sábado, 29 de abril de 2017

Música india en un monasterio cristiano para despedir a Salvador Pániker


Salvador Pániker
Salvador Pániker, entrevistado en su casa de Barcelona en 2013. GIANLUCA BATTISTA


Escribió Salvador Pániker sobre su concepto-fetiche, la retroprogresión, que comporta “la recuperación de la espontaneidad, la creatividad natural, sin deliberación”. Y a ello se aplicaron los allí presentes: en la puerta de la iglesia había quien hablaba de un reconfortante viaje espiritual a Vietnam y Camboya, afloraban sonrisas reflejo de una paz interior mientras se acomodaban en los bancos de madera y hasta la música de órgano era una feliz fuga en sol menor de Bach en los preparativos ayer noche del sepelio del filósofo, editor y escritor barcelonés, fallecido la madrugada del pasado sábado.
“Fue un hombre extremadamente complejo, contradictorio, híbrido como su propia genealogía, sociable, frívolo, pero también ermitaño, ansioso, hipersensible, niño pequeño, tan tierno como pillo”, lo fue dibujando ante unas 200 personas su hijo Agustín, también editor, recordando a su progenitor de padre indio y madre catalana. Maestro de ceremonias de camisa blanca y americana sin cuello, agradeció sin distingos, desde los familiares y amigos hasta a “las muchas amantes, para las que fue seductor”, su presencia en la iglesia del monasterio de Pedralbes, el que su padre veía perfilarse desde la ventana de casa.
Se buscó “una ceremonia laica, con un plus místico, como hubiera querido”, apuntó su hijo. Y efectivamente, un sobrio, tan modesto como elegante, centro de rosas blancas ante el altar hacía las funciones de un cuerpo que no estaba presente. Como tampoco lo estuvo la clase política (ni un solo dignatario autonómico o municipal reconocible) y apenas la cultural: ahí algún editor (Alfredo Landman, de Gedisa) o distribuidor (Oriol Serrano, de Les Punxes); en un discreto plano, algún directivo gremial (Segimon Borràs, exsecretario general de los editores catalanes) o algún intelectual (Pere Portabella, Xavier Rubert de Ventós).
Entre un aria de Bach (“entre todas las galaxias en un plato de la balanza y en el otro Bach, me quedo con éste”, decía) y un toque jazzístico de Miles Davis, hijos (Pablo, Gregorio…) o nietos (Mateo) o amigos (el escritor Sergio Vila-Sanjuán), hicieron aflorar desde fragmentos del Tao-Te-King (“Salir es nacer; entrar es morir”) hasta el prólogo de su libro ya póstumo, Adiós a casi todo (“Así que ya veremos… o no veremos”, lo acabó, ya sintiendo irse).
No hubo lágrimas para ese “señorito, antifranquista, suficientemente frívolo, de baja de toda creencia religiosa, asiduo de Bocaccio” y al que le gustaban mucho las mujeres, como escribió una vez de sí mismo. O casi: el tercer impromptus de Schubert precedió a los delicados recuerdos de su hija Ana, que lo halló en casa “muerto de perfil, acostado sobre el lado derecho, arropado con las mantas, como un niño dormido, asombrado por su propia inteligencia que le llevaba más allá”. Habían hablado la noche antes, la necesidad imperiosa de descansar y explicarse. Él, recordó, le dijo que vivía esos últimos tiempos “como en una cartuja: ora et labora”, frente al ordenador, volcando recuerdos y pensamientos, cada vez más frugales, esenciales, puros, como constatar que “la vejez es una devastación”; también le confesó: “Necesito un hogar”. “Paradojas: tú, que lo dejaste tantas veces”, le respondió la hija.
Música clásica del norte de la India cerró el acto. Apenas 40 minutos. Puro Oriente resonando en paredes góticas de puro Occidente. Puro Pániker.

miércoles, 26 de abril de 2017

Baroja, el primer ‘hater’





Nuestros escritores son algo modositos, escriben bien, sin grandes riesgos, ni de estilo ni de tema. Prefieren el éxito cauto y seguro que la vía de la provocación intelectual de un Michel Houellebecq o, en su día, un Baroja.
Quizá sea la era del linchamiento, que nos obliga a no mear fuera del tiesto para no recibir el castigo de la masa enfurecida. En Francia, los candidatos al Elíseo han hecho la pelota al «pueblo» de un modo manso, a excepción de los discursos lepenistas más radicales (salirse de la UE),  aunque sin abandonar una estudiada demagogia, entendida esta como darle al público lo que quiere oír. ¿Nuestros escritores son demagógicos?
Baroja no lo era. Nunca temió desagradar, estar fuera de las tendencias, las generaciones, del público, de la moral predominante, del zeitgeist, las modas, las listas de la época, si es que las había. A pesar de eso, o quizá por eso, fue un autor no sólo respetado sino reverenciado en vida. Su piso de Madrid, en los últimos años, se convirtió en un templo de visitas repleta de amigos y curiosos deseosos de hacerse el selfi de la época, que era decir que se había estado en casa de Baroja.
Hemingway, más yanqui para estas cosas, se  hizo la foto en el lecho de muerte del autor vasco, cosa que no gusto mucho a la familia pero ahí queda eso, porque las imágenes no incluyen el ruido, las palabras, que en su día hubo en torno a ellas. El propio Hem, que lloraba al llevar su féretro hasta el cementerio civil de la Almudena, dijo que escribía gracias a Baroja, que se dice pronto. ¿Habría leído Juventud, egolatría? Leámoslo ahora, en la reedición que ha preparado Caro Raggio a los cien años de su primera impresión.
Yo lo leí de adolescente, y recuerdo la agradable sorpresa que sus páginasme produjeron. Se podía escribir diciendo lo que a uno le viniera en gana, ser provocador, polémico, subjetivo, y, al mismo tiempo, revelador, pues todo aquel que lucha contra el pensamiento único lo es. Y te deja una estela de verdad y autenticidad valiosa, rara en unos tiempos, los de entonces y los de hoy, en que la mayor preocupación parece ser salir guapo en la foto.
DOGMATOFOBIA
Mi fascinación juvenil por Baroja, como la de tantos otros apasionados lectores, vino por su independencia de pensamiento y su alergia a casarse con nadie. En Juventud, egolatría habla de su dogmatofagia o afición a enfrentarse a cualquier maximalismo monocromo, a cualquier verdad que, como suele pasar en esta España nuestra y en la vasconavarra ni te cuento, no haya sido sometida a una segunda opinión.
«Mi primer movimiento en presencia de un dogma, será religioso, político o moral, es ver la manera de masticarlo y de digerirlo (…) En esto mi inclinación es más grande que mi prudencia. Tengo una dogmatofagia incurable».
Especial inquina le producían militares y clérigos, motivada, como a tantos otros, por traumas personales. Señala Julio Caro Baroja en el prólogo a la edición de 1977 que su tío no sólo fue anticlerical sino «anticristiano» y que los años que vivió en Pamplona le marcaron (mal) para siempre.
«Vivió en una Pamplona levítica y en la catedral de Pamplona tuvo una impresión terrible, a los nueve o diez años. La Iglesia quedó simbolizada para él en un grueso canónigo enfurecido que le maltrató y al que odiaba aún en 1917 [que es cuando se publica la primera edición de Juventud, egolatría]».
Hoy es fácil meterse con la Iglesia, los laicosos lo hacen a menudo, pero en la España de 1917 no lo era tanto. Ni con los toros: «Las corridas de toros nos producen asco. La crueldad, como la estupidez, cuanto más adornadas, son más odiosas».
Haciendo amigos.
MÁS ALLÁ DE LA COHERENCIA
Muchas de las invectivas barojianas me parecen un tanto aceradas de más, juveniles en cuanto a pasionales; hay morbo en leerlas, el de ver a alguien dominado en muchos casos por sus fobias. Pero el valor del libro no estaría tanto ahí, sino en la renuncia de Baroja a ser coherente, que entonces se decía ser «consecuente».
El gran sacramento de la coherencia, tan jaleada hoy, a la que se venera hoy con modos cuñadísticos porque no hay ser complejo que no incurra en varias contradicciones y cambios de rumbo a lo largo de su vida. Y más aún cuando la coherencia, el ser consecuente, era poco menos que comulgar con las ruedes de molino del «ordenancismo, las purgas, depuraciones, purificaciones y otros horrores», como señala Caro Baroja.
Baroja escribió el libro con 45 años, cuando se sentía ya un viejo (aunque viviría otros 44) y asumió el libro como una «obra de higiene». En él más, que odio, hay un deseo de limpiar las impurezas que la sociedad, el país, su tiempo, va sedimentado en él y lo hace a través del zirikatu, vocablo vasco que viene a decir algo así como malmeter, criticar, y que hemos adoptado con el sonoro ciriquear. «Sus diatribas, setenta años después, aún pican», decía su ilustre sobrino. ¿Lo harán cien años después?
El encanto de Juventud… es que está escrito fuera del cálculo, sin tener en cuanta al público, es decir, el qué dirán, y está concebido, como el autor dijo, como «una exudación espontánea». Deberíamos escribir más así, casi sin editar, como Bob Dylan grababa sus mejores canciones: primera toma y a correr. El resto ya es manierismo e impostura.
Baroja se mete con Shakespeare («Otelo es un drama falso y absurdo»), con los aficionados a la música («gente un poco vil, envidiosa, amargados y sometidos»), con las religiones («la gran defensa de la religión está en la mentira. Con la mentira vive la religión») y con América («los españoles de América y los americanos no me interesan nada») entre otros muchos blancos.
Leí joven a Baroja, y como joven que era, me acerqué a sus ideas casi como si fueran esos dogmas que repudiamos. Error. Hay que leer a Baroja como Baroja se leería a sí mismo, con pasión pero también con desconfianza.
Tuvo algo, mucho, de precursor, como su inmortal personaje Andrés Hurtado, y fue a contracorriente e hizo lo que le dio la gana. Como también fue precursor este conjunto de ideas volcadas un poco al tuntún en que, si bien se despachó a gusto y sin morderse la lengua, demuestra que fue un hater también a su manera. Porque sus malos humores nacen de asumir que las cosas no son, por desgracia, tan hermosas como a uno le gustaría. Porque el fondo de Baroja era sentimental, romántico, hipersensible y las diatribas más mordaces no son sino el síntoma de una decepción. Baroja, a sus 45 años, no deja de ser un espíritu juvenil, soñador, al que le duele aceptar el estado de cosas (inconsciente de lo que estaba por venir).
En lo que podría parecer un discurso destructivo, se oculta pues la desazón de asistir al particular derrumbe de todo lo que era sólido, entre otros muchos penares. Como se oculta también un idealismo sano y generoso, uno de los lados de ese ser poliédrico y escurridizo a la etiqueta fácil que es Pío Baroja:
«Yo parezco poco patriota, sin embargo lo soy. (…) Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir. Yo quisiera que España fuera el mejor rincón del mundo y el país vasco, el mejor rincón de España».

martes, 18 de abril de 2017

Reseña: Un vuelo de ángel: Domingo, el abuelo astral.


Un vuelo de ángel:
Domingo, el abuelo astral.
“El mar y yo tenemos ciertos secretos.” Milton(el cubano).
Aquél cúmulo de páginas se presentaba ante mí como secretos salidos del mar. Me sumergí en la lectura y descubrí que muchas de ellas también provenían del cielo y de la tierra. Se trataba de la quinta novela del escritor cubano Milton M. Martínez, la cual, según él mismo, surgió de un sueño. A la mañana siguiente se levantó con una preocupación y un nuevo libro por escribir.
Los acontecimientos se suceden en un caos organizado y mientras Leopoldo (personaje central) saca de su jaba(1) ají picante, café, espam en lata, hojas de tabaco, puré de manzanas de Rumania y otras cosas más, yo voy llenando la mía con las vivencias de personajes apasionados, inmersos en una cotidianidad que los empujaba a tomar nuevos caminos, equivocados tal vez, que se hacen con el transcurrir de cada día. Estos personajes quieren y desquieren, anhelan, sueñan y temen. Son tan reales que hacen el amor, bailan al son de Felipe Dulzaides y su combo y toman ron en un flamante hotel o en el quicio de una acera de cualquier calle.
Las acciones rozan, sin proponérselo el autor, las líneas paralelas de lo histórico y lo político dentro del marco de la enajenación humana. Lo humano y lo social se mueven a rienda suelta por espacios obligatorios y cercados dentro de la condición cubana. La dimensión espiritual se contrapone como una propuesta que alivia y desencadena nuevas opciones impensables en la circunstancia real. Un “a pesar de todo” lastimero, como sentencia y advertencia, introduce cada capítulo.
El vuelo por esas primeras páginas invitaba a seguir el recorrido por aquel sendero tan individual y escabroso. Cada parada era la posibilidad de contactar con ese mundo ricamente caribeño, plagado de luz y sol, de mar, de sexo, de ron, de amor, de suspenso e incertidumbre, a pesar de todo. El relato gira en torno a las aventuras y
desventuras de Leopoldo. Su vida es un sobresalto erótico, una constante búsqueda del yo y de la satisfacción de ese yo; no obstante, encuentra el tiempo para trabajar y estudiar como los demás habitantes de la isla. La audacia, su personalidad decidida y la intervención oportuna y permanente del abuelo (Domingo) lo salvan constantemente de situaciones que rayan, con suerte, en lo jocoso y, con menos fortuna, en lo trágico. La causa y el efecto no siempre explican el desarrollo, a veces atemporal,de los hechos.
Domingo, el abuelo astral, de 79 años de edad es un personaje afectuoso, sencillo, sabio y defensor de su patria. Como un ángel caído del cielo, nos lleva de la mano por la novela, con la absoluta seguridad de que somos “espíritus que estamos viviendo una experiencia material”. En cada viaje astral que realiza tiene una visión y una certeza, pero él sabe que la revelación no siempre cambia el destino, porque al final vivimos el ineludible destino que nosotros mismos construimos desde el presente. El abuelo renace de la muerte, condición indispensable para recuperar sus alas, y seguirá siendo el guardián de su nieto, a quien está unido por vivencias ancestrales tal vez, pero por otras más cercanas en tiempo y espacio: a ambos los abandonaron para el carajo.
Leopoldo quiere decirle al abuelo que tiene ganas “de probar suerte y salir de aquel caos aunque después se arrepintiera mil veces, aunque después se pasara la vida entera hablando de la miseria que había dejado atrás y tal vez añorándola, porque nadie sabe a dónde lo puede llevar a uno ese tipo de decisiones, nadie sabe coño; porque la miseria (espiritual) no se deja, siempre se va con uno”. Pero prefirió callar. . .Quizás, temía la consabida respuesta de Domingo: “Yo jamás abandonaría mi patria…” Pero el abuelo tenía una revelación más: “Te irás pero una parte tuya se quedará y sentirás que algo te falta y nunca sabrás qué es, porque eso que falta no pertenece a la materia sino al espíritu”.
Niurka, Olga, Belquis, Caridad,…, tejen una red de erotismo y sensualidad a través de la novela y todas fueron una vez del mismo hombre. Y a pesar de los amores
y los desamores, de los encuentros y de los desencuentros, el privilegio único e irrepetible del amor perfecto emerge. La pareja escogida tendrá que enfrentar el fragor del conflicto existencial, el cual, como mar embravecido, pondrá a prueba la humanidad de dos seres cuya primera certidumbre es el amor y su segunda, es la de que sus vidas penden de un acto sobrenatural e incomprensible.
Y el final nos agarra desprevenidos: con los pulmones llenos de agua volvemos a la popa de una embarcación que ahora yace en el fondo del mar. En un vuelo de ángel arribamos a la arena de una playa que nos introduce en otros mundos, otros tiempos, otra luz, otra dimensión y un hombre solo con una promesa en los labios. El milagro final tiene lugar. Milagro único, privado, que se repite a través de los siglos, del que no puedo agregar nada, porque esto conforma una vivencia íntima e individual de cada lector.
Este relato está envuelto en un ambiente que denomino de humor y sarcasmo, aunque el autor prefiere hablar de “choteo”(2) o de “jodedera-ficción”(3). Finalmente será usted quien establezca lo que se plantea en estas líneas llenas de expresiones que hablan de una cultura, de un gentilicio, de una manera de ver y sentir la vida.
La dualidad es una constante en esta novela: la vida o la muerte, la razón o el corazón, la alucinación o la realidad, la ficción o la verdad, lo material o lo inmaterial, el irse o el quedarse y siempre la duda y la incertidumbre o tal vez, “a pesar de todo”, un final del cual nadie puede escapar.
El espacio geográfico, donde tienen lugar los acontecimientos, es un pedazo de tierra que flota en el Atlántico, entre el golfo de Méjico y el prodigioso Mar Caribe. Un pedazo de tierra que se llama Cuba, un pedazo de tierra que, según el autor “muere y renace con cada naufragio”.
María Moreno.
(1 )Bolsa de guano o de tela con agarraderas que sirve para transportar comestibles y miserias.
(2)Capacidad que tienen los seres encarnados (y en especial los cubanos) de reírse de su propio infortunio.
(3)Género novelístico creado por el autor en el que la mayoría de los personajes trabajan con un fin único: reírse y defecarse en todas las leyes y regulaciones que crean los “afortunados” para oprimir y mantener en silencio a los “desafortunados”. Generalmente hay más de un personaje central, porque las cosas, tanto en lo material como en lo espiritual, no se pueden hacer individualmente. Aparecen en la novela el autor y el meta-autor y hay además de un narrador, un meta-narrador. En este caótico orden narrativo el tiempo es sólo una excusa, como también lo es el espacio que existe única y exclusivamente para poner un poco de orden en esta jodedera.

viernes, 14 de abril de 2017

La luz sí basta REBECA YANKE



El viernes hubo una manifestación frente al Congreso de miles de hologramas y, desde entonces, los titulares me dejan estupefacta. Miles de hologramas se manifiestan. Una manifestación de hologramas. Lo último en manifestaciones contra la Ley Mordaza. Luego te acuerdas de Rajoy con su pantalla de plasma y te sientes fatal tras tanta metáfora.
Hay dos tendencias de las últimas décadas que aún no he entendido bien, la del Tamagotchi y la de necesitar una pantalla de plasma en el salón de casa. Grande y muy plana, una señora pantalla. Se acabaron los televisores con culo, los ordenadores igual, porque ahora vivimos deslizando las cosas con el dedo, apartando lo que no interesa con un gesto nuevo. Se levanta, se toca ligeramente la pantalla y se desecha con indiferencia. Fuera. Los quince minutos de Warhol ahora son una intermitencia de segundos, un continuo sentirse Luis XVI. Un reinado entrecortado por la vida, eso sí. Esas minucias.
No soy yo de desdeñar la técnica. Y no es que todos los periódicos sean sensacionalistas, es que en el mundo pasan cosas sensacionales. Pero quizá, a fuerza de representar, hacer metáforas, crear listas, comparar e incluso estructurar la vida de forma compartimentada, hemos terminado no ya por no ver la realidad sino por mezclar varias. Un desastre. 
En Una historia del mundo en diez capítulos y medio Julian Barnes llamaba a esto «la catástrofe del arte». Vemos las noticias, reconocemos el drama, decidimos esperar a que hagan la película y nos vamos a la cama. Rajoy recibe desde el plasma, Snowden concede entrevistas virtuales - sentado en taburete- desde una embajada en Londres y para mostrar el ya no tan distópico escenario de una manifestación que sale a ojo de la cara hay que usar hologramas. Por lo menos hay luz, en todo esto, pienso en un primer momento. Pero como todo me lo llevo a lo poético me acuerdo de José Ángel Valente y de que «la luz no basta» y ya puedo, prácticamente, exigir la retirada de la metáfora. De todas las metáforas. Lejos, les digo, con mi dedo Luis XVI.
Un mes después de que el Gobierno decidiera poner en marcha el proyecto de Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana ya hubo un colectivo artístico -ahora hay que llamarlo activista- que salió a las calles con «200 envases de pollos asados, papel de celofán de colores y leds intermitentes» para decir que «estaban enfadados» por este proyecto que, si nada cambia, entrará en vigor el próximo julio. Aquel agosto de 2014 Luzinterruptus intervino «30 coches, algunos con permiso de los dueños» y colocaron «siete envases sobre el techo de cada vehículo, imitando en forma y color las luces de los coches de la Policía Nacional».
A ellos la luz sí les basta, y también saben que no hay otra vida que la entrecortada. Qué alegría que haya quien no espere un año para protestar, que salga al día siguiente a decir que algo no le parece. Lo hacen habitualmente. Con palitos de led verde hicieron hierba para quejarse del ruido lumínico de los neones, para protestar en contra de la reforma de ley del aborto -que se decide hoy- «pensando en cómo los derechos de la mujer están siendo pisoteados» se echaron a las calles «cargados de muñecas de plástico a medio inflar» -léase hinchables- a las que pusieron «luz y sellaron la boca». Todo hecho social con el que el colectivo Luzinterruptus no esté de acuerdo encuentra su revés lumínico, es decir, capaz, en este grupo de activistas de la luz. Lo explicaba bien Ángel González: nos amamos de dos en dos para odiar de mil en mil; hologramas, claro.




martes, 11 de abril de 2017

La Escalera de Jacob


La Escalera de Jacob, que toma su nombre de un bellísimo  pasaje del Génesis, el primer libro de la Biblia, es un teatro madrileño con la vitalidad de Sansón y Dalila que tiene su  sede en la calle de Lavapiés. La programación para adultos del mes de abril anuncia nada menos que 18 espectáculos teatrales  y la programación infantil, algo más moderada que la de adultos, anuncia  nueve espectáculos con títulos como Supermagia, Magia por un tubo La pócima del buen comer, que, según canta el programa,   enseña a los niños a alimentarse de una manera muy divertida. Es fantástico que a los niños  se les enseñe a comer, al menos, en el teatro porque, como es sabido, el currículo escolar  no incluye en los colegios ni la disciplina de la alimentación, que enseña a comer,  ni la disciplina del teatro, que enseña a las personas a comunicarse. Y, como el equipo que dirige La escalera de Jacob está integrado por gente hiperactiva, a esta selva de espectáculos ha sumado una programación especial para la Semana Santa que se puede consultar en la página web www.laescaleradejacob.es.
El viernes pasado, y con el recuerdo todavía fresco de la reciente celebración madrileña de La Noche de los Teatros,   asistí a la última representación de Fronterizos, una magnífica comedia de la autora argentina Josefina Ayllón. El primer deber de un autor es elegir un buen tema. Y Josefina Ayllón ha elegido un tema digno de Shakespeare: el tema de las fronteras políticas y de las fronteras que el egoísmo y el odio de los chimpancés humanos estamos levantando a todas horas del día. En la familia, en el trabajo, en nuestra vida social todos marcamos nuestro territorio levantando fronteras  de las que solo las personas distraídas no se enteran.
La mayor tragedia desde el final de la Segunda Guerra Mundial la vivimos a diario en la catástrofe que sufren tantos millones de personas que cruzan fronteras huyendo de sus países de origen. El texto original de Fronterizos de Josefina Ayllón  situaba la acción de la obra en la frontera entre Argentina y Chile.  Pero aquella frontera puede ser la de cualquier territorio. En la obra representada en La Escalera de Jacob su  excelente director, Kelvin Herrera,  ha  situado la frontera de la obra original  entre España y Marruecos. Entre los dos países,   tenemos una frontera muy peculiar marcada por las aguas del Estrecho de Gibraltar y por la frontera hispanomarroquí, con verja incluida,  de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla.
La comedia se construye siempre sobre una tragedia que el dramaturgo contempla desde la distancia. En Fronterizos dos personajes, Soldado e Inocencio, dialogan separados por una línea  trazada en el escenario. Inocencio quiere cruzar la frontera de España pero se topa con Soldado, que hace guardia para impedir                                                                    su paso. A partir de la prohibición de cruzar la frontera                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 que Soldado le transmite a Inocencio, se inicia un diálogo delirante entre los dos personajes. Ese diálogo  pone en evidencia desde el absurdo de la división de los territorios entre países  al absurdo de tantas convenciones humanas que nos impiden tratarnos con una mayor humanidad. Los cómicos diálogos de Fronterizos se inscriben en esa fantástica corriente de teatro del absurdo que en Europa se inició con la obra teatral Tres sombreros de copa (1952), del gran Miguel Mihura, y que tuvo espléndidos cultivadores posteriores en Ionesco y  Beckett y una legión de seguidores en varios países. Sin olvidar que, antes de Mihura, representó su soberbio teatro cómico  Enrique Jardiel Poncela, del que es deudor Mihura.
Los excelentes actores Airel Muñoz (Soldado) y Daniel Marchesi (Inocencio) son dos jóvenes, de 20 años, estudiantes del prestigioso Laboratorio de Teatro William Layton.
El público rio,  sonrió y aplaudió con bríos a una obra y unos actores de esos que, como bien se dice, crean afición. Fronterizos, por su excelente humor, genera el deseo de volver muy pronto al teatro. Además, la última representación coincidió con el anuncio de la reducción del IVA para el teatro del 21% a un 10%  más soportable para el espectador. Ahora hay que luchar por una reducción del IVA al  4%, que es el IVA con el que está gravado el pan y, por cierto, también el cine porno, que, según el Gobierno de la nación,  para los ciudadanos  es un producto de tan primera necesidad como las chapatas de centeno.

Lettre de Fernando Pessoa à Mário de Sá-Carneiro

14 mars 1916



14 mars 1916
Je vous écris aujourd’hui, poussé par un besoin sentimental — un désir aigu et douloureux de vous parler. Comme on peut le déduire facilement, je n’ai rien à vous dire. Seulement ceci — que je me trouve aujourd’hui au fond d’une dépression sans fond. L’absurdité de l’expression parlera pour moi.
Je suis dans un de ces jours où je n’ai jamais eu d’avenir. Il n’y a qu’un présent immobile, encerclé d’un mur d’angoisse. La rive d’en face du fleuve n’est jamais, puisqu’elle se trouve en face, la rive de ce côté-ci ; c’est là toute la raison de mes souffrances. Il est des bateaux qui aborderont à bien des ports, mais aucun n’abordera à celui où la vie cesse de faire souffrir, et il n’est pas de quai où l’on puisse oublier. Tout cela s’est passé voici bien longtemps, mais ma tristesse est plus ancienne encore.
En ces jours de l’âme comme celui que je vis aujourd’hui, je sens, avec toute la conscience de mon corps, combien je suis l’enfant douloureux malmené par la vie. On m’a mis dans un coin, d’où j’entends les autres jouer. Je sens dans mes mains le jouet cassé qu’on m’a donné, ironiquement, un jouet de fer-blanc. Aujourd’hui 14 mars, à neuf heures dix du soir, voilà toute la saveur de ma vie.
Dans le jardin que j’aperçois, par les fenêtres silencieuses de mon incarcération, on a lancé toutes les balançoires par-dessus les branches, d’où elles pendent maintenant ; elles sont enroulées tout là-haut ; ainsi l’idée d’une fuite imaginaire ne peut même pas s’aider des balançoires, pour me faire passer le temps.
Tel est plus ou moins, mais sans style, mon état d’âme en ce moment. Je suis comme La Veilleuse du Marin, les yeux me brûlent d’avoir pensé à pleurer. La vie me fait mal à petit bruit, à petites gorgées, par les interstices. Tout cela est imprimé en caractères tout petits, dans un livre dont la brochure se défait déjà.
Si ce n’était à vous, mon ami, que j’écris en ce moment, il me faudrait jurer que cette lettre est sincère, et que toutes ces choses, reliées historiquement entre elles, sont sorties spontanément de ce que je me sens vivre. Mais vous sentirez bien que cette tragédie irreprésentable est d’une réalité à couper au couteau — toute pleine d’ici et de maintenant, et qu’elle se passe dans mon âme comme le vert monte dans les feuilles.
Voilà pourquoi le Prince ne régna point. Cette phrase est totalement absurde. Mais je sens en ce moment que les phrases absurdes donnent une intense envie de pleurer.
Il se peut fort bien, si je ne mets pas demain cette lettre au courrier, que je la relise et que je m’attarde à la recopier à la machine pour inclure certains de ses traits et de ses expressions dans mon Livre de l’intranquillité. Mais cela n’enlèvera rien à la sincérité avec laquelle je l’écris, ni à la douloureuse inévitabilité avec laquelle je la ressens.
Voilà donc les dernières nouvelles. Il y a aussi l’état de guerre avec l’Allemagne, mais, déjà bien avant cela, la douleur faisait souffrir. De l’autre côté de la vie, ce doit être la légende d’une caricature quelconque.
Cela n’est pas vraiment la folie, mais la folie doit procurer un abandon à cela même dont on souffre, un plaisir, astucieusement savouré, des cahots de l’âme — peu différents de ceux que j’éprouve maintenant.
Sentir — de quelle couleur cela peut-il être ?
Je vous serre contre moi mille et mille fois, vôtre, toujours vôtre.
Fernando PESSOA
P.S. J’ai écrit cette lettre d’un seul jet. En la relisant, je vois que, décidément, je la recopierai demain, avant de vous l’envoyer. J’ai bien rarement décrit aussi complètement mon psychisme, avec toutes ses facettes affectives et intellectuelles, avec toute son hystéroneurasthénie fondamentale, avec tous ces carrefours et intersections dans la conscience de soi-même qui sont sa caractéristique si marquante…
Vous trouvez que j’ai raison, n’est-ce pas ?