martes, 15 de septiembre de 2020

Las palabras estallaban sobre mí, Dylan Thomas


Dylan Thomas
Usted quiere saber por qué y cómo empecé a escribir poesía y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron e influyeron en mí. Para responder a la primera parte de esta pregunta diría que en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenían una importancia muy secundaria: lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído: los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaban las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaba en mis oídos; me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizás, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear mi memoria.
Me enamoré inmediatamente —ésta es la única expresión que se me ocurre—, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles. y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podían existir para mí. Allí estaban, aparentemente inertes, hechas sólo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas todas las demás abstracciones imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestras vidas efímeras.
De ellas surgían los transportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente de la tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era deliciosamente divertido por sí mismo, en aquella época casi olvidada me parecían mucho más divertidos la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época de la inocencia; las palabras estallaban sobre mí, despojadas de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas como el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. Hacían sus propias asociaciones originales a medida que surgían y brillaban. Las palabras “Cabalga en un caballito de madera hasta Banbury Cross” (Ride a cock hurse to Banbury Cross), aunque entonces no sabía que era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Banbury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John Donne: “Ve a recoger una estrella errante. Fecunda una raíz de mandrágora” (Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root), que tampoco entendí cuando leí por primera vez. Y a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que supe que debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía, en verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más.
Dylan Thomas
Manifiesto poéticoTraducción: Pedro J. Albertelli

domingo, 13 de septiembre de 2020

3_Eras film José Luis Brea / María Virginia Jaua





DOMINGO FESTÍN CANÍBAL ☕










Publicado en  MÁQUINAS DE VISIÓN  el  13 de septiembre 2020

Al cumplirse diez años de la muerte de José Luis Brea (1957-2010) es nuestro deseo compartir las últimas reflexiones del pensador español, sobre todo aquellas que laboran sobre el objeto cultural y anticipan sus contradicciones y los sistemas de relaciones en juego con enorme lucidez.
Con este trabajo se ha buscado trasladar al lenguaje de la imagen-movimiento el trabajo teórico del pensador español, el que cristaliza en el que podría considerarse su último y mejor libro. Se trata por lo tanto de una obra inusual e inédita en un amplio sentido de la palabra. No sólo como pieza de video que pone en diálogo la escritura con el arte y el cine, sino como "ensayo fílmico"...


Still del film, duración 24 min, vídeo con sonido.







Queridos lectores,

Para aquellos que quieran consultar la obra de José Luis Brea es importante señalar que el Archivo de su producción intelectual está disponible al público interesado en la Biblioteca del Museo Reina Sofía en Madrid.
¡Les deseamos buen inicio de curso!








miércoles, 9 de septiembre de 2020

Toda la literatura en los detalles, Josep Pla


por calledelorco




El detalle es un elemento que revela que el artífice ha meditado lo suficiente sobre su actividad como para haber llegado a entender que el soporte básico de la inteligencia es el detalle. Lo demás es fumosidad, irresponsabilidad, romanticismo e inmoralidad. Todas las obras originarias de los diferentes oficios, más o menos artísticos, tienen como soporte el detalle. Vermeer de Delft, como algunos holandeses, llega a pintar el detalle de los sentimientos y de los impulsos anímicos más difíciles de explicar. "Toda la literatura en los detalles", dijo Stendhal, que entendía bastante de estas cosas. En la obra de Proust no hay nada más que detalles abrumadores, generalmente por su impresionante exactitud. En la literatura clásica no hay nada más que eso. Se tuvo que llegar al romanticismo para proponer en la literatura y en el arte en general la vaguedad, la turbiedad, la falsedad, la ficción y el engaño, es decir, la adaptación y la composición fáciles e inventadas y, por tanto, engañosas y contrarias a la normal predisposición a la salud personal de los seres humanos. No a la Salud con mayúscula —que en muchos países no es nada más que un ministerio—, sino a la salud con minúscula, es decir, personal.
[...]
Quizá la cuestión de los detalles podría contribuir a clarar más lo que querríamos dar a entender. La acumulación de detalles, en los escritores estrictamente realistas, es a veces tan grande que llega a fatigar. Llegan al naturalismo, a la fotografía. En la obra de Proust, la cantidad de detalles es aún mayor que en estos escritores. A veces hay tantos que producen la impresión de un derrumbe que se nos cae encima —un derrumbe enorme, cuantioso. Los detalles son la quintaesencia de cualquier obra escrita. El interés de toda obra literaria —el interés diríamos básico, primario— radica en los detalles. Un autor de posibilidades reales se encuentra siempre ante una gran cantidad de detalles, y debe escoger. A veces, un detalle, un adjetivo, sugiere en el lector todo un mundo. En los escritores de la corriente realista o naturalista, los detalles tienen poca fuerza, son excesivamente simples. En la obra de Proust, los detalles son diferentes, tienen más sustancia —lo cual no quiere decir que sean más espesos ni más vulgares: son diferentes, van más al fondo, son más completos. En su mundo literario, la vida ya no es un esquema ideal; es un mundo de volúmenes, de dimensiones más altas y más hondas, de perspectivas más vastas y mucho más ricas —y sobre todo de una necesidad permanente.
He oído decir que el mejor personaje de Proust es Charlus, el gran aristócrata invertido, culto, libre y personalísimo. Es posible. Sin embargo, hay razones para sostener que la figura de Françoise, la cocinera, es un personaje tan grandioso como Charlus. Es un retrato que llega a ser más claro en el sentido que tanto su vida anímica como su vida exterior quedan explicadas de forma insuperable, perfecta.
Josep Pla
Diccionario Pla de literatura




lunes, 24 de agosto de 2020

El descubrimiento de la estructura del momento presente, Milan Kundera



por calledelorco



La novela desconoce, me parece, la necesidad de oponerse a la pérdida de la realidad huidiza del presente hasta un determinado momento de su evolución. El cuento boccacciano es el ejemplo de esta abstracción en la que el pasado se transforma en cuanto es contado: es una narración que, sin ninguna escena concreta, sin diálogos, como si fuera un resumen, nos comunica lo esencial de un hecho, la lógica causal de una historia. Los novelistas que vinieron después de Boccaccio eran excelente narradores, pero no era ni su problema ni su ambición captar lo concreto del tiempo presente. Contaban una historia sin imaginarla necesariamente en escenas concretas. La escena pasa a ser el elemento fundamental de la composición de la novela (el lugar del virtuosismo del novelista) al principio del siglo XIX. Scott, Balzac, Dostoievski componen la novela como una secuencia de escenas minuciosamente descritas con su decorado, su diálogo, su acción; todo lo que no es escena, está considerado y sentido como secundario, incluso superfluo. La novela parece un guión muy rico.
En cuanto la escena pasa a ser un elemento fundamental de la novela, queda virtualmente planteada la cuestión de la realidad tal como se manifiesta en el momento presente. Digo "virtualmente" porque, en la escena es más una pasión por lo dramático que una pasión concreta, más el teatro que la realidad. En efecto, la nueva estética de la novela que nace entonces ( estética del segundo tiempo de la historia de la novela) se manifiesta mediante el carácter teatral de la composición: o sea, mediante una composición concentrada a) en una única intriga (contrariamente a la práctica de la composición "picaresca", que consiste en una secuencia de intrigas distintas); b) en los mismos personajes (dejar que los personajes abandonen la novela a medio camino, como era normal para Cervantes, se considera hoy un defecto); c) en un corto espacio de tiempo (incluso si entre el comienzo y el final de la novela transcurre mucho tiempo, la acción se desarrolla tan sólo a lo largo de unos cuantos días elegidos; así, por ejemplo, Los endemoniados se extiende a lo largo de unos meses, pero toda la acción extremadamente compleja se distribuye en dos días, luego en tres, luego en dos y por último en cinco).
En esta composición balzaquiana o dostoievskiana de la novela, toda la complejidad de la intriga, toda la riqueza del pensamiento (los grandes diálogos en la obra de Dostoievski), toda la psicología de los personajes, deben expresarse con claridad exclusivamente mediante escenas; por eso, una escena, como en el caso de una obra de teatro, pasa a ser  artificialmente concentrada, densa (los múltiples encuentros en una única escena), y se desarrolla con improbable rigor lógico (para que el conflicto de los intereses y las pasiones quede claro); con el fin de expresar todo lo que es esencial (esencial para la inteligibilidad de la acción y de su sentido), debe renunciar a todo lo que "inesencial", o sea a todo lo que es trivial, corriente, cotidiano, a lo que es azar o simple atmósfera.
Es Flaubert ("nuestro más respetado maestro", dice de él Hemingway en una carta a Faulkner) quien saca a la novela de la teatralidad. En sus novelas, los personajes se encuentran en un ambiente cotidiano, que (por su indiferencia, su indiscreción, pero también por sus atmósferas y sus sortilegios, que hacen que una situación sea hermosa e inolvidable) interviene constantemente en su historia íntima. Emma acude a la cita con Léon en la iglesia, pero un guía se une a ellos e interrumpe sus confidencias mediante una larga perorata inane. Montherlant, en su prólogo a Madame Bovary, ironiza sobre el carácter metódico de esa forma de introducir un motivo antitético en una escena, pero la ironía queda fuera de lugar; porque no se trata de un manierismo artístico; se trata de un descubrimiento por decirlo así ontológico; el descubrimiento de la estructura del momento presente; el descubrimiento de la perpetua coexistencia de lo trivial y lo dramático sobre la que se fundamenta nuestra vida.
Captar lo concreto del tiempo presente es una de las constantes tendencias que, a partir de Flaubert, irá marcando la evolución de la novela: alcanzará su apogeo, su verdadero monumento, en el Ulises de James Joyce, quien describe, en unas novecientas páginas, dieciocho horas de vida; Bloom se detiene en la calle con M'Coy: en un único segundo, entre dos réplicas que se siguen, ocurren muchas cosas: el monólogo interior de Bloom; sus gestos (con la mano en el bolsillo palpa el sobre de una carta de amor); todo lo que ve (una señora sube a una calesa y deja entrever sus piernas, etc.); todo lo que oye; todo lo que siente. Un único segundo del tiempo presente pasa a ser, en la novela de Joyce, un pequeño infinito.
Milan Kundera
Los testamentos traicionados
Traducción: Beatriz de Moura
Editorial: Tusquets



domingo, 2 de agosto de 2020

PENSADORES INTEMPESTIVOS / 1. HENRI BERGSON


El tiempo era otra cosa


El filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), ganador del Nobel de Literatura en 1927, en una imagen de 1928. 
El filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), ganador del Nobel de Literatura en 1927, en una imagen de 1928.  ULLSTEIN BILD / GETTY IMAGES

Debajo de un bombín puede estar la frente de un revolucionario. Henri Bergson(París, 1859-1941) fue un señor educado, de rasgos finos y delicados que, entre el hongo y la dinamita, se decantó por lo primero. Es curioso que la palabra revolucionario tenga tanto prestigio en nuestros días, cuando implica dar vueltas y más vueltas en un círculo en el que la única posible transformación es la posición, el estar arriba o abajo. Pero Bergson lo fue precisamente por su rechazo a cifrarlo todo en la posición. Entre otras excentricidades, Bergson creía que la memoria no se guarda en el cerebro. Le parecía que reducir el tiempo al espacio, como hacen los relojes, era traicionarlo. Los relojes sólo miden a otros relojes, sólo pueden comprender el tiempo mediante el espacio, ya sea el que recorre la Tierra alrededor del Sol o las transiciones del átomo de cesio. El tiempo real era el tiempo interior, ese que había evocado su primo Proust, que él llamaba duración. Y si el camino de ida se nos hace más largo que el de vuelta, aunque en nuestro cronómetro marquen lo mismo, la ida ha durado más. La experiencia cualitativa del sujeto prima sobre la experiencia cuantitativa de la máquina.
Algunas de las hipótesis de Bergson parecen sacadas de la literatura fantástica, pero sabemos por experiencia que la literatura es la que marca el ritmo de la historia. Sostenía que para estudiar la vida no sirve descomponerla y analizar sus partes (eso supone estudiar la muerte), sino que era necesario profundizar en la vivencia. La naturaleza híbrida de este filósofo, buen conocedor de las matemáticas y la biología, hijo de inglesa y polaco, del pragmatismo británico y la ensoñación eslava, le proporcionó una poderosa intuición y un enorme talento para la escritura. Recibió el Nobel de Literatura en una época en que el premio también se otorgaba a los filósofos, entendiendo que el buen filósofo es, ante todo, un narrador que también sabe contar historias.

Fue un revolucionario y, entre otras excentricidades, creía que la memoria no se guarda en el cerebro

Bergson anticipó el auge del zen, una tradición que desconocía. Los maestros zen evitan largos parlamentos y demostraciones sobre la verdad. Prefieren dar a sus discípulos ocasiones para instruirse por sí mismos. Lo mismo hacía Bergson. Algunos pasajes parecen sacados de un manual de meditación: “Cierro los ojos, me tapo los oídos y suprimo, una tras otra, las sensaciones que me llegan del exterior. Ya lo he logrado. Sin embargo, subsisto y no puedo dejar de subsistir. Sigo aquí. Puedo rechazar mis recuerdos y hasta olvidar mi pasado, pero conservo la conciencia de mi presente”. Y advierte que en el instante mismo en que una conciencia se extingue, otra se alumbra para asistir a la desaparición de la primera, pues la primera sólo puede desaparecer para otra y frente a otra. Recuerda a las Presencias reales, de George Steiner, recientemente desaparecido. Un libro también extemporáneo. No es posible imaginar una nada sin advertir que hay alguien que la imagina, que hay algo que subsiste.