Con Madame Charlotte Dufrène, Roussel, cuando tenía más de cuarenta años, solía frecuentar el teatro del Petit-Monde; pero, como sentía cierta vergüenza, llevaba consigo a una niña para hacer creer que la acompañaba, cuando en realidad era al revés. Roussel adoraba los espectáculos, las fantasmagorías, las ilusiones, las pequeñas comedias, los papeles dorados, las fiestas de cartón. No se trataba, en su caso, de aquellas alegrías feriantes, de esos payasos tristes y asexuados que en su época fascinaban a Max Jacob o a Picasso, sino de festividades más concertadas, más relojeras, más inquietantes. Todas, o casi todas, las obras de Roussel son fiestas, fiestas silenciosas como pesadillas o jardines, fiestas ingenuas y obstinadamente mortíferas. Podemos considerar la obra de Roussel como uno de esos jardines extraños y tramposos que se diseñaban en los siglos XVI y XVII, jardines donde la naturaleza se imita a sí misma, entrelazada por completo con artificios, minada por un sosiego aterrador, poblada de figuras a la vez inofensivas y espeluznantes, de trampantojos y trampasones, de realidades que fingen ser meras apariencias, de paisajes que imitan decorados, de estatuas móviles, de animales petrificados. Michel Foucault |
lunes, 24 de febrero de 2025
Las obras de Roussel son fiestas silenciosas, Michel Foucault
jueves, 20 de febrero de 2025
Leía desde la urgencia y el miedo, Herta Müller
A lo largo de los años, leí tres tipos de cosas. Primero, lo que aparecía en los libros de texto y constituía lectura obligada en la carrera, textos que a mí personalmente no podían decirme nada. Por el hecho de ser lecturas obligatorias ya despertaban mi rechazo. Para conseguir respirar en aquel mundo, a lo que recurrías era a aquellos textos que no existían o que estaban prohibidos. Visto desde la perspectiva de hoy, sí que se puede trazar una línea para llegar —con un amplio rodeo— desde las baladas de Goethe y Schiller o los poemas de Heinrich Heine, que constituyen el canon de los estudios de Filología Alemana, hasta uno mismo, para que te digan algo. Pero para que esos dos puntos se unan y, además, salvando una distancia de cien años o más, los textos tienen que experimentar una transformación. A su vez, para que eso pueda darse, uno mismo tiene que estar en disposición de recibir, necesita espacio en la cabeza. Y yo no lo tenía. Quería algo directo, libros que le mirasen al tiempo en que yo vivía a los ojos. No de manera explícita, evidente, pero sí implícita. Leía desde la urgencia en la que te ponen los miedos, desde una mezcla de miedo a la vida y miedo a la muerte. Los servicios secretos entraban y salían de tu casa, cuando estabas fuera. Si querían que te dieras cuenta, dejaban sillas cambiadas de posición. Te ponías a comer y pensabas si la comida no estaría envenenada. Cuando, ya muy tarde por la noche, sonaba el ascensor, aguzabas el oído, no fuera a pararse en el quinto, en tu piso; no fueran a oírse pasos hacia la puerta. Te preguntabas si venían a buscarte o si tal vez no lo harían hasta el día siguiente, a plena luz del día. Y luego no es para tanto, luego solo te han citado para un interrogatorio, puedes ir al interrogatorio sola, cruzando el parque, de camino incluso puedes contrarrestar el miedo recitando poemas en voz alta al compás de tus pasos. Y cuando el ascensor, gracias a Dios, no se paraba en tu piso, podías seguir en tu casa y ponerte a leer un libro. Y la lectura iba desde las manos hacia la boca; yo leía como si me comiera las frases. A eso se le puede llamar cebarse de miedo. Cuando uno lee así, no adquiere ninguna formación, porque la formación es algo que se construye poco a poco. La formación es un depósito de conocimientos, porque cada cosa enlaza con la anterior. Yo leía despavorida, en una mezcla enloquecida de parar en seco y huir a toda prisa. Para cuando leía un libro, el anterior ya se había consumido por completo y sin dejar rastro en mi cabeza ni en mi estado mental. Leía por motivos que no tenían nada que ver con la literatura. Mientras leía, veía un poquito mejor cómo era posible vivir. En cuanto dejaba de leer, se me había olvidado. Al día siguiente, estaba de nuevo a cero. Los contenidos de los libros se me han olvidado en su mayoría. Lo que sí me quedaba, de quedárseme algo, era la indefensión ante la densidad de un texto. Eso sí es algo que me habla de una forma muy distinta a las palabras. Tampoco aprendí en absoluto cómo es eso de vivir, ni cómo es eso de leer, ni menos todavía cómo es eso de escribir. En mi caso, en lugar de “leer” —lesen—, se podría poner siempre leben, que es “vivir”; al fin y al cabo, solo hay que cambiar una letra. Del mismo modo que de schreien —gritar— a schreiben —escribir— también basta con añadir una letra. Herta Müller |
Mi único y constante consuelo, Charles Dickens De calledelorco en febrero 17, 2025
El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses o más fue que me volví gruñón, sombrío y taciturno. Influía mucho en ello el hecho de que cada vez trataban de separarme más y más de mi madre. Estoy seguro de que me habría embrutecido por completo a no ser por una circunstancia. Voy a relatarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo al lado de la mía, y en la que nadie se acordaba de entrar, había dejado mi padre una pequeña colección de libros. De aquella bendita habitación salieron, como una gloriosa hueste, para servirme de compañía, Roderick Random, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza sobre algo mejor que aquella vida que llevaba. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño, pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no llegaba a entenderlo todavía. Ahora me sorprende cómo hallaba tiempo en medio de mis sombrías preocupaciones para leer aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de esos libros y al poner al señor Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos. Al menos, durante una semana, fui Tom Jones, un Tom Jones infantil, inocente e ingenuo. Durante más de un mes estuve totalmente convencido de que era Roderick Random; lo creía por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no recuerdo ahora cuáles) que había en aquella pequeña biblioteca, y, durante días y días, recuerdo haber recorrido mis dominios armado con un trozo de horma de zapato, creyéndome la más perfecta encarnación del capitán X, de la Real Marina inglesa, en peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a vender muy cara su vida. El capitán nunca perdía su dignidad, aunque recibiese bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas de todas las lenguas, ya fuesen muertas o vivas. Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello, aparece siempre en mi mente una tarde de verano; los chicos jugaban en el cementerio y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio se asociaban en mi espíritu con aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion presidía un club con mister Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea. Charles Dickens |
viernes, 7 de febrero de 2025
Decidimos abandonar todos los idiomas, Jonas Mekas De calledelorco en febrero 7, 2025
Ha llegado el momento de contarles algo sobre mí. Una mini biografía relacionada con el lenguaje. Crecí en una pequeña aldea campesina en Lituania, en una zona que hablaba su propio dialecto. Solíamos reírnos del idioma oficial lituano y bromear al respecto. Luego ingresé en la escuela primaria y tuve que aprender el idioma oficial lituano. Luego, en la secundaria, comencé a aprender latín y francés. Tuve dos años de cada idioma. Cuando llegaron los soviéticos en 1940, declararon que el francés y el latín no eran aceptados. En cambio, impusieron el idioma ruso. Entonces comencé a aprender ruso. Dos años de estudios. Cuando llegaron los nazis en 1942, anunciaron que el ruso ya no era aceptable, solo el alemán. A partir de allí estudié alemán durante dos años más. Entonces sucedió que terminé en un campo de prisioneros de guerra en Hamburgo, Alemania, junto a italianos y franceses. Pensé, “ah, ahora que estoy en Alemania podré perfeccionar mi alemán”. Pero al poco tiempo descubrí que estaba en una zona de Alemania donde se hablaba un dialecto especial llamado plattdeutsch, difícil de comprender incluso para el resto de la población alemana. Entonces pensé que como vivía con italianos, mejor aprender ese idioma. Aun- que unos meses más tarde comprendí que lo que estaba aprendiendo era en realidad el italiano hablado por los gitanos de Sicilia y que mis otros amigos italianos no lo entendían en lo absoluto. Al poco tiempo, la guerra terminó y llegaron los estadounidenses, por lo que todos comenzamos a aprender inglés. Pero para ese momento había llegado un punto en el que sabía varios idiomas, pero los hablaba todos mal. Fue entonces que con mi hermano llegamos a una conclusión brillante: debíamos aprender el lenguaje del cine, un idioma que todo el mundo comprendía. Arribamos a Nueva York y conseguimos una cámara Bolex para empezar a filmar. Nos rodeamos de gente joven que también hacía películas y les mostramos nuestras filmaciones a personas más experimentadas que por lo general miraban nuestras películas y luego sacudían la cabeza diciendo: “No entendemos lo que estamos viendo. ¿Qué es esto? Esto no es cine. Vamos mucho al cine y sabemos lo que es el cine y esto no se parece en absoluto”. Aquello nos devastó: ¡habíamos aprendido el lenguaje del cine incorrecto! El lenguaje de la vanguardia, de la poesía. En ese momento decidimos abandonar todos los idiomas, incluido el del cine, y hacer lo que quisiéramos aun cuando nadie, salvo nuestros amigos, nos comprendiera. Igual que en nuestra aldea. Jonas Mekas |
martes, 4 de febrero de 2025
Un don suntuoso de la fortuna, Paul Valéry De calledelorco en febrero 3, 2025
No quedaba, en suma, más que una certeza, una sola; al menos, así aparecía para seres como yo. Pero no estaba solo. Solo quedaba una cosa verdaderamente intangible, algo contra lo cual ninguna objeción podía sostenerse: era la impresión que nos producía la naturaleza o las obras de arte; en definitiva, la impresión de naturaleza estética, si se quiere. La impresión de belleza—empleemos el término tal cual—era para nosotros algo que nada podía derribar: era una certeza absoluta. Si una obra me gusta, si un espectáculo, un paisaje, un ser cualquiera me provoca un efecto de una cierta índole, que no apela a ninguna teoría, que no requiere dialéctica alguna, que se impone por sí mismo, que me colma, que se hace desear por sí mismo y que, además de hacerse desear, abre en mí, despierta en mí un nuevo apetito: el de hacer algo en esa misma dirección… Paul Valéry, *** En tanto que nuestro goce o nuestra alegría es fuerte, fuerte como un hecho, la existencia y la formación del medio, de la obra generadora, de nuestra sensación, nos parecen accidentales. Esta existencia se nos presenta como el efecto de un azar extraordinario, de un don suntuoso de la fortuna, y es en lo que (no olvidemos fijarnos en ello) se descubre una analogía particular entre este efecto de una obra de arte y el de ciertos aspectos de la naturaleza: accidente geológico, o combinaciones pasajeras de luz y de vapor en el cielo de la tarde”. Paul Valéry |
lunes, 27 de enero de 2025
Cosas que me gustan, Susan Sontag
Cosas que me gustan: los incendios, Venecia, el tequila, las puestas de sol, los bebés, las películas mudas, las alturas, la sal gruesa, los sombreros de copa, los perros de pelo largo, las maquetas de barcos, la canela, los edredones de plumas, los relojes de bolsillo, el olor a hierba recién cortada, el lino, Bach, los muebles Luis XIII, el sushi, los microscopios, las habitaciones amplias, ups, las botas, el agua potable, los dulces de azúcar de arce. Cosas que me desagradan: dormir sola en un apartamento, el frío, las parejas, los partidos de futbol americano, la natación, las anchoas, los bigotes, los gatos, los paraguas, ser fotografiada, el sabor del regaliz, lavarme el pelo (o que me lo laven), usar un reloj de pulsera, dar una conferencia, los puros, escribir cartas, ducharme, Robert Frost, la comida alemana. Cosas que me gustan: el marfil, los jerséis, los dibujos arquitectónicos, orinar, la pizza (el pan romano), hospedarme en hoteles, los clips, el color azul, los cinturones de cuero, hacer listas, los coches cama, pagar las facturas, las cuevas, ver patinaje sobre hielo, hacer preguntas, tomar taxis, el arte de Benín, las manzanas verdes, el mobiliario de oficina, los judíos, los eucaliptos, los cortaplumas, los aforismos, las manos. Cosas que me desagradan: la televisión, los frijoles, los hombres velludos, los libros de bolsillo, estar de pie, los juegos de cartas, los apartamentos sucios o desordenados, las almohadas bajas, estar al sol, Ezra Pound, las pecas, la violencia en las películas, que me pongan gotas en los ojos, el pastel de carne, las uñas pintadas, el suicidio, lamer sobres, el ketchup, las traversins [almohadas cilíndricas], las gotas para la nariz, la Coca-Cola, los alcohólicos, hacer fotografías. Cosas que me gustan: los tambores, los claveles, los calcetines, los guisantes crudos, masticar caña de azúcar, los puentes, Durero, las escaleras mecánicas, el calor, el esturión, las personas altas, los postres, las paredes blancas, los caballos, las máquinas de escribir eléctricas, las cerezas, los muebles de mimbre / de ratán, sentarme con las piernas cruzadas, las rayas, los ventanales, el eneldo fresco, leer en voz alta, ir a las librerías, las habitaciones poco amuebladas, bailar, Ariadne auf Naxos. Susan Sontag |