jueves, 6 de diciembre de 2018

RESPUESTA A SOR FILOTEA DE LA CRUZ Sor Juana Inés de la Cruz


Sinopsis

MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.
Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista vio en su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso; y así, en vez de agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi? ¿De dónde a mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió a Saúl cuando se vio electo y ungido rey de Israel: Numquid non filius Iemini ego sum de minima tribu Israel, et cognatio mea novissima inter omnes de tribu Beniamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum? Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención? ¿Pues quare locutus es mihi sermonem istum? ¿Et unde hoc mihi?
Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más que admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos, a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero acá a mis solas, suelo decir: Bendito seáis vos, Señor, que no sólo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mía lo pusisteis, sino que lo reservasteis a la vuestra, y me librasteis a mí de mí y de la sentencia que yo misma me daría --que, forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser menos que de condenación--, y vos la reservasteis a vuestra misericordia, porque me amáis más de lo que yo me puedo amar.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Esa batalla perdida que es la infancia, Enrique Vila-Matas









La herencia del horror marcaría el declive de la infancia y de la genialidad. Con mi primer paso en el desierto y el descubrimiento de la realidad, todo fue cambiando, y ya no ha cesado nunca de hacerlo y, además, de empeorar. Avanzar por el desierto de la vida ha servido para constatar que al final apenas queda nada en pie de nuestro mundo, del decorado que nos fue propio, de nuestra entrañable calle Rimbaud, allí donde estaba todo nuestro mundo, y ahora simplemente no está.
Nada, apenas nada queda. Ayer volví al paseo de Sant Joan, regresé al camino que más veces he hecho en la vida, y que tanto me ayudó a construir un mundo literario propio. Lo conozco de memoria, pero sólo sobrevive ahí en mi memoria, en mi recuerdo, ya que ese mítico y fundacional camino de casa al colegio está muy transformado. Lo han cambiado a conciencia, y no precisamente para mejorarlo. Donde estaba el portal de luz submarina, hoy en día sólo hay un portero nuevo que naturalmente no me conoce y pregunta por qué lo miro tanto, a él y al portal. En cuanto a lo que fue mi casa, hoy es lo más parecido -otra metáfora de la infancia- a esa Casa desolada de la que habla Dickens. Queda en pie el misterioso castillo, hoy centro cultural de un banco catalán. Y continúan también las verjas de la iglesia de la escuela, tan afiladas -como si fueran lanzas- hoy como en tiempos de guerra.
Del resto de los elementos claves de mi mapa literario, de mi calle Rimbaud, no quedan ni los vestigios. El cine Chile es hoy un vulgar «parking». La tienda del viejo librero es hoy el obsceno snack-bar Poppys. Y en cuanto a la bolera abandonada, los viejos ecos republicanos han dado paso a un homenaje funeral y hortera al dinero: un soberbio y gris banco provinciano, en crisis.
Un extraño panorama para después de esa batalla perdida en la vida, que es la infancia. Alguien dijo que envejecer tiene su gracia, que es igual que de joven aprender a bailar, plegarse a un ritmo más inexistente que nuestra inexperiencia. Tal vez. Envejecer también tiene sus ventajas -y ya dijo William Carlos Williams que el descenso seduce como sedujo el ascenso- y, por ejemplo, la capacidad de gozar a Cervantes bien puede equilibrar la perdida aptitud para jugar con soldados de plomo. Por otra parte, tampoco vamos ya a la escuela ni nos despertamos en mitad de la noche asustados al oír el seco ruido del viento. Envejecer tal vez tenga su gracia, pero también es cierto que envejecer sirve para comprobar que hemos caminado y que el tiempo ha caminado con nosotros, sirve para comprobar que hemos avanzado por dunas movedizas que no nos han conducido más que al término de un trayecto entrañable y nos han situado en la punta de avanzada de un desierto donde, al volver la vista atrás e intentar recuperar algo de nuestra calle Rimbaud, sólo podremos ver un viejo camino en el que tiempo, a las puertas ya del desierto, ha escrito el fin abrupto de nuestro mundo, del mundo.









jueves, 29 de noviembre de 2018

Rabindranath Tagore







Tulsidas, el poeta, vagaba pensativo, a la orilla del Ganges, por el paraje solitario donde queman los muertos.
Y encontró a una mujer que estaba sentada a los pies del cadáver de su marido, vestida alegremente como para una boda.
Se levantó ella al verle, le saludó, y le dijo: “Dime tu bendición, Maestro, que quiero irme al cielo con mi marido”.
Tulsidas le respondió: “¿Qué prisa tienes, hija mía? ¿No es también esta tierra de Aquel que hizo el cielo?
”El cielo no me importa”, dijo la mujer, “lo que quiero es mi marido.”
Tulsidas le contestó sonriendo: “Anda a tu casa, hija mía. Antes de terminar este mes, Lo encontrarás”.
Y la mujer se volvió a su casa, dichosa de esperanza.
Tulsidas iba todos los días a verla, y le hacía pensar en cosas altas, y le llenó el corazón de amor divino.
Cuando el mes hubo pasado, vinieron los vecinos a su casa, y le preguntaban: “Mujer, ¿has encontrado ya a tu marido?”
La mujer sonreía y decía: “Sí”.
Y ellos quisieron verlo, y le preguntaban impacientes: “¿Dónde está?”
“Mi Señor está en mi corazón, uno conmigo”, dijo la mujer.








domingo, 18 de noviembre de 2018

Pequeña teoría del paralelismo Peio Aguirre


Publicado el 2018-11-18
La potencia de un conjunto de actividades paralelas en el seno de las prácticas artísticas contemporáneas no cuenta todavía con suficiente reconocimiento. Mientras los modos de concepción, producción y distribución en el arte son cada vez más descentrados, entrecortados, estratificados y superpuestos, cierta ilusión de que la creación se rige por una única línea recta sigue estando asentada. Se pueden entender estas actividades como la praxis excéntrica, sin un centro preciso, sobre cuyo eje gravitan conexiones oscilantes de acción, colaboración y dispersión. Históricamente el teatro ha sido el espacio donde este paralelismo ha resultado productivo: pensemos en Brecht y en su teatro épico, la relación entre lo individual y lo colectivo, la revisión constante, correcciones, actualizaciones y la suma de las colaboraciones añadidas a un corpus complejo y en crecimiento constante. Mucho tiempo después, ello constituye un modelo para la producción en el que fijarse. 
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En alguna ocasión se ha señalado cómo Jean-Luc Godard trabajó de manera simultánea en dos películas entre agosto y septiembre de 1966, rodando Deux ou trois choses que se je sais d’elle durante el día, y editando Made in USA por la noche. Esta superposición le permitía evitar lo lineal en las fases de producción; un concepto como el de “producción” cinematográfica tan limitada que le hacía decir que el guión debería seguir al montaje, en lugar de precederlo. Como heredero de Brecht, Godard puso esta idea en práctica. Su método paralelo era especialmente relevante al cuestionar la causalidad del proceso de producción y sus secuencias preestablecidas (guión, rodaje y post-producción). Mirando su filmografía en perspectiva se comprueba que el paralelismo conduce a la sobreproducción, en la que cantidad, con el paso del tiempo, deviene calidad. 
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En el arte más reciente, el paralelismo es para los artistas un escape al monolingüismo y al carácter cerrado, unívoco, de la práctica artística. En su lugar, una multiplicidad de voces y roles emerge al unísono en diversos giros, deconstrucciones y deformaciones de los significantes en diversas capas a velocidades y escalas variables; así como la consideración del tiempo y el espacio como interdependientes; la superposición de ritmos y hechos cotidianos. En este paralelismo, la colaboración alcanza un rango, un respeto, que anteriormente no se había contemplado. Este proceso de colaboración, de co-creación y disolución del ego aquí cobra un rasgo distintivo. Otra característica del paralelismo consistiría en que lo proporcional no es igual a lo simétrico: existen intensidades variadas en el seno de toda colaboración. 
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Una teoría del paralelismo contempla una gran variedad de caminos y vías como explorar las conexiones entre disciplinas y saberes, mantener el pulso a una regularidad constante en el trabajo a través de la configuración de una red a la vez imaginaria y real. La discontinuidad del tiempo, su fragmentación. Además esta última se ha convertido en la característica principal de nuestro tiempo, en la que concentrarse en una única cosa resulta complicado. El paralelismo buscaría hacer productivos estos cortes, empalmando fragmentos en una actividad deudora de las técnicas del collage y el montaje. “El método es el desvío”, como dijo Walter Benjamin de manera encriptada: 
“Método de este trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No hurtaré nada valioso, ni me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, los deshechos, esos no los quiero inventariar, sino dejar que alcancen su derecho de la única manera posible: empleándolos.” (1)
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La metáfora, propia de la modernidad, de un tren en marcha, encuentra en el paralelismo una línea de fuga con tintes constructivistas; el idealismo del progreso como un tren anclado a las vías ha visto demasiadas veces cómo se trunca su destino. En el constructivismo, sin embargo, las líneas paralelas de las vías de tren están siempre sujetas a los constantes entrecruzamientos, cambios de vía, conexiones, bifurcaciones y las vías muertas. En éstas precisamente es en las que a menudo caen los proyectos, sin necesidad de remordimientos. Siguiendo con las metáforas de la modernidad, el paralelismo podría relacionarse con el perspectivismo (que no relativismo) como el modo de pensamiento alejado de cualquier dogma y que privilegia el punto de vista. En éste, como si de un diafragma fotográfico se tratara, el ojo escanea adelante y atrás pasando de lo macro a lo micro y viceversa. Entonces el paralelismo es una geometría variable de las escalas, en ellas se encuentra a gusto. Además, la simultaneidad del paralelismo se da por descontado. Sin embargo, no todo lo simultáneo es paralelo. 
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Durante la década de los noventa, el arte contemporáneo se alimentó de actividades paralelas: una preocupación por el papel social del artista, su función y tarea en mitad de un capitalismo tardío cada vez más orientado hacia el sector terciario condujo a una multiplicación de los roles y desempeños. Artista sí, pero también crítico, curador, coleccionista, educador, colaborador y hasta DJ. Esta insistencia en las estructuras paralelas (ya sea a través de actividades paralelas o la creación de personajes paralelos) es indicador de una condición epocal consistente en romper con el binarismo; allí donde toda aproximación indirecta, lateral, por rodeo, resulta significativa. Como cualquier libro de psicología certificaría, a menudo la única manera de alcanzar el objeto central del deseo es a través de una desviación o un trabajo alrededor del objeto anhelado. Pero además, el establecimiento de estructuras paralelas se ve afectada por la dislocación de las habilidades profesionales, llamémosle, tradicionales. Lo paralelo describe una cierta manera de operar y reconquistar nuevos espacios-tiempo para el arte o la arquitectura desde los intersticios dejados por otras áreas profesionales a lo largo del espectro económico y socio-político. Las estructuras paralelas constituyen otra transfiguración de la dialéctica; transforman lo esclerótico en energía viva incrustada en el interior de otra disciplina o dominio artístico a priori ajeno. En toda actividad paralela ha de prevalecer un aspecto decisivo; el juego, y con él, un elemento lúdico y placentero. Lejos de ser una filosofía, el paralelismo es más bien un no método. 
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La consideración de estructuras paralelas ha surgido sobre todo desde posiciones intrínsecas a una condición posmoderna: ningún lugar mejor para comprobarlo que el devenir del cine y la literatura de la posmodernidad. Esto resulta meridianamente claro en la forma narrativa en la que dentro de una misma historia, digamos, general, acontecen diversas microhistorias paralelas que se suceden con el objetivo de capturar la atención del espectador. Esta heterogeneidad de historias reduce el riesgo de la monotonía narrativa mientras el “lectoespectador” adquiere paulatinamente herramientas cognitivas en el mero acto del consumo (2). Los relatos entrelazados de Shorcuts (Vidas cruzadas) (1993) de Robert Altman, y Magnolia (1999) de Paul Thomas Anderson, son suficientemente explícitos al respecto. Más tarde, con la llegada de la televisión a la carta, las series han hecho del paralelismo la forma narrativa dominante. El “lectoespectador” actual es experto en paralelismo y, dicho sea de paso, en estructuras narrativas complejas, sea o no consciente de ello. Lo que este modo de consumo pone de relieve es el paralelismo como la esfera de la temporalidad: capas de tiempo que suceden de manera simultánea y que apuntan a mundos paralelos, alternativas a la univocidad. Sin embargo, para que el paralelismo adopte una forma es preciso una toma de consciencia de su potencialidad. 
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En ese sentido, podríamos definir la crítica como una manera de acción paralela que opera con respecto a la obra, el/la artista, la institución y el mercado; con todas ellas establece puntos de conexión aunque resaltando su posición independiente, paralela. Acción Paralela era el nombre de la revista fundada por José Luis Brea en 1995. El título aludía a la Acción Paralela en El hombre sin atributos de Robert Musil, un proyecto conmemorativo sin que el lector llegue a saber en qué consiste dicha acción y cuya función es no tener o no poder tener un centro y que se convierte en una metáfora de lo absurdo que entraña la búsqueda de un centro unificador. Aun sin este centro, lo que cuenta es la capacidad de movilización (para la crítica, para la teoría). Escribía en la editorial del primer número que 
“es por esto que todavía nos asomamos al arte con esa pasión de conocer, de mirar en su reflejo el mundo. Acción Paralela es esa Acción reflexiva que el arte le hace a lo real –y también ésta que el ensayo, la reflexión crítica, le hace al arte.” (3)
La editorial era una defensa de la crítica como acción, como superación de aquella resistencia a la teoría de la que hablara Paul de Man. Pues además, sobre todo en nuestro país, había (y hay) mucha tarea por cumplir en el mundo del arte; la acción paralela se daba entonces en el encuentro 
“en la convergencia, en el ‘lugar de los puntos’ que, como el anillo de Clarisse, funciona precisamente gracias a un centro –del que carece. Acción Paralela quiere ser ese lugar, ese territorio de convergencia de movimientos independientes, un espacio de reflexión abierto y múltiple en que el rigor necesario –para que lo que aparezca en su espejo sea fiel– no limita la rica diversidad de las líneas que al avanzar su imán vayan revelándose en la dispersión de los fragmentos. Citarse para ellos en Acción Paralela es darse como horizonte de convergencia el infinito –que es el lugar imaginario en que las paralelas se tocan.” (4)
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El paralelismo en la crítica aboga por su ejercicio, su puesta en práctica, como aquella gimnasia que se realiza casi a diario (ejercicio) para mantener el cuerpo y la mente de un modo saludable. Veamos en este pequeño texto un ejemplo modesto de este ejercicio, un caso de acción paralela incrustado en el ritmo, variable y superpuesto, de la vida y el trabajo. 

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Imagen de portada “Volunteer”, Jeff Wall, 1996. ©

(1) Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Akal, Madrid, 2005, p. 462. 

(2) El término “lectoespectador” remite a un concepto del escritor Vicente Luis Mora. Véase el libro El lectoespectdor, Seix Barral, Barcelona, 2012.

(3) José Luis Brea, “Editorial”, Acción Paralela, n. 1, mayo de 1995, pp. 5-6.

(4) Ibid., p. 7.