a tener réplicas parecidas en otros lugares u otro tiempo, sino porque sus propias observaciones (a veces con cierto tono que recuerdan al mejor Handke, el del Ensayo sobre el Juke-box o El chino del dolor) están construidas por el cansancio mismo, por esa fascinación que produce estar narrando algo que es la repetición de una alteridad que al final también señala a otra repetición, como si nada al final acabara, como si el tiempo ―líquido, apuntaba acertadamente Bauman― más que fluido fuera fango, un estanque del que solo sería posible salir arrastrando nuestra propia muerte.

O mejor, convertido en un Takenoko, esos “bebés marcianos” que habitan en su propio mundo y danzan los domingos totalmente abstraídos en Japón.

¿Vendría a ser Marker (quien era famoso, entre otras cosas, por su reticencia a expresarse en público) y las intensidades que cruzan sobre su texto, takenokos que han decidido mutar a una suerte de nebulosa transficcional para al final convertirse en otra cosa?(3)

Pienso que sí, e imagino a Marker danzando a la manera de estos “marcianos” japoneses hasta caer fatigado dentro de una de sus películas; una que hablase sobre Japón, además de para devorarla, para convertirla en una pantalla donde siempre se pudiera escribir y tachar y dibujar encima de ella.

Algo así como:

―Me decía…

―Le gustó…

―Un día me escribió…

―He visto…

Fórmulas todas, que compactan este libro no solo en secuencias que tienen que ver con la memoria y la manera en que la articulamos, sino con su trauma, ese que hace que observemos más una cosa que otra, o que leamos de manera grave algo que para muchos pasa desapercibido.

Trauma que es en muchos casos el que rige el dispositivo escritura, el que lo direcciona, ya que la falla ―como sabía el gran Lacan― es el que le da espesor a todo eso que concebimos alrededor nuestro, tanto en su forma experiencia (y qué sería de la experiencia sin su propio punto de terror) como en su forma ficción.

Forma que como decía antes no solo se vincula a un tiempo kitsch y a un no género definido ―arquetipos todos de ese tipo de escritura que rompe la arché tradicional del texto y desarticula la ideología mediocre del mercado―, sino a la ligereza, a ese espacio donde lo liviano (la levedad, la velocidad, lo ligero) es sinónimo de guerra contra el sentido, contra todo eso que necesita operar detrás de la teleología o de aquella metafísica que al final termina convirtiendo todo en misterio.

Sans soleil, el texto, es precisamente la anulación de todo misterio, de toda mística o Ser, y por eso no solo puede leerse como un poema o diario, sino también como nada.

Una nada que al final es solo eros.

Eros, apuntes y fetiches de viajes.



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(1) Marker, Chris (2020). Sans soleil, Barcelona: Kriller 71, Col. Mula plateada, pp. 42-43.

(2) Ídem, p. 91.

(3)  “Para los Takenoko, veinte años es la edad de la jubilación. Son bebés marcianos. Todos los domingos voy a verlos bailar al parque de Yoyogi. Intentan hacerse ver, pero no parecen sentirse observados. Viven en un tiempo paralelo, detrás de la pared invisible de un acuario que los separa de la multitud que se acerca. Y yo puedo pasar toda la tarde entera mirando a la pequeña Takenoko que aprende, sin duda por primera vez, las costumbres de su planeta. // Aparte de eso, tienen placas de identificación. Funcionan a golpe de silbato, la mafia les explota y, con la excepción de un solo grupo compuesto de chicas, siempre el que los dirige es un chico” (ídem, p. 87).

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Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Escritor. En 1995 ganó el Premio David de poesía, en La Habana, en 2007 la Beca ICORN de la Feria del libro de Frankfurt, y en 2015 la Cintas en Miami. Sus últimos libros publicados son: Clausewitz y yo (nouvelle, 2020), Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (monografía arte, 2020), Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo xxi (antología, 2020), Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (ensayo, 2019) y Luis Cruz Azaceta. No exit (monografía arte, 2016). Codirigió la revista Diáspora(s) entre 1997 y 2002. Coordina en Rialta la colección FluXus dedicada a la imagen. Reside en Praga.