jueves, 24 de marzo de 2022

Crítica de Luis Francisco Pérez







Hay novelas que de tan deudoras de la realidad que describen perfectamente se las puede calificar de ensayos o análisis de un determinado período histórico, y sin por ello renunciar a la fantasía especulativa que siempre permite la más pura ficción; para ello es necesario asumir, ciertamente, que no existe invención alguna sin el decisivo aporte de una concreta ontología, o una ciencia del ser, que por fuerza ha de expresarse o manifestarse desde el contexto social y cultural en que esa novela ha sido escrita. Pues bien, la cualidad más admirable de esta novela es precisamente esa, el ser tanto o más valiosa que muchos libros de Historia. “Tea rooms. Mujeres obreras” fue escrita y publicada en el Madrid republicano de 1934, y ha sido “descubierta” desde que esta editorial la rescató del más injusto olvido (en el 2016, pero el “boca a boca” se ha acelerado en los últimos meses). Luisa Carnés (Madrid, 1905-Ciudad de México, 1964) relata en esta novela en parte autobiográfica –se sitúa entre lo que en francés se denomina “tranche de vie” y en el lenguaje musical de la ópera un “aria di forza”- su experiencia como trabajadora de una elegante confitería o salón de té, y haciendo uso de un excelente castellano de gran pureza y sin el recurso castizo de coloquialismos madrileños de época. Es decir, nos muestra y describe las agotadoras jornadas de doce y catorce horas de trabajo por salarios que más que “de miseria” eran de hambre, la misma hambre milenaria que hasta bien entrado el siglo XX arrastró el 75% de la población trabajadora de este país. ¿Solo hambre? No, también una humillación constante que viene del fondo de los tiempos. Una realidad muy triste y muy dura que la República no pudo paliar en los escasos cinco años de su existencia. Cuando se declara la guerra civil Luisa Carnés se centró en el periodismo militante en defensa del gobierno legítimo, y al finalizar la contienda pudo salir hacia el exilio de México. Tuvo mucha más suerte que sus compañeras trabajadoras del salón de té, pues a la mayoría les esperaba la cárcel, la tapia del cementerio para ser fusiladas, o el más brutal ostracismo del exilio interior. En definitiva, les esperaba el hambre y la humillación implacables que tan bien conocían. Precisamente contra lo que se habían revelado, junto a la silenciosa sumisión al jefe, al padre, al marido, al Poder, y que la larga noche del franquismo prolongó casi cuarenta años más. Una novela extraordinaria, y que parece mentira que haya estado tantos años en ese raro exilio que en muchas ocasiones sufren admirables creaciones culturales. En la actualidad, en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, se está representando una adaptación teatral de esta ficción que no lo es en absoluto.




Quiero perderme por falta de caminos, César Vallejo por calledelorco






Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante.

César Vallejo
Carnets
Editorial: Interzona

Foto: El poeta César Vallejo en Niza - 1929
(Archivo de la Biblioteca Nacional del Perú)




miércoles, 23 de marzo de 2022

TRANS. UN ALEGATO POR UN MUNDO MÁS LIBRE Y MAS JUSTO de SHON FAYE. Reseña por EDUARDO NABAL


 

"Trans" de Shon Faye

Es difícil saber por donde empezar al hablar sobre un libro tan intenso como “Trans” de Shon Faye, una mujer trans y activista que confiesa que, desde su posición, relativamente acomodada, ha podido dar voz a mucha gente que ha sufrido durante muchos años el estigma y la ignorancia en torno a cuestiones como la diversidad de género o el empoderamiento “trans”.

Faye, que sufrió en sus propias carnes un ataque reciente por parte de un grupo de feministas antitransexuales (también llamadas TERF),  nos habla, como a su manera Dean Spade, de un mundo donde el transgenerismo y el capitalismo neoliberal o sus violentos tentáculos heteropatriarcales no pueden ir unidos.


Podríamos empezar a hablar de este cruce entre ensayo académico y crónica sociopolítica con la violenta arenga que Sylvia Rivera (una de las mujeres trans que iniciaron los disturbios de Stonewall) lanzó a un movimiento gay acomodado y camino de la “normalización”: “¿alguna vez os han apaleado, violado (…) después de haber tenido que conseguir mucho dinero para conseguir el cambio de sexo? A mi me han metido en la cárcel”. El desafío trans, para Faye, va mas allá del asimilacionismo, y de ahí su posición ambivalente ante la decisión cerril de la administración de Donald Trump de expulsar a las trans del ejército de los EEUU.

"Trans" de Shon Faye

Pero en “Trans” se abordan también otras cuestiones que están en el candelero, como el rechazo de un sector del movimiento feminista a sus hermanas trans frente al apoyo incondicional de otras en lugares como Irlanda, los estereotipos degradantes, todo ello partiendo de su experiencia a finales de la siniestra era tatcherista, cuando ya se empezaba a hablar de “perversión”, “lobbies” e “ideología de género”. Faye narra los largos protocolos que, en algunos países, deben pasar los y las jóvenes trans para poder acceder a la hormonación, la esterilización forzosa en lugares como Japón y la dificultad de hacer frente al acoso escolar o laboral dependiendo del estatus socioeconómico de los sujetos afectados. Se posiciona claramente en favor del reconocimiento de los derechos y la salud de las trabajadoras sexuales, todavía víctimas del acoso policial y desafía tanto a un movimiento LGTB que ve en la T un elemento desestabilizador como a algunas corrientes feministas, capitaneadas por gente como Germanie Greer, que han querido ver en los hombres y mujeres trans simples caricaturas de géneros inmutables.


Ampliamente documentado, con algunos ejemplos reales más que esclarecedores como el sucidio de nombres destacados, “Trans” propone, desde la “práctica queer”, la creación de redes de solidaridad y empatia, comunidades de apoyo alejadas de la tutela del Estado y de los intereses de una clase médica que sigue haciendo sufrir a adolescentes y no tan adolescentes que quieren iniciar su transito más allá de la obsoleta dictadura de los binarismos de género.


La autora reconoce que ahora, gracias a herramientas como Internet, hay más información sobre el tema, pero también hace alusión a las formas en las que las personas transexuales, hombres y mujeres, son vistas, estudiadas, analizadas, pero, casi nunca,  nunca escuchadas.



Reseña por Eduardo Nabal


Más información de Trans. Un alegato por un mundo más justo y más librede Shon Faye

Editorial Blackie Books

Traducción: Rosa María García




domingo, 20 de marzo de 2022

El instante y la libertad en Montaigne Rachel Bespaloff


Publicado el 2022-03-20

Estos tiempos son apropiados para corregirnos haciéndonos retroceder, por disconformidad más que conformidad, por diferencia más que por acuerdo.

Montaigne, Los ensayos.

Cuando el autor de los Ensayos redescubre, esta vez fuera del cristianismo, el sentido de la interioridad, puede ser considerado como el heredero directo de la doctrina agustiniana del tiempo. Es algo característico que para el fundador, como para el renovador del pensamiento en Occidente, el éxtasis no suprima de ningún modo la distancia entre el hombre y Dios, ni implique la disolución de lo finito en lo eterno. Agustín desdeña el refugio que le ofrece, más allá de la historia, el éxtasis sensible que le cure la enfermedad de la existencia. Ni uno ni otro admiten que el instante pueda descargar al hombre del tiempo, que es su misma existencia. Si la atención no envolviera la intención de asumir la verdad desvelada, todo sería en vano. Montaigne, por su parte, describe la duración de la conciencia como una distentio, un “movimiento irregular perpetuo, sin modelo ni objetivo”. Pero al inacabamiento del devenir opone otra forma de eternidad que consiste en la plenitud del presente por una vocación terrenal.

La imagen que mejor nos ofrece este arrobamiento es quizás aquella en que Montaigne evoca la felicidad de recobrar “como si se produjera un relámpago, la hermosa luz de la salud, tan libre y tan plena”. “A qué punto —añade— la salud me parece más bella tras la enfermedad, tan cercana y tan contigua que las puedo reconocer una en presencia de la otra con su mejor acompañamiento” (Ensayos, III, XIII, 1633). Del mismo modo que la salud recuerda la enfermedad, la plenitud recuerda la muerte. ¿De qué sirve envalentonarse ante ella?

* * *

Montaigne por supuesto, no podría amar la revolución; sin embargo, teme tan poco al cambio social que no duda en comparar el odio a la igualdad a la falta de equidad: las leyes, dice “a menudo están hechas por necios, las más de las veces por gente que, por odio a la igualdad, carece de equidad, pero siempre por hombres, autores vanos e inciertos” (Ensayos, III, XIII, 1602). Puede reprochársele que no sea más que un burgués con una ideología de burgués, un liberal que se amolda a la opresión, un antidogmático que se amolda al dogma, un diletante que no quiere entender que es la revolución lo que cambia la historia y no la crítica lo que cambia la historia. A estos reproches, Montaigne responde que la crítica no es ni una pasión del cerebro, ni el cerebro de la pasión —pues la pasión puede prescindir muy pronto del cerebro—, y que el terror no ahorra a nadie el aprendizaje de la libertad con miras a buscar la verdad. Montaigne responde que el arte de vivir, tanto para los individuos como para las clases y para las naciones, es el arte de curar, si no la enfermedad original, la presunción que los convierte en personas distintas a las que son y fomenta continuamente la rebelión contra sí mismos. Montaigne añade a todo esto algunas máximas sobre las que conviene reflexionar:

“La persuasión de la certeza es una prueba cierta de locura y de incertidumbre extrema” (Ensayos, II, XII, 806)

“Cuando mi voluntad me entrega a un partido, no lo hace con una obligación tan violenta que infecte mi entendimiento (…). Adoran todo lo que está de su lado. Yo ni siquiera excuso la mayoría de cosas que veo en el mío” (Ensayos, III, X, 1510).

La última palabra de la sabiduría de Montaigne es la gracia en todas las acepciones de ese término, la gracia como don divino, la gracia como libertad otorgada, la gracia como libertad conquistada, como fruto de un entrenamiento tan paciente como el de un bailarín, tan severo a veces como el de un asceta. El término medio entre los extremos no es a menudo más largo que la cuerda rígida por la que avanzamos por un prodigio de equilibrio. Montaigne no responde a todos nuestros problemas. Lo hemos dicho y lo hemos repetido, Montaigne no descendió a los infiernos. Nos enseña modestamente a no transformar la vida en un infierno. Y esto ya es bastante difícil.


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Fragmento del libro del mismo título, publicado por Hermida Editores, marzo 2022, Traducción y prólogo de Manuel Arranz.

Rachel Bespaloff escritora y pensadora ucraniana de expresión francesa. Nació el 14 de mayo de 1895 en Nova Zagora (Bulgaria). En 1897 su familia se instala en Ginebra, donde Bespaloff estudia dansa y música. Poco después abandonó la música y comenzó su interés por la filosofía, bajo la tutela de Lev Shestov. Tras el ascenso del nazismo se traslada a los Estados Unidos en donde imparte clases de literatura francesa. En 1949 pone fin a su vida de manera voluntaria. Se sabe poco de esta autora y sus ensayos son difíciles de encontrar. Uno de sus libros De la Iliada. Por ello es todo un prodigio y una suerte haber encontrado, hace unos días, este breve y profundo texto.

lunes, 14 de marzo de 2022

Un león en el jardín, Madeleine Chapsal, por calle delorco







Cuando William Faulkner vino a París en una misión del Departamento de Estado, puede que se imaginara lo que se le iba a venir encima. Pero nadie que lo observase con detenimiento en los cócteles, recepciones y conferencias de prensa podía dudar de que se hallaba en un aprieto mayor de lo que había previsto.
Su experiencia más abrumadora fue el cóctel de Gallimard. La sede de la editorial está en la rue de l’Université y sus amplias estancias revestidas de madera dan a una pradera con tres árboles: uno de los famosos jardines secretos de París. Tras esta fachada de elegancia del siglo XVIII, la editorial ejerce un ávido monopolio sobre los mejores autores franceses del momento.
Cuando Faulkner se presentó a las seis en punto de la tarde, no había nadie para recibirle. Los Gallimard —son toda una familia— aún estaban en el piso de arriba. Se encontró rodeado por tres periodistas y un fotógrafo, que, como el huésped de honor, habían sido puntuales. Había tenido suerte; en unos minutos habría cuatrocientas personas allí. De momento, tenían al héroe para ellos solos.
A primera vista, el hombre no resultaba impresionante. Pero hay algo inflexible y fuerte, como de campesino, en su forma de estar. Habla en voz muy baja y no hace gestos súbitos. Parece la clase de persona que se lleva bien con animales y niños.
La gente de la prensa se le acercaba reverentemente. “Mr. Faulkner”, empezaban. De inmediato daban con un muro, el famoso muro del que todo París llevaba días hablando, pero en el que nadie creía en realidad hasta hallarse frente a él. Está construido con la más exquisita, pero más obstinada de las cortesías, la cortesía especial que en Francia consideramos atributo de ciertos americanos criados en el Sur. Cuando se topa uno con él, se siente empujado suavemente a una inmensa distancia de William Faulkner.
Inténtelo usted mismo. Hágale una pregunta. Se inclina hacia usted, le escucha, responde “Sí” o “No” y da un paso atrás. Es ese paso atrás lo que resulta tan trágico. Después de obligarle a retroceder —cada pregunta, un paso—, hasta los periodistas más tenaces tiran la toalla.
Sin embargo, los tres reporteros lo intentaron uno detrás de otro. Al fin y al cabo, estaban allí para volver con una historia, pero cuando alcanzaron el muro, desistieron.
“¡Pensar que tengo el camión de sonido ahí fuera, y para nada!”, dijo el hombre de la radio, como si estuviera diciendo “Ahí fuera tengo la cruz y los clavos”. Los reporteros lo sintieron mucho por el tipo de la radio. De regreso a la redacción, siempre se les ocurriría algo que escribir.
El fotógrafo tomó una última foto. Faulkner se quedó con una joven. Le pidió un bourbon. Faulkner se comporta de forma diferente con las mujeres, probablemente porque le gustan y no les tiene miedo. Las mujeres no lo agreden con artilugios mecánicos o intelectuales; las mujeres, como Faulkner, están más inclinadas a sentirse como personas desplazadas. Además, tenía su bourbon. A Faulkner le gusta mucho el bourbon.
Empezó la representación. El clan Gallimard al completo se abatió sobre él con una gran sonrisa y media docena de tentáculos. Las mujeres de la alta sociedad acudieron en tropel. La cacería había empezado. Una hora después, Faulkner había retrocedido todo lo que podía. Estaba de pie en el extremo del jardín, bajo el árbol de follaje más espeso, apoyado en la barrera de hierro forjado.
De vez en cuando, en los salones de recepción brillantemente iluminados, alguien dejaba la copa en la mesa, rechazaba un sándwich y se zambullía en la oscuridad del jardín. A los dos minutos estaba de vuelta, consternado: “¡Es espantoso! No puedo mirar, es como ver a alguien a quien están torturando”.
Una señora que había llegado tarde bebió unos sorbos y apartó la copa, proclamando: “Y ahora voy a salir a hacerle unas cuantas preguntas a nuestro querido y gran Faulkner”. Los demás la siguieron con la mirada mientras bajaba el sendero de gravilla del jardín. Medio minuto después estaba de regreso: “Hace frío fuera bajo los árboles”. Su voz no era la misma.
Sí, hacía frío fuera para los acostumbrados a ser acogidos con entusiasmo en cuanto dicen ser de un periódico, y con una sonrisa en cuanto mencionan la obra del autor; para aquellos que medran con la interminable cháchara literaria entre personas pertenecientes al mismo mundo, aunque no haya leído una sola palabra escrita por el genio.
No sirve de nada mirar a Faulkner. Hay que leerle. A quien le haya leído, Faulkner ya le ha dado todo lo que tiene que ofrecer, y es consciente de ello. Entonces puede uno entender que cuando repite una y otra vez “Soy granjero”, o “Escribía ese libro para poder comprarme un buen caballo”, sólo es otra manera de decir que lo primero es lo primero: Faulkner en lo que quiere que esté interesado uno es en sus libros.
Faulkner no parece acostumbrarse a este permanente intento de tomar de él lo que aún le pertenece. Al fin y al cabo, es tan poca cosa. La expresión de su rostro, por ejemplo, o los gestos de sus manos. Nada resulta tan patético como la cansada indiferencia con que permite que la gente lo mire fijamente para poder marcharse diciendo: “¡Qué cabeza! ¡Qué maravillosa cabellera!”.
Por fin terminó la fiesta. “Me gustaría marcharme —le dijo Faulkner a alguien—. Me gustaría despedirme de un Gallimard.”. Le trajeron a uno, un Gallimard gordo: “No —dijo Faulkner, ese no.” Volvieron a perderse entre el gentío y le trajeron a otro Gallimard alto y delgado. “Tampoco es este”, dijo Faulkner. “¿Cuál quiere?”, le preguntaron. “El que parece un poco triste, el calvo”, dijo Faulkner. “Ah, ese ya se ha ido a la cama”, le dijeron. “No tiene importancia", dijo Faulkner, saliendo a las calles de París, cansado, un poco tembloroso, pero libre.

Madeleine Chapsal
"Un león en el jardín", 1955
Entrevistas 1926-1962
Traducción: Antonio Iriarte
Editorial: Reino de Redonda


miércoles, 2 de marzo de 2022

Lo que no sucede y sucede, Javier Marías por calledelorco







Quizá no sea lo más sensato por parte de un escritor que sobre todo hace novelas confesar que cada vez le parece más raro no ya el hecho de escribirlas, sino incluso el de leerlas. Nos hemos acostumbrado a ese género híbrido y flexible desde hace por lo menos trescientos noventa años, cuando en 1605 apareció la primera parte del Quijote en mi ciudad natal, Madrid, y nos hemos acostumbrado tanto que consideramos enteramente normal el acto de abrir un libro y empezar a leer lo que no se nos oculta que es ficción, esto es, algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad. El filósofo rumano Cioran, muerto recientemente, explicaba que no leía novelas por eso mismo: habiendo ocurrido tanto en el mundo, cómo podía interesarse por cosas que ni siquiera habían acontecido; prefería las memorias, las autobiografías, los diarios, la correspondencia y los libros de Historia. Si lo pensamos dos veces, tal vez a Cioran no le faltara razón y tal vez sea inexplicable que personas adultas y más o menos competentes estén dispuestas a sumergirse en una narración que desde el primer momento se les advierte que es inventada. Todavía es más raro si tenemos en cuenta que nuestros libros actuales llevan en la cubierta, bien visible, el nombre del autor, a menudo su foto y una nota biográfica en la solapa, a veces una dedicatoria o una cita, y sabemos que todo eso es aún de ese autor y no del narrador. A partir de una página determinada, como si con ella se levantara el telón de un teatro, fingimos olvidar toda esa información y nos disponemos a atender a otra voz -sea en primera o en tercera persona- que sin embargo sabemos que es la de ese escritor impostada o disfrazada. ¿Qué nos da esa capacidad de fingimiento? ¿Por qué seguirnos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo?

Parece cierto que el hombre -quizá aún más la mujer- tiene necesidad de algunas dosis de ficción, esto es, necesita lo imaginario además de lo acaecido y real. No me atrevería a emplear expresiones que encuentro trilladas o cursis, como lo sería asegurar que el ser humano necesita "soñar" o "evadirse" (un verbo muy mal visto este último en los años setenta, dicho sea de paso). Prefiero decir más bien que necesita conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue. Cuando se habla de la vida de un hombre o de una mujer, cuando se hace recapitulación o resumen, cuando se relata su historia o su biografía, sea en un diccionario o en una enciclopedia o en una crónica o charlando entre amigos, se suele relatar lo que esa persona llevó a cabo y lo que le pasó efectivamente. Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir, a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son sólo eso: cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llega ron a realizarse -todas menos una, a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Y me atrevo a pensar que es precisamente la ficción la que nos cuenta eso, o mejor dicho, la que nos sirve de recordatorio de esa dimensión que solemos dejar de lado a la hora de relatarnos y explicar nos a nosotros mismos y nuestra vida. Y todavía es hoy la novela la forma más elaborada de la ficción, o así lo creo.

En cierto sentido el libro que el jurado del Premio Intemacional Rómulo Gallegos acaba de premiar tan aventurada y discutiblemente trata de eso. En el texto que tienen en la mano ustedes se dice que Mañana en la batalla piensa en mí habla, entre otras cosas, del engaño en el sentido más amplio de la palabra, y se cita una frase de la novela que dice: "Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolemos tanto". Se recuerda que todos vivimos parcial pero permanentemente engañados o bien engañando, contando sólo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes a las diferentes personas que nos rodean. Y, sin embargo, a eso no acabamos de acostumbrarnos, según parece. Y cuando descubrimos que algo no era como lo vivimos -un amor o una amistad, una situación política o una expectativa común y aun nacional-, se nos aparece en la vida real ese dilema que tanto puede atormentamos y, que en gran medida es el territorio de la ficción: ya no sabemos cómo fue verdaderamente lo que parecía seguro, ya no sabemos cómo vivimos lo que vivimos, si fue lo que creíamos mientras estábamos engañados o si debemos echar eso al saco sin fondo de lo imaginario y tratar de reconstruir nuestros pasos a la luz de la revelación actual y del desengaño. La más completa biografía no está hecha sino de fragmentos irregulares y descoloridos retazos, hasta la propia. Creemos poder contar nuestras vidas de manera más o menos razonada y cabal, y en cuanto empezamos nos damos cuenta de que están pobladas de zonas de sombra, de episodios inexplicados y quizá inexplicables, de opciones no tomadas, de oportunidades desaprovechadas, de elementos que ignoramos porque atañen a los otros, de los que aún es más arduo saberlo todo o saber un poco. El engaño y su descubrimiento nos hacen ver que también el pasado es inestable y movedizo, que ni siquiera lo que parece ya firme y a salvo en él es de una vez ni es para siempre, que lo que fue está también integrado por lo que no fue, y que lo que no fue aún puede ser.

El género de la novela da eso o lo subraya o lo trae a nuestra memoria y a nuestra conciencia, de ahí tal vez su perduración y que no haya muerto, en contra de lo que tantas veces se ha anunciado. De ahí que acaso no sea justo lo que dije al principio, a saber, que la novela relata lo que no ha sucedido. Quizá ocurra más bien que las novelas suceden por el hecho de existir y ser leídas, y, bien mirado, al cabo del tiempo tiene más realidad Don Quijote que ninguno de sus contemporáneos históricos de la España del siglo XVII; Sherlock Holmes ha sucedido en mayor medida que la reina Victoria, porque además sigue sucediendo una vez y otra, como si fuera un rito; la Francia de principios de siglo más verdadera y perdurable, más "visitable", es sin duda la que aparece en En busca del tiempo perdido; e imagino que para ustedes la imagen más auténtica de su país estará mezclada con las páginas inventadas de don Rómulo Gallegos. Una novela no sólo cuenta, sino que nos permite asistir a una historia o a unos acontecimientos o a un pensamiento, y al asistir comprendemos.

Saber todo esto -querer creerlo es más exacto- no resulta a veces bastante para el escritor, mientras está escribiendo. Hay momentos en los que yo levanto la vista de la máquina de escribir y me extraño del mundo del que estoy emergiendo, y me pregunto cómo, siendo adulto, puedo dedicar tantas horas y tanto esfuerzo a algo sin lo que muy bien podría pasarse el mundo, incluyéndome a mí mismo; cómo puedo ocuparme de relatar una historia que yo mismo voy averiguando a medida que la construyo, cómo puedo pasar buena parte de mi vida instalado en la ficción, haciendo suceder cosas que no suceden, con la extravagante y presuntuosa idea de que eso pueda interesar algún día a alguien. Cómo, según definió la actividad literaria el novelista y ensayista y poeta Robert Louis Stevenson, puedo estar "jugando en casa, como un niño, con papel". Todo escritor es aún más lector y lo será siempre: hemos leído más obras de las que nunca podremos escribir, y sabemos que ese interés, ese apasionamiento, es posible porque lo hemos experimentado centenares de veces; y que en ocasiones comprendemos mejor el mundo o a nosotros mismos a través de esas figuras fantasmales que recorren las novelas o de esas reflexiones hechas por una voz que parece no pertenecer del todo al autor ni al narrador, es decir, no del todo a nadie. Averiguamos también que quizá escribimos porque algunas cosas sólo podemos pensarlas mientras lo hacemos, aunque cuando me preguntan eso tan reiterado, por qué escribo, prefiero contestar que para no tener jefe y para no madrugar. Además creo que es verdad, mucho más que lo que les acabo de decir aquí.

Lo cierto es que recibir un premio como el Rómulo Gallegos supone, además de un honor y una gran alegría, una especie de recordatorio benévolo para el futuro. Cuando escriba mi próxima novela, y de vez en cuando haga un alto y levante la vista y me extrañe de lo imaginario que me habrá absorbido durante largo rato, podré pensar que, en contra de mis previsiones y mis aprensiones, una vez, muy lejos de mi país, hubo unos lectores generosos y atentos que no sólo comparten la lengua en la que me expreso sino que lograron interesarse por lo que yo inventé e incorporé al cúmulo interminable de lo que a la vez no sucede y sucede, o lo que es lo mismo, de lo que pudo y puede ser.

Javier Marías
"Lo que no sucede y sucede"

Discurso del Premio Rómulo Gallegos, 1995

Foto: Gianfranco Tripodo para The New York Times
Javier Marías