viernes, 7 de septiembre de 2018

Rainer Maria Rilke Los apuntes de Malte Laurids Brigge





¡Los versos significan tan poco cuando se han escrito joven! Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas.
Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un sólo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana.
Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; en los padres a los que se mortificaba cuando traían una alegría que no se comprendía (era una alegría hecha para otro); en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y graves transformaciones; en días pasados en las habitaciones tranquilas y recogidas, en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas -y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto-.
Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra; de gritos de parturientas, y de leves, blancas, durmientes paridas, que se cierran. Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes.
Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.




martes, 4 de septiembre de 2018

Texto de Luis Francisco Pérez







Desde que se publicó en Francia a principios de los 70 hay un consenso general en afirmar que los recuerdos de Céleste Albaret es la mejor (por sincera y honesta) información posible sobre los últimos nueve años de vida de Marcel Proust. La que fue primero contratada como criada, para posteriormente ser mensajera, ama de llaves, confidente, amiga y por último insustituible enfermera, consigue una estampa del escritor de tal grado de intimidad como no lo han logrado ninguna de las muchas biografías que existen sobre su vida y obra (yo he leído la monumental, y muy buena, de Ghislain de Diesbach que editó Anagrama) del autor de "En busca del tiempo perdido". Es increíble la información que esta mujer -culta, inteligente, sensible y sobre todo respetuosa- ofrece sobre el que era su adorado y admirado señor. Por supuesto, se llevarán una gran decepción quienes busquen en estos recuerdos infidelidades de criada contando maldades y "cochonneries" de su jefe. Para nada, pues cuando cita a conocidos amantes de Proust, como el compositor Reynaldo Hahn, son siempre "queridos amigos del señor". Y ahí se acaba la indiscrección. Eso sí, posee una forma de recordar que yo calificaría de "proustiana", pues basta con conocer la detalladísima y demorada toilette diaria del escritor para percatarse que vivir con un ser tan obsesivo y maniático no debía de ser nada fácil. Y quien dice aseo matinal dice la forma exacta de ser llevado el desayuno (croissant no magdalenas), o la temperatura exacta del agua para el café, o la inamovible forma de poner las almohadas para mitigar los efectos del asma que padecía, o la posición de las luces en su dormitorio (el piso del 102 del Boulevard Haussmann debía de ser enorme, porque los techos medían más de cuatro metros y cada habitación de las muchas que había tenía una imponente chimenea de alabastro, y en ese exceso burgués de metros habitables solo vivían dos personas), o los imprevistos caprichos a cualquier hora de la noche (dormía por el día), o los preparativos cuando "recibía" (nunca más de una persona a la vez), o cuando salía (al final casi nunca) para asistir a alguna cena o fiesta de entre las ofrecidas por las muchas marquesas y condes que conocía y era amigo. Lo fantástico de este libro es que se lee con auténtico fervor, entre asombrado y maravillado de las cosas (inauditamente domésticas) que cuenta Céleste (murió en 1984 con más de noventa años) de una persona muy enferma y neurótica, esclava de una sensibilidad tirana por exacerbada, y al mismo tiempo sin renunciar a una educación exquisita en el trato con sus servidores (pero sin eliminar jamás a sus caprichos y veleidades a cualquier hora del día). Además de ser un documento magnífico de París durante la Gran Guerra. Muy recomendable para amantes de Proust en general y sobre todo para la legión de "groupies" que tiene por todo el mundo. La introducción de Luis Antonio de Villena es estupenda.







domingo, 19 de agosto de 2018

¡Velázquez! ENRIQUE VILA-MATAS



Agotado de nuestro pelotudo verano, un querido amigo decidió anteayer largarse una temporada a Trieste; es de los que piensan que, aunque sea sólo por unos días, hay que intentar dejarlo todo atrás. Al irse, me preguntó si, en caso de cruzarse con Claudio Magris, podía darle recuerdos de mi parte. No volví a pensar en ello hasta anoche. Buscaba un dato que no encontraba y entré de pronto en la edición mexicana de unos ensayos de Magris y di con un breve texto que transcurría en Barcelona, en el museo del monasterio de Pedralbes, en la sección Thyssen-Bornemisza.
Sospeché que había entrado precisamente en esa página porque justo en aquel momento se estaba produciendo el encuentro casual de mi amigo con Magris en Trieste: yo andaba por Pedralbes en las páginas de un libro y quizás, a la misma hora, mi amigo conversaba con el escritor cerca del café San Marco.
Contaba Magris en su ensayo que en la sala del monasterio había escasos visitantes, pero entre ellos estaba la pareja formada por un padre y un hijo; el primero (de unos setenta y cinco años, poca estatura y aire tranquilo) llevaba de la mano al segundo, evidentemente afectado por el síndrome de Down. Los dos iban parándose delante de cada cuadro y el padre le explicaba al hijo, llevándole todo el tiempo de la mano, la Virgen de la humildad, de Fra Angelico, tema predilecto de las órdenes mendicantes. El hijo le escuchaba, asentía con la cabeza, murmuraba algo de vez en cuando; puede que tuviera cuarenta o cincuenta años pero tenía, sobre todo, decía Magris, “la edad indefinible de un niño marchito”.
El padre le hablaba, le escuchaba, le contestaba; probablemente llevara haciendo esto toda una vida y no parecía ni cansado ni angustiado, sino complacido por enseñarle a su hijo a amar a los Maestros. Cuando llegó al Retrato de Mariana de Austria, reina de España, se agachó para leer el nombre del autor, después se levantó de golpe y, dirigiéndose al hijo con un tono de voz un poco alto, le dijo:
—¡Velázquez!.
Y se quitó el sombrero levantándolo lo máximo posible.
Para Magris, aquel modo respetuoso y alegre de quitarse el sombrero fue un gesto regio. Y fue regio también el evidente placer con el que el padre había comunicado su entusiasmo al hijo. A pesar de las contrariedades de la vida, aquel hombre no había querido privarse de la alegría de reconocer el arte de un gran artista, es decir, no deseaba negar lo que otros, con quienes la suerte había sido más generosa, lograron crear conquistando la gloria en el mundo.
Ese gesto lleno de pasión por la vida y el arte es poco frecuente entre nosotros que, por lo general, llevamos al más negro rencor en la grupa del caballo. De hecho, es muy raro que alguien se alegre y goce del esplendor alcanzado por otro. Y en el nido de víboras de internet, ni siquiera es raro, sino imposible.
He pensado en esto mientras me acordaba de mi amigo en Trieste y le imaginaba en conversación animada. Ojalá cuanto le vaya ocurriendo en el viaje sea de esa clase de cosas ante las que uno no duda en quitarse el sombrero.
—¡Magris!


viernes, 13 de julio de 2018

JAVIER MARÍAS, FIRME REY DE REDONDA (PERSONAJES AL SOL) Luis Antonio de Villena



Javier Marías (Madrid, 1951) afirma que le gusta poco viajar. Así es que sus vacaciones no son playeras -una vulgaridad- y tienen lugar en sitios cercanos y tranquilos. Antaño fue Soria -lugar de sus veraneos infantiles- ya no. Las fiestas populares (y lleva razón) son en exceso ruidosas.  Javier al que conozco y trato desde que éramos muy jóvenes, dicen que tiene ahora un permanente aire huraño, como si los demás -el vulgo municipal- lo molestara no poco. Javier -como su padre don Julián, el gran discípulo de Ortega- siempre ha parecido serio a quienes le conocen poco o mal. Obvio que tiene un lado serio, y cuando uno lo ve llegar a una cena en que estaremos los dos, mano a mano, podría pensar (sin conocer) ¿qué le habrá pasado a Javier, parece que viene enfadado? Pero llega, nos saludamos con cordialidad y enseguida empieza la charla, nunca falta de ironías o aún de bromas. Pues ¿quién se lo diría a sus hoy múltiples detractores, como múltiples admiradores?, a Marías le gusta reír y dice que es una de las cosas que, inteligentemente, más aprecia. El lema del literario pero real Reino de Redonda (un islote deshabitado en el Caribe) es “Ride si sapis”. En latín: si sabes, ríe, porque la buena risa -como en Erasmo de Roterdam- es signo de inteligencia.
La carrera literaria de Javier Marías empezó en 1971 -como la mía- con una novela titulada “Los dominios del lobo”. Teníamos aún diecinueve años. Admirador y amigo, en España, de Juan Benet (siempre “don Juan”) Marías aspiraba a ser un gran autor de minorías o de élite, porque eso era entonces lo brillante, lo distintivo. Benet solía decir en aquellas perdidas noches del pub Dickens -y Benet tenía enorme prestigio- “soy el novelista que menos vende de España.” Eso, en alturas, ni mucho menos quedaba mal. Y Javier Marías (lector dos cursos en Oxford) fue ese buscado autor de minorías, hasta la novela que cambia su trayectoria y su éxito, ya en crecida, “Todas las almas” -1989- la novela que precisamente narra el Oxford que conociera bien. Luego todo ha sido un éxito cada vez mayor (y quizá más fuera de España, en traducciones que mima cuanto puede) lo que se complementa hoy -llegando a la popularidad discutida- con sus artículos semanales en “El País”, que termina recogiendo en libro, el último, “Cuando los tontos mandan” (2018), una buena imagen de su pensamiento -y no sólo en política- sobre la vida actual.  A Marías le molestan las feministas radicales (él es feminista), que se prohíba fumar de modo tan tajante, y que los niveles de excelencia caigan y se deterioren en todo, proclamando el reino obtuso de la chusma y la turba irredentas. Estoy muy de acuerdo, en términos generales, excepciones hay, aunque pocas: Políticos bobos, no importa el ala, y un pueblo cada vez más vulgar, más llamativamente inculto y que suspende a menudo incluso en la más elemental urbanidad o civismo… Un mundo malo.  Que no es el ducado de Malmundo, con el que me obsequió como Rey de Redonda, un juego literario de origen británico, que como la literatura es cierto del todo y no del todo. “Ride, si sapis”. Gruñón, contento y seguro de su éxito internacional, denostador de la vulgaridad contemporánea, Marías andará tranquilo, saliendo a cenar a las terrazas (porque se puede fumar) satisfecho e insatisfecho de sí mismo. Creo que es un muy notable escritor de estilo fluido pero denso, soltero y de fieles amigas, que desdeña lo popular innoble. No al buen pueblo. Vamos, sencillamente el querido Javier Marías -buen bibliófilo- es un ilustrado, en tiempos se sombra. Después de cenar toma siempre una coca-cola, fría y sola.

martes, 10 de julio de 2018

"SÁTIRAS" de ARTURO DÁVILA_ Luis Antonio de Villena

A veces salta la novedad de lo desconocido. No sé cómo llegó a mis manos (en lío de mudanzas) el tomo “Sátiras” del poeta mexicano Arturo Dávila, profesor desde hace años al parecer, en una Universidad de EEUU. Sabía que este, para mí, desconocido Dávila ganó en el ya lejano 2003 el premio “Juan Ramón Jiménez” en Moguer, por un libro titulado “Poemas para ser leídos en el metro”.  Obviamente el título de Dávila comporta un guiño -hay mucha y buena intertextualidad en estas “Sátiras”- al en su día moderno y capital libro del argentino Oliverio Girondo, “20 poemas para ser leídos en el tranvía” (1922). Pero en realidad Dávila recupera muy bien la tradición satírica y epigramática, que viene de latinos como Catulo, Marcial o Juvenal, especialmente, y la renueva y mezcla con lo contemporáneo, el amigo Dávila, entrando también el la poesía española -y mexicana- del Siglo de Oro con Quevedo (inevitable) o Sor Juana, enmedio de la rica tradición del epigrama en aquellos siglos áureos. También Góngora. Así es que los poemas de Dávila, que aluden al puro hoy, se llenan de resonancias clásicas  donde tampoco faltan Ovidio o Alfonso Reyes, pasando Baltasar del Alcázar o fabulistas como el ilustrado Iriarte…  En fin, un sabroso festín el de Dávila muy de ahora mismo, El tomo “Sátiras” (Hiperión) recoge sus tres libros de esa línea: “Catulinarias”  (1998, el título lo dice todo), “Poemas para ser leídos en el metro” (2003) y el último -de 2015- “La cuerda floja”. Me ha encantado la soltura y el buen decir picante del poeta/profesor Dávila, que demuestra dominar el género satírico y comprender que vivimos un mundo necio  (con muy necios y toscos personajillos) que merecen sin interrupción las sátiras de Arturo Dávila.  Se podrían poner muchos y buenos poemas como ejemplo, pero elijo uno, casi al azar:
“Miramos hacia arriba,
Ricardo,
miramos hacia abajo,
miramos hacia los lados.
Arriba se estrella el cielo,
abajo se estrellan los hombres,
a los lados se estrella el destino.
Miro estrellarse el espejo
y despejo la realidad de mis estrellas:
la figura se desfigura
como el agua en el agua,
sueño sombras de viento,
el espacio se hace lento
y crece el fuego en mi pecho.
Las arrugas son más claras
y vienen con los años:
son las cicatrices del tiempo.
El universo se expande,
estrellas nacen y mueren,
y la vida es pura energía.
El tiempo y el espacio  no existen,
según el filósofo de Königsberg
y son categorías de la mente.
Pero las arrugas sí existen.
El rostro se estrella en el espejo
y se hunde en el fondo del reflejo.
Sí,
somos los hombres estrellados,
los años nos estrellan contra la muerte.
La muerte nos deja viendo estrellas.”
Me gusta Dávila.



domingo, 1 de julio de 2018

Escribir (no) es pintar*


Óscar Fernández

Publicado el 2018-07-01
«Escribir, para mí, es dibujar, pintar. Me sería imposible escribir en la oscuridad»(1). Estas palabras de Juan Ramón Jiménez son el testimonio de una fractura. Ahondan en esa falla abierta entre los autores oscuros, incapaces de habitar las artes intermedias, y aquellos que funden medios artísticos para huir de esa misma oscuridad. Tal oposición llega a producir itinerarios inversos, como los emprendidos por Juan Ramón, quien empezó estudiando pintura para abandonarla, progresivamente, en favor del libro, y el de Marcel Broodthaers, que migró desde el mundo literario al de las artes visuales. Aunque ambos pensaron la escritura en relación con la imagen y la edición del libro como la producción de un objeto estético, sus respectivas consideraciones de lo que cabe esperar de la obra también eran opuestas. Mientras el artista belga habitó una oscuridad vidente, Juan Ramón sentía pavor ante la ausencia de claridad. Tan era así que la necesidad de dar coherencia y luz a la poesía fue una de sus principales preocupaciones. Esta clave es fundamental para entender, por ejemplo, las transcripciones taquigráficas del poema Nostalgia. Una síntesis gráfica de su poética donde imagen y texto, signo y gesto, encuentran un espacio común y confortable sobre la hoja en blanco. A través de ella, se descubre a un escritor que mira a la página con ojos de pintor, y viceversa. Un pintor de la luz, incapaz de sobrevivir en la ceguera:
El infeliz, de la visión privado
soñaba con la luz. Y qué agonía
por no poderla ver. Y se sentía
de su esplendor hermoso enamorado(2).
Juan Ramón es la prueba de lo absurdo que resulta negar la capacidad de asimilación de distintos lenguajes artísticos entre sí. Tanto, como obviar la larga tradición sinestésica del arte moderno, en busca de una experiencia total que anule definitivamente ese afán tan académico de hacer categorías. Teóricos actuales como Peter Osborne aún insisten en dejar atrás la vieja obsesión de Gotthold E. Lessing, en su Laocoonte, por demostrar que «los colores no son sonidos y que los ojos no son oídos»(3). Incluso Vilém Flusser reconoce fases de convivencia y retroalimentación cuando nos describe la lucha entre imágenes y textos. Esta tensión dialéctica de carácter irresoluble no siempre es abordada como una lucha, también se considera la posibilidad de que unos y otros coexistan y cumplan, sin rechistar, la función que parece les fue encomendada: «aunque los textos explican las imágenes a fin de comprenderlas, las imágenes, a su vez, ilustran los textos para hacer que su significado sea imaginable»(4). Con ello se certifica la tan ansiada viabilidad de un proyecto de refuerzo mutuo y de transferencia simétrica entre los regímenes textual y visual. O, como se planteó desde el principio, entre el pensamiento conceptual y el pensamiento mágico. Sin negar esta posibilidad, la historia se pone a veces de nuestro lado para problematizar tal hipótesis de la feliz convivencia. Si visitamos, por ejemplo, uno de los ejercicios pioneros de elaboración de escritura e imagen sobre un mismo soporte, el De laudibus Sanctae Crucis de Rabano Mauro (ca. 776-856), entenderemos enseguida el germen de nuestra postura. Su proyecto nace en la época de Carlomagno, efectivamente caracterizada por la incapacidad de diferenciar el intelecto y la magia en su sustrato ideológico, de manera que materia y espíritu eran indistinguibles. Sin embargo, Mauro y el resto de la renovatio carolingia pretendían precisamente domesticar el mundo sensible y someterlo al dominio de la escritura, como expresión del orden intelectual por encima de la magia. Carlomagno, en su astuta lucha contra las imágenes, no aspiraba a su destrucción. De ser así, habría incurrido en la misma contradicción de todos los iconoclastas, pues borrar la imagen equivale a reconocer su poder. Su estrategia era más sofisticada. No negaba las imágenes; tampoco el régimen de la visualidad y la materia, el mundo mágico, en definitiva. Convivía con ellas, pero sometiéndolas al orden de la escritura, del pensamiento intelectual, que creían conectado con el espíritu, y por tanto se determinaba superior al mundo sensible.
Dos citas en apariencia deslavazadas nos ayudarán a reforzar esta intuición de la que partimos ahora: reconocer los encuentros pacíficos entre textualidad e imagen como episodios excepcionales. Por lo general, las reglas de esta convivencia serían más rigurosamente descritas si empleáramos términos como dominio o exclusión, describiendo una trayectoria irregular plagada de domesticaciones. Así, por ejemplo, cuando G.K. Chesterton escribe sobre William Blake afirma: «El siglo dieciocho supuso fundamentalmente (como afirmaron sus más destacadas figuras) la liberación de la razón y la naturaleza del control eclesiástico. Pero una vez que la Iglesia se halló verdaderamente debilitada, supuso la liberación de muchas otras cosas. No sólo logró la libertad de la razón, sino también la de una irracionalidad más antigua. No sólo logró la libertad de lo natural, sino también de lo sobrenatural y ¡ay! también de lo antinatural. Los místicos paganos que habían estado ocultos durante dos mil años salieron de sus cavernas»(5). Según esto, podría afirmarse que para Chesterton, el pensamiento racional no se opone a la magia. Lo opuesto al pensamiento mágico es la ortodoxia de la fe religiosa. De ello se deduce que la razón no excluye al pensamiento mágico, más bien al contrario: cuando se libera la primera también lo hace el segundo. Pero, y en esto conecta con nuestra argumentación, lo mágico se revela conviviendo con la razón siempre en términos de subalterno, incluso como repudiado o antinatural. Nunca son equivalentes. 
Es este un atolladero del que, nos dice Mircea Eliade, apenas empezamos a salir en el siglo XX. Su ensayo Imágenes y símbolos, escrito en 1955, arranca con esta idea: «Hoy comprendemos algo que en el siglo XIX ni siquiera podía presentirse: que símbolo, mito, imagen, pertenecen a la sustancia de la vida espiritual; que pueden camuflarse, mutilarse, degradarse, pero jamás extirparse. Valdría la pena estudiar la historia de los mitos a lo largo del siglo XIX. Se verá cómo, humildes, aminorados, condenados a cambiar incesantemente de apariencia, han resistido a esta hibernación, gracias, sobre todo, a la literatura»(6). Conviene recordar que en esta cita de Eliade, la alusión a la imagen y el mito no remiten tanto a la naturaleza fisiológica de aquella, y a la escritura como su contrapuesta, cuanto al pensamiento preconceptual como opuesto al pensamiento científico. En este sentido, «la imagen no es exclusividad de lo visible»(7). Aun así, el texto subraya de nuevo la dificultad para imaginar la relación entre escritura e imagen en términos de equivalencia, no domesticada o subalterna, incluso a mitad del siglo XX. 
La escritura del Laocoonte obedece, en cierto sentido, a una caduca obsesión: separar la literatura de la pintura. «A pesar de la compleja similitud de tal efecto ‒afirma Lessing‒ estas dos artes difieren una de otra, tanto por sus objetos como por el modo como éstas imitan a la realidad»(8). Su propósito es reivindicar los límites entre ambas artes, progresivamente desdibujados por la historia. Contra la mayoría de sus contemporáneos, que abrazaban el ut pictura poesis (‘como en la pintura así en la poesía’) de Horacio, se muestra verdaderamente azorado ante la idea de la intercambiabilidad y la indiferencia. Rechaza, asimismo, la manía de describir en poesía y el afán de la alegoría en la pintura, derivada de la teoría de vasos comunicantes descrita por Simónides de Ceos ya en el siglo VI a. C: «la poesía es pintura que habla y la pintura es poesía muda». Sin embargo, al publicar este libro, quizá Lessing no zanjó un problema, sino que generó otro más complejo del que nos cuesta deshacernos. Cuando denunció la confusión de las artes, éste se vio obligado a definir cada una de ellas en unos términos tan específicos que han derivado en una suerte de purismo de las artes verdaderamente problemático. La sombra de Lessing es tan alargada que se prolongó hasta el arranque del siglo XX de la mano de Irving Babbitt, en su The New Laokoon. An Essay on the Confusion of the Arts (1910). Y se instaló con fuerza en las décadas de 1940 y 1950 de la mano de Clement Greenberg. En “Towards a Newer Laocoön” (1940), el crítico norteamericano se apropiaría de la disputa entre las artes para arrimarla a su batalla particular en defensa del purismo de la pintura y contra el carácter literario y narrativo de la pintura surrealista. En su clásico tono moralista, Greenberg tacharía de «deshonestidad artística» a todas aquellas tentativas de saltar de un arte a otro. En esta misma línea, Michael Fried hablaría con insistencia de la «buena pintura» como aquella cualidad que se granjean las obras que caen únicamente dentro de, y no entre las artes(9).
A tenor de lo dicho, no sorprende que la mayoría de las defensas del arte intermedia y de la hibridación de las artes se hayan canalizado contra el paradigma greenbergiano; es decir, celebrando el carácter espurio de la mezcla. Esto las convierte en una especie de necesaria insurrección de los impuros contra la rígida moral académica, dominada por artes que no se dejan contaminar. Desde luego, el mejor antídoto contra los moralistas es la erosión sistemática de la norma. Y al paradigma de Greenberg toda enmienda deshonesta y prevaricante le cabe. No podemos estar más de acuerdo con Jacques Rancière cuando afirma que «la pérdida de la medida común entre los medios de las artes no quiere decir que, en adelante, cada uno se quede en su hogar, dándose a sí mismo su propia medida. Mas bien quiere decir que toda medida común es, en adelante, una producción singular y que esta producción sólo es posible a costa de enfrentar, en su radicalidad, la sin-medida de la mezcla»(10). Pero nuestro argumento no sigue a Greenberg, en absoluto, sino a aquél de quien se apropia, Lessing. Y lo que el pensador alemán propone en su Laocoonte no se despacha tan fácilmente. Por más que Rancière llegue a la conclusión de que «Del hecho de que el sufrimiento de Laocoonte no pueda traducirse de forma idéntica en la piedra del escultor, no se deriva que en adelante las palabras y las formas se separen (…) Tal vez se deduce todo lo contrario”»(11), posiciones como las de Esteban Pujals nos ayudan mejor a avivar este debate sin fin: «Contra la juiciosa advertencia de Lessing respecto a la confusión entre medios artísticos atados respectivamente al espacio y al tiempo, en época moderna las artes aparecen seducidas las unas por las otras, se abandonan al vértigo de sus carencias mutuas y enloquecen de ambición, de envidia y de deseo, arrebatadas por la sombra de lo que en modo alguno podrá nunca ser o alcanzar»(12).
En nuestra lectura, el Laocoonte no aspira a marcar las diferencias entre las artes para socavar a una frente a otra, ni para domesticarlas, como suele ser habitual en esta querella. Tampoco es un catálogo de carencias mutuas. Lessing trata, más bien, de definir aquello que le es propio a cada una de las artes para determinar así el límite de lo que a cada una concierne para explorar en su máxima potencia, sin depender de las demás para alcanzar sus más altas cotas de expresividad o eficacia. El argumento es verdaderamente propositivo, sin dejar de ser ambiguo. Y de una modernidad sorprendente, por cuanto anticipa los conflictos sobre la idea de obra de arte que manejarán ciertas vanguardias. Su estudio de El sacrificio de Ifigenia de Timantes resulta especialmente clarificador, en este sentido. Esta pintura griega del siglo IV a. C. aborda una escena atroz en la que el rey Agamenón es obligado a sacrificar a su propia hija Ifigenia. Los rostros de los personajes reflejan la crudeza del momento en grados tan diferentes que la pintura se convierte en un estudio pormenorizado de las pasiones humanas, y de cómo el pintor pueda alcanzar a representarlas. La escalada de afectación roza lo insoportable al posarse en el rostro del propio Agamenón. Es tan extremo el dolor de un padre en esa tesitura que éste se presenta como deformidad, como la más grotesca expresión. Como sabemos, en el paradigma clásico la belleza era el fin superior del arte, por lo que la expresión pictórica del dolor de Agamenón es inviable; una cota inalcanzable para el artista. Este desafío es el que fascina a Lessing, quien admira la sorprendente solución de Timantes ante tal escollo: Agamenon debe aparecer con el rostro tapado por las manos, inaccesible al espectador. «¿Qué otra cosa podía hacer sino velar esta fealdad? Lo que no podía pintar dejó que el contemplador lo adivinara. En una palabra: el hecho de tapar el rostro es un sacrificio que el artista hace a la belleza»(13).
Lessing nos presenta aquí a uno de los primeros artistas que se decantaron hacia la oscuridad, hacia el gesto que no nos deja ver; contrasentido máximo en un lenguaje sustentado, al menos así nos empeñamos en describirlo, sobre el régimen dominante del mostrar. Pugnando contra este régimen, el pintor se deja arrastrar hacia aquello imposible de representar en la sospecha de que, como decía Gertrude Stein, «Es parcial la oscuridad, la más oscura oscuridad»(14). Timantes fascina a Lessing por su decisión de batallar en los límites que él mismo se marca como pintor, asumiendo, con ello, las renuncias exigidas por dichos límites. Negándose a representar y desposeyendo a su pintura de la capacidad de mostrarlo y expresarlo todo; tapándose los ojos, en definitiva, el pintor abre otras puertas, las de la imaginación del espectador. La lucha contra lo evidente y la negación del carácter infalible de la obra se nos aparecen como la vocación profunda del artefacto artístico. Y este es el Lessing que nos resulta aún hoy sugerente. Aquél que trata de revelar la imposibilidad y la renuncia como esencia, no como obstáculo, del arte. Un arte que se hace fuerte en los límites. Lo que nos reconduce a Mallarmé y su idea de acción restringida. Ante nosotros se muestra un poeta de lo concreto que ya ha asumido la incapacidad de la escritura para transformar la realidad por el mero hecho de nombrarla. Alguien interesado en intervenir sólo dentro de la propia escritura, pero no constreñido por la materia del texto. Muy al contrario, el escenario de la escritura es tomado aquí como el verdadero «teatro de nuestro espíritu». De manera que «su actividad, no obstante, no es puramente contemplativa. Realiza una acción en un campo restringido pero ilimitado, que no le pertenece pero que él puede recalificar e incluso redefinir. Este campo es el de la lengua y los lenguajes, es la escena de la escritura y el espacio del libro como “instrumento espiritual”»(15). Hacerse fuerte en la lengua y la escritura requiere, pues, escindirla, incluso atomizarla. Tarea emprendida por numerosos artistas que, ni formalistas ni reaccionarios, han encontrado en la naturaleza restringida de la acción creativa un potencial subversivo de inesperadas consecuencias.
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Este texto es un fragmento de No se escribe luminosamente sobre un campo oscuro. La frase de Mallarmé da título a un texto más amplio y a la exposición Un campo oscuro, que se presentó en el Centro José Guerrero hasta el pasado 24 de junio.

(1) Citado en A. Crespo: Juan Ramon Jiménez y la pintura (1974), Universidad de Salamanca, 1999, p. 115.

(2) Ibidem.

(3) G. E. Lessing: Laocoonte, o los límites de la pintura y la poesía (1766), Tecnos, Madrid, p. 138.

(4) V. Flusser, Hacia una filosofía de la fotografía, Trillas, México, 1990, p. 13.

(5) G.K. Chesterton: William Blake, Espuela de Plata, Sevilla, 2007, p. 117. 

(6) M. Eliade: Imágenes y símbolos (1955), Taurus, 1979, p. 11.

(7) J. Rancière: El destino de las imágenes, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2011, p. 28.

(8) G. E. Lessing: op. cit., p. 44.

(9) M. Fried: «La figura como forma: los polígonos irregulares de Frank Stella» (1966), en Arte y objetualidad, La Balsa de Medusa, Madrid, 2004, p. 121.

(10) J. Rancière: op. cit, p. 59.

(11) Ibidem.

(12) E. Pujals: Prólogo a G. Stein: Botones blandos (1914), Abada editores, Madrid, 2011, p. 7. 

(13) G. E. Lessing: op. cit., p. 57.

(14) G. Stein: op. cit., p. 39.

(15) J. F. Chevrier: Arte y utopía. La acción restringida, MACBA, Barcelona, 2004.