domingo, 18 de noviembre de 2018

Pequeña teoría del paralelismo Peio Aguirre


Publicado el 2018-11-18
La potencia de un conjunto de actividades paralelas en el seno de las prácticas artísticas contemporáneas no cuenta todavía con suficiente reconocimiento. Mientras los modos de concepción, producción y distribución en el arte son cada vez más descentrados, entrecortados, estratificados y superpuestos, cierta ilusión de que la creación se rige por una única línea recta sigue estando asentada. Se pueden entender estas actividades como la praxis excéntrica, sin un centro preciso, sobre cuyo eje gravitan conexiones oscilantes de acción, colaboración y dispersión. Históricamente el teatro ha sido el espacio donde este paralelismo ha resultado productivo: pensemos en Brecht y en su teatro épico, la relación entre lo individual y lo colectivo, la revisión constante, correcciones, actualizaciones y la suma de las colaboraciones añadidas a un corpus complejo y en crecimiento constante. Mucho tiempo después, ello constituye un modelo para la producción en el que fijarse. 
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En alguna ocasión se ha señalado cómo Jean-Luc Godard trabajó de manera simultánea en dos películas entre agosto y septiembre de 1966, rodando Deux ou trois choses que se je sais d’elle durante el día, y editando Made in USA por la noche. Esta superposición le permitía evitar lo lineal en las fases de producción; un concepto como el de “producción” cinematográfica tan limitada que le hacía decir que el guión debería seguir al montaje, en lugar de precederlo. Como heredero de Brecht, Godard puso esta idea en práctica. Su método paralelo era especialmente relevante al cuestionar la causalidad del proceso de producción y sus secuencias preestablecidas (guión, rodaje y post-producción). Mirando su filmografía en perspectiva se comprueba que el paralelismo conduce a la sobreproducción, en la que cantidad, con el paso del tiempo, deviene calidad. 
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En el arte más reciente, el paralelismo es para los artistas un escape al monolingüismo y al carácter cerrado, unívoco, de la práctica artística. En su lugar, una multiplicidad de voces y roles emerge al unísono en diversos giros, deconstrucciones y deformaciones de los significantes en diversas capas a velocidades y escalas variables; así como la consideración del tiempo y el espacio como interdependientes; la superposición de ritmos y hechos cotidianos. En este paralelismo, la colaboración alcanza un rango, un respeto, que anteriormente no se había contemplado. Este proceso de colaboración, de co-creación y disolución del ego aquí cobra un rasgo distintivo. Otra característica del paralelismo consistiría en que lo proporcional no es igual a lo simétrico: existen intensidades variadas en el seno de toda colaboración. 
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Una teoría del paralelismo contempla una gran variedad de caminos y vías como explorar las conexiones entre disciplinas y saberes, mantener el pulso a una regularidad constante en el trabajo a través de la configuración de una red a la vez imaginaria y real. La discontinuidad del tiempo, su fragmentación. Además esta última se ha convertido en la característica principal de nuestro tiempo, en la que concentrarse en una única cosa resulta complicado. El paralelismo buscaría hacer productivos estos cortes, empalmando fragmentos en una actividad deudora de las técnicas del collage y el montaje. “El método es el desvío”, como dijo Walter Benjamin de manera encriptada: 
“Método de este trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No hurtaré nada valioso, ni me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los harapos, los deshechos, esos no los quiero inventariar, sino dejar que alcancen su derecho de la única manera posible: empleándolos.” (1)
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La metáfora, propia de la modernidad, de un tren en marcha, encuentra en el paralelismo una línea de fuga con tintes constructivistas; el idealismo del progreso como un tren anclado a las vías ha visto demasiadas veces cómo se trunca su destino. En el constructivismo, sin embargo, las líneas paralelas de las vías de tren están siempre sujetas a los constantes entrecruzamientos, cambios de vía, conexiones, bifurcaciones y las vías muertas. En éstas precisamente es en las que a menudo caen los proyectos, sin necesidad de remordimientos. Siguiendo con las metáforas de la modernidad, el paralelismo podría relacionarse con el perspectivismo (que no relativismo) como el modo de pensamiento alejado de cualquier dogma y que privilegia el punto de vista. En éste, como si de un diafragma fotográfico se tratara, el ojo escanea adelante y atrás pasando de lo macro a lo micro y viceversa. Entonces el paralelismo es una geometría variable de las escalas, en ellas se encuentra a gusto. Además, la simultaneidad del paralelismo se da por descontado. Sin embargo, no todo lo simultáneo es paralelo. 
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Durante la década de los noventa, el arte contemporáneo se alimentó de actividades paralelas: una preocupación por el papel social del artista, su función y tarea en mitad de un capitalismo tardío cada vez más orientado hacia el sector terciario condujo a una multiplicación de los roles y desempeños. Artista sí, pero también crítico, curador, coleccionista, educador, colaborador y hasta DJ. Esta insistencia en las estructuras paralelas (ya sea a través de actividades paralelas o la creación de personajes paralelos) es indicador de una condición epocal consistente en romper con el binarismo; allí donde toda aproximación indirecta, lateral, por rodeo, resulta significativa. Como cualquier libro de psicología certificaría, a menudo la única manera de alcanzar el objeto central del deseo es a través de una desviación o un trabajo alrededor del objeto anhelado. Pero además, el establecimiento de estructuras paralelas se ve afectada por la dislocación de las habilidades profesionales, llamémosle, tradicionales. Lo paralelo describe una cierta manera de operar y reconquistar nuevos espacios-tiempo para el arte o la arquitectura desde los intersticios dejados por otras áreas profesionales a lo largo del espectro económico y socio-político. Las estructuras paralelas constituyen otra transfiguración de la dialéctica; transforman lo esclerótico en energía viva incrustada en el interior de otra disciplina o dominio artístico a priori ajeno. En toda actividad paralela ha de prevalecer un aspecto decisivo; el juego, y con él, un elemento lúdico y placentero. Lejos de ser una filosofía, el paralelismo es más bien un no método. 
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La consideración de estructuras paralelas ha surgido sobre todo desde posiciones intrínsecas a una condición posmoderna: ningún lugar mejor para comprobarlo que el devenir del cine y la literatura de la posmodernidad. Esto resulta meridianamente claro en la forma narrativa en la que dentro de una misma historia, digamos, general, acontecen diversas microhistorias paralelas que se suceden con el objetivo de capturar la atención del espectador. Esta heterogeneidad de historias reduce el riesgo de la monotonía narrativa mientras el “lectoespectador” adquiere paulatinamente herramientas cognitivas en el mero acto del consumo (2). Los relatos entrelazados de Shorcuts (Vidas cruzadas) (1993) de Robert Altman, y Magnolia (1999) de Paul Thomas Anderson, son suficientemente explícitos al respecto. Más tarde, con la llegada de la televisión a la carta, las series han hecho del paralelismo la forma narrativa dominante. El “lectoespectador” actual es experto en paralelismo y, dicho sea de paso, en estructuras narrativas complejas, sea o no consciente de ello. Lo que este modo de consumo pone de relieve es el paralelismo como la esfera de la temporalidad: capas de tiempo que suceden de manera simultánea y que apuntan a mundos paralelos, alternativas a la univocidad. Sin embargo, para que el paralelismo adopte una forma es preciso una toma de consciencia de su potencialidad. 
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En ese sentido, podríamos definir la crítica como una manera de acción paralela que opera con respecto a la obra, el/la artista, la institución y el mercado; con todas ellas establece puntos de conexión aunque resaltando su posición independiente, paralela. Acción Paralela era el nombre de la revista fundada por José Luis Brea en 1995. El título aludía a la Acción Paralela en El hombre sin atributos de Robert Musil, un proyecto conmemorativo sin que el lector llegue a saber en qué consiste dicha acción y cuya función es no tener o no poder tener un centro y que se convierte en una metáfora de lo absurdo que entraña la búsqueda de un centro unificador. Aun sin este centro, lo que cuenta es la capacidad de movilización (para la crítica, para la teoría). Escribía en la editorial del primer número que 
“es por esto que todavía nos asomamos al arte con esa pasión de conocer, de mirar en su reflejo el mundo. Acción Paralela es esa Acción reflexiva que el arte le hace a lo real –y también ésta que el ensayo, la reflexión crítica, le hace al arte.” (3)
La editorial era una defensa de la crítica como acción, como superación de aquella resistencia a la teoría de la que hablara Paul de Man. Pues además, sobre todo en nuestro país, había (y hay) mucha tarea por cumplir en el mundo del arte; la acción paralela se daba entonces en el encuentro 
“en la convergencia, en el ‘lugar de los puntos’ que, como el anillo de Clarisse, funciona precisamente gracias a un centro –del que carece. Acción Paralela quiere ser ese lugar, ese territorio de convergencia de movimientos independientes, un espacio de reflexión abierto y múltiple en que el rigor necesario –para que lo que aparezca en su espejo sea fiel– no limita la rica diversidad de las líneas que al avanzar su imán vayan revelándose en la dispersión de los fragmentos. Citarse para ellos en Acción Paralela es darse como horizonte de convergencia el infinito –que es el lugar imaginario en que las paralelas se tocan.” (4)
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El paralelismo en la crítica aboga por su ejercicio, su puesta en práctica, como aquella gimnasia que se realiza casi a diario (ejercicio) para mantener el cuerpo y la mente de un modo saludable. Veamos en este pequeño texto un ejemplo modesto de este ejercicio, un caso de acción paralela incrustado en el ritmo, variable y superpuesto, de la vida y el trabajo. 

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Imagen de portada “Volunteer”, Jeff Wall, 1996. ©

(1) Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Akal, Madrid, 2005, p. 462. 

(2) El término “lectoespectador” remite a un concepto del escritor Vicente Luis Mora. Véase el libro El lectoespectdor, Seix Barral, Barcelona, 2012.

(3) José Luis Brea, “Editorial”, Acción Paralela, n. 1, mayo de 1995, pp. 5-6.

(4) Ibid., p. 7. 


lunes, 12 de noviembre de 2018

Reivindicación de Silvina Ocampo_Por JORGE CARRIÓN

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“Escribir antes o después de que sucedan las cosas es lo mismo: inventar es más fácil que recordar”, escribió la autora argentina Silvina Ocampo. CreditWikimedia Commons
“¿Qué hacía en esas recorridas, caminaba nomás?”, le pregunta Mariana Enríquez a Eduardo Paz Leston en su perfil biográfico o crónica ensayística La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, acerca de los paseos de la escritora por los bosques de Palermo. Y responde el traductor: “No, también escribía. Silvina escribía todo el tiempo”.
Hermana de. Esposa de. Amiga de. En su caso la escritora llega casi siempre en cuarto lugar. Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges son tótems demasiado imponentes. Pero los magnéticos poemas, novelas y cuentos de Silvina Ocampo, con esas niñas y muñecas y animales domésticos y locas e indigentes y esos personajes de identidad y sexo difusos, siempre en las orillas un tanto andrajosas de la realidad, certifican que la hermana menor fue una escritora mayor.
A ella está dedicado el mejor cuento conceptual del siglo XX. “Pierre Menard, autor del Quijote” se publicó —no podía ser de otro modo— en la revista Sur, en 1939. Esa dedicatoria tiene algo de despedida de la intimidad que los unió de jóvenes. Borges y Silvina Ocampo compartieron largas “caminatas por los barrios de Buenos Aires”, como cuenta Enríquez, hacia el sur, hasta el puente de Constitución, en el barrio donde ella “ubicó uno de sus mejores cuentos, ‘La casa de azúcar’, o hasta el puente Alsina. Pero con el tiempo, y pese a verse casi cada día, se distanciaron. En la medida de lo posible, pues los dos estaban comprometidos con Bioy, cada uno a su manera.

El siguiente fue un año clave en las vidas y en las obras del trío. Tras seis libros que habían pasado sin pena ni gloria, fue entonces cuando Bioy publicó La invención de Morel, su obra maestra, con prólogo hiperbólico y no obstante preciso de Borges. También llegó en aquellos meses a las librerías la Antología de la literatura fantástica que compilaron entre los tres y donde incluyeron un cuento de cada uno (“El calamar opta por su tinta”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y “La expiación”). Y Ocampo y Bioy se casaron.
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La obra de Ocampo, variada y creativa, certifica que fue una escritora mayor. CreditAdolfo Bioy Casares
No se me ocurre otro caso comparable: tres de los grandes escritores en español del siglo XX cenaron juntos miles de veces. Y de 1737 de esas reuniones quedó un registro, a menudo un resumen, en los diarios de Bioy. En ellos hay un protagonista y dos actores secundarios. Ocampo asumía el margen. También la continuidad. Es uno de esos escritores sin obra maestra, en quienes lo que importa es el conjunto, el continuum, donde se dibuja un paisaje personalísimo, una atmósfera que difumina las unidades.
Es una de esas escritoras, en consecuencia, que desafían la circulación comercial y académica de la literatura: esquiva el título de lectura obligatoria, el poema único, el cuento que es elegido como uno de los diez mejores de la literatura argentina. No puede ser fácilmente fragmentada ni seleccionada. Tómala entera o déjala.
A partir de las escritoras que Enríquez menciona en su libro se puede dibujar un mapa de la mejor literatura iberomericana del siglo pasado escrita por mujeres, que lentamente va sobreimprimiéndose al tradicional, excesivamente masculino. La ambigua relación de Ocampo con Alejandra Pizarnik; los celos que la engulleron cuando descubrió la relación de Bioy con Elena Garro (incluida en la antología del año 40); la admiración que sintió por Clarice Lispector (“tenía esa cosa evanescente, que era su encanto”); o su relación personal y profesional con Rosa Chacel (quien, por cierto, publicó en el número 143 de la revista Sur una larguísima reseña de Los que aman, odian, la novela que Bioy y Ocampo escribieron a cuatro manos) tejen una constelación de escritoras extraordinarias que han entrado en el canon con retraso.
Reticente a confesar sus influencias y sus deslumbramientos, la menor de las hermanas Ocampo apenas mencionó a Lispector y a Djuna Barnes entre sus lecturas favoritas (quien amplía el mapa al hemisferio norte). También expresó su respeto por la obra de Julio Cortázar, sin duda el menos patriarcal de los autores del Boom, el más abierto a los géneros fluidos, y —por eso— el escritor argentino con quien más afinidad demuestra en sus relatos.

Esa cartografía no sería luminosa si perteneciera exclusivamente al siglo XX, si no fuera un mapa celeste también del siglo XXI. Silvina Ocampo es una referencia que Enríquez comparte con la otra escritora argentina nacida en los años setenta con mayor proyección internacional, Samanta Schweblin. Y la directora de cine argentina más premiada, de esa misma generación, Lucrecia Martel, le dedicó un documental inquietante y precioso: Silvina Ocampo: las dependencias. Han escrito sobre ella también algunas de las escritoras más importantes de las generaciones anteriores, como Matilde Sánchez, Graciela Speranza, María Moreno o Sylvia Molloy.
“Escribir antes o después de que sucedan las cosas es lo mismo: inventar es más fácil que recordar”, escribió la hermana menor mientras imaginaba futuros. Desde el nuestro la seguimos leyendo. Y reivindicando.


Una ‘Comedia’ más fiel: en verso, sin rima y sin ‘divina’


José María Micó traduce la obra de Dante Alighieri, 18 años después de la última vez, en versión “legible y cercana” a la original

'Retrato de Dante' (1495), de Botticelli.
'Retrato de Dante' (1495), de Botticelli.FUNDACIÓN MARTIN BORDMER
Anhelaba Dante Alighieri que sus canciones se conocieran en la Tierra y se recordaran en el Purgatorio y el Paraíso. Y así seguirá siendo, al menos en castellano, tras la versión de la Comedia que lanza ahora el catedrático de literatura y poeta (y músico) José María Micó en una versión “legible, cercana y fiel”, como la resume Sandra Ollo, la editora de Acantilado, donde, gracias a la calidad del papel (“el mejor que hemos usado nunca”), han obrado el milagro de encajar las tres partes del libro (InfiernoPurgatorio y Paraíso) , así como la versión original italiana, en un volumen manejable de 942 páginas… y con letra legible.
La que es nueva edición de uno de los grandes clásicos de la literatura universal llega a los 18 años de la última versión aparecida en castellano (en traducción de Abilio Echevarría, en Alianza) y es la novena completa (al menos, desde la época moderna) en la historia de esta lengua. Pero está cargada de novedades, ya desde el título, donde se ha caído el calificativo de divina. “Boccaccio ya la definió así al poco de aparecer, pero se incorporó al título en 1555, como recurso de marketing editorial de un sello veneciano; Dante la dejó en Comedia”, asegura Micó, que ha invertido cuatro años en ella, casi una cuarta parte de los 15 años que el autor invirtió en su escritura.
A pesar de que hizo la prueba con algunas estrofas, Micó descartó raudo adaptar la obra con su rima original, opción que tomaron, entre otros, Ángel Crespo en castellano en 1973 o Josep Maria de Sagarra en catalán en 1950, y que recabaron tanta admiración como críticas: de la primera, se llegó a decir que era una versión “gongorina” y que oscurecía el discurso de Dante hasta hacerle decir lo que no decía para mantener la sonoridad, lo mismo que la de Sagarra. Micó ha respetado los famosos tercetos de endecasílabos, pero no así su rima, opción ya de Luis Martínez de Merlo en 1988. No cree el traductor haber traicionado al poeta florentino: “Mi obsesión era que se pudiera leer como un relato; buena parte de la complejidad de la comedia procede de su lenguaje poético; al verterlo en verso rimado te obligas a un registro especial, a forzar el sentido o la sintaxis; haberlo traducido en prosa sí hubiera sido traicionarlo; creo que este formato, manteniendo la métrica y poniendo asonancias cuando me ha sido posible, equivale a lo que entendemos por poesía”.
Como ejemplo de las obligaciones que impondría la rima, Micó cita el uso por Crespo de “pavura”, palabra de la que “Quevedo ya se burló por anacrónica y que es la que utiliza para rimar cuando se encuentra paura, que es, por contra, la más sencilla que usa Dante para decir miedo”. Curiosamente, el primer Canto de Infierno, con su famoso arranque, fue el último que tradujo: “Es semánticamente complejo y, en cambio, es con el que se marca el tono de todo el libro; el famoso ‘Nel mezzo del cammin di nostra vita’ bien puedes traducirlo por ‘A medio’, ‘En mitad’, ‘A la mitad’, ‘En medio’…”. Al final optó por “A mitad del camino de la vida”.
En su afán de nitidez, Micó ha prescindido de notas al pie (“la traducción ha de resolver por sí misma las dudas”), pero, amén de sucintas notas introductorias a cada canto, por vez primera en una edición española ha añadido al final del libro infografías sobre el universo dantesco, así como una cronología de la vida y obra de Dante y un índice razonado de un centenar de páginas sobre personajes, obras y lugares citados.
Matiza el catedrático la leyenda que la Comedia sea un libro oscuro, que atribuye en buena parte a “la complejidad que aporta el anecdotario local, los nombres y personajes que puso para vengarse de su exilio al que le arrojó su actividad política” y, en cambio, reivindica una vertiente humorística, marcada tanto por el uso de contrapasos (donde los personajes son castigados justamente con cómicas penas que hacen alusión a su pecado) como por unas imágenes que rozan la vulgaridad, como la del Canto XXI del Infierno, que acaba con un demonio tirándose una ventosidad: “y él hizo de su culo una trompeta”. Eso se traduce en el lenguaje. “Como estaba dejando el latín y construyendo una lengua nueva que luego acabaría siendo el italiano literario, Dante utilizó desde palabras sofisticadas y neologismos, especialmente en el Paraíso, entonces teológicamente muy nuevo, hasta las más pedestres; esa diferencia tan grande de registro no está ni en el Quijote y me ha obligado a utilizar un lenguaje lo más rico y variado posible, un castellano dantesco”, define.
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A pesar de que el viaje al ultramundo ya había sido visitado por Virgilio (Eneida) y Ovidio (Las metamorfosis), Micó dice que ha traducido “el libro más extraordinario de la cultura literaria europea”, lo que justifica “por su estructura extraña con apariencia perfecta, es el libro mejor cerrado y planificado de la literatura antigua: a diferencia de Cervantes, que improvisa más, todo está calculado a partir de la simbología trinitaria, del tres y sus múltiplos, especialmente el nueve; así, el Infierno es más narrativo y el Purgatorio es más teológico, mientras que en el Paraíso no pasa mucha cosa; en cambio los 14.233 endecasílabos están repartidos casi por igual, como los Cantos, todos con sus de 130 a 150 versos”. Luego, le maravilla la precisión poética que permite versos como “la virtù mista per lo corpo luce / come letizia per pupilla viva (“la virtud en la estrella resplandececual la alegría en la vivaz pupila”). “Dante exploró al límite la imaginación humana, dibujó sus contornos; esa obra es el cajón de la imaginación del hombre”, define muy gráficamente Rossend Arquès, presidente de la Sociedad Catalana de Estudios Dantescos.
Caso simpar de la ahora en boga autoficción (“no veo mejor ejemplo de lo que pude hacer la literatura con la experiencia propia, sea real o inventada”), la Comedia es para Micó un libro “poco leído”, lo que explica que se le acuse en algunos ámbitos de homófobo, dogmático o antimahometano, pero hay que explicar el mundo y el contexto en el que se escribió”. Y una lectura pedagógica en estos tiempos tan inmorales: “Uno se encontrará como personaje, seguramente en el Infierno, porque el protagonista es como nosotros, pero la virtud, la moral, es individual y te puede llevar a la salvación…”. “Es una enorme fuente de enseñanzas psicológicas, éticas y políticas muy aplicables en la vida actual, por ejemplo, cuando denuncia la corrupción de políticos y funcionarios, en los cantos XXI y XXII del Infierno, o cuando critica la avaricia desmedida y la acumulación de dinero y bienes materiales como fuente de la degradación del ser humano”, apunta por su parte Juan Ignacio Varela Portas, presidente de la Asociación Complutense de Dantología.
¿Recomendable para un joven de 20 años? “Sí, porque leerá poesía y entenderá lo que le espera: el mundo te dará muchas bofetadas y serás víctima de muchas injusticias, pero siempre hay esa posibilidad de salvación individual, que es a la vez ejemplo para la salvación colectiva y esperanza para la eterna”. Y sentencia: “Quien se mete en Dante no lo olvida en su vida”, pensando quizá en sí mismo: lo leyó, sin saber italiano, a los 17 años, y pasaba a máquina los comentarios de los cantos; siempre quiso componer canciones y traducir la Comedia. Ha hecho lo uno (el dúo Marta y Micó está grabando ahora su tercer disco) y ahora también lo otro, justo a sus 57 años, los mismos que tenía Dante cuando murió en 1321, al poco de acabar la Comedia.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Marguerite Duras




L'alcool a été fait pour supporter le vide de l'univers le balancement des planètes leur rotation imperturbable dans l'espace leur silencieuse indifférence à l'endroit de votre douleur. L'alcool ne console en rien, il ne meuble pas les espaces psychologiques de l'individu, il ne remplace pas le manque de Dieu, il ne console pas l'homme.
C'est le contraire , l'alcool conforte l'homme dans sa folie, il le transporte dans les régions souveraines où il est maître de sa destinée




Publicado en Facebook por Luis Francisco Pérez









En Hungría caben muchas "hungrías", afortunadamente. Sería a finales de los 90 cuando tuve oportunidad de ver la película de Béla Tarr (cuando áun no era fuera de su país el aclamado director que sería poco después) "Sátántangó". Fue en un pase especial en la Filmoteca de Barcelona, donde yo residía por entonces, y lo de "especial" es debido a que el film dura 7 horas y 12 minutos. Recuerdo la impresión que me causó el brutal blanco y negro de la película, la lluvia sucia y constante que cae sobre el insignificante villorio de la Hungría profunda donde se desarrolla la acción, la desolación y tristeza de los personajes, la crueldad gratuita de sus actos, la miseria moral de su existencia y el fracaso (económico e ideológico) de la granja colectiva que regentan en los años finales del comunismo... Me parece que Susan Sontag escribió un ensayo (entusiasta) sobre esta película pero no he podido dar con él. Ahora veo que Acantilado con su incontestable buen gusto publica la traducción al castellano (con la habitual y excelente labor de Adan Kovacsics en la traducción) de la novela en la que Tarr se basó para hacer la película. Sin duda la leeré, y ya no tanto por la película sino porque el autor, eterno candidato al Nobel, es uno de los más extraordinarios escritores europeos de la actualidad, László Krasznahorkai. De él he leído otra novela, también publicada por Acantilado como otras más suyas, que igualmente fue llevada al cine por Béla Tarr (son íntimos amigos y de la misma generación). Me refiero a "Melancolía de la resistencia", bello título y excelente literatura. Sí, afortunadamente, el país del grandioso compositor Béla Bartók aún sigue ofreciendo al mundo fantásticos artistas. A pesar del impresentable y nefasto presidente que ahora les gobierna.




lunes, 5 de noviembre de 2018

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en “Diario de Navarra”. Lunes, 5 de noviembre de 2018

Canción de otoño en primavera


El título del poema “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío, publicado, en 1905,  en el libro Cantos de vida y esperanza,  hoy podemos leerlo como un vaticinio  del cambio climático. Rubén Darío vivía el otoño en primavera y, sin duda,  también el invierno en verano puesto que viajaba, con  frecuencia, del hemisferio norte al hemisferio sur donde las estaciones van a bola cambiada. Rubén Darío certificó el cambio climático, que ya hacía estragos en los comienzos del siglo XX. Y, hablando ya del siglo XXI, en los últimos años hemos sufrido descuartizamientos  climáticos – entre ellos, olas de calor y tsunamis ­– que han causado en el mundo, literalmente, miles de muertes.  Pero salgamos de esta zona de la información que le corresponde a la gran experta en meteorología y excelente comunicadora Mónica López en TVE y a los periodistas que,  en los telediarios, nos dan la información del tiempo, y volvamos al poema de Rubén Darío. Este poema lo  leí en alguna gramática escolar y lo memoricé porque, desde mi adolescencia hasta casi anteayer,  memorizaba muchos versos.
La primera estrofa del poema, durante muchos años, me pareció un dislate del poeta nicaragüense: “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar no lloro / y a veces lloro sin querer…”. Vaya de entrada que,  cuando era cadete, lo último en que podía pensar es en que la juventud podía irse a ninguna parte. No me imaginaba a la juventud haciendo turismo y mucho menos haciendo turismo rural, una modalidad de hospedaje en la que, por cierto, en este puente de Todos los Santos,  Navarra ha quedado, a escala nacional, en el primer puesto de casas rurales ocupadas.   Por aquellas años juveniles,   para mí, la juventud era eterna y no podía pensar  que de la juventud se pasaba a la llamada – con frecuencia, impropiamente – madurez y, en cuatro pasos más, a la divina vejez que nos conduce a la alegre despedida de este mundo. Por tanto, los dos primeros versos me dejaban indiferente. Pero los dos versos siguientes – “Cuando quiero llorar no lloro / y a veces lloro sin querer…” – por no enterarme, por mi leve edad, de que ya tenía  la experiencia de llorar sin querer, me indignaban con esa furia con la que deliran los independentistas catalanes que dan un golpe de estado – escrito aquí con minúscula – y le piden al Estado – escrito ahora con mayúscula – que, por atentar contra la Constitución y declarar la república más letal para la convivencia en Cataluña y en el resto de España y, a la vez,  más ridícula de la historia – ¿llegó a durar un minuto? -, es decir, por dar un golpe de estado, piden, digo, con el lenguaje más violento, que  los condecoren. Recuperemos la serenidad de ánimo que nos recomienda fray Luis de León en sus exquisitas odas tan bellamente imitadas – imitadas, que no plagiadas – de las odas del poeta latino Horacio, y  sigamos con el poema de Rubén Darío.
De junio a septiembre pasado han fallecido tres personas para mí muy queridas. Y, como consecuencia de estos fallecimientos, he llorado sin querer muchas veces. Y, naturalmente, me he acordado de la primera estrofa del poema de Rubén Darío y, con humildad, he dicho: “Don Rubén – y aquí, en el don,  imito el lenguaje del gran Sergio Lobo, autor de romances magníficos como Lisístrata, huelga de sexo Carpe diem, una obra maestra del romance,  que he leído con el mayor placer y admiración en su perfil de Facebook-,  usted es un sabio. Don Darío, Don – escrito con mayúscula – Rubén, Don Rubén Darío – la Real Academia Española recomienda, pero no impone, escribir ‘don´’ con minúscula -, esta primera estrofa de su poema es genial. Y las dieciséis estrofas siguientes de su “Canción de otoño en primavera” son tan buenas como la primera”. Recomiendo vivamente al lector que lea – o relea si ya conoce esta joya de Darío  – este poema maravilloso escrito en versos de nueve sílabas que en castellano no son muy frecuentes, como nos informa Tomás Navarro Tomás, un genio en métrica castellana.
Rubén Darío, el poeta de nuestra lengua dotado por la naturaleza con el mejor oído para el verso – oído que él cultivó incluso comprándose un piano, que, claro, tocaba de oído, sin partituras -, es el poeta que, con el mayor placer y admiración, leo habitualmente. ¿Es el mejor poeta en lengua española, superando por la calidad suprema de sus poemas y por la aportación al desarrollo de nuestra poesía  incluso a Garcilaso y Góngora? Yo ahora creo que sí. He releído su genial “Canción de otoño en primavera” en este libro que les recomiendo, sobre todo, a Puigdemont y Torra, emborrachados de símbolos y sin el menor principio de realidad, salvo para subirse el sueldo, que le roban al Estado: Rubén Darío. Del símbolo a la realidad. Obra selecta, publicado por la Real Academia Española. Reúne, en casi  700 páginas, poemas geniales de Darío, ensayos magistrales sobre su poesía, y una extraordinaria y bellísima encuadernación en tapa dura. Y el precio es para tiempos de crisis: 13, 90 euros.