martes, 5 de abril de 2022

Un lector honrado e inteligente, Virginia Woolf por calledelorc






Hacia finales del siglo XVIII se produjo un cambio —el cuerpo de la crítica parece dividirse entonces en dos partes—. El crítico y el reseñador se repartieron el país entre ellos. El crítico —que el Doctor Johnson sea quien lo represente— se dedicó al pasado y a los principios; el reseñador tomó la medida a los libros nuevos según salían de la imprenta. A medida que fue avanzando el siglo XIX, estas funciones se fueron diferenciando cada vez más. Estaban los críticos —Coleridge, Matthew Arnold— que se tomaban su tiempo y espacio; y estaban los «irresponsables» y en su mayoría anónimos reseñadores que tenían menos tiempo y espacio y cuya difícil tarea era en parte informar al público, en parte hacer una crítica del libro y en parte anunciar su existencia […].

Pidamos al reseñador que ilumine la naturaleza del problema tal como él lo ve. Nadie está mejor cualificado para hacerlo que Harold Nicolson. El otro día se ocupaba de los deberes y las dificultades del reseñador tal como él las ve. Empezaba diciendo que el reseñador, que es «algo muy distinto del crítico», está «impedido por la naturaleza hebdomadaria de su tarea» —en otras palabras, tiene que escribir demasiado y demasiado a menudo—. Continuaba con la definición de esa tarea. «¿Ha de relacionar cada libro que lee con los principios eternos de la excelencia literaria? Si lo hiciera, sus reseñas serían un largo lamento. ¿Ha de considerar meramente al usuario de las bibliotecas y decirle a la gente lo que puede resultarle agradable de leer? Si lo hiciera, estaría sometiendo su propio nivel de gusto en un grado que no es muy estimulante. ¿Cómo actuar?». Puesto que no puede referirse a los principios eternos de la literatura; puesto que no puede decirle al usuario de las bibliotecas lo que le gustaría leer —eso sería una «degradación de la mente»—, sólo hay una cosa que pueda hacer: puede salirse por la tangente. «Evito los dos extremos. Me dirijo a los autores de los libros que reseño; quiero decirles por qué me gusta o disgusta su obra; y confío en que de este diálogo el lector corriente obtenga alguna información» .

Esta declaración es honrada y su honradez es clarificadora. Demuestra que la reseña se ha convertido en la expresión de una opinión individual, dada sin intentar referirla a «principios eternos» por un hombre que va con prisa, que está limitado por el espacio, del que se espera que en ese pequeño espacio atienda a muchos intereses distintos; que está molesto porque sabe que no está cumpliendo con su tarea; que duda en qué consiste tal tarea; y que finalmente se ve obligado a salirse por la tangente […].

En este punto volvamos una vez más al reseñador. No hay duda de que su posición en el momento presente, a juzgar tanto por los comentarios sinceros de Nicolson como de la evidencia interna de las reseñas mismas, es extremadamente insatisfactoria. Ha de escribir apresuradamente y hacerlo con brevedad. La mayoría de los libros que reseña no merecen un garabato sobre el papel —es baladí relacionarlos con «principios eternos»—. Sabe además, como Matthew Arnold ha señalado, que incluso si las circunstancias fuesen favorables, es imposible para los vivos juzgar las obras de los vivos. Han de pasar años, muchos años según Matthew Arnold, antes de que sea posible formular una opinión que no sea «sólo personal, pero personal con pasión». Y el reseñador tiene una semana. Y los autores no están muertos sino vivos. Y los vivos son amigos o enemigos, tienen esposa y familia, personalidad e ideas políticas. El reseñador sabe que tiene obstáculos, distracciones y prejuicios. Pero aunque sepa todo esto y tenga pruebas en las amplias contradicciones de la opinión contemporánea de que es así, ha de someter una sucesión perpetua de libros nuevos a una mente tan incapaz de aceptar una impresión nueva o de hacer un comentario desapasionado como un viejo trozo de papel secante en el mostrador de una oficina de correos. Ha de reseñar pues ha de vivir; y ha de vivir, puesto que la mayoría de reseñadores procede de la clase cultivada, según el nivel de esa clase. Por tanto ha de escribir a menudo, y ha de escribir mucho. Según parece, existe un único alivio para el horror: que disfruta diciéndoles a los autores por qué le gustan o disgustan sus libros […].

El reseñador en efecto servía para algún fin además de hinchar las reputaciones y estimular las ventas. Y Nicolson ha puesto el dedo en la llaga. «Quiero decirles por qué me gusta o me disgusta su obra». El autor quiere saber por qué a Nicolson le gusta o le disgusta su obra. Se trata de un deseo sincero que sobrepasa la prueba de la privacidad. Cerremos puertas y ventanas; echemos las cortinas. Asegurémonos de que no se deriva de ello fama ni fortuna e incluso así saber lo que un lector honrado e inteligente piensa sobre su obra es para el escritor un asunto del mayor interés […].

Pero podría haber otras ventajas más positivas. Al eliminar lo que ahora pasa por crítica literaria —esas pocas palabras dedicadas a «por qué me gusta o disgusta este libro»— el sistema del Resumidor y el Sello ahorraría espacio. En el transcurso de un mes o dos posiblemente se podrían ahorrar cuatro o cinco mil palabras. Y un editor con ese espacio a su disposición podría no sólo expresar su respeto por la literatura sino en verdad demostrarlo. Podría emplear ese espacio, incluso en un diario o semanario político, no en estrellas y notas de redacción sino en contribuciones sin firma y no comerciales —en ensayos, en crítica—. Puede que haya un Montaigne entre nosotros —un Montaigne cortado ahora en inútiles lonchas de mil a mil quinientas palabras a la semana—. Dando tiempo y espacio podría revivir y con él una forma de arte admirable y ahora casi extinta. O podría haber un crítico entre nosotros—un Coleridge, un Matthew Arnold—. Ahora está desperdiciándose, como Nicolson ha explicado, en un montón misceláneo de poesía, obras teatrales, novelas, todo para reseñarlo en una columna para el miércoles próximo. Dando cuatro mil palabras, incluso dos veces al año, el crítico podría surgir, y con él aquellos principios, aquellos «principios eternos», que si nunca se hace referencia a ellos, lejos de ser eternos dejan de existir. ¿No sabemos todos que A escribe mejor o puede que peor que B? ¿Pero es eso todo lo que queremos saber? ¿Es eso todo lo que deberíamos preguntar?

Virginia Woolf
"Reseñar". Leer o no leer
Traducción: Miguel Ángel Martínez-Cabezas
Editorial: Abada Editores




domingo, 3 de abril de 2022

Serpientes de agua / Las rieras ocultas de Barcelona


Sitesize

Publicado el 2022-04-03

Hasta hace poco el Llano de Barcelona estaba atravesado por muchas vías de agua que desaguaban de la sierra de Collserola hasta el mar o al río Besòs. Torrentes, arroyos y ramblas tenían una fuerte presencia en la conformación del relieve del paisaje, así como sus usos territoriales: evacuación de aguas, zonas de cultivo, marismas y zonas húmedas. Eran rieras, a menudo secas y ligadas al desagüe circunstancial del clima mediterráneo, que tomaban valores beneficiosos o negativos según el impacto de sus crecidas. Estos cursos de agua han constituido trazas consolidadas del circular permanente de las aguas por el subsuelo, con importantes afectaciones demostradas en la geoenergía que activan. Durante el siglo XIX y XX se fueron canalizando y sellando su presencia visible. Ahora solo quedan rastros en el nomenclátor, en el cual perviven nombres de torrentes y rieras en todos los barrios. Serpientes de agua es un acercamiento al influjo de las aguas subterráneas, que ocultas bajo la ciudad urbanizada nos desvelan el significado de lo que ocurre en superficie. Estos espacios alterados han sido señalados por el cruce de calles importantes, por plazas de confluencia ciudadana o por hitos urbanos que los enmarcan. Pero también porque en ellos tuvieron lugar hechos destacados, se sitúan instituciones relevantes o núcleos de convocatoria incuestionables. De igual modo manifiestan la posibilidad o reside en ellos la potencia de construir acciones colectivas valiosas ligadas a los retos que como sociedad tenemos.

La entrevista que se recoge a continuación forma parte del libro Serpientes de agua, publicado por el Centre d’Art La Capella de Barcelona en 2021. Juan Sáez es una maestro zahorí, a través de su arte nos aproximamos a la comprensión del significado de las aguas subterráneas.


Conversación entre Juan Sáez y Sitesize (Elvira Pujol Masip y Joan Vila Puig). 

¿Qué es el arte zahorí? 

Es un arte heredero de los antiguos zahorís. Ahora son los que hacen los pozos, pero antiguamente un zahorí, al encontrar agua, designaba también, por la cantidad y la calidad del agua, si aquello podía suscitar una granja, un pueblo o una ciudad. Entonces el trabajo no solo era encontrar agua, sino determinar si era un lugar propicio para la vida. Y esta es la línea que yo sigo. Es una manera de ordenar la armonía entre cielo y tierra para que sea provechosa para la vida. Sería el equivalente de los maestros de feng shui en Oriente, pero aquí en Europa. Los antiguos constructores –no solo de iglesias, catedrales y palacios, sino también de megalitos– seguían estos principios: aunaban las energías telúricas con las cósmicas, con momentos especiales de solsticios, equinoccios y las posiciones de las estrellas. A partir de ello se desarrollaban los núcleos habitados como lugares que generaban bienestar, y la gente empezaba a vivir en las proximidades. 

El arte zahorí parte de una educación, de una sensibilización. 

Claro, el trabajo es estar. Yo, cuando empecé, aprendí con el péndulo y las varillas. Pero si uno mismo es el que mueve las herramientas, ¿por qué poner la atención hacia fuera en lugar de hacia dentro? Si soy yo el que lo muevo, pongo la atención en ese movimiento minúsculo. Esto te permite ir entrando cada vez más: notas la calidad, la intensidad, la dirección. Hay muchos parámetros que con el péndulo y la varilla se te escapan, por lo menos en primera instancia. En cambio, sintiendo con el cuerpo, percibes todo eso al instante. Es muy evidente, es como cuando tocas algo que está frío o está caliente: lo notas sin que la mente intervenga. Lo sabes, no tienes que procesarlo. Te llega esa información y tienes la certeza. 

Aparte de esta sensibilización interior, hay como una mirada de lectura de efectos de lo que estas energías tienen y del entorno. 

Luego te das cuenta de que cada vez que notas agua con electricidad o, por ejemplo, una falla contaminada, ves que, en el entorno, en los animales o las plantas, se presentan una serie de alteraciones, porque es una energía demasiado agresiva para la vida. Eso se traduce en que un árbol crece torcido o con deformaciones o tumoraciones, 

igual que un animal o una persona podría tener esas patologías. Es darte cuenta de lo que te pasa a ti en relación con lo que ocurre en el entorno y poder asociarlo. 

Hay que entrenarlo, como todo, hay que poner la atención. Cuando somos pequeños, nos entrenan a desviar la atención hacia lo físico, y lo sutil es como si no importara. Entre tú y yo está el aire, y eso no cuenta. Sin embargo, cuando tú abres la puerta de un establecimiento, antes de poner un pie, ya sabes lo que pasa allí, ya tienes esa certeza, esa seguridad de que ocurre lo que sea, aunque no sepas ni ponerle palabras, o cuando conoces a alguien. Eso sutil con lo que tú conectas, la calidad de ese vínculo, es lo que te permite elegir a tu pareja, decidir dónde vas a vivir o qué trabajo vas a hacer, aunque racionalmente no tenga ni pies ni cabeza, pero tú sabes que por ahí vas bien. Luego, cuando aceptas lo que has sentido y lo sigues, eso te da paz, bienestar, y hace que crezcas. Aquí es lo mismo. 

En relación con esta energía sutil vinculada al agua, ¿puede ser que esta energía sea positiva, benéfica, o que sea negativa y produzca afectación?

Aquí entra la calidad del agua, mi momento personal y cómo me relaciono yo con esa agua o cómo se relaciona esa agua conmigo, es decir, el vínculo que creo entre el agua y yo. Hay un concepto que dice que todo lo que existe tiene una vibración que le permite manifestarse como ser. Como esta habitación en el momento en que interaccionamos con ella: tiene una vibración que la aglutina y le permite manifestarse como habitación. Esa congruencia, esa unicidad, es lo que los antiguos videntes de México llamaban “conciencia”. La gente de Castaneda la nombraba así. Todo lo que existe tiene conciencia de sí para poder manifestarse. Entonces, de conciencia a conciencia se puede establecer un vínculo, que puede ser más o menos fluido y nutrir a las dos partes. Si el vínculo es disarmónico, lo es en los dos sentidos. En el universo es el win-win: o ganamos todos o no gana nadie. No hay otra. Entonces, cuando tú sientes el agua o la falla, puedes sentir lo que pasa, qué dinámica tiene y, desde ahí, plantear una línea más armoniosa para los dos. Si encuentras ese punto de comunicación y cooperación, la situación se resuelve. Cuando hago un estudio en un lugar, intento eso. Luego le enseño esa armonía y nueva dinámica a la persona que está allí para que pueda seguir relacionándose con esa agua o falla en esa línea. 

Eso nos lleva también a los estudios que has hecho en los denominados “lugares de poder”. ¿Cómo los sentías? ¿Cualquier lugar puede serlo? 

Hay lugares donde esta sensación de totalidad del ser es más evidente, pero en la antigüedad todo el planeta se consideraba un espacio sagrado. Es decir, todo lugar es un lugar de poder, toda la tierra es sagrada porque nos sustenta, nos da un lugar donde vivir. La otra acepción de sustento es la nutrición, es decir, nos da alimento, agua, aire. Nos da el espacio y las materias imprescindibles para la vida. Hay lugares donde eso ocurre y un segmento específico de la conciencia trabaja de una manera mucho más efectiva, vamos a decir. Hay lugares que te conectan más con la tierra, otros te abren el corazón, otros permiten tener claridad, otros nos hacen ser empáticos, otros tienen capacidad de sanar. Todos son lugares sagrados, pero cada uno tiene un rango, una ventana: como si la conciencia fuera una burbuja, y tú, en cada una, pudieras establecer una ventana con el entorno. En cada ventana trabaja una parte de la conciencia. Pero toda la tierra puede generar eso si tú sientes su flujo y lo aprovechas. Las culturas han ido cambiando: antes había templos abiertos que expandían su energía por kilómetros alrededor de un megalito. Luego aparecieron los templos cerrados, donde la energía queda circunscrita principalmente al interior. Eso hizo pensar que únicamente eso era sagrado, cuando sagrado es todo. 

¿Y podría ser que las mismas vías de agua o los elementos energéticos formaran un paisaje que fuera armónico, sagrado? 

Son flujos de la energía. El agua, al fin y al cabo, es la que lleva la conciencia, la que sustenta la vida. Energía, conciencia y vida son una misma unidad. Las fallas y las aguas subterráneas son las que llevan esa conciencia aquí en el planeta, al igual que la conciencia de nuestros órganos fluye a través de los meridianos por todo nuestro organismo. Si el hígado está saturado, ese bloqueo va a viajar por todo el cuerpo. Y como somos una unidad, a nivel emocional, mental, también vamos a experimentarlo. Y con las aguas y las fallas pasa lo mismo. Entonces, interpretar el agua como agua solo para regar es no enterarnos de nada. Las aguas subterráneas y las fallas llevan información, llevan bienestar por millones de años. ¡La cantidad de experiencias que han acumulado! Tienen millones de años y son auténticos maestros. Claro, su ritmo es mucho más lento que el nuestro, pero, si conectas, ahí hay muchísima información y sabiduría. Puedes aprovechar el agua para beber, regar, limpiar, cocinar, pero la principal aplicación es para modular la conciencia, y eso los antiguos lo conocían. Por eso el emperador Amarillo hizo un edicto que estipulaba que no se podía construir encima de las venas del dragón, porque eran un flujo demasiado intenso. Las venas del dragón podían ser fallas o corrientes de agua, ambas ordenan todo el paisaje. 

Barcelona estaba surcada por rieras que bajaban de Collserola al mar. Cuando se urbanizó, muchas fueron desviadas, y luego, con el tiempo, soterradas para seguir edificando. Todo ese espacio sagrado que era la ciudad originaria romana trazada con un perímetro, o la ciudad medieval, se ha visto modificado en época contemporánea. ¿Cómo afectan estas rieras soterradas la calidad energética de la ciudad? 

No solo han sido soterradas, sino que han sido electrificadas. Por la calle Balmes, que era una antigua riera, hicieron pasar el tren y luego lo cubrieron. En Gran de Gràcia, lo mismo. Es decir, las grandes rieras las aprovecharon para poner grandes infraestructuras, cloacas o conducciones de luz. Por lo tanto, han sido contaminadas, electrificadas y, en lugar de llevar vida, lo que llevan ahora es muerte. Generalmente, vivir encima de estos lugares es algo nocivo para la mayoría de las personas. No es información de vida, no es información biótica que la favorezca. Con suerte, es algo neutro. Barcelona, dentro de lo que cabe, es una ciudad limpia. 

Todo el caudal de agua cerca de las cabeceras de las rieras estaría en óptima energía: allí encontramos monasterios fundados a los pies de Collserola en Pedralbes, Sant Jeroni en la Vall d’Hebron... comunidades que aprovechaban esa energía. 

Toda esa agua pasaba por los monasterios, se santificaba y luego seguía su curso santificada. El valle se aprovechaba de ello. Pero han metido líneas de alta tensión en Collserola; eso electrifica el agua. Además, la antena de telecomunicaciones tiene unos centros de transformación potentes y está emitiendo. Todo lo que estamos haciendo va contra la vida, va contra el flujo de la vida. Si contaminas las aguas y te pones luego a vivir encima, tu agua se va a alterar, y tus procesos fisiológicos, también. 

De alguna manera, ¿los espacios sagrados de Barcelona, como la catedral, Santa Maria del Mar o la iglesia del Pi, están operando con esa energía del agua y la están transformando? 

La función de los templos es esa: es captar momentos astronómicos determinados y traer esa energía a este plano y estabilizarla. Para eso se utiliza el agua. El agua es la forma más fluida y estable de la materia. En el agua puedes estabilizar algo, y eso es lo que hacen los templos: relacionan el tiempo, el espíritu, con la materia, la sacralizan. Hay algunos templos donde esta materia sacralizada es proyectada hacia el espíritu. 

¿Y sería esta modulación de la conciencia que comentabas antes, la que toma formas, busca imágenes para llegar a esto? 

Sí: formas, medidas, materiales, proporciones, orientación, secuencias... 

¿También imágenes y símbolos? 

Sí, pero los símbolos tienen que ser acordes con las aguas y las fallas. No puedes poner un símbolo porque sí. Para ese propósito y momento hay que ver cuál es la vía más armoniosa para aquella dinámica que tú quieres instaurar. Fíjate en que, cuando tú estás sintiendo un agua, de hecho no estás sintiendo el agua, no puedes sentir nada. Lo que sientes es como tú te adaptas a ese estímulo. Te sientes a ti, no  al agua, y en función de eso, deduces que es tal cosa o tal otra. Es decir, el trabajo no es analizar, es sentir qué produce en mí el estar en contacto con esto o aquello. 

¿Sería, en definitiva, una vía de autoconocimiento? 

Claro, porque esa es la máxima hermética: como es afuera es adentro, como es arriba es abajo. O sea, las reglas siempre son estas, es que no hay más. Las palabras serán diferentes, pero el arte es el mismo. El tema es cómo puedo ser pleno, cómo desarrollar la plenitud en la vida. Y para ello hay que conectar con uno mismo: es sentir mi ser. 

Teniendo la conciencia de que es un agua alterada, ¿cómo podríamos armonizarnos en relación con una ciudad como Barcelona? 

Primero, lo que hemos dicho: que cada persona lleve la atención a sí misma, y luego debemos empezar a respirar con conciencia, a movernos, a alimentarnos con conciencia. Lo que ha pasado en las ciudades es que no ha habido una adaptación, sino una imposición. Entonces, sería ir dejando, ir aflojando esta imposición y volver otra vez a la adaptación, es decir, que sea una relación consciente con las aguas y con las fallas. Yo, cuando hago una intervención de armonización, es para siempre. Es como los maestros de obra cuyas técnicas utilizo. Ellos creaban un templo, un palacio, y era para siempre. Igual tiene mil años, se han caído los tejados, pero la sensación de bienestar perdura. El tema es ese: haces una intervención que es para siempre porque es a favor de la vida. La misma vida es la que cuida.

jueves, 24 de marzo de 2022

Crítica de Luis Francisco Pérez







Hay novelas que de tan deudoras de la realidad que describen perfectamente se las puede calificar de ensayos o análisis de un determinado período histórico, y sin por ello renunciar a la fantasía especulativa que siempre permite la más pura ficción; para ello es necesario asumir, ciertamente, que no existe invención alguna sin el decisivo aporte de una concreta ontología, o una ciencia del ser, que por fuerza ha de expresarse o manifestarse desde el contexto social y cultural en que esa novela ha sido escrita. Pues bien, la cualidad más admirable de esta novela es precisamente esa, el ser tanto o más valiosa que muchos libros de Historia. “Tea rooms. Mujeres obreras” fue escrita y publicada en el Madrid republicano de 1934, y ha sido “descubierta” desde que esta editorial la rescató del más injusto olvido (en el 2016, pero el “boca a boca” se ha acelerado en los últimos meses). Luisa Carnés (Madrid, 1905-Ciudad de México, 1964) relata en esta novela en parte autobiográfica –se sitúa entre lo que en francés se denomina “tranche de vie” y en el lenguaje musical de la ópera un “aria di forza”- su experiencia como trabajadora de una elegante confitería o salón de té, y haciendo uso de un excelente castellano de gran pureza y sin el recurso castizo de coloquialismos madrileños de época. Es decir, nos muestra y describe las agotadoras jornadas de doce y catorce horas de trabajo por salarios que más que “de miseria” eran de hambre, la misma hambre milenaria que hasta bien entrado el siglo XX arrastró el 75% de la población trabajadora de este país. ¿Solo hambre? No, también una humillación constante que viene del fondo de los tiempos. Una realidad muy triste y muy dura que la República no pudo paliar en los escasos cinco años de su existencia. Cuando se declara la guerra civil Luisa Carnés se centró en el periodismo militante en defensa del gobierno legítimo, y al finalizar la contienda pudo salir hacia el exilio de México. Tuvo mucha más suerte que sus compañeras trabajadoras del salón de té, pues a la mayoría les esperaba la cárcel, la tapia del cementerio para ser fusiladas, o el más brutal ostracismo del exilio interior. En definitiva, les esperaba el hambre y la humillación implacables que tan bien conocían. Precisamente contra lo que se habían revelado, junto a la silenciosa sumisión al jefe, al padre, al marido, al Poder, y que la larga noche del franquismo prolongó casi cuarenta años más. Una novela extraordinaria, y que parece mentira que haya estado tantos años en ese raro exilio que en muchas ocasiones sufren admirables creaciones culturales. En la actualidad, en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, se está representando una adaptación teatral de esta ficción que no lo es en absoluto.




Quiero perderme por falta de caminos, César Vallejo por calledelorco






Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante.

César Vallejo
Carnets
Editorial: Interzona

Foto: El poeta César Vallejo en Niza - 1929
(Archivo de la Biblioteca Nacional del Perú)




miércoles, 23 de marzo de 2022

TRANS. UN ALEGATO POR UN MUNDO MÁS LIBRE Y MAS JUSTO de SHON FAYE. Reseña por EDUARDO NABAL


 

"Trans" de Shon Faye

Es difícil saber por donde empezar al hablar sobre un libro tan intenso como “Trans” de Shon Faye, una mujer trans y activista que confiesa que, desde su posición, relativamente acomodada, ha podido dar voz a mucha gente que ha sufrido durante muchos años el estigma y la ignorancia en torno a cuestiones como la diversidad de género o el empoderamiento “trans”.

Faye, que sufrió en sus propias carnes un ataque reciente por parte de un grupo de feministas antitransexuales (también llamadas TERF),  nos habla, como a su manera Dean Spade, de un mundo donde el transgenerismo y el capitalismo neoliberal o sus violentos tentáculos heteropatriarcales no pueden ir unidos.


Podríamos empezar a hablar de este cruce entre ensayo académico y crónica sociopolítica con la violenta arenga que Sylvia Rivera (una de las mujeres trans que iniciaron los disturbios de Stonewall) lanzó a un movimiento gay acomodado y camino de la “normalización”: “¿alguna vez os han apaleado, violado (…) después de haber tenido que conseguir mucho dinero para conseguir el cambio de sexo? A mi me han metido en la cárcel”. El desafío trans, para Faye, va mas allá del asimilacionismo, y de ahí su posición ambivalente ante la decisión cerril de la administración de Donald Trump de expulsar a las trans del ejército de los EEUU.

"Trans" de Shon Faye

Pero en “Trans” se abordan también otras cuestiones que están en el candelero, como el rechazo de un sector del movimiento feminista a sus hermanas trans frente al apoyo incondicional de otras en lugares como Irlanda, los estereotipos degradantes, todo ello partiendo de su experiencia a finales de la siniestra era tatcherista, cuando ya se empezaba a hablar de “perversión”, “lobbies” e “ideología de género”. Faye narra los largos protocolos que, en algunos países, deben pasar los y las jóvenes trans para poder acceder a la hormonación, la esterilización forzosa en lugares como Japón y la dificultad de hacer frente al acoso escolar o laboral dependiendo del estatus socioeconómico de los sujetos afectados. Se posiciona claramente en favor del reconocimiento de los derechos y la salud de las trabajadoras sexuales, todavía víctimas del acoso policial y desafía tanto a un movimiento LGTB que ve en la T un elemento desestabilizador como a algunas corrientes feministas, capitaneadas por gente como Germanie Greer, que han querido ver en los hombres y mujeres trans simples caricaturas de géneros inmutables.


Ampliamente documentado, con algunos ejemplos reales más que esclarecedores como el sucidio de nombres destacados, “Trans” propone, desde la “práctica queer”, la creación de redes de solidaridad y empatia, comunidades de apoyo alejadas de la tutela del Estado y de los intereses de una clase médica que sigue haciendo sufrir a adolescentes y no tan adolescentes que quieren iniciar su transito más allá de la obsoleta dictadura de los binarismos de género.


La autora reconoce que ahora, gracias a herramientas como Internet, hay más información sobre el tema, pero también hace alusión a las formas en las que las personas transexuales, hombres y mujeres, son vistas, estudiadas, analizadas, pero, casi nunca,  nunca escuchadas.



Reseña por Eduardo Nabal


Más información de Trans. Un alegato por un mundo más justo y más librede Shon Faye

Editorial Blackie Books

Traducción: Rosa María García




domingo, 20 de marzo de 2022

El instante y la libertad en Montaigne Rachel Bespaloff


Publicado el 2022-03-20

Estos tiempos son apropiados para corregirnos haciéndonos retroceder, por disconformidad más que conformidad, por diferencia más que por acuerdo.

Montaigne, Los ensayos.

Cuando el autor de los Ensayos redescubre, esta vez fuera del cristianismo, el sentido de la interioridad, puede ser considerado como el heredero directo de la doctrina agustiniana del tiempo. Es algo característico que para el fundador, como para el renovador del pensamiento en Occidente, el éxtasis no suprima de ningún modo la distancia entre el hombre y Dios, ni implique la disolución de lo finito en lo eterno. Agustín desdeña el refugio que le ofrece, más allá de la historia, el éxtasis sensible que le cure la enfermedad de la existencia. Ni uno ni otro admiten que el instante pueda descargar al hombre del tiempo, que es su misma existencia. Si la atención no envolviera la intención de asumir la verdad desvelada, todo sería en vano. Montaigne, por su parte, describe la duración de la conciencia como una distentio, un “movimiento irregular perpetuo, sin modelo ni objetivo”. Pero al inacabamiento del devenir opone otra forma de eternidad que consiste en la plenitud del presente por una vocación terrenal.

La imagen que mejor nos ofrece este arrobamiento es quizás aquella en que Montaigne evoca la felicidad de recobrar “como si se produjera un relámpago, la hermosa luz de la salud, tan libre y tan plena”. “A qué punto —añade— la salud me parece más bella tras la enfermedad, tan cercana y tan contigua que las puedo reconocer una en presencia de la otra con su mejor acompañamiento” (Ensayos, III, XIII, 1633). Del mismo modo que la salud recuerda la enfermedad, la plenitud recuerda la muerte. ¿De qué sirve envalentonarse ante ella?

* * *

Montaigne por supuesto, no podría amar la revolución; sin embargo, teme tan poco al cambio social que no duda en comparar el odio a la igualdad a la falta de equidad: las leyes, dice “a menudo están hechas por necios, las más de las veces por gente que, por odio a la igualdad, carece de equidad, pero siempre por hombres, autores vanos e inciertos” (Ensayos, III, XIII, 1602). Puede reprochársele que no sea más que un burgués con una ideología de burgués, un liberal que se amolda a la opresión, un antidogmático que se amolda al dogma, un diletante que no quiere entender que es la revolución lo que cambia la historia y no la crítica lo que cambia la historia. A estos reproches, Montaigne responde que la crítica no es ni una pasión del cerebro, ni el cerebro de la pasión —pues la pasión puede prescindir muy pronto del cerebro—, y que el terror no ahorra a nadie el aprendizaje de la libertad con miras a buscar la verdad. Montaigne responde que el arte de vivir, tanto para los individuos como para las clases y para las naciones, es el arte de curar, si no la enfermedad original, la presunción que los convierte en personas distintas a las que son y fomenta continuamente la rebelión contra sí mismos. Montaigne añade a todo esto algunas máximas sobre las que conviene reflexionar:

“La persuasión de la certeza es una prueba cierta de locura y de incertidumbre extrema” (Ensayos, II, XII, 806)

“Cuando mi voluntad me entrega a un partido, no lo hace con una obligación tan violenta que infecte mi entendimiento (…). Adoran todo lo que está de su lado. Yo ni siquiera excuso la mayoría de cosas que veo en el mío” (Ensayos, III, X, 1510).

La última palabra de la sabiduría de Montaigne es la gracia en todas las acepciones de ese término, la gracia como don divino, la gracia como libertad otorgada, la gracia como libertad conquistada, como fruto de un entrenamiento tan paciente como el de un bailarín, tan severo a veces como el de un asceta. El término medio entre los extremos no es a menudo más largo que la cuerda rígida por la que avanzamos por un prodigio de equilibrio. Montaigne no responde a todos nuestros problemas. Lo hemos dicho y lo hemos repetido, Montaigne no descendió a los infiernos. Nos enseña modestamente a no transformar la vida en un infierno. Y esto ya es bastante difícil.


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Fragmento del libro del mismo título, publicado por Hermida Editores, marzo 2022, Traducción y prólogo de Manuel Arranz.

Rachel Bespaloff escritora y pensadora ucraniana de expresión francesa. Nació el 14 de mayo de 1895 en Nova Zagora (Bulgaria). En 1897 su familia se instala en Ginebra, donde Bespaloff estudia dansa y música. Poco después abandonó la música y comenzó su interés por la filosofía, bajo la tutela de Lev Shestov. Tras el ascenso del nazismo se traslada a los Estados Unidos en donde imparte clases de literatura francesa. En 1949 pone fin a su vida de manera voluntaria. Se sabe poco de esta autora y sus ensayos son difíciles de encontrar. Uno de sus libros De la Iliada. Por ello es todo un prodigio y una suerte haber encontrado, hace unos días, este breve y profundo texto.